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Relatos Ardientes

El amante de la cárcel al que volvía cada viernes

La carta llegó un martes de marzo, cuando la nieve empezaba a ceder en las laderas y los primeros brotes asomaban entre la tierra mojada. Mariela la reconoció por el papel —fino, con membrete oficial— antes de abrirla.

Damián saldría en treinta días.

La leyó cinco veces. Después se sentó junto a la ventana de la cabaña y lloró durante una hora, sin saber si eran lágrimas de alivio, de miedo o de algo que todavía no sabía nombrar. El lago repetía el cielo despejado, los pájaros volvían a los árboles, y ella sentía que el mundo se partía en dos: lo que había sido y lo que podía empezar a ser.

Pero antes de ser libre había cuentas que saldar.

Esa noche, en vez de ir al taller de carpintería, pidió algo que nunca había pedido en dos años: ver a solas al Cuervo. Sin los otros hombres. Sin el espejo. Sin los rituales de posesión que habían marcado cada uno de sus viernes. El mensaje fue corto: «Necesito verte. Sola. Tu celda. Esta noche.»

Lo encontró sentado en el borde de la litera, sin camisa, las cicatrices y los tatuajes brillando bajo el tubo fluorescente. Una botella de aguardiente de contrabando descansaba junto a sus pies descalzos. El olor del encierro lo cubría todo.

—Lo sé —dijo él antes de que ella hablara—. Tu marido sale en un mes.

Mariela asintió. Se sentó a su lado, una intimidad que jamás se había permitido. La madera crujió bajo su peso.

—¿Y ahora qué? —preguntó el Cuervo.

Ella tardó en contestar. Miró las paredes de cemento, el ventanuco que apenas dejaba pasar un rectángulo de cielo gris. Miró las manos del hombre que la había marcado, poseído y, a su manera, salvado.

—Ahora quiero un trato nuevo.

Él arqueó una ceja. El interés despertó en sus pupilas como un animal que huele sangre.

—¿Qué clase de trato?

Mariela se levantó y empezó a medir la celda con pasos cortos, los dedos rozando la pared áspera.

—Dos años viniendo cada viernes. Te entregué mi cuerpo, mi voluntad, mi vergüenza. Lo hice por Damián, lo sabes. Pero también lo hice por mí. Porque en algún momento, en algún rincón oscuro de toda esta pesadilla, descubrí que quería hacerlo. Me enseñaste que mi cuerpo podía ser un territorio, y no solo una jaula.

El Cuervo la observaba sin interrumpir.

—Pero hay quienes empezaron todo esto. Gente que usó a Damián, que me usó a mí, que convirtió nuestras vidas en moneda de cambio. Ernesto Solveira. El magistrado Arteaga. Ellos armaron este infierno. Ellos decidieron que yo iba a ser su juguete.

Se detuvo frente a él y lo miró desde arriba. Por primera vez en dos años, era ella la que dominaba la altura.

—Quiero que paguen.

Él sonrió despacio. No era una sonrisa amable. Era la del depredador que reconoce a otro.

—¿Qué quieres que les haga?

Mariela volvió a sentarse. Esta vez su mano encontró el muslo del hombre y se posó allí con la familiaridad de quien toca lo que ya es suyo.

—No quiero que los mates. La muerte es demasiado rápida, demasiado limpia, y ellos no merecen limpieza. Quiero que los despojes. Que les quites todo lo que aman. Que los hundas en el mismo barro donde me hundieron a mí.

—Solveira es un fantasma —dijo él, procesando—. Difícil de alcanzar. Pero tiene un punto débil: su hijo. Un abogado joven, impecable, que cree que su padre es un empresario respetable. Si ese apellido se manchara para siempre…

—¿Y el juez? —preguntó ella.

—El juez es más fácil. Tiene gustos que tú conoces de cerca. Hay registros, hay internos que pasaron por sus audiencias privadas. Si eso llega a la prensa, a su mujer, cae como un castillo de naipes.

—Quiero más —dijo Mariela—. Quiero que viva con miedo. Que una noche, en su cama, con su esposa dormida al lado, alguien le susurre al oído lo que le espera. Meses. Años. Hasta que el miedo sea peor que cualquier condena.

