Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi cuñado me desnudó en la pantalla esa tarde

El día empezó como solo puede empezar un festivo de primavera, con el sol entrando a raudales por el ventanal del comedor e iluminando el desayuno que Bruno había preparado. Es lo único bueno que le encuentro a que le toque turno de tarde: esas mañanas lentas, sin prisa, con tostadas y zumo de naranja recién exprimido. Estábamos en esa charla intrascendente de domingo cuando su móvil sonó desde la habitación.

Fue a contestar. Apenas distinguí un par de frases, nada que sonara urgente. Volvió rascándose la nuca.

—¿Quién era? —pregunté, apurando el café.

—Mi hermano. Dice que esta tarde hay un corte de luz programado en su calle y necesita terminar unos diseños para su porfolio antes de mañana. Pregunta si puede pasarse a usar nuestro ordenador.

—Le habrás dicho que no estamos, ¿no?

—Le he dicho que yo entro a trabajar y que tú te ibas a la feria del libro con las chicas de la oficina. Pero que, si venía antes de las cuatro, aún estabas para abrirle.

—Vale. Pues que cuando acabe dé un portazo y ya llegará alguno —zanjé.

Adrián, el hermano de Bruno, es tres años mayor que él. Más alto, más ancho de hombros, pero con los mismos ojos y la misma forma de sonreír de medio lado. De niños no se llevaban demasiado bien; fue la distancia, cuando cada uno se fue por su lado, la que les soldó el vínculo. Lleva casi diez años casado con Lorena, su primera y única novia. No tienen hijos ni planean tenerlos, y se les ve bien así. Trabaja de programador en una empresa de formación online, pero en sus ratos libres se dedica al diseño gráfico, al retoque de fotos y a crear escenarios para videojuegos que vende en una tienda comunitaria.

Pasamos la mañana recogiendo la casa y preparando algo sencillo de comer. Almorzamos sobre la una y media y, a las dos y media, Bruno se despidió de mí con un beso hasta la noche. En cuanto cerré la puerta me metí en la ducha y me arreglé sin prisa.

Pero a las cuatro menos cuarto un trueno seco reventó sobre el tejado y, con él, la tarde. La feria se canceló. Hablé con mis amigas para buscar plan, pero la lluvia y el desánimo nos convencieron de quedarnos cada una en su casa, calentitas. Justo entonces sonó el telefonillo. Guardé la ropa que había dejado preparada para salir y bajé a abrirle a mi cuñado.

—Hola —lo invité a pasar.

—Buenas —contestó, dándome dos besos—. ¿No habías quedado? —preguntó, mirándome de arriba abajo.

—Había. Con este tiempo lo hemos cancelado, así que aprovecharé para repasar una presentación que tengo mañana. Ponte cómodo, preparo algo de picar y te hago compañía. ¿Y Lorena, no se animaba?

—Se ha quedado pendiente de la avería, por si había que vaciar el congelador —respondió ya camino del pasillo.

Puse unos refrescos y un cuenco de frutos secos en una bandeja y lo llevé al cuarto que tenemos para teletrabajar. Es el más pequeño de la casa: un escritorio doble con el ordenador de sobremesa, donde se sentó él, y una silla extra que era la que iba a usar yo. La ventana, vestida con un estor traslúcido, dejaba pasar una luz gris de tormenta, y los pósteres de nuestras series le daban un aire acogedor a pesar de todo.

—¿Necesitas algo más?

—Qué va. Gracias por el rescate, a ver si acabo pronto y me marcho antes de que anochezca.

—Tranquilo. Tu hermano no llega hasta las nueve y media. Si se alarga, pedimos pizzas y te quedas a cenar.

Sacó de la mochila un disco duro externo con sus trabajos y un par de programas portables. Se puso enseguida. Yo me coloqué los auriculares, abrí el portal de la empresa y me sumergí entre balances y gráficos de barras durante un rato más largo del que un domingo merece. Cuando no aguanté más, guardé el proyecto y cerré el portátil.

—¿Qué tal vas? —pregunté, dejando los cascos en la funda.

—Bien, la verdad. Bendita herramienta de inteligencia artificial que metió Adobe en la última actualización. Casi te hace el trabajo sola.

—¿Inteligencia artificial? —fruncí el ceño.

—Mira —giró el monitor hacia mí—. Estoy terminando unos fondos para los escenarios de un desarrollador. ¿Ves estas montañas, este camino que se pierde entre ellas? Aburrido. Pues señalo esta zona, escribo «cabaña con la chimenea encendida», pulso Enter… y tachán. Ahí tienes una cabaña con su humo, perfectamente integrada en la luz del resto. Y si no me gusta, despliego y me ofrece otras.

—¿En serio?

—En serio. Ahorra todo el trabajo mecánico. La idea, la composición, esa todavía tiene que salir de ti.

