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Relatos Ardientes

Las clases particulares con la novia de mi padre

El italiano siempre se me resistió. En el colegio fue mi peor materia, en la facultad terminé pidiendo exámenes recuperatorios, y cuando me anoté en un curso libre lo abandoné a la tercera clase. Era un idioma que mi cabeza rechazaba, hasta que apareció ella.

Hace cuatro meses mi viejo, director comercial de una empresa de logística, decidió que su nueva pareja se mudara con nosotros. Una mujer de 44 años, alta, de pelo castaño oscuro, con cuerpo de alguien que vive entrando y saliendo del gimnasio, y una manera de entrar en cualquier ambiente que lo cambiaba todo.

Daba clases de italiano. Por la mañana enseñaba en un instituto privado del centro y, por la tarde, se quedaba en casa dando clases online desde el escritorio que mi viejo le armó en el cuarto del fondo.

Yo tengo 23 años y estudio ingeniería industrial. Desde que ella se instaló mi italiano mejoró de manera notable, pero el motivo de mi repentino entusiasmo no era académico.

La primera vez que la vi me costó disimular. Tenía esa mezcla de autoridad y ternura que me dejaba sin defensas. Tetas firmes, un culo redondo y trabajado, piernas largas que con las calzas dejaban de ser sugerencia para volverse evidencia. Tres veces por semana iba al gimnasio y se notaba en cada movimiento, en la forma de apoyar el pie cuando caminaba, en la manera de inclinarse a buscar algo de la heladera.

Al principio traté de mantener la distancia. Era la novia de mi padre y, por más calentura que me provocara, sabía que avanzar ahí era jugar con fuego en una casa de madera.

Lo peor era cuando se quedaba sola por las tardes, dando sus clases desde el escritorio. A veces pasaba por la cocina en ropa deportiva: calzas negras pegadas a la piel, musculosas sin corpiño debajo, tops que dejaban al aire una cintura ajustada y unos pezones que ningún algodón disimulaba.

Me hablaba con naturalidad, como si no se diera cuenta de lo que provocaba. Pero yo sí me daba cuenta, y la verga se me ponía dura cada vez que me corregía una frase en ese italiano impecable, con un acento suave que sonaba a otra cosa.

Era como si cada palabra que salía de su boca tuviera una segunda intención, aunque ella no la pusiera ahí. Y eso me enloquecía.

Más de una vez me hice la paja pensando en ella. En el culo moviéndose mientras caminaba por el pasillo, en las tetas rebotando sin corpiño mientras preparaba el mate, en imaginarla susurrándome cosas sucias en italiano. Eran pensamientos prohibidos, sí. Pero inevitables.

Hace unos días empecé a notar algo distinto en ella. Sus ojos buscaban los míos con una intención que no era la de siempre. Ya no había solo cortesía profesional. Había curiosidad. O algo parecido.

***

Si tengo que reconstruir el momento exacto en el que todo cambió, fue el lunes anterior.

Esa tarde llevaba una calza roja que parecía pintada al cuerpo. Le marcaba absolutamente todo, y arriba apenas un top negro que le dejaba el ombligo y la espalda al aire. Después de la clase se fue a la cocina, se quedó de pie frente a la mesada preparando un té, y yo me quedé observándola desde atrás.

El perfume suave que siempre usaba, mezclado con el olor a su piel, me dejó en un estado en el que no podía pensar. Me fui derecho al baño, con la verga ya dura adentro del pantalón. Cerré la puerta. O creí cerrarla.

Adentro me esperaba algo que terminó de prenderme fuego. Una tanga suya, negra, de encaje, colgada del toallero. Estaba apenas húmeda, como si se la hubiera sacado hacía un rato. Me paralicé un segundo, escuchando mi propia respiración.

Me bajé los pantalones y agarré la tanga con manos torpes. La acerqué a la cara y respiré profundo. Olía exactamente a lo que había imaginado mil veces: dulce y a la vez salado, una mezcla de su perfume con el resto que dejaba la piel. La envolví en mi verga y me empecé a pajear como un animal.

