Lo que pasó con el masajista mientras mi esposo trabajaba
Un par de meses antes de que el mundo se encerrara, a Martín le tocó un congreso de ingeniería en Santa Marta. La empresa lo enviaba con todo cubierto: vuelos, hotel, viáticos. Cuando me lo contó esa noche en la cama, lo dijo casi de pasada, como si no fuera nada. Pero a mí me bastó imaginar el mar para que se me ocurriera acompañarlo. Solo tenía que pagar mi pasaje; el resto ya estaba resuelto.
No nos quedamos en el hotel donde se hacía el evento, sino en otro a unas cuadras, más pequeño y mucho más bonito. Tenía una piscina larga rodeada de palmeras y, desde el balcón de la habitación, se veía el Caribe abriéndose hasta perderse. Llegamos un martes, poco después del mediodía, y dejamos las maletas tiradas para salir corriendo a almorzar al centro histórico.
Caminamos toda la tarde por las calles del casco antiguo, entre fachadas de colores y balcones de madera. Comimos pescado frito en un puesto de mala muerte que resultó ser lo mejor del viaje. Martín me tomaba de la mano y me señalaba cosas, y yo me reía de cualquier tontería. Hacía tiempo que no lo veía tan suelto, tan lejos de las pantallas y las reuniones.
Esa noche, apenas cerramos la puerta de la habitación, Martín me arrinconó contra la pared y me besó con hambre. Me subió el vestido y me arrancó la tanga de un tirón. Me arrodillé frente a él y le bajé el pantalón. Le saqué la polla de un tirón y me la metí entera en la boca. La chupé despacio, ensalivándola bien, mientras él me agarraba del pelo y marcaba el ritmo. Le lamí los huevos uno por uno y volví a metérmela hasta la garganta, hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas.
—Ven acá —jadeó, levantándome.
Me tiró boca arriba en la cama y me abrió las piernas. Me hundió la cara en el coño y me lamió sin piedad, chupándome el clítoris hasta que le clavé los talones en la espalda. Me la metió de una, hasta el fondo, y empezó a follarme fuerte, con las manos apretándome las tetas. Tuve un orgasmo de verdad, sin fingir nada, algo que últimamente me costaba más de lo que me gustaba admitir. Sentí sus corridas dentro cuando él se vació con un gruñido ronco. Me dormí enseguida, pegada a su espalda, con el semen chorreándome entre los muslos y esa sensación tibia de que el viaje había sido una gran idea.
Cuando desperté, Martín ya estaba vestido y peinado, revisando su credencial del congreso frente al espejo.
—¿Vas a bajar a desayunar o te traigo algo? —me preguntó.
—Bajo contigo —respondí, todavía media dormida.
Me puse un short y una blusa fina, sin sostén, porque el calor desde temprano era pegajoso. Bajamos juntos al comedor, un buffet enorme con frutas que yo no sabía ni nombrar. Martín apenas alcanzó a tomar un café y morder una tostada; tenía que irse antes de las ocho. Me dio un beso en la frente y me dejó sola frente a un plato lleno.
***
Comía despacio, mirando el mar por el ventanal, cuando lo noté. Un hombre alto, de espaldas anchas, vestido todo de blanco: pantalón de lino y un polo que se le ajustaba sobre los brazos. Tenía la piel muy oscura, brillante bajo la luz de la mañana, y algo en su forma de moverse entre las mesas me hizo seguirlo con la mirada más de lo que debía. En Santiago, de donde vengo, casi no se ven hombres así. Me dio vergüenza darme cuenta de que lo estaba observando como una tonta, y de que, sin querer, se me había ido la vista al bulto que se le marcaba entre las piernas.
Terminé, dejé la servilleta sobre la mesa y me levanté para volver a la habitación. Justo al cruzar el lobby, él me alcanzó.
—Buenos días, señora. ¿Le interesaría un masaje? —dijo, con una voz grave y un acento costeño que arrastraba las palabras—. Trabajo aquí en el hotel. Por cincuenta dólares le hago uno completo, de una hora, y le regalo quince minutos más.
Me quedé un segundo sin saber qué decir. La idea de sus manos sobre mi cuerpo me cruzó por dentro antes de que pudiera frenarla. Pensé en el día por delante, sola, sin nada que hacer hasta que Martín volviera de noche.
—Está bien —dije, y mi propia voz me sonó rara—. Habitación 304.
—Le doy diez minutos para acomodarse y subo con mis cosas —contestó, y se alejó sin esperar respuesta.