El Cuervo la miró largamente. En sus ojos brillaba algo que no era solo admiración.

—Eres más cruel que yo. Yo destruyo cuerpos. Tú quieres destruir almas.

—Me enseñaste que se puede.

Hubo un silencio denso, cargado de todo lo que no hacía falta decir.

—¿Y a cambio de qué? —dijo él al fin.

Ella respiró hondo. Había llegado el momento.

—A cambio de seguir viniendo. Todos los viernes. De por vida.

Él se incorporó. Su mano encontró el mentón de ella y la obligó a sostenerle la mirada.

—¿Incluso con tu marido fuera?

—Incluso con él fuera.

—¿Y no va a preguntar adónde vas?

Ella sonrió, triste y liberada a la vez.

—Damián aprenderá a no preguntar. Aprenderá que hay cosas que es mejor no saber, y que su libertad tiene un precio. Ese precio soy yo, cada viernes, donde quieras tenerme.

El Cuervo no dijo nada. Pero su pulgar, áspero y caliente, le acarició la mejilla con una lentitud que era casi ternura. Después la besó, y no fue como los besos urgentes y posesivos de antes, sino algo lento, hondo, casi reverente.

Cuando se separaron, Mariela lloraba en silencio.

—No esperaba encontrar esto —murmuró—. Aquí. En este lugar. En ti.

Él no respondió. Solo la sostuvo, y por primera vez en dos años ella se dejó sostener sin ofrecer nada a cambio.

***

Tres semanas después, el hijo de Ernesto Solveira fue detenido. Tráfico de influencias, sobornos, asociación ilícita. Correos manipulados, testigos comprados, un vídeo imposible de refutar sin revelar la fuente. El escándalo fue monumental. La carrera del joven abogado —que nunca supo nada de los crímenes de su padre— se hundió antes de empezar. Lo condenaron a ocho años.

El día que entró, el Cuervo lo esperaba en el patio. No le dijo una palabra. Solo lo miró. Y esa mirada fría bastó para que el muchacho comprendiera, en algún lugar primario de su cuerpo, que su verdadero infierno apenas comenzaba.

Ernesto Solveira vio derrumbarse su legado en cuestión de meses. Su hijo preso, sus negocios bajo investigación, sus contactos negándolo uno a uno. Murió solo, de un infarto que nadie descubrió hasta tres días después. Pero antes de morir recibió tres llamadas, siempre a la misma hora, siempre la misma voz distorsionada: «Esto es por Mariela. Esto es por Damián. Esto es por todo lo que hiciste.» Nunca supo quién era. El miedo lo acompañó hasta el último latido.

El magistrado Arteaga cayó más lento y más cruel. Primero las filtraciones, después los testimonios de antiguos internos sobre sus audiencias privadas. Nadie habló de violación; no hizo falta. Las insinuaciones bastaron. Su esposa abandonó la casa una semana más tarde, con los hijos y una carta que el juez adivinó sin leer.

Pero Mariela había pedido miedo, no solo ruina. Una noche, meses después del escándalo, Arteaga despertó sobresaltado. Una figura oscura estaba sentada en una silla, junto a la ventana, y no se movió cuando él encendió la luz.

—Buenas noches, señoría —dijo Matías, el guardia que tantas veces había custodiado las puertas tras las que Mariela era poseída—. Vengo de parte de ella.

El juez quiso gritar. El miedo le cerró la garganta.

—No voy a matarlo esta noche —siguió el guardia—. Pero quería que supiera que ella está bien. Que Damián está libre. Y que de ahora en adelante, cada vez que cierre los ojos, va a preguntarse si esta es la noche. Disfrute de sus madrugadas. Van a ser muy largas.

Salió por la ventana tan silencioso como había entrado. El juez no volvió a dormir tranquilo. Aguantó dos años, consumido por el insomnio y la paranoia, hasta que un derrame lo apagó en la soledad de su piso vacío.

***

El primer viernes después de la liberación de Damián, Mariela cumplió su palabra.

Llegó a la puerta de servicio a las nueve, con el vestido azul que se abrochaba a la espalda y el abrigo largo ocultando la ausencia de ropa interior. Matías la esperaba con las llaves. No se miraron.