Acabé en pocos minutos. Fue tanta la leche que largué que me sorprendió a mí mismo. Cayó en el piso y un poco en la tanga, que enjuagué a las apuradas y dejé colgada en el mismo lugar, intentando que nada quedara fuera de sitio.

Al salir del baño me pareció verla de espaldas en el pasillo, como si justo se hubiera apartado de la puerta. Y ahí me cayó la ficha. La puerta no había quedado bien cerrada. Y ella, estoy seguro, se había asomado a mirar.

***

El jueves siguiente confirmé que no era imaginación.

Como todos los lunes y jueves, después de sus clases online venía mi turno. Una hora de clase particular en el living, los dos sentados frente a frente. Siempre había sido algo natural. Hasta ese día.

Llegó al living con un pantalón deportivo finito, de esos que cuando te sentás se transforman en una segunda piel sobre el culo. Encima un top blanco ajustado que dejaba ver el contorno del corpiño debajo.

Los libros desparramados sobre la mesa, las hojas de ejercicios, los lápices. Ella de un lado, yo del otro. Intenté concentrarme en los tiempos verbales pero me costaba. La voz, la forma de pronunciar, la ropa: todo conspiraba en mi contra.

A los diez minutos, mientras revisábamos un ejercicio, me lanzó una frase que me dejó helado.

—Tenés que ser más cuidadoso con la puerta del baño.

La miré sin saber qué decir. Sentí cómo se me iba el color de la cara. Me puse rojo, no de enojo, de vergüenza pura. El corazón me golpeaba.

—¿Eh? —atiné a decir, fingiendo no entender.

—El lunes —agregó, pasando una página del libro—. No la cerraste bien.

Quise tapar el sol con la mano.

—Sí, no me di cuenta… estaba apurado, no llegaba —murmuré, como si fuera una urgencia estomacal.

Sonrió apenas, con esa expresión a medio camino entre la burla y la dulzura. No dijo nada más por un par de minutos y seguimos con la clase. Yo trataba de retomar el hilo, pero por dentro me ardía.

Cuando creí que el tema había quedado atrás, soltó la segunda frase. La que me terminó de hundir.

—La tanga negra que te llevaste al baño quedó mal lavada. Tenía una mancha blanca.

Me quedé sin aire. Sentí que el piso se abría debajo mío. La miré y ella seguía ahí, tranquila, como si me estuviera hablando del clima. Pero su forma de soltarlo, calculada, fría, me dejó claro que había visto cada detalle.

—No sé de qué me hablás —intenté, en el más patético de los disimulos.

Ella me miró fijo. Ya no había sonrisa ni juego. Había una determinación de profesora cansada de que el alumno mienta.

—No disimules más —me cortó—. Te vi haciéndote la paja con mi tanga.

Ya no había a dónde escapar. No había forma de inventar nada.

—Perdoname… fue un impulso. No vuelve a pasar —dije, bajando la mirada como un nene atrapado.

Se quedó callada unos segundos. Después habló con un tono que sonó a sentencia.

—Soy la novia de tu padre. Estás cruzando un límite muy peligroso.

Pero en los ojos había otra cosa. No era solo enojo. Había intriga, curiosidad. Lo confirmó con la pregunta siguiente.

—¿Por qué decís que fue un impulso?

La miré. Ya estaba todo a la luz, no tenía sentido seguir tapando.

—Porque me parecés muy atractiva. Desde que llegaste no puedo dejar de pensar en vos.

Las cejas se le levantaron apenas. Quería más.

—¿Y en qué pensás?

Me la estaba dejando servida. Y yo, jugado como estaba, me tiré al agua.

—En tus ojos, en tu boca, en tu cuerpo. Pero lo que más me vuelve loco es tu acento en italiano.

Soltó una risa corta, incrédula pero encantada, como si no terminara de creer lo que estaba escuchando.

—¿Te calienta mi italiano? No me digas que te pajeás pensando en mí hablándote en italiano…

No respondí. Solo asentí, tragando saliva. Ya no había vuelta atrás y, sinceramente, las consecuencias me importaban cada vez menos. Ella se dio cuenta.

