El secreto de Marina con el mejor amigo de su novio
Era un viernes cualquiera por la tarde. Diego había salido a una reunión de trabajo y el piso estaba en silencio, roto apenas por el zumbido de la nevera y el rumor de la calle.
Marina cortaba verduras en la cocina, tarareando bajito. Llevaba unos vaqueros ajustados y una sudadera ancha que se le resbalaba por un hombro, el pelo recogido en una cola de caballo.
Adrián entró descalzo desde el salón, con una camiseta vieja y un pantalón de chándal. Se quedó un segundo en el umbral, como si decidiera si cruzar otra vez esa línea. Luego avanzó despacio y se apoyó en la encimera, a su lado.
—Marina… —murmuró, con la voz baja y ronca—. ¿Sabes que cada vez que te veo así, moviéndote por la casa como si nada, me cuesta hasta respirar?
Ella siguió cortando un tomate sin mirarlo del todo, pero sonrió, divertida.
—Ay, Adrián, siempre tan exagerado. —Giró un poco la cabeza y le guiñó un ojo—. Solo estoy haciendo la cena. Nada del otro mundo.
Él se acercó hasta que su pecho rozó la espalda de ella y le pasó un brazo por la cintura, despacio, como probando. Marina no se apartó. Solo dejó de cortar un instante, respiró hondo y siguió, pero más lenta.
El amigo de su novio le pegó los labios al cuello, justo debajo de la oreja.
—No es exagerado. Es que te miro y me vuelvo loco. No paro de pensar en ti, en cómo hueles, en cómo me haces sentir cuando me dejas tocarte. —Le besó el hombro descubierto, bajando la sudadera un poco más con los dientes—. Déjame quererte un rato. Solo un rato.
Marina soltó una risita, dejó el cuchillo sobre la tabla y se giró hacia él. Sus ojos verdes brillaban con cariño, no con una pasión desbordada, sino con esa dulzura suya de siempre.
—Ven aquí, tonto. —Le tomó la cara con las dos manos y le dio un beso lento en los labios, suave, como quien besa a alguien muy querido—. Claro que puedes quererme un ratito. Pero despacito, ¿eh? Que Diego puede llamar en cualquier momento.
Adrián profundizó el beso al instante, hambriento. Sus manos bajaron por la espalda de ella y la apretaron contra sí. Marina respondió, pero sin urgencia: le devolvió el beso con ternura, le acarició el pelo. Cuando él intentó meter la mano bajo la sudadera, ella se la tomó con suavidad y se la subió de nuevo a la cintura, sin romper el beso.
—Shhh, no tan rápido —susurró, separándose apenas—. Me gusta que me beses así, me hace sentir bonita. Pero recuerda que somos cuidadosos. Siempre. Diego no se merece sorpresas feas.
—No es solo besarte, Marina. Es que te quiero —murmuró él, con algo en los ojos que iba más allá del deseo—. Cada día que paso aquí me enamoro un poco más. Quiero estar contigo.
Ella le acarició la mejilla con el pulgar.
—Ay, Adrián, qué dulce eres. —Le dio otro beso, casi casto—. Pero no pienses en eso ahora, ¿vale? Solo disfruta de estos ratitos que son solo nuestros.
Se pegó un poco más a él y dejó que la abrazara fuerte. Adrián le besó el cuello, bajó por la clavícula, las manos firmes en sus caderas. Marina suspiró y cerró los ojos un segundo, pero no se perdió del todo: seguía sonriendo, seguía siendo ella, la que controlaba el ritmo con dulzura.
—Así, despacito… —susurró mientras él le besaba el escote que asomaba por la sudadera—. Pero nada de marcas, ¿eh? Nada que Diego pueda ver mañana. Quiero seguir siendo tu secreto bonito.
Lo llevó de la mano hasta la mesa de la cocina, lo sentó y se subió a su regazo, a horcajadas. Lo besó lento, profundo. Adrián la tocaba con devoción, pero ella siempre guiaba: suave, cauta, sonriente. Nunca dejaba que la pasión se desbordara del todo. Siempre había un «despacito», un «cuidado», un recordatorio dulce de que aquello era cariño, ayuda, y no un amor capaz de romperlo todo.
Para Marina era afecto puro. Para Adrián era cada vez más amor. Y en esa diferencia, en esa asimetría dulce y peligrosa, seguía creciendo su secreto.
***
Los días pasaban y en casa todo iba bien. Diego llegaba siempre caída la noche, agotado pero contento de ver a su amigo mejorando: Adrián sonreía más, ya no se encerraba durante horas. Marina seguía siendo el eje silencioso.
