El amante de la cárcel al que volvía cada viernes
La carta llegó un martes de marzo, cuando la nieve empezaba a ceder en las laderas y los primeros brotes asomaban entre la tierra mojada. Mariela la reconoció por el papel —fino, con membrete oficial— antes de abrirla.
Damián saldría en treinta días.
La leyó cinco veces. Después se sentó junto a la ventana de la cabaña y lloró durante una hora, sin saber si eran lágrimas de alivio, de miedo o de algo que todavía no sabía nombrar. El lago repetía el cielo despejado, los pájaros volvían a los árboles, y ella sentía que el mundo se partía en dos: lo que había sido y lo que podía empezar a ser.
Pero antes de ser libre había cuentas que saldar.
Esa noche, en vez de ir al taller de carpintería, pidió algo que nunca había pedido en dos años: ver a solas al Cuervo. Sin los otros hombres. Sin el espejo. Sin los rituales de posesión que habían marcado cada uno de sus viernes. El mensaje fue corto: «Necesito verte. Sola. Tu celda. Esta noche.»
Lo encontró sentado en el borde de la litera, sin camisa, las cicatrices y los tatuajes brillando bajo el tubo fluorescente. Una botella de aguardiente de contrabando descansaba junto a sus pies descalzos. El olor del encierro lo cubría todo.
—Lo sé —dijo él antes de que ella hablara—. Tu marido sale en un mes.
Mariela asintió. Se sentó a su lado, una intimidad que jamás se había permitido. La madera crujió bajo su peso.
—¿Y ahora qué? —preguntó el Cuervo.
Ella tardó en contestar. Miró las paredes de cemento, el ventanuco que apenas dejaba pasar un rectángulo de cielo gris. Miró las manos del hombre que la había marcado, poseído y, a su manera, salvado.
—Ahora quiero un trato nuevo.
Él arqueó una ceja. El interés despertó en sus pupilas como un animal que huele sangre.
—¿Qué clase de trato?
Mariela se levantó y empezó a medir la celda con pasos cortos, los dedos rozando la pared áspera.
—Dos años viniendo cada viernes. Te entregué mi cuerpo, mi voluntad, mi vergüenza. Lo hice por Damián, lo sabes. Pero también lo hice por mí. Porque en algún momento, en algún rincón oscuro de toda esta pesadilla, descubrí que quería hacerlo. Me enseñaste que mi coño podía ser un territorio, y no solo una jaula.
El Cuervo la observaba sin interrumpir.
—Pero hay quienes empezaron todo esto. Gente que usó a Damián, que me usó a mí, que convirtió nuestras vidas en moneda de cambio. Ernesto Solveira. El magistrado Arteaga. Ellos armaron este infierno. Ellos decidieron que yo iba a ser su juguete.
Se detuvo frente a él y lo miró desde arriba. Por primera vez en dos años, era ella la que dominaba la altura.
—Quiero que paguen.
Él sonrió despacio. No era una sonrisa amable. Era la del depredador que reconoce a otro.
—¿Qué quieres que les haga?
Mariela volvió a sentarse. Esta vez su mano encontró el muslo del hombre y se posó allí con la familiaridad de quien toca lo que ya es suyo. Subió despacio hasta el bulto duro que se marcaba bajo la tela del pantalón. Lo apretó sin apuro, midiendo el grosor de la polla que la había abierto tantos viernes.
—No quiero que los mates. La muerte es demasiado rápida, demasiado limpia, y ellos no merecen limpieza. Quiero que los despojes. Que les quites todo lo que aman. Que los hundas en el mismo barro donde me hundieron a mí.
—Solveira es un fantasma —dijo él, procesando, con la voz un poco más ronca por la mano de ella que seguía trabajando su verga por encima de la ropa—. Difícil de alcanzar. Pero tiene un punto débil: su hijo. Un abogado joven, impecable, que cree que su padre es un empresario respetable. Si ese apellido se manchara para siempre…
—¿Y el juez? —preguntó ella, sin retirar la mano.
—El juez es más fácil. Tiene gustos que tú conoces de cerca. Hay registros, hay internos que pasaron por sus audiencias privadas. Si eso llega a la prensa, a su mujer, cae como un castillo de naipes.
—Quiero más —dijo Mariela—. Quiero que viva con miedo. Que una noche, en su cama, con su esposa dormida al lado, alguien le susurre al oído lo que le espera. Meses. Años. Hasta que el miedo sea peor que cualquier condena.
El Cuervo la miró largamente. En sus ojos brillaba algo que no era solo admiración.