Se levantó de golpe. Pensé que iba a gritarme, a echarme, a armar un escándalo. No fue así. Dio unos pasos hacia mí con calma, las caderas moviéndose lentas, firmes. Yo la miraba fijo sin entender.

Se acercó. Creí que iba a besarme. Fue directo a mi oído. Y con ese italiano que me había hecho acabar tantas veces en soledad, me susurró:

Mi è piaciuto vedere il mio tanga avvolto sul tuo cazzo…

Casi se me salen los ojos. La verga empezó a hincharse como si hubiera entendido cada palabra antes que mi cerebro.

Lo notó, sonrió, se acercó más. Su perfume me envolvió, su respiración me rozaba el cuello. Y al oído soltó la frase que me desarmó del todo.

Vuoi scopare?

Me tomó de la mano sin decir una palabra más. Me guio por el pasillo sin apuro, con seguridad, como quien conoce el camino. Yo sabía perfectamente lo que estaba por pasar.

***

Me llevó directo a mi cuarto, entró ella primero, dejó la puerta apenas entornada por las dudas y me miró con esa expresión suya, mitad profesora, mitad dominante.

—Sentate en la cama —me ordenó.

Obedecí. Me senté en el borde del colchón con los codos en las rodillas, mirándola como un alumno atento. Y entonces empezó.

Se sacó el top despacio, dejando que mis ojos se empaparan de cada centímetro de piel. El corpiño blanco le marcaba esas tetas que tantas veces había imaginado desnudas. Se lo desabrochó con una mano atrás y lo dejó caer al piso. Pezones oscuros, duros, como esperándome.

Después bajó el pantalón, revelando una tanga blanca finita que le cortaba justo entre las nalgas. Cuando se inclinó para sacarse el pantalón del todo le vi el culo completo. Redondo, apretado, trabajado. Era más de lo que había imaginado.

Se enderezó, ya solo en tanga, y me miró fijo.

—¿Te gusta mi cuerpo, pendejo? —desafió.

Apenas pude mover la cabeza en señal de que sí. Tenía un nudo en la garganta.

—Levantate y sacate la ropa —ordenó.

No dudé. Me paré frente a ella y me saqué todo como pude, con manos torpes. Quedé desnudo, transpirando, con la verga parada como una piedra apuntándola directo.

Ella me miraba como si me evaluara, como si decidiera qué hacer con un juguete nuevo. Se acercó lento, se pegó a mi cuerpo, las tetas tocaron mi pecho y la mano bajó directa hasta mi verga. Me la agarró con fuerza, no para acariciar, para marcar territorio.

—Tranquilo. Dejame a mí. La profe soy yo —susurró.

Me sostuvo la verga unos segundos, apretándola, mirándome a los ojos como si pudiera ver todo lo que había fantaseado con ella. Después bajó la mirada, se agachó frente a mí, y ahí arrancó el delirio.

Se arrodilló entre mis piernas. Sin dejar de mirarme, juntó las tetas con las manos. Me rozó la verga primero, tanteando, y después la puso justo en el medio, apretándola entre esas dos bombas suaves y firmes.

—¿Así te la pajeabas, nene? —preguntó, moviendo las tetas arriba y abajo con un ritmo lento.

No respondí. Solo gemí. Sentí el calor de su piel y la presión perfecta de un ritmo que era una tortura. Aceleró un poco hasta que el glande le rozó el mentón. Su respiración se volvió más agitada y, sin previo aviso, bajó la cabeza y se la metió en la boca.

Primero la punta, con una delicadeza criminal. Después la chupó con hambre, mojándola toda con su saliva. Movía la cabeza con un ritmo que me hacía vibrar las piernas. Me miraba desde abajo con ojos cómplices y yo no terminaba de creerlo.

Después de unos minutos chupándomela, se la sacó con un hilo de saliva colgando, me la acarició una vez más con las tetas y se incorporó. Se acercó al oído otra vez, su respiración caliente me erizó la piel, y con ese tono italiano que me volvía loco me susurró bien clarito:

Scopami…

No hizo falta más.