—¿Y funciona con cualquier cosa?

—Con cualquier cosa. Espera, que subo esta escena al cliente y te enseño. —Colgó el trabajo en la nube, mandó la factura y me hizo un gesto—. Acércate.

Arrastré mi silla hasta pegarla a la suya. Entró en internet, buscó la portada de una revista del corazón y descargó una foto de una famosa a la que habían pillado paseando al perro con la cara lavada y lo primero que encontró en el armario. La volcó en el programa.

—Redondeo la blusa, le digo que la ponga roja… y acepto.

No solo cambió el color. El programa respetó las luces, las sombras, los reflejos, cada arruga de la tela. Brujería.

—¿Le cambiamos el peinado? —ni esperó respuesta.

De la melena larga y revuelta pasó a un corte a media melena, impecable, rellenando incluso el fondo que antes tapaba el pelo.

—Y mira hasta dónde llega —seleccionó al perro, y el animal se transformó en una gallina con su sombra y todo.

—Esto es un disparate. Tendrá algún filtro, ¿no? —pregunté, entre la risa y el desasosiego.

—¿A qué te refieres?

—A si hay censura. No te dejará hacer cualquier cosa.

—Hasta donde sé, no hay ningún límite. Por ejemplo, si en vez de cambiarle el color a la blusa le digo que la elimine… pasa esto.

Y, de golpe, vi cómo la mujer se quedaba desnuda de cintura para arriba en plena calle, paseando a su gallina. Tragué saliva.

—¿Y eso es legal?

—Por lo visto, sí. Es tan nuevo que casi no hay ley. Y lo poco que hay dice que, en cuanto modificas algo así, esa persona deja de ser esa persona para convertirse en una especie de dibujo muy realista. No hay por dónde meterle mano.

—No quiero ni pensar en las burradas que se te habrán ocurrido con esto —bromeé, rodando con la silla hacia mi sitio.

—Ninguna sin permiso, aunque no te lo creas.

—¿Cómo que sin permiso? Cuenta.

Volví a acercarme. Adrián se rio, un poco incómodo.

—Una chica me encargó retocarle unas fotos de una sesión que le hizo un amigo. Eran para regalárselas a su novio. Quería que algunas fueran subidas de tono, pero a la hora de la verdad le dio vergüenza desnudarse delante del fotógrafo, así que se quedaron en sugerentes. Me pidió que le quitara la ropa con el programa. Acabó encantada.

—Pero eso tiene que cantar un montón. Con la modelo delante, comparas y se ve el montaje.

—No tengo ni idea. Nunca lo he comprobado.

—¿Me las enseñas?

—Supongo… espera. —Navegó entre carpetas—. Aquí.

Pasó las fotos una a una, deteniéndose en las que la chica aparecía «desnuda». Era impresionante. Se notaba el trabajo de retoque posterior, mucho más fino que el de la famosa de la revista. La piel parecía piel.

—Da hasta miedo de lo real que es —dije, y noté que me había bajado la voz sin querer.

—Como te decía, no he podido compararlo con el original delante. No sé si engaña tanto en persona.

Y entonces lo dije. No sé de dónde salió, pero lo dije antes de poder morderme la lengua.

—Se me ocurre una cosa… Hazme una a mí. Y yo te digo si el resultado se acerca a la realidad o no.

El silencio que siguió fue tan denso que oí la lluvia repiqueteando contra el estor. Adrián me miró como si no estuviera seguro de haber oído bien.

—Marina…

—¿Qué? Es por ciencia —solté, fingiendo una ligereza que no sentía. El corazón me iba a mil—. Tú me haces la foto, la desnudas y comparamos. Nadie tiene por qué saberlo. Es solo un dibujo, ¿no? Lo has dicho tú.

Se pasó la lengua por los labios. Vi cómo la idea ganaba terreno en su cara, cómo la curiosidad le ganaba la partida al sentido común. Era el hermano de mi marido. Estábamos solos. Fuera diluviaba. Y yo acababa de proponerle que me desnudara.

—Ponte ahí, contra la pared —dijo al fin, con la voz más ronca—. Necesito luz plana.

Me levanté. Las piernas me temblaban un poco. Me apoyé en la pared blanca, entre dos pósteres, y él levantó el móvil. El clic del obturador sonó como un disparo.

Volvió a sentarse y volcó la foto en el programa. Yo me quedé de pie detrás de su silla, con las manos sobre el respaldo, mirando la pantalla por encima de su hombro. Ahí estaba yo: vaqueros, una camiseta gris, el pelo recogido. Normal y corriente.

—Selecciono la camiseta… y le digo que la quite.

Procesó un par de segundos. Y entonces aparecí yo, en la misma pose, con el mismo gesto, pero con el pecho desnudo. Mis pechos. La forma exacta, el lunar que tengo bajo el izquierdo, el color. Todo. Como si me hubieran fotografiado de verdad sin camiseta.

