El diario que mi madre nunca debió leer
Para que entendáis lo que pasó aquel agosto, tengo que empezar por el cuaderno. Llevaba un diario desde los dieciséis, una libreta de tapas negras que guardaba en el fondo del cajón, debajo de los calcetines, donde creía que nadie miraría nunca. Me llamo Iván, tengo dieciocho años, y en esas páginas había escrito cosas que jamás imaginé que otra persona leería.
Mi madre se llama Carla. Tiene treinta y ocho años, un cuerpo que detiene conversaciones cuando entra en una habitación y una curiosidad que, aquella primavera, la llevó a abrir el cajón equivocado. Mi padre, Rubén, tiene cuarenta y mantiene la figura a base de gimnasio y bicicleta. Sigue siendo, a su manera, un tipo guapo.
Carla leyó el diario. Y en lugar de la bronca que yo habría merecido, encontré una nota suya entre las páginas. Desde entonces, lo que había sido fantasía sobre el papel se convirtió en algo real entre nosotros, un secreto que crecía cada semana y buscaba siempre un poco más de atrevimiento. Mi padre seguía ajeno a todo. Y unas vacaciones compartidas con otra familia iban a desatar la tormenta.
***
La otra familia eran los Bonet. Noa, de dieciocho, recién cumplidos ese verano. Su madre, Elena, tan espectacular como la mía. Y Gustavo, el padre, un hombre tranquilo del que yo sabía poco entonces. Las dos familias salimos rumbo a una masía cerca de la costa, a una hora escasa de la ciudad, cargados de equipaje y de intenciones que nadie decía en voz alta.
Convencí a mis padres de ir en mi moto. Esa libertad de viajar solo iba a agradecerla después más de lo que imaginaba. Conduje despacio por la carretera comarcal, sin prisa, dejando que la cabeza ordenara todo lo que deseaba que ocurriera. En el coche de mi padre iban las bicicletas. En el de los Bonet, una barca de siete metros amarrada al remolque, la promesa de días enteros desnudos al sol en mitad de una cala.
Llegué pasadas las dos. Estaba todo dispuesto: mi ropa ordenada en la habitación, las bicis engrasadas, la barca ya fondeada en la boya. Los demás descansaban junto a la piscina.
—Hola, hijo —me recibió mi madre—. Tienes el bañador encima de la cama. Cámbiate y baja.
Las mujeres llevaban unos biquinis mínimos, tres triángulos de tela que apenas tapaban los pezones y unas braguitas que se les metían entre las nalgas. Sus risas se contagiaban de una a otra. Noa coqueteaba sin disimulo con mi padre, que estaba tan embobado mirándole las tetas que ni se enteró de que yo había llegado. Gustavo fue el único que se levantó y vino a abrazarme.
—Hoy nos quedamos en la casa —me dijo—. Mañana, cuando volváis de la ruta en bici, salimos en barca, ¿te parece? He pedido comida, llega en una hora.
—Perfecto. Bajo enseguida.
El único que me hizo caso. Parecía buscar mi complicidad, y eso, en aquel momento de nervios, se lo agradecí. Eché un vistazo rápido a la casa: aire acondicionado a tope, cuatro dormitorios con baño, una cocina enorme y un comedor con un sofá donde cabíamos todos. Estaba sudado del viaje, así que me metí en la ducha antes de cambiarme.
Bajo el chorro de agua me toqué, como siempre que la cabeza me ardía. Me enjaboné despacio la polla, apretándola en el puño, subiendo y bajando con la espuma resbaladiza. Mientras me acariciaba dejé que un dedo resbalara hacia atrás, entre las nalgas, hasta encontrar el ojo del culo, y me lo metí hasta el nudillo. Era un placer que había descubierto con mi madre aquella primavera, una de las muchas cosas que el cuaderno había liberado. Ella me lo había hecho una noche, con la lengua primero y con dos dedos después, mientras me la mamaba hasta que me corrí en su boca como no me había corrido en la vida. Con ese recuerdo estuve a punto de descargar contra los azulejos, pero paré a tiempo apretando la base. Salí de la ducha más calmado, pero no por mucho tiempo.