Un sábado por la mañana Diego salió temprano y los dejó solos. Ella estaba todavía en la cama de matrimonio, con el pijama corto de algodón blanco y el pelo suelto sobre la almohada. Adrián entró sin llamar, cerró la puerta con cuidado y se sentó al borde del colchón, mirándola con esa intensidad que ya le era habitual.
—Buenos días, Marina… —saludó, casi reverente. Se inclinó y le besó la frente, después la mejilla, después los labios—. ¿Has dormido bien?
Ella abrió los ojos despacio, sonrió y le acarició la cara.
—Muy bien. Soñé con la playa, con agua calentita. —Rió bajito—. Ven aquí, anda, que hace frío sin ti.
Adrián se metió en la cama sin dudar y se pegó a su espalda. Empezó a besarle el cuello mientras sus manos subían por debajo del pijama y le acariciaban los pechos. Ella se arqueó un poco, facilitándole el camino, pero sin prisa.
—Mmm, así, despacito… —lo animó, con voz somnolienta—. Me gusta cuando me tocas así por la mañana. Me despiertas el cuerpo sin despertarme la cabeza. Sigue.
Adrián le bajó el pantalón del pijama con cuidado, besándole la curva de la cadera.
—Quiero hacerte el amor. Quiero sentirte alrededor de mí, Marina. Quiero que sepas cuánto te quiero.
La giró con suavidad hasta dejarla boca arriba y se colocó entre sus piernas. Ella abrió los muslos sin resistencia y le rodeó la cintura con ellos. Adrián entró despacio, mirándola a los ojos. Marina dejó escapar un gemido suave, cerró los párpados un instante y los abrió de nuevo para sonreírle.
—Estás tan dentro… —suspiró, mientras él se movía lento, profundo, con ese ritmo que ya conocían de memoria—. Me encanta sentirte así. Me hace pensar que estás bien, que no tienes nada malo dentro.
—Te quiero, Marina —jadeó él contra su cuello, besándola entre palabra y palabra—. Cada vez que estoy dentro de ti siento que eres mía. Que esto es nuestro.
Ella le puso un dedo en los labios, sonriendo, sin dejar de moverse al compás.
—Shhh, no digas eso, mi vida. Yo ya sé que me quieres, y yo te quiero también, a mi manera. —Lo apretó con las piernas, recibiéndolo más adentro—. Pero no es lo mismo que con Diego. Con él es amor del que dura para siempre. Contigo es físico, es calor, es hacer que dejes de sufrir. Y eso me hace feliz, me hace sentir útil.
Adrián aceleró un poco, con la voz entrecortada.
—Pero yo sí lo siento como amor de verdad, Marina. No puedo evitarlo.
Ella le tomó la cara con las dos manos y lo obligó a mirarla.
—Lo sé, mi pobre Adrián. Y está bien, puedes enamorarte de mí todo lo que quieras. —Lo besó con dulzura—. Pero yo no lo siento igual. No estoy enamorada de ti. Estoy enamorada de Diego, y eso no cambia aunque te entregue mi cuerpo cada mañana. Para mí esto es apoyo, cariño. Nada más.
Adrián llegó al límite primero. Se tensó y se derramó dentro de ella con un gemido ahogado contra su cuello. Marina lo abrazó fuerte, lo meció mientras duraba. Luego, cuando él se calmó, ella se movió un poco más y alcanzó su propio orgasmo, suave, sin gritos: solo un suspiro largo, los ojos cerrados, una sonrisa serena.
—¿Ves? Ya estás más tranquilo. —Rió bajito y le acarició el pelo—. Y cuando Diego vuelva esta noche y te vea sonreír, él también estará contento.
—No sé cómo lo haces —admitió él, besándole el pecho—. Cómo puedes separarlo todo así. Yo no puedo. Te quiero demasiado.
—Porque tengo a Diego para el amor del alma, y a ti para esto, para cuidarte —respondió ella, besándole la coronilla—. Y mira qué bien nos sale, ¿no?
Se quedaron un rato largo abrazados, en silencio. No había culpa en su cara. Solo paz. Para Marina, todo seguía siendo perfectamente lógico: amor con uno, sexo y apoyo con el otro. Y en medio, su sonrisa dulce, convencida de que hacía lo correcto para todos.
***
Esa misma noche Marina llegó a casa pasada la medianoche. Giró la llave despacio para no hacer ruido. El piso estaba a oscuras, salvo por la luz tenue del pasillo.
Diego ya estaba en el dormitorio, quitándose los zapatos con el cansancio de quien ha tenido una jornada larga. Adrián seguía despierto en el sofá. Al oír la puerta, levantó la vista y sus ojos se encendieron con un hambre que ya no disimulaba.
Diego asomó desde el pasillo, somnoliento.