—Eres más cruel que yo. Yo destruyo cuerpos. Tú quieres destruir almas.
—Me enseñaste que se puede.
Hubo un silencio denso, cargado de todo lo que no hacía falta decir.
—¿Y a cambio de qué? —dijo él al fin.
Ella respiró hondo. Había llegado el momento.
—A cambio de seguir viniendo. Todos los viernes. De por vida.
Él se incorporó. Su mano encontró el mentón de ella y la obligó a sostenerle la mirada.
—¿Incluso con tu marido fuera?
—Incluso con él fuera.
—¿Y no va a preguntar adónde vas?
Ella sonrió, triste y liberada a la vez.
—Damián aprenderá a no preguntar. Aprenderá que hay cosas que es mejor no saber, y que su libertad tiene un precio. Ese precio soy yo, cada viernes, donde quieras tenerme.
El Cuervo no dijo nada. Pero su pulgar, áspero y caliente, le acarició la mejilla con una lentitud que era casi ternura. Después la besó, y no fue como los besos urgentes y posesivos de antes, sino algo lento, hondo, casi reverente.
Sin dejar de besarla, el Cuervo la empujó de espaldas contra la litera. La lengua de él se le metió entera en la boca, invadiéndola despacio, y Mariela la chupó como si fuera un adelanto. Las manos del preso le abrieron el vestido de un tirón, saltaron los botones, y los pechos de ella quedaron al aire, los pezones ya duros, oscuros, esperándolo. Él bajó la boca y se los mamó uno por uno, alternando lengüetazos largos con mordiscos que le arrancaban gemidos ahogados.
—Sácamela —le ordenó él contra el pezón—. Con la boca.
Mariela se deslizó al suelo de cemento y le desabrochó el pantalón. La polla del Cuervo saltó afuera, dura, gruesa, la punta ya brillante de líquido. Ella la agarró con las dos manos y se la metió en la boca hasta la mitad, la lengua girando por debajo del glande. Él le hundió los dedos en el pelo y empezó a follársela lento, empujando cada vez un poco más adentro, hasta que la punta le tocó la garganta y ella tuvo que respirar por la nariz para no ahogarse.
—Así —jadeó él—. Como te enseñé. Toda la verga adentro.
Ella lo obedeció. Tragó la polla entera, la nariz aplastada contra el vello duro del pubis, y se quedó así, los ojos llenos de agua, la garganta apretándose alrededor del hombre. Cuando la soltó, un hilo de saliva le colgaba de los labios hasta la punta de la verga. Mariela se limpió la boca con el dorso de la mano y volvió a chuparlo, esta vez concentrándose en la corona, con lengüetazos precisos que lo hicieron temblar.
—Ven aquí —gruñó el Cuervo, harto de contenerse—. Quiero cogerte antes de que me corra en tu boca.
La levantó de un tirón, le arrancó el resto del vestido y la tiró boca abajo sobre la litera. Le abrió las piernas con la rodilla, se escupió en la mano, se untó la polla, y la penetró de una sola embestida que la clavó contra el colchón. Mariela gritó contra la almohada. El Cuervo se hundió hasta el fondo, se quedó quieto un instante para que ella sintiera la extensión completa de la verga, y después empezó a follársela con un ritmo brutal, las caderas golpeándole el culo con un chasquido húmedo.
—Esto es lo que quieres, ¿no? —le siseó en la nuca—. Cada viernes. Para siempre. Esta polla adentro tuyo.
—Sí —jadeó ella—. Sí, cógeme, no pares.
Él le agarró las muñecas y se las cruzó contra la espalda, inmovilizándola. La embestía más fuerte, más profundo, con el peso entero encima. El coño de Mariela lo aceptaba todo, empapado, apretándolo, y a cada golpe soltaba un gemido ahogado que era pura entrega. El Cuervo se agachó y le mordió el hombro, marcándola una vez más, mientras seguía cogiéndosela.
—Date vuelta —ordenó—. Quiero verte la cara cuando te corras.
La sacó, la giró, le abrió las piernas y volvió a metérsela. Mariela le rodeó las caderas con los muslos y arqueó la espalda para recibirlo entero. El Cuervo la penetraba con embestidas hondas, pausadas, mirándola a los ojos, sin dejarla escapar de esa mirada. Le agarró una teta y se la apretó, después la otra, después bajó la mano y le buscó el clítoris con el pulgar. Empezó a frotárselo en círculos cortos, sin dejar de follársela.