***
Las mujeres preparaban la mesa en la terraza cuando bajé.
—Mamá, dejadme ayudar. ¿Qué llevo?
Carla salió primero con una bandeja. Elena acababa de preparar la otra y me la puso en las manos. Justo cuando crucé la puerta, con las dos manos ocupadas, sentí que ella me bajaba el bañador de un tirón.
—Déjame ver el postre —murmuró, agachándose un segundo—. Mi hija no para de hablarme de lo bien dotado que estás.
Me la agarró con la mano fría, sopesándomela, y sin más se agachó del todo y se la metió entera en la boca. Sentí su lengua enroscándose en el glande, la garganta abriéndose, la saliva chorreándome por los huevos. La polla se me puso dura en dos segundos, ocupándole toda la boca.
—Joder, Elena, súbemelo, por favor —susurré, paralizado con la bandeja en alto y las rodillas temblando.
—Solo una probada —me contestó relamiéndose, con un hilo de saliva colgándole del labio—. Estoy empapada, niño. Tu madre me lo contó todo, yo le conté lo mío, y vengo con unas ganas que no te imaginas. Mira.
Se cogió el tanga y lo apartó a un lado. El coño le brillaba, hinchado y abierto, con el clítoris hacia fuera y los muslos manchados. Se pasó dos dedos por la raja, los sacó chorreando y me los untó en los labios.
—Chupa. Prueba a qué sabe la madre de Noa.
Le lamí los dedos con la bandeja todavía en las manos. Tenía como mucho dos minutos antes de que alguien apareciera, y ella iba demasiado rápido.
—Qué guarra eres, Elena, no puedes esperar —rió Carla volviendo a por la otra bandeja—. Viene tu marido, súbele el bañador ya.
Elena me lo subió de mala gana, aplastándome la polla dura contra el vientre, y me dio una palmada en el culo. Gustavo apareció hambriento y le plantó a su mujer un beso largo. Ella, calentísima, le devolvió el morreo con la boca todavía untada de mi sabor mientras nosotros sacábamos las ensaladas que acompañarían a los pollos en camino.
—Mamá, lo están viendo —le advertí en voz baja.
Al otro lado de la terraza, mi padre tenía la mano metida por debajo del biquini de Noa, y ella la acercaba a su cuerpo, provocándolo sin ningún pudor. Al oírnos se separaron un poco.
—Conque te gustan jovencitas, ¿eh? —soltó mi madre, divertida.
—No, no —se excusó él—. Le ha picado un bicho y le estaba mirando la picadura.
—Qué excusa más buena. Casi me la creo —se carcajeó Carla.
—¿Sabías, Iván —intervino Noa con una sonrisa demasiado tranquila— que nuestros padres se intercambian las parejas? Son unos viciosos de cuidado. Y nos han traído para que participemos, ¿verdad?
Me quedé mirando a mis padres con la boca entreabierta. Noa era lista, una descarada que sabía jugar muy bien su papel. Su madre debía de haberle explicado el plan que habían cocinado entre Carla y Elena. Mi padre callaba. Yo también. En ese momento llegó el repartidor con los pollos y nos sentamos todos a la mesa.
—A ver, chicos —empezó Rubén, buscando las palabras—. No sé bien cómo explicaros esto. El sexo, al final, es solo eso: diversión, una forma de cariño. Gustavo y yo queremos muchísimo a nuestras mujeres, y queremos verlas felices. Hay que separar el amor del deseo.
Dejamos que se extendiera. Él y Gustavo llevaban, en teoría, la voz cantante; el otro asentía a cada frase. Las tres mujeres interpretaban su papel de sumisas con una mansedumbre que no se creía nadie. Yo asistía, incrédulo, a cómo se desarrollaba todo. Parecía que la tormenta había pasado de largo. Cambiamos de tema, cayeron unas copas y, para cuando llegaron los postres, el ambiente era otro.