El taller olía a madera húmeda y barniz. El Cuervo estaba sentado en el banco de trabajo, una botella de vino de verdad y dos copas sobre los tablones.

—No esperaba que vinieras —dijo.

Ella dejó caer el abrigo.

—Dije que vendría todos los viernes. Dije de por vida. No miento.

Él llenó las dos copas y le tendió una.

—Esta noche no quiero poseerte. Quiero estar contigo.

Bebieron en silencio. Después ella dejó la copa, se acercó y empezó a desabrocharse el vestido.

—Pero yo sí quiero que me poseas —dijo—. Porque también eso es una forma de estar juntos.

Esa noche no hubo marcas nuevas, ni mordidas, ni la violencia ritual de siempre. Hubo algo más parecido al deseo desnudo que ninguno de los dos había conocido. Cuando terminaron y quedaron tendidos sobre la madera, Mariela apoyó la cabeza en su pecho y escuchó el corazón del hombre latir despacio.

***

Damián nunca preguntó. Los primeros meses fueron difíciles: ella salía los viernes por la noche y volvía los sábados al mediodía, con un silencio que él aprendió a respetar. Una vez, una sola, intentó seguirla. Llegó hasta la puerta de servicio, pero Matías lo detuvo con una mirada y una frase: «Ella vuelve siempre. No pregunte. Es mejor para todos.»

Esa noche, cuando Mariela regresó, lo encontró sentado junto a la ventana, mirando la nieve.

—Lo sé —dijo él—. No los detalles. Pero lo sé.

Ella tardó en responder. Afuera el viento silbaba entre los árboles.

—¿Y qué vas a hacer?

Él tomó su mano, pequeña y fría, y la entrelazó con la suya, grande y marcada por los años de encierro.

—Voy a vivir con ello. Porque sin ti estaría muerto o loco. Porque te quiero. Y porque entiendo que hay cosas que el amor no puede borrar, solo aceptar.

Esa noche, cuando se acostaron, algo cambió.

La cama de hierro crujía bajo el peso de los dos. Las sábanas, gastadas, olían a jabón y a la leña que ardía en la estufa. Damián se tendió primero, de espaldas a la pared, y ella se deslizó delante de él. La rodeó con los brazos, encajando su cuerpo contra la espalda de ella, las piernas flexionadas calzando una en la otra.

—¿Estás bien? —susurró Mariela, sintiendo cambiar su respiración.

—Necesito sentirte —respondió él contra su nuca—. ¿Puedo?

Ella asintió apenas, un roce de la mejilla.

Las manos de Damián, ásperas por años de trabajo forzado, recorrieron la curva de su cintura, su cadera, la suavidad de su vientre. La piel de Mariela seguía tersa, intacta, como si se negara a llevar la huella de los viernes en el taller. El cuerpo de él, en cambio, era un mapa de cicatrices: las de la espalda, las del hombro, la honda del omóplato donde una vez entró un destornillador. Piedra contra seda.

—Tócame —murmuró ella—. Donde quieras.

Él obedeció con una lentitud reverente. Cubrió la curva de sus pechos, sintió endurecerse los pezones bajo el roce, el temblor del vientre cuando los dedos bajaron. Mariela gimió, un sonido de pura entrega, y encontró que ya estaba lista para él, como si su cuerpo supiera que esta era la única posesión que importaba de verdad.

—Quiero estar dentro de ti —dijo él—. ¿Puedo?

Ella apretó la mano del hombre contra la suya, guiándolo, diciéndole sin palabras que sí, que siempre sí.

Damián se incorporó apenas, lo justo para alinear su cuerpo con el de ella, y empezó a penetrarla despacio. Fue un ingreso pausado, milímetro a milímetro, la resistencia inicial cediendo a una aceptación total. Mariela contuvo el aliento cuando él estuvo dentro por completo, y soltó después un suspiro que era rendición.

—Damián —susurró. Solo su nombre. Pero dicho así era más que cualquier promesa.

Él empezó a moverse sin la urgencia del deseo contenido, con el ritmo lento de quien sabe que tiene toda la noche. Sus caderas chocaban suavemente contra las de ella, un vaivén que los mecía. Mariela respondía a cada embestida arqueando la espalda, ofreciéndose más, invitándolo a llegar más adentro.