—Córrete —le dijo—. Córrete en mi verga. Ahora.
Mariela obedeció con un gemido largo que le salió del vientre. El coño se le cerró alrededor de la polla del Cuervo en espasmos que lo apretaban entero, y él aguantó unos segundos más, mirándola gozar, antes de correrse él también, adentro, con un gruñido bestial, vaciándole el semen hasta el fondo. Se quedó encima, la polla todavía dura, sintiendo cómo el coño de ella lo seguía apretando en las últimas oleadas del orgasmo.
Cuando se separaron, Mariela lloraba en silencio.
—No esperaba encontrar esto —murmuró—. Aquí. En este lugar. En ti.
Él no respondió. Solo la sostuvo, y por primera vez en dos años ella se dejó sostener sin ofrecer nada a cambio.
***
Tres semanas después, el hijo de Ernesto Solveira fue detenido. Tráfico de influencias, sobornos, asociación ilícita. Correos manipulados, testigos comprados, un vídeo imposible de refutar sin revelar la fuente. El escándalo fue monumental. La carrera del joven abogado —que nunca supo nada de los crímenes de su padre— se hundió antes de empezar. Lo condenaron a ocho años.
El día que entró, el Cuervo lo esperaba en el patio. No le dijo una palabra. Solo lo miró. Y esa mirada fría bastó para que el muchacho comprendiera, en algún lugar primario de su cuerpo, que su verdadero infierno apenas comenzaba.
Ernesto Solveira vio derrumbarse su legado en cuestión de meses. Su hijo preso, sus negocios bajo investigación, sus contactos negándolo uno a uno. Murió solo, de un infarto que nadie descubrió hasta tres días después. Pero antes de morir recibió tres llamadas, siempre a la misma hora, siempre la misma voz distorsionada: «Esto es por Mariela. Esto es por Damián. Esto es por todo lo que hiciste.» Nunca supo quién era. El miedo lo acompañó hasta el último latido.
El magistrado Arteaga cayó más lento y más cruel. Primero las filtraciones, después los testimonios de antiguos internos sobre sus audiencias privadas. Nadie habló de violación; no hizo falta. Las insinuaciones bastaron. Su esposa abandonó la casa una semana más tarde, con los hijos y una carta que el juez adivinó sin leer.
Pero Mariela había pedido miedo, no solo ruina. Una noche, meses después del escándalo, Arteaga despertó sobresaltado. Una figura oscura estaba sentada en una silla, junto a la ventana, y no se movió cuando él encendió la luz.
—Buenas noches, señoría —dijo Matías, el guardia que tantas veces había custodiado las puertas tras las que Mariela era poseída—. Vengo de parte de ella.
El juez quiso gritar. El miedo le cerró la garganta.
—No voy a matarlo esta noche —siguió el guardia—. Pero quería que supiera que ella está bien. Que Damián está libre. Y que de ahora en adelante, cada vez que cierre los ojos, va a preguntarse si esta es la noche. Disfrute de sus madrugadas. Van a ser muy largas.
Salió por la ventana tan silencioso como había entrado. El juez no volvió a dormir tranquilo. Aguantó dos años, consumido por el insomnio y la paranoia, hasta que un derrame lo apagó en la soledad de su piso vacío.
***
El primer viernes después de la liberación de Damián, Mariela cumplió su palabra.
Llegó a la puerta de servicio a las nueve, con el vestido azul que se abrochaba a la espalda y el abrigo largo ocultando la ausencia de ropa interior. Matías la esperaba con las llaves. No se miraron.
El taller olía a madera húmeda y barniz. El Cuervo estaba sentado en el banco de trabajo, una botella de vino de verdad y dos copas sobre los tablones.
—No esperaba que vinieras —dijo.
Ella dejó caer el abrigo.
—Dije que vendría todos los viernes. Dije de por vida. No miento.
Él llenó las dos copas y le tendió una.
—Esta noche no quiero poseerte. Quiero estar contigo.
Bebieron en silencio. Después ella dejó la copa, se acercó y empezó a desabrocharse el vestido, dejándolo caer a los pies. Quedó desnuda ante él, la piel encendida por el vino, los pezones ya duros al contacto del aire frío.
—Pero yo sí quiero que me poseas —dijo—. Porque también eso es una forma de estar juntos.