—A ver si lo entiendo, mami —dijo Noa, dejando la cuchara—. Tú, por amor a papá, dejas que se folle a Carla. Y tú, Carla, por amor a Rubén, dejas que se folle a mi madre. Entonces yo puedo follar con Rubén y con papá, ¿no? Porque os quiero mucho a todos y sé que también me queréis. Y si Iván quiere follarse a su madre o a la mía, será porque las quiere, ¿verdad, Iván?
Estallamos todos en una risa tonta, de esas que rompen la tensión. Empezaron las bromas: mi padre persiguiendo a Noa alrededor de la mesa, mi madre metiéndome la mano por dentro del bañador y agarrándome la polla sin disimulo, Elena y Gustavo desnudándose directamente y animándonos a hacer lo mismo entre carcajadas.
***
Mi erección era evidente y la tela del bañador se me tensaba como una tienda. Me lancé a la piscina arrastrando a mi madre del brazo. Detrás cayeron Elena y Gustavo. Noa y mi padre se quedaron fuera, hablando muy cerca.
—Venga, juguemos a las guerras de hombros —propuso Carla.
La estrategia daba sus frutos. Me subió a sus hombros mientras Gustavo cargaba con Elena. Sentir el calor de mi madre contra la nuca, saber que enfrente teníamos a la otra pareja haciendo lo mismo, conscientes de que ella y yo éramos madre e hijo, le añadía a todo un punto de morbo difícil de explicar. Bajo el agua, mi madre se había soltado la parte de arriba del biquini y me apretaba el culo contra las tetas desnudas. Empujábamos, nos agarrábamos, las mujeres se reían a carcajadas mientras forcejeaban.
Tan absortos estábamos que no vimos cuando la otra pareja se escabulló dentro de la casa. La guerra duró diez minutos. Elena salió del agua primero, con las tetas al aire, los pezones duros y el tanga pegado a la vulva marcándole la raja. Me reclamó con un gesto.
—Ven aquí —dijo, tumbándose en una hamaca y arrancándose el tanga de una vez—. Fóllame ahora mismo, niño. Quiero esa polla dentro ya.
Salí de la piscina chorreando, con la polla apuntando al frente. Ella se abrió de piernas, se agarró el coño con las dos manos y se lo abrió, mostrándome el interior rosado y brillante.
—Métemela hasta el fondo. Sin condón, sin nada. Rómpeme.
Me arrodillé entre sus muslos y me la coloqué en la entrada. Empujé despacio y sentí cómo el coño se abría, tragándome centímetro a centímetro hasta que mis huevos golpearon contra su culo. Estaba caliente, tan mojado que hacía ruidos húmedos con cada movimiento. Le cogí las tetas y empecé a embestirla con fuerza, sacándomela casi entera para volver a hundírmela de un golpe.
—Sí, sí, así —jadeaba ella, clavándome los talones en la espalda—. Yo os quiero a todos, ah, sí, sí, más, más. Dale duro, hijo de puta, fóllame como te folles a tu madre. Métemela toda, quiero sentir esa polla joven en el fondo.
Después de la paja en la ducha sabía que aguantaría. Me la saqué un segundo, la puse boca abajo sobre la hamaca y le levanté las caderas. El culo de Elena era ancho y firme, con una raja profunda que se abría cuando la agarré por las nalgas y separé. Le escupí en el coño y volví a metérsela desde atrás, apoyándome en su cintura para embestir más fuerte. Cada golpe le hacía temblar las tetas debajo del cuerpo y arrancarle un gemido nuevo.
—El culo también, méteme un dedo en el culo mientras me follas —me pidió.
Me chupé el pulgar y se lo empujé en el ano. Se lo tragó entero. Con la polla dentro del coño y el dedo dentro del culo, Elena empezó a convulsionar, gritando cosas sin sentido. Cuando se corrió, el coño se le cerró alrededor de mi polla apretándomela como un puño, y gritó hacia mi madre, que nos miraba apoyada en el bordillo con dos dedos hundidos entre las piernas.
—Ahora tú. Quiero verte con tu hijo. Quiero ver cómo se folla a la madre después de haberse follado a la amiga.