Se dio vuelta y se apoyó sobre el borde de la cama, de espaldas a mí. Apoyó las manos y sacó el culo. Lo movía en círculos, provocándome. Me acerqué jadeando, al borde de estallar. Le saqué la tanga muy despacio, ensalivé los dedos y le rocé la concha. Estaba mojada, caliente, completamente preparada.

La agarré fuerte de la cintura. Le metí la verga de una sola embestida, hasta el fondo. Se le escapó un grito agudo.

Sì, cazzo, sì…

Me quedé unos segundos sintiéndola temblar. Después empecé a cogerla con todas las ganas acumuladas desde el día que la vi entrar por primera vez a casa. Cada embestida era un desahogo, cada golpe de cadera una fantasía hecha realidad.

Ella gemía como poseída, con el culo enrojeciéndose contra mí. Y mezclaba en italiano frases que me hacían perder la cabeza.

Sì amore… più forte… più profondo… oh mio dio…

Eso me volvía loco. La voz limpia, perfecta, diciendo barbaridades mientras yo la empalaba sin piedad. Le clavaba la verga hasta el fondo y la sentía apretarme, como si no quisiera soltarme.

La agarraba de la cintura, después del pelo, después del culo. No quería parar. En un momento ella se soltó, giró el cuerpo y se tumbó boca arriba, abriéndose de piernas con un descaro absoluto.

Scopami ancora, scopami forte, non fermarti…

No necesitaba traducción.

Me tiré encima, la agarré de los muslos y volví a enterrársela hasta el fondo. Las piernas bien abiertas, los talones en el colchón. La cogí con hambre. Cada embestida le arqueaba la espalda. Le chupé las tetas, le mordí los pezones, le agarré el cuello con una mano. Ella no paraba de pedir más.

De pronto me empujó suavemente hacia atrás.

Adesso sdraiati.

Me tomó del pecho y me hizo girar. Quedé boca arriba con la verga apuntando al techo. Me montó sin dudar, apoyó las manos en mi pecho y se la metió de una sentada, soltando un gemido profundo cuando la tuvo toda adentro.

Empezó a cabalgarme con fuerza, salvaje, como si quisiera desquitarse de todos esos meses de tensión. Subía y bajaba, rebotando contra mi pelvis, las tetas saltando, el culo descontrolado. La concha me apretaba con cada embestida y los gemidos eran música.

Sì… dammi quel cazzo… scopami forte…

Yo la agarraba de las caderas y la ayudaba a moverse más fuerte. Se inclinaba, me chupaba el cuello, me mordía el labio mientras seguía cabalgando con un ritmo desesperado.

Después de un rato así frenó de golpe, todavía con la verga adentro, jadeando, con el cuerpo transpirado y el pelo pegado a la cara. Se quedó quieta un momento, disfrutando del calor. Después se deslizó despacio, se la sacó y se tumbó boca abajo, apoyó una mejilla en la almohada y separó apenas las piernas, dejando el culo bien levantado.

Y con la voz ronca de tanto gemir me soltó la frase que me dejó paralizado.

Voglio che mi scopi il culo…

Me quedé unos segundos sin moverme, mirando esa escena: la novia de mi viejo en mi cama, pidiéndome en italiano que me la cogiera por el orto.

Me acerqué despacio y le escupí entre las nalgas. Lo esparcí con los dedos, masajeando alrededor del ojete con movimientos suaves. Apunté con la punta, con una mano la abrí más y con la otra la agarré de la cadera. Empujé lento, sintiendo cómo me iba abriendo paso. Ella gimió fuerte, entre placer y dolor, apretando las sábanas.

Oh cazzo… sì… dammelo tutto…

Y se la metí. Despacio al principio, después con más fuerza. Cada centímetro me hacía temblar. El culo se abría apenas para dejarme pasar y yo empujaba con firmeza hasta tenerla toda adentro. La agarré de las caderas y empecé a cogerla con todo. Cada vez que le clavaba la verga ella soltaba gemidos ahogados, jadeos en italiano, palabras sucias.