El Cuervo la levantó en brazos y la sentó sobre el banco de trabajo, en el borde. Le abrió las rodillas con las manos y se arrodilló entre sus piernas. Ella entendió lo que venía y se dejó caer hacia atrás, apoyada en los codos. La lengua del hombre se hundió entre sus muslos sin preámbulo. La lamió entera, de abajo hacia arriba, un lengüetazo largo que empezó en el perineo y terminó en el clítoris. Mariela gimió y le clavó una mano en el pelo.
—Ahí —jadeó—. Justo ahí.
Él la comió despacio, con hambre contenida. La chupaba, la mordisqueaba, la penetraba con la lengua y volvía a subir. Le metió dos dedos gruesos mientras seguía trabajando el clítoris con la boca, moviéndolos adentro con un vaivén constante que buscaba el punto exacto. Mariela empezó a temblar. Las piernas se le abrían y cerraban solas alrededor de la cabeza del Cuervo. Cuando el orgasmo la alcanzó, le apretó la cara contra el coño con las dos manos, sin dejarlo escapar hasta que la última onda se disolvió.
Él se levantó, la boca brillante, y se desabrochó el pantalón. La verga le colgaba gruesa y tensa. Se la agarró con la mano y le pasó la cabeza por los labios del coño empapado, arriba y abajo, sin metérsela todavía.
—Pídemelo —dijo.
—Métemela —jadeó ella—. Toda. Ahora.
Se la clavó de un empujón limpio. Mariela gritó y se aferró al borde del banco. Él se hundió hasta el hueso y empezó a cogérsela sobre la madera, cada embestida haciendo temblar los tablones. Le agarró las caderas y la atrajo hacia sí a cada golpe, hasta el fondo. El coño de ella soltaba un chasquido húmedo con cada entrada. El Cuervo bajó una mano y le pellizcó un pezón, tirando de él mientras la seguía penetrando con un ritmo hondo y parejo.
—Boca abajo —le dijo, sacándola.
Ella se dejó girar. Él la dobló sobre el banco, el pecho contra la madera, el culo levantado. Volvió a entrar por atrás, de un solo golpe, y esta vez la cogió más duro, agarrándola del pelo, tirándole la cabeza hacia atrás. El sonido de los cuerpos chocando llenó el taller. Mariela gemía sin freno, los pezones raspando la madera basta a cada empuje. El Cuervo le puso el pulgar en la boca y ella lo chupó, obediente. Después se lo pasó por el culo, humedeciéndoselo, y se lo metió entero mientras seguía follándole el coño.
—Córrete otra vez —le gruñó—. Con las dos cosas adentro.
Ella obedeció. El orgasmo la partió en dos, un espasmo que le recorrió el cuerpo entero, y el Cuervo aguantó hasta que sintió el coño de ella cerrándose en las últimas contracciones. Entonces se hundió hasta el fondo, se dejó ir y le vació la corrida adentro con un gruñido largo. Se derrumbaron los dos sobre el banco, empapados, la madera manchada de sudor y semen.
Esa noche no hubo marcas nuevas, ni mordidas de las que dejan sangre, ni la violencia ritual de siempre. Hubo algo más parecido al deseo desnudo que ninguno de los dos había conocido. Cuando terminaron y quedaron tendidos sobre la madera, Mariela apoyó la cabeza en su pecho y escuchó el corazón del hombre latir despacio.
***
Damián nunca preguntó. Los primeros meses fueron difíciles: ella salía los viernes por la noche y volvía los sábados al mediodía, con un silencio que él aprendió a respetar. Una vez, una sola, intentó seguirla. Llegó hasta la puerta de servicio, pero Matías lo detuvo con una mirada y una frase: «Ella vuelve siempre. No pregunte. Es mejor para todos.»
Esa noche, cuando Mariela regresó, lo encontró sentado junto a la ventana, mirando la nieve.
—Lo sé —dijo él—. No los detalles. Pero lo sé.
Ella tardó en responder. Afuera el viento silbaba entre los árboles.
—¿Y qué vas a hacer?
Él tomó su mano, pequeña y fría, y la entrelazó con la suya, grande y marcada por los años de encierro.
—Voy a vivir con ello. Porque sin ti estaría muerto o loco. Porque te quiero. Y porque entiendo que hay cosas que el amor no puede borrar, solo aceptar.
Esa noche, cuando se acostaron, algo cambió.
La cama de hierro crujía bajo el peso de los dos. Las sábanas, gastadas, olían a jabón y a la leña que ardía en la estufa. Damián se tendió primero, de espaldas a la pared, y ella se deslizó delante de él. La rodeó con los brazos, encajando su cuerpo contra la espalda de ella, las piernas flexionadas calzando una en la otra.