Carla se colocó en la misma hamaca, todavía chorreando agua, y se quitó lo poco de biquini que le quedaba. Su cuerpo, después de tantos meses conocido, me seguía poniendo enfermo: las tetas grandes y firmes, el coño depilado, los muslos gruesos que se abrían para recibirme. Yo cambié de cuerpo sin salir del todo del trance. Le lamí primero un pezón, después el otro, bajé por el vientre y le hundí la lengua en el coño, buscándole el clítoris con la punta y chupándoselo hasta que me tiró del pelo.
—Sube y métemela ya —me suplicó—. Métemela, hijo, méteme la polla que tanto me gusta.
Subí y se la clavé de un solo golpe. Estaba tan empapada como Elena, pero era mi madre, y eso hacía que cada centímetro se sintiera diferente. Sus paredes me chuparon la polla y ella me rodeó la cintura con las piernas.
—Así, hijo, así. Fóllame delante de todos, que sepan que soy tuya.
Elena y Gustavo se masturbaban el uno al otro contemplando la escena. Ella le meneaba la polla con las dos manos mientras él le hurgaba en el coño con tres dedos. Y, de pie, junto a la puerta, nos observaban dos espectadores más.
Mi padre miraba con una lujuria que nunca le había visto, la mano apretando su erección, meneándosela despacio sin apartar los ojos de nosotros. Noa se acercó a él y, sin dejar de mirarme, se arrodilló y se la metió en la boca. La chupaba con ganas, con las mejillas hundidas y las manos aferradas a los muslos de mi padre, dejando que le rozara el fondo de la garganta y provocándole arcadas que le hacían escupir saliva sobre los huevos. Gustavo, más caliente que nadie, agarró a su hija por la cintura, le levantó una pierna y la penetró desde atrás de un golpe seco, los dos contra la pared. Noa gimió con la polla de mi padre en la boca, ahogándose entre las dos vergas que la atravesaban.
—Quiero a las dos personas que más amo en este mundo a la vez —jadeó mi madre—. Rubén, ven, ven aquí, ven a follarme con tu hijo. Los dos a la vez, quiero sentiros a los dos.
Cambió de postura, se sentó a horcajadas sobre mí y empezó a darme sentones como una loca, la polla mía entrando y saliendo de su coño con un chapoteo que se oía en toda la terraza. Mi padre se acercó, se colocó detrás y le apuntó con la polla hacia la otra entrada. Le escupió en el ojo del culo, se la pasó con la mano para lubricarla, la preparó con un par de dedos que le metió y sacó varias veces, y cuando el ano cedió, se la hundió de una sola embestida. Carla soltó un alarido que rebotó en las paredes de la piscina.
—¡Joder, sí, los dos, los dos dentro, me estáis rompiendo!
Así la teníamos atrapada entre los dos, un sándwich perfecto. Yo notaba a través de la pared fina de carne la polla de mi padre moviéndose dentro de su culo, y él sentía la mía dentro del coño. Nos coordinamos sin hablar: cuando yo entraba, él salía; cuando él entraba, yo salía. Mi madre no era capaz ni de sostenerse, colgaba entre nuestros cuerpos, con las tetas botando y la boca abierta soltando babas y gemidos.
—Sí, soy una guarra, me follo a mi hijo —gritaba sin contención—. Rubén, Rubén, esto es maravilloso, partidme en dos, me muero de gusto. Más fuerte, más fuerte, no paréis, no paréis nunca.
No sé cuántas veces se corrió; conociéndola, fueron muchas. Sentía sus paredes cerrarse una y otra vez alrededor de mi polla, sus muslos temblando, el coño chorreando líquido caliente que me bajaba por los huevos. Mi padre estaba fuera de sí, con una energía desatada al escucharla, jadeando encima de ella, apretándole las tetas por detrás. Yo apenas podía moverme, atrapado bajo su peso. No me dio tiempo ni a avisar. Empecé a vaciarme dentro con espasmos largos, sintiendo cómo cada chorro de semen le llenaba el fondo mientras ella convulsionaba y movía las caderas buscando más. Él se retiró en el último segundo, se la sacó del culo, y terminó con tres tirones sobre la espalda de su mujer, salpicándole la nuca y los hombros con lefa espesa, resoplando como si hubiera corrido un maratón.