Sì… scopami il culo… più forte…

Me descontrolé. La estaba empalando sin piedad, apretándole el culo con las dos manos, sintiendo cómo me apretaba por dentro. Los huevos me chocaban contra ella. Tenía la verga palpitando, a punto de explotar, y ella lo sabía.

Stai per venire? —preguntó con la voz entrecortada, mirando hacia atrás.

—Sí. Me acabo —jadeé.

Se deslizó hacia adelante, dejando que la verga saliera. Se dio vuelta de inmediato, se sentó sobre sus talones y con la misma pronunciación perfecta me lo dijo.

Vieni sulle mie tette.

Juntó las tetas con las manos, ofreciéndomelas. Estaban brillantes de sudor, los pezones duros, listas para recibirlo. Me pajeé rápido, con los huevos a punto de reventar. La miraba a los ojos. Ella no parpadeaba. Me mordí el labio y solté todo.

Chorros gruesos, calientes, pegajosos. Le cayeron entre las tetas, sobre los pezones, un poco en el cuello. Sonrió, como si fuera exactamente lo que quería.

Bravo ragazzo… —susurró.

Y como si fuera poco, ahí mismo me agarró la verga aún húmeda y sin decir una palabra se la metió de nuevo en la boca. Me la chupó despacio, como limpiándola, pasando la lengua por todo el tronco, tragándose los últimos restos. Esa escena fue demasiado.

***

Después se levantó tranquila, sin apuro. Buscó la ropa y empezó a vestirse, sin hablarme, sin mirarme demasiado. Yo seguía sentado en la cama sin saber si lo que acababa de pasar era real o un sueño caliente salido de una paja.

Mientras se acomodaba el top y se subía el pantalón, se acercó a mí, ya más seria. Me miró unos segundos y habló con esa voz clara y segura.

—Ahora te podés pajear las veces que quieras con esto que pasó. Porque no va a volver a suceder.

Directo, sin anestesia. Se dio media vuelta y salió del cuarto, dejando el olor a sexo, a transpiración, y esa mezcla de culpa y gloria que me iba a quedar grabada para siempre.

Me quedé un rato largo mirando al techo, tratando de procesar todo. Había hecho realidad la fantasía más prohibida de todas. Y para colmo, ella había tomado el control de principio a fin.

Dos horas más tarde escuché la puerta de casa abrirse. Mi viejo había llegado del trabajo. Todo volvió a su ritmo normal, como si nada hubiera pasado.

Ella estaba en la cocina preparando algo para la cena. Yo en el living, con el cuaderno abierto, fingiendo que seguía estudiando italiano. Él entró saludando con su energía de siempre.

—¿Cómo estuvo tu día, hijo?

—Bien —le respondí sin mirarlo demasiado—. Mucho estudio.

Después se acercó a ella y le hizo la misma pregunta.

—¿Y vos? ¿Cómo te fue hoy?

Ella giró la cabeza apenas y, antes de contestarle, me miró a mí. La misma mirada que me había clavado mientras me pedía que la cogiera más fuerte. Corta, penetrante, con esa mezcla de poder y lujuria que ya conocía de memoria.

Y con una media sonrisa en los labios le contestó:

—Fue un gran día. Hoy un alumno tuvo su prueba de italiano. Y la aprobó con sobresaliente.

Apreté la lapicera con fuerza, sabiendo que ese alumno era yo. Y que esa prueba fue una clase que no me iba a olvidar nunca.

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Comentarios (6)

PabloDeSalta22

Increible relato, no pude parar de leer desde el primer parrafo. Que bien lo contaste

Carolina_M

Por favor una segunda parte!!! me quede con ganas de saber como continuo todo

nervioso_lector

Me llevo a otra epoca, yo viví algo medio parecido con alguien cercano y se me revolvio todo leyendolo. Muy bien narrado de verdad

DiegoSur88

Buenisimoooo que relato, tremendo

Curioso_Noc

¿Tu padre jamas sospechó algo? me da curiosidad saber como termino todo eso

Rosana_76

El detalle de la puerta del baño me angustio y me hizo sonreir al mismo tiempo jajaja, que nervios

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