—¿Estás bien? —susurró Mariela, sintiendo cambiar su respiración y, contra el culo, la polla de él ya endurecida.
—Necesito sentirte —respondió él contra su nuca—. ¿Puedo?
Ella asintió apenas, un roce de la mejilla.
Las manos de Damián, ásperas por años de trabajo forzado, recorrieron la curva de su cintura, su cadera, la suavidad de su vientre. La piel de Mariela seguía tersa, intacta, como si se negara a llevar la huella de los viernes en el taller. El cuerpo de él, en cambio, era un mapa de cicatrices: las de la espalda, las del hombro, la honda del omóplato donde una vez entró un destornillador. Piedra contra seda.
—Tócame —murmuró ella—. Donde quieras.
Él obedeció con una lentitud reverente. Cubrió la curva de sus tetas, sintió endurecerse los pezones bajo el roce de las yemas, los pellizcó despacio, primero uno y después el otro, hasta que ella gimió. Bajó una mano por el vientre y le abrió las piernas desde atrás. Los dedos encontraron el coño ya húmedo. La acarició despacio, resbalando por los labios abiertos, dibujando círculos alrededor del clítoris sin llegar a tocarlo. Mariela se arqueó buscando más presión.
—Ahí —murmuró—. Por favor.
Él le metió un dedo, después dos, mientras el pulgar le trabajaba el clítoris hinchado. La otra mano seguía atrapando una teta, apretándosela al ritmo de los dedos que la penetraban. Mariela mojaba entera, el líquido corriéndole por el interior de los muslos.
—Quiero estar dentro de ti —dijo él con la voz espesa—. ¿Puedo?
Ella apretó la mano del hombre contra la suya, guiándolo, diciéndole sin palabras que sí, que siempre sí. Con los dedos libres buscó a tientas la polla de él por detrás y se la agarró. Estaba dura como una piedra, palpitando en su mano. La guio hasta la entrada de su coño y ella misma empujó hacia atrás las caderas para clavársela.
Damián se incorporó apenas, lo justo para alinear su cuerpo con el de ella, y empezó a penetrarla despacio. Fue un ingreso pausado, milímetro a milímetro, la resistencia inicial cediendo a una aceptación total. Mariela contuvo el aliento cuando él estuvo dentro por completo, y soltó después un suspiro que era rendición. Lo sentía enorme adentro, palpitándole en el fondo del coño, tocándole partes que llevaban dos años sin recibir esa forma exacta.
—Damián —susurró. Solo su nombre. Pero dicho así era más que cualquier promesa.
Él empezó a moverse sin la urgencia del deseo contenido, con el ritmo lento de quien sabe que tiene toda la noche. Sus caderas chocaban suavemente contra el culo de ella, un vaivén que los mecía. La polla entraba entera, se retiraba casi hasta la punta, y volvía a hundirse hasta el fondo. Mariela respondía a cada embestida arqueando la espalda, ofreciéndose más, invitándolo a llegar más adentro. Cada vez que él la penetraba hasta el hueso, ella gemía bajito contra la almohada.
—Te quiero —dijo él, con la voz quebrada—. Te quiero tanto. Te quiero cogiéndote así, teniéndote así, con mi polla adentro y las manos en tus tetas.
Ella no respondió con palabras. Buscó a tientas su mano y la apretó contra su pecho, justo donde el corazón latía desbocado. Después la llevó más abajo, guiándosela hasta el coño, para que él sintiera dónde se unían, cómo la verga entraba y salía empapada de ella.
—Tócame ahí también —le suplicó.
El ritmo se aceleró sin perder esa cualidad de danza compartida. Damián bajó una mano hasta el punto donde sus cuerpos se unían y la acarició con cuidado. Encontró el clítoris hinchado y empezó a frotárselo en círculos lentos, sincronizando el movimiento con las embestidas. Mariela gimió más fuerte, las piernas cerrándose contra las de él. El coño se le apretaba a cada golpe, resbalando, chupándole la polla adentro.
—No pares —suplicó—. Por favor. Más fuerte. Cógeme más fuerte.
Él la obedeció. Se apoyó mejor sobre el codo, le agarró la cadera con la otra mano para inmovilizarla y empezó a embestirla con más fuerza, empujando desde el fondo. La cama de hierro crujía. Los pechos de Mariela rebotaban a cada golpe. Damián le mordía la nuca, el hombro, el cuello, dejando pequeñas marcas de dientes que eran suyas y de nadie más.
—Eres mía —le gruñó al oído—. Aquí adentro, ahora, eres mía.