—Hola, cielo. Me voy a la cama, estoy muerto. —Se acercó un segundo, le dio un beso en la sien y un abrazo rápido por la cintura—. No tardes mucho, ¿vale? Buenas noches.
—Buenas noches, mi vida. Descansa. Te quiero —respondió ella, devolviéndole el beso en la mejilla.
Diego entró en el dormitorio y cerró la puerta con un clic suave. El pasillo quedó en silencio. Marina se quitó el abrigo despacio y lo colgó en la percha. Sentía la mirada de Adrián clavada en la espalda. No se giró todavía. Solo sonrió para sí misma, esa sonrisa de quien sabe exactamente lo que va a pasar.
—Ven aquí —oyó de pronto su voz baja, sin moverse del sofá.
Caminó hacia él con ese balanceo natural de caderas que lo enloquecía. Adrián se puso de pie de un salto, cruzó los dos pasos que los separaban y la sujetó por la cintura con las dos manos, atrayéndola contra su cuerpo sin preámbulos.
Sus labios chocaron contra los de ella, hambrientos, la lengua invadiendo sin pedir permiso. Marina soltó un gemidito, pero no se apartó. Le rodeó el cuello con los brazos y le devolvió el beso con la misma intensidad, aunque más controlada en el fondo. Los sonidos húmedos rompían el silencio del piso.
—Llevo toda la tarde pensando en esto —dijo él, separándose apenas, las manos bajando por su trasero y apretando fuerte—. En tenerte aquí mismo mientras él duerme.
La empujó contra la pared del pasillo, justo al lado de la puerta del dormitorio. No muy lejos. Lo bastante cerca para que un ruido fuerte los delatara.
Marina rió bajito contra sus labios, sin apartarse, sin empujarlo. Le metió las manos por debajo de la camiseta.
—Shhh, no tan alto, mi vida. Diego está ahí dentro.
Pero no bajó la voz del todo. Y no se movió para alejarse. Al contrario: abrió un poco las piernas cuando él metió un muslo entre ellas y se frotó contra ella con descaro, besándole el cuello, bajándole la cremallera del vestido por la espalda.
—Que se despierte si quiere. Que vea cómo te tengo.
Le subió el vestido por los muslos y le deslizó la mano dentro de la ropa interior. Marina jadeó, pero no lo detuvo. Le clavó las uñas en los hombros, animándolo.
—Eres un descarado… —susurró, con voz ronca pero dulce—. Pero me encanta.
Lo besó profundo otra vez, le mordió el labio inferior. Sus caderas se movían contra la mano de él, buscando más. Adrián le bajó la ropa interior de un tirón y la dejó caer al suelo. Ella no hizo nada por recogerla.
—Aquí mismo. Contra la pared —murmuró él, desabrochándose el pantalón con una mano—. Antes de que se despierte y venga a buscarte.
Marina gimió bajito cuando él la penetró de un empuje lento pero firme. Se mordió el labio para no hacer ruido, aunque sus jadeos eran audibles. Le rodeó la cintura con una pierna, facilitándole el acceso.
—Así, despacito al principio. No quiero que nos oiga.
Pero no ponía mucho cuidado. Sus gemidos subían de volumen cuando él aceleraba, y la pared crujía con cada embestida. La puerta del dormitorio quedaba a dos metros. Marina miró hacia allí un segundo, sonrió traviesa y volvió a besarlo con más hambre.
—Dime que me quieres dentro aunque tu novio esté ahí durmiendo —la provocó él, jadeando contra su oído.
—Me encanta que seas tan descarado… —contestó ella, con la voz quebrada por el placer. Le clavó las uñas en la espalda y arqueó el cuerpo contra él. Un gemido más alto se le escapó cuando la embistió profundo; miró de reojo la puerta cerrada, pero no se tapó la boca.
Se movían juntos contra la pared, el ritmo cada vez más urgente. Marina llegó primero: se tensó y gimió contra el cuello de él, un sonido ahogado pero claro. Adrián la siguió segundos después, derramándose dentro con un gruñido bajo, abrazándola fuerte.
Se quedaron quietos un momento, respirando agitados, pegados el uno al otro.
—Eres imposible… —susurró ella contra su boca, sonriendo—. Pero no pares nunca de ser así conmigo.
Le dio un último beso lento. Luego se apartó despacio, se bajó el vestido sin prisa, recogió la ropa interior con el pie y se la guardó en el bolsillo de la chaqueta. Caminó hacia el dormitorio tarareando bajito, como si nada hubiera pasado.
—Buenas noches, Marina —se despidió él desde el pasillo, con voz ronca.
Ella se giró en la puerta y le guiñó un ojo.
—Buenas noches, mi vida.