—Te quiero —dijo él, con la voz quebrada—. Te quiero tanto.

Ella no respondió con palabras. Buscó a tientas su mano y la apretó contra su pecho, justo donde el corazón latía desbocado.

El ritmo se aceleró sin perder esa cualidad de danza compartida. Damián bajó una mano hasta el punto donde sus cuerpos se unían y la acarició con cuidado. Mariela gimió más fuerte, las piernas cerrándose contra las de él.

—No pares —suplicó—. Por favor.

Él no paró. Mantuvo el ritmo, la presión exacta, hasta que el cuerpo de ella empezó a temblar, un espasmo profundo que nació en el vientre y se extendió hasta los muslos. Mariela repitió su nombre mientras se contraía alrededor de él, apretándolo, reclamándolo. Solo entonces Damián se dejó caer. El orgasmo lo golpeó con un gruñido sordo que enterró en su nuca, y se vació dentro de ella con las caderas sacudidas por espasmos involuntarios.

Quedaron inmóviles, todavía unidos.

—No te vayas —murmuró ella—. Quédate ahí un rato más.

Él sonrió contra su nuca y la abrazó más fuerte. Cuando al fin se deslizó fuera, ella gimió por la pérdida, pero él la pegó de inmediato a su cuerpo, cubriéndola con su calor. Las cicatrices de su pecho rozaban la espalda intacta de Mariela, y ese contorno accidentado era, para ella, el mapa del hombre que había esperado.

—Eres mía —murmuró Damián, ya casi dormido.

Ella sonrió en la oscuridad.

—Siempre lo fui —respondió—. Solo que tardé en saberlo.

***

Y así fue cada noche. El ritual se repitió hasta volverse el latido secreto de sus vidas. Damián aprendía el cuerpo de ella como quien aprende una lengua extranjera: cada curva, cada respuesta, cada suspiro. Mariela aprendía a rendirse sin perderse, a ser poseída sin disminuirse, a encontrar en la entrega una forma de poder.

Los viernes seguía yendo a la cárcel. Volvía los sábados con un silencio más hondo, a veces, que el de otros días. Damián la esperaba con el café caliente y nunca preguntaba. Pero en las noches la reclamaba, y ella se entregaba con una intensidad que borraba cualquier otra marca, cualquier otro hombre.

Porque él era su hogar y el Cuervo era su abismo, y Mariela había aprendido que se puede habitar los dos lugares sin dejar de ser una misma. Algunas noches Damián sentía celos, rabia, una impotencia feroz. Pero entonces llegaba la cama, y cuando la abrazaba por detrás y la escuchaba gemir de entrega, todo lo demás se desvanecía.

En esos momentos ella era solo suya. Y él, solo de ella. Y eso, habían descubierto, era suficiente.

Una noche, muchos años después, Mariela despertó sobresaltada. Había soñado con el taller, con la madera húmeda, con los ojos del Cuervo brillando en la penumbra. Pero al abrir los ojos lo primero que vio fue el brazo de Damián rodeándola, su respiración tranquila, el calor de su cuerpo pegado al suyo.

Sonrió en la oscuridad. Afuera la nieve caía silenciosa y la estufa crepitaba. Se acomodó contra él y cerró los ojos, sabiendo, con una certeza que ningún abismo podría quitarle, que así sería hasta el final de sus días. Sin preguntas, sin condiciones, sin pasado. Solo el presente, solo la piel, solo el latido compartido de dos cuerpos que, contra todo pronóstico, habían encontrado el camino de regreso el uno al otro.

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Comentarios (5)

RosarioBA

Me dejo sin palabras... que relato tan bien escrito. Muchas gracias!

LectoraPam

Por favor necesito saber que pasa cuando el vuelve a casa. Me quede con un nudo en el estomago!

PabloRiv

El final me golpeo fuerte. Pocas veces un relato de esta categoria me hace pensar tanto en lo que uno llama libertad. Muy bueno.

DaniMza88

Excelente!!! sigue publicando

ClaudioMD

Va a haber continuacion? Quede muy enganchado con la situacion de ella, quiero saber como termina todo esto

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