Quedamos rendidos, los tres tumbados en el césped, sudados y pegajosos, con la corrida de mi padre corriéndole a Carla por la espalda y la mía escurriéndole del coño hasta el muslo. A unos metros, Gustavo seguía martilleando a Noa, ahora tumbada boca arriba, mientras Elena, a cuatro patas sobre ella, le comía el coño chupándoselo con las dos manos abiertas en las nalgas de su hija. Noa gemía atrapada entre los dos, con el clítoris entre los labios de su madre y la polla de su padre entrando y saliendo. Gustavo se corrió con un rugido, sacándosela y descargando sobre el vientre y las tetas de Noa, y Elena bajó la boca a lamerle la corrida del ombligo mientras seguía comiéndole el coño hasta que su hija reventó en un orgasmo largo. Mi padre, todavía agitado, me buscó la mirada. Yo le sostuve la cara como pidiéndole perdón sin palabras, y él me abrazó en un gesto de complicidad que lo decía todo.
***
Nadie hablaba. Solo se oía la respiración pesada y el roce del agua de la piscina. Noa fue la primera en levantarse, con la lefa de su padre chorreándole por el vientre.
—Al que de verdad quiero es a Iván —dijo en voz alta, viniendo a buscarme la boca. Me besó con lengua, y sentí el sabor salado de la corrida de Gustavo en su saliva.
Nos reímos todos de su ocurrencia. Desnudos, nos sentamos de nuevo a la mesa a terminar las copas, con los cuerpos todavía marcados por lo que acabábamos de hacer. El morbo que flotaba en el aire dejaba claro que aquello no había hecho más que empezar, y con las copas llegaron las confesiones.
—Habréis notado que en mi casa hay vicio de sobra —dijo Elena—. No os quedéis con la duda. Preguntad lo que queráis.
—¿Desde cuándo lo vuestro con Noa? —solté.
—Es muy curiosa —contestó Gustavo—. Nos sorprendía en la cama y le gustaba mirar. Hace poco se unió. Es lista, supo guardar el secreto hasta hoy.
—Pues nosotros tendremos que guardar el nuestro —dijo Rubén, mirando a mi madre. Y luego a mí—. Y el mío.
Así de fácil se arreglaron las cosas. Mi padre no tenía ni idea de que yo llevaba meses follándome a mi madre, y aquella tarde lo aceptó como si siempre lo hubiera sabido. Las mujeres nos llevaban cien años de ventaja.
—Noa, ¿te vienes a dar una vuelta por el pueblo en mi moto? —pregunté.
Nos pusimos algo de ropa ligera y salimos. La llevé hasta el puerto. Necesitaba ordenar la cabeza, y quién mejor que alguien que lo entendía todo de primera mano. Vimos esconderse el sol abrazados en el espigón, como dos novios cualquiera.
—Cuesta de entender, ¿verdad? —dijo ella.
—Sí. Lo único que me importaba era no hacerle daño a mi padre. Tú me has ayudado. Te lo agradezco de verdad.
—No seas tonto. Creo que algo sospechaba. No estoy segura del todo, pero cuando me estaba follando me susurró tu nombre y el de tu madre al oído. Como si quisiera quedarse en paz consigo mismo.
—Nunca lo sabremos. Y es mejor así.
Fueron dos horas de besos y caricias. Noa resultó ser una chica magnífica, de mente abierta y cariño desbordante. Volvimos hacia las ocho. Carla y Elena preparaban la cena con sus delantales y un tanga mínimo que las hacía irresistibles.
—Venga, chicos, vestíos —dijo Elena—. Que después de cenar jugamos al strip póker.
El día no pensaba acabarse todavía. Nos esperaban más sorpresas.
—Si os parece bien —propuso Noa—, Iván y yo compartimos habitación.
—Ya os hemos subido la ropa a la tuya, hija, que es más grande —respondió su madre con una sonrisa—. Lo teníamos clarísimo.
Pero lo que ocurrió aquella noche, y todo lo que vino después en aquella masía, merece contarse con calma. Lo dejaré para otra vez.