Entró en la habitación. Diego dormía profundamente, de espaldas. Marina se quitó el vestido en silencio, se metió en la cama desnuda y se pegó a la espalda de su novio. Le dio un beso suave en el hombro. Él suspiró dormido, se giró un poco y la abrazó por instinto.
Ella cerró los ojos, satisfecha, con el cuerpo todavía caliente. Sin culpa. Solo con esa paz suya de quien cuida a los que ama a su manera.
***
Pero la calma duró poco. La puerta del dormitorio no se había cerrado del todo, y Adrián entró despacio, descalzo, sin camiseta, solo con el pantalón colgándole bajo de las caderas. Sus ojos brillaban en la penumbra, fijos en Marina, y se acercó a la cama como quien ya no se esconde.
—Marina… No me dejes así —susurró ronco, arrodillándose al borde del colchón. Le pasó la mano por la pierna desnuda bajo la sábana, subiendo despacio hasta el muslo—. Quiero estar contigo aquí. Ahora. Con él al lado. Quiero sentir cómo te corres calladita mientras Diego duerme.
Ella se giró un poco hacia él, los ojos verdes brillando entre la sorpresa y la diversión, y rió bajito.
—Estás loco, Adrián. —Le tomó la mano para que no subiera más, pero no la apartó del todo—. Diego está aquí mismo. Si se despierta, se acabó todo.
El chico se inclinó sobre ella, el aliento caliente contra su oído. Bajó la sábana lo justo para descubrirle un pecho y le besó el cuello, descendiendo despacio.
—Por eso es mejor. O no se despierta y seguimos, y mañana se levanta feliz sin saber nada. —Le deslizó la mano entre las piernas—. Dime que pare de verdad, y paro.
Marina rió otra vez, más suave, pero su cuerpo respondía: arqueó la espalda, abrió las piernas apenas un centímetro más. Gimió bajito cuando él la acarició con el pulgar.
—No… No podemos… —La risa se le quebró en un suspiro. Le tomó la muñeca, pero no la retiró—. Estás fatal. ¿Sabes lo que pasaría si nos pilla?
Adrián se subió a la cama despacio, gateando sobre ella sin tocar a Diego, y se colocó entre sus piernas.
—No nos va a pillar. Y si nos pilla, que vea lo que ya sabe en el fondo: que me necesitas tanto como a él. —Se frotó contra ella sin entrar aún—. Dilo en serio y me voy.
Ella abrió los ojos, lo miró fijamente. Sonrió traviesa, pero la voz salió floja, sin fuerza.
—No… No pares. —Rió, nerviosa, excitada. Le rodeó la cintura con las piernas, atrayéndolo—. Pero muy despacito. Y si se mueve, si abre los ojos, nos paramos. ¿Vale?
Lo besó profundo mientras él entraba despacio, centímetro a centímetro. Marina se mordió el labio para no gemir alto. Diego suspiró dormido, se giró un poco hacia ellos, pero no despertó. Ella miró de reojo su cara tranquila, sonrió contra la boca de Adrián y apretó las piernas alrededor de él.
—Te encanta el riesgo, ¿eh? —murmuró él, moviendo las caderas con lentitud extrema, profundo pero sin ruido. Le tapó la boca con la mano para que no se le escapara un gemido cuando aceleró.
—Estás loco… Pero no pares ahora… —susurró ella, apenas audible, entre jadeos.
Se movían juntos en un silencio roto solo por respiraciones contenidas y el leve crujir de la cama. Diego dormía a centímetros, ajeno. Marina llegó al orgasmo primero: se tensó, cerró los ojos con fuerza, un gemido ahogado que Adrián tapó con su boca. Él la siguió segundos después, derramándose dentro con un gruñido bajo contra su cuello.
Se quedaron quietos, pegados, respirando agitados. Diego suspiró de nuevo, se acomodó mejor, pero siguió dormido.
—Eres un peligro —rió ella bajito, exhausta y feliz, dándole un beso suave—. Vete ya, antes de que se despierte de verdad.
Adrián salió despacio, le besó el vientre, luego la frente.
—No sé cómo lo haces. Pero cada vez quiero más. Buenas noches, preciosa.
Se levantó con cuidado, se subió el pantalón y salió del dormitorio sin hacer ruido. Marina se quedó mirando el techo un momento, el cuerpo todavía latiendo.
Luego se pegó a la espalda de Diego, le pasó un brazo por encima y le besó el hombro. Él murmuró algo ininteligible en sueños y la abrazó por instinto. Marina cerró los ojos, satisfecha, con el secreto latiéndole dentro como un segundo corazón. El piso volvió al silencio absoluto. Solo respiraciones tranquilas. Y un riesgo que, esa noche, había durado más de lo que ninguno esperaba.