—Soy tuya —jadeó ella—. Toda tuya. Córrete adentro. Lléname.
Él mantuvo el ritmo, la presión exacta del pulgar sobre el clítoris, hasta que el cuerpo de ella empezó a temblar, un espasmo profundo que nació en el vientre y se extendió hasta los muslos. Mariela repitió su nombre mientras se contraía alrededor de él, apretándolo, reclamándolo. El coño se le cerraba en oleadas, chupándole la polla, ordeñándosela. Solo entonces Damián se dejó caer. El orgasmo lo golpeó con un gruñido sordo que enterró en su nuca, y se vació dentro de ella con las caderas sacudidas por espasmos involuntarios, chorros calientes que ella sintió estallar hasta el fondo.
Quedaron inmóviles, todavía unidos.
—No te vayas —murmuró ella—. Quédate ahí un rato más.
Él sonrió contra su nuca y la abrazó más fuerte. Sentía la polla latiendo adentro de ella, poco a poco cediendo, mientras el coño de Mariela seguía apretándolo en pequeñas contracciones que le sacaban las últimas gotas. Cuando al fin se deslizó fuera, ella gimió por la pérdida y sintió el semen del hombre escurrirse cálido por la cara interna de los muslos, pero él la pegó de inmediato a su cuerpo, cubriéndola con su calor. Las cicatrices de su pecho rozaban la espalda intacta de Mariela, y ese contorno accidentado era, para ella, el mapa del hombre que había esperado.
—Eres mía —murmuró Damián, ya casi dormido.
Ella sonrió en la oscuridad.
—Siempre lo fui —respondió—. Solo que tardé en saberlo.
***
Y así fue cada noche. El ritual se repitió hasta volverse el latido secreto de sus vidas. Damián aprendía el cuerpo de ella como quien aprende una lengua extranjera: cada curva, cada respuesta, cada suspiro. Aprendió cómo se le abrían las piernas cuando la lamía justo debajo del ombligo. Aprendió que si le mordía el cuello mientras la penetraba, ella se corría más rápido. Aprendió a chuparle las tetas hasta dejárselas rojas y a hundirle la lengua en el coño hasta que le suplicaba la polla. Mariela aprendía a rendirse sin perderse, a ser poseída sin disminuirse, a encontrar en la entrega una forma de poder. Aprendió a cabalgarlo con las manos apoyadas en el pecho lleno de cicatrices, marcando ella el ritmo, mirándolo desde arriba mientras se follaba a sí misma con la verga de él. Aprendió a chupársela lento por la mañana, despertándolo con la boca llena, y a tragárselo entero cuando él se corría, sin dejar caer una gota.
Los viernes seguía yendo a la cárcel. Volvía los sábados con un silencio más hondo, a veces, y con el coño todavía sensible de la noche en el taller. Damián la esperaba con el café caliente y nunca preguntaba. Pero en las noches la reclamaba, y ella se entregaba con una intensidad que borraba cualquier otra marca, cualquier otro hombre. Se dejaba coger de todas las maneras: contra la pared, con la cara aplastada contra la madera; de rodillas, con la boca abierta; boca arriba, con las piernas colgando del borde de la cama y él de pie, penetrándola hasta el fondo.
Porque él era su hogar y el Cuervo era su abismo, y Mariela había aprendido que se puede habitar los dos lugares sin dejar de ser una misma. Algunas noches Damián sentía celos, rabia, una impotencia feroz. Pero entonces llegaba la cama, y cuando la abrazaba por detrás y le metía la polla despacio y la escuchaba gemir de entrega, todo lo demás se desvanecía.
En esos momentos ella era solo suya. Y él, solo de ella. Y eso, habían descubierto, era suficiente.
Una noche, muchos años después, Mariela despertó sobresaltada. Había soñado con el taller, con la madera húmeda, con los ojos del Cuervo brillando en la penumbra. Pero al abrir los ojos lo primero que vio fue el brazo de Damián rodeándola, su respiración tranquila, el calor de su cuerpo pegado al suyo.
Sonrió en la oscuridad. Afuera la nieve caía silenciosa y la estufa crepitaba. Se acomodó contra él y cerró los ojos, sabiendo, con una certeza que ningún abismo podría quitarle, que así sería hasta el final de sus días. Sin preguntas, sin condiciones, sin pasado. Solo el presente, solo la piel, solo el latido compartido de dos cuerpos que, contra todo pronóstico, habían encontrado el camino de regreso el uno al otro.