Subí casi corriendo. Me lavé los dientes, me solté el pelo, ordené un poco la ropa tirada. Yo me hacía masajes seguido en Santiago, pero siempre con mujeres. Nunca con un hombre. Y por más que me repetía que era un servicio del hotel, que no tenía nada de raro, el corazón me latía como si estuviera haciendo algo prohibido.
Tocó la puerta. Le abrí. Traía una colchoneta enrollada bajo el brazo y un bolso con aceites. La extendió sobre la cama, con ese hueco al centro para acomodar la cara, y la alisó con la palma.
—Quédese en ropa interior y acuéstese boca abajo, señora. Yo me doy vuelta mientras se desviste.
Por un instante dudé. Pensé en la noche anterior con mi esposo, en que esa mañana ni siquiera había alcanzado a ducharme bien. Sentí una vergüenza tonta, estuve a punto de decirle que mejor lo dejábamos, que le pagaba algo por la molestia. Pero me mordí el labio y me convencí de que era su trabajo, que seguro había tocado muchas mujeres, que no era nadie para juzgarme.
Me quedé en tanga y me tendí sobre la colchoneta, con la cara hundida en el hueco. Escuché cómo se frotaba las manos con el aceite.
***
Empezó por la cabeza, presionando con los pulgares en la base del cráneo, y fue bajando despacio hacia el cuello y los hombros. Tenía las manos enormes, tibias, y una fuerza que parecía medida al milímetro. Cada vez que apretaba un nudo, yo soltaba el aire de golpe. Cuando llegó a la espalda, la tensión de meses se me empezó a derretir. Bajó por los costados, rozándome de paso los bordes de las tetas aplastadas contra la colchoneta, y siguió por la cintura y las nalgas por encima de la tanga. En algún punto, sin darme cuenta, me quedé dormida.
Desperté con una sensación distinta. No supe cuánto tiempo había pasado. Me había quitado la tanga sin que yo lo notara, me había separado las piernas y me acariciaba muy suave, apenas rozando, entre las nalgas y más abajo. Todo sin pedirme permiso. Un dedo bajaba desde el ojete hasta los labios del coño y volvía a subir, resbaloso, empapado en aceite y en mis propios flujos. Estaba tan relajada que mi cuerpo había llegado hasta ahí solo, y fue justo esa caricia la que me trajo de vuelta, ya encendida, con el coño hinchado y palpitando.
Sentir sus dedos gruesos moviéndose ahí abajo era demasiado. Quise decir algo, girarme, frenarlo, pero solo me salió un suspiro. Él notó que había despertado, que dudaba. Y en ese instante exacto de duda, me metió un dedo hasta el nudillo. Gemí sin poder evitarlo, y entonces metió el segundo y empezó a bombearlos despacio, curvándolos hacia arriba, buscándome un punto que me hacía apretar los dientes.
—Señora Carolina —murmuró, pegado a mi oído—, por cincuenta dólares más puede probar lo que nunca ha probado.
Nunca en mi vida le había pagado a un hombre. Había puesto plata para cenas, para hoteles, para tragos en alguna salida; pero pagar por esto, jamás. Y sin embargo ahí estaba, desnuda, boca abajo en la cama que compartía con mi marido, con un desconocido moviéndome los dedos por dentro del coño y a punto de aceptar.
—Sí —dije, con la voz quebrada—. Te pago. Fóllame.
Sacó los dedos y, antes de que pudiera reaccionar, me levantó de la cintura como si no pesara nada y deslizó dos almohadas debajo de mí. Quedé boca abajo, con las caderas en alto y el culo ofrecido. Lo escuché desabrocharse el pantalón y romper el sobre del condón con los dientes.
Se acomodó de rodillas detrás de mí y deslizó la polla entre mis nalgas, de arriba abajo, sin meterla todavía. Solo con eso entendí el tamaño que tenía, y se me cortó la respiración. Era gruesa, larga, caliente. Se la agarró con la mano, se puso el condón sin apuro, y me apoyó la punta en la entrada del coño. Empujó despacio, abriéndose paso, y yo apreté las sábanas mordiendo la almohada. Me la fue metiendo de a poco, centímetro a centímetro, hasta que sentí sus huevos chocarme el clítoris.
—Sienta la diferencia, señora —me dijo al oído, sin dejar de moverse—. Sienta cómo se la meto entera.
—La siento —jadeé—, eres demasiado grande, me estás partiendo…
—Anoche con su marido, hoy conmigo. Este coñito ya es mío.
—Sí… y encima te estoy pagando por esto, hijo de puta…
—¿Le gusta cómo la folla el negro?
—Demasiado… no pares, no pares…
Hablaba bajito, con esa voz arrastrada, y cada palabra me prendía más que la anterior. Empezó a embestirme más fuerte, apoyando una mano en mi cintura y la otra en mi nuca, aplastándome contra el colchón. El sonido de sus caderas chocando contra mi culo llenaba la habitación, junto con el chapoteo húmedo de la polla entrando y saliendo. Tuve un primer orgasmo casi enseguida, largo, brutal, que me dejó temblando y con las piernas como gelatina. Sentí cómo el coño le apretaba la verga en espasmos y él soltó una risa ronca.
—Esa es una, señora. Vienen más.
No paró. Siguió empujando con un ritmo paciente, saliendo casi entera y volviendo a hundirse hasta el fondo, hasta que me vino el segundo, y para entonces yo ya había perdido cualquier vergüenza. Le pedía más, le pedía que me la metiera más adentro, que no se detuviera. Me metió un dedo mojado de saliva en el culo mientras seguía cogiéndome el coño y creí que me moría.
Se levantó, me tomó de la cadera y me dio vuelta como si fuera un juguete. Me acomodó al borde de la cama, me dobló las piernas contra el pecho, tanto que casi me tocaba las tetas con las rodillas, y, de pie frente a mí, se agarró la polla y me la volvió a clavar de una. Desde ahí le veía la cara, los labios gruesos, la frente brillante de sudor, el pecho ancho subiendo y bajando, y la verga negra entrando y saliendo entre mis labios rosados, embadurnada de mis flujos. Me excitaba mirarlo tanto como sentirlo.
—¿Le gusta así, mirándome? —preguntó, sin dejar de embestirme—. Míreme bien mientras la parto.
—Me encanta —contesté sin pensar, con los ojos húmedos—. Me encantas, méteme toda esa verga, no dejes nada afuera…
Se inclinó, me chupó un pezón, luego el otro, mordiéndomelos con los dientes. Me escupió entre las tetas y me las apretó juntas mientras seguía cogiéndome. Me tomó del cuello con una mano, sin apretar, solo sujetándome, y con la otra me frotó el clítoris con el pulgar al ritmo de las estocadas.
—¿Vale los cien dólares?
—Los vale… vale todo, hijo de puta, vale todo…
Y llegó el tercero. Me arqueé entera, grité contra su mano, sentí que me corría a chorros alrededor de su polla. No perdí el conocimiento, seguía ahí, pero perdí el sentido de dónde estaba, de quién era, de lo que estaba haciendo. Me movió como quiso: de costado, con una pierna sobre su hombro, cogiéndome de lado y viendo cómo la verga desaparecía dentro de mí; en cuatro, agarrándome del pelo y dándome palmadas en las nalgas hasta dejármelas ardiendo; encima de él haciéndome cabalgar, con las manos apretándome las tetas y él mirando desde abajo cómo mi coño se tragaba hasta el último centímetro. Le monté la polla con los ojos cerrados, moviendo las caderas en círculos, hasta que me vino otro orgasmo que me tiró desplomada contra su pecho.
Me sacó de encima, me acostó boca arriba y volvió a metérmela en el misionero, ahora bien despacio, mirándome a los ojos, casi con ternura, hasta que yo empecé a temblar de nuevo. Dejé de contar los orgasmos. Me entregué a sus manos y a su fuerza hasta que, en algún momento, lo sentí tensarse, empujar más rápido, y con un gemido grave se corrió dentro del condón, con la polla enterrada hasta el fondo y sus huevos aplastados contra mi culo. Casi al mismo tiempo sonó la alarma de su teléfono sobre la mesa de noche.
—Tiempo cumplido —dijo, casi divertido, sacándomela despacio. Vi el condón hinchado, lleno de semen—. Me tengo que ir, señora.
Entró al baño y se duchó en dos minutos. Yo me quedé sobre las sábanas revueltas, todavía agitada, con las piernas abiertas y el coño palpitando, sintiendo cómo me chorreaba una mezcla de aceite, saliva y mis propios flujos entre los muslos, mirando el techo. Cuando salió, ya vestido de blanco y otra vez impecable, como si nada hubiera pasado, busqué en mi cartera los cien dólares que Martín me había dejado para mis compras y se los puse en la mano.
—Gracias —le dije, sin saber muy bien por qué.
Me miró, sonrió apenas y cerró la puerta al salir. Me quedé sola en la habitación, con el rumor del aire acondicionado y el mar al fondo del balcón, con el semen de mi marido de la noche anterior mezclándose con el sudor y los flujos de la mañana entre mis piernas, sabiendo que esa noche tendría que mirar a mi marido a los ojos y fingir que el día había sido aburrido.