—Madre mía —susurré—. Eso es… eso soy yo.

—No del todo —murmuró él, sin apartar la vista—. Esto se lo ha inventado el programa. No lo ha visto. No tiene forma de saber cómo eres en realidad.

Había una pregunta colgando en el aire, y los dos lo sabíamos. Me incliné un poco más sobre su hombro. Olía a su colonia, la misma que usa Bruno pero distinta en su piel.

—¿Quieres saber si ha acertado? —pregunté.

Adrián giró despacio la silla hasta quedar frente a mí. No dijo nada. Tenía la mandíbula apretada y los ojos clavados en los míos, buscando la señal que le diera permiso para cruzar la línea que llevábamos diez minutos rozando.

Se la di. Me llevé las manos al borde de la camiseta y me la saqué por la cabeza de un tirón. La dejé caer al suelo, junto a la silla.

El aire fresco del cuarto me erizó la piel. Me quedé así, en sujetador primero y luego sin él, mientras él me recorría con la mirada y comparaba en silencio con la imagen de la pantalla.

—¿Y bien? —pregunté, con un hilo de voz—. ¿Ha acertado el programa?

—Casi —dijo, levantándose de la silla—. Le faltaba esto.

Me puso una mano en la cintura. La tenía caliente, ancha, nada que ver con la de Bruno. La fue subiendo despacio, con una lentitud deliberada que me hizo contener la respiración, hasta cubrirme un pecho entero. El pulgar me rozó el pezón y se me escapó un sonido que no pensaba dejar salir.

—Esto el programa no lo sabe —murmuró pegado a mi oído—. Cómo reaccionas. Cómo respiras.

Cerré los ojos. Sabía perfectamente lo que estábamos haciendo y a quién le pertenecía cada uno. Y, aun así, le busqué la boca.

El beso no tuvo nada de tímido. Fue directo, hambriento, de los que llevan tiempo guardados sin que una se dé cuenta. Me apretó contra la pared, entre los pósteres, y yo le tiré de la camiseta hasta sacársela. Su pecho contra el mío, su respiración acelerada, sus manos bajando hacia el botón de mis vaqueros.

—Espera —jadeé, y por un instante creyó que iba a recuperar la cordura. Pero solo era para desabrocharme yo misma el pantalón y dejar que cayera.

Me sentó en el borde del escritorio, apartando de un manotazo la bandeja de los frutos secos. El monitor seguía encendido a mi lado, con aquella versión de mí desnuda que el programa había inventado, mientras la versión real abría las piernas para el hermano de su marido.

Lo que vino después no necesitó pantalla ni inteligencia artificial. Sus dedos primero, hundiéndose en mí mientras me mordía el cuello; su boca después, bajando por mi vientre hasta hacerme arquear la espalda sobre la mesa y morderme la mano para no gritar. La lluvia tapaba casi todo, pero no del todo.

Cuando se incorporó y se desabrochó el pantalón, lo detuve un segundo con la mano en su pecho.

—Esto no ha pasado —le dije.

—No ha pasado —repitió.

Y entró en mí justo cuando otro trueno reventaba sobre el tejado. Me agarré a sus hombros, a su espalda, a lo que pude. Lo hicimos así, sobre el escritorio donde se suponía que él solo iba a terminar unos diseños, con la tormenta de testigo y la imagen falsa de mí misma mirándonos desde el monitor, como si la propia máquina hubiera adivinado, antes que yo, cómo iba a terminar aquella tarde.

Después nos quedamos quietos, recuperando el aire, sin atrevernos a hablar. Él fue el primero en moverse. Recogió mi camiseta del suelo y me la tendió sin mirarme a los ojos.

—Voy a borrar la foto —dijo.

—Bórrala —contesté.

Pero los dos sabíamos que lo que había que borrar no estaba en ningún disco duro. Faltaban tres horas para que Bruno volviera del trabajo. Adrián recogió sus cosas en silencio, guardó el disco duro en la mochila y, antes de marcharse, se giró en la puerta.

—Lorena no puede enterarse.

—Ni Lorena ni nadie —dije.

Cerré la puerta y me apoyé en ella con el corazón todavía desbocado. En la pantalla del ordenador, antes de apagarlo, mi yo digital seguía sonriendo, a medio vestir, guardando un secreto que ya no era solo de un programa.

Ver todos los relatos de Infieles

Valora este relato

Comentarios (5)

LectorMorbo

tremendo relato!!! me encanto, de lo mejor que lei ultimamente

Fernanda_mdq

Ay por favor que haya segunda parte, quede con muchisimas ganas de saber como siguio todo esto jaja

Clau_BA

Increible como una tarde de lluvia puede terminar asi jajaja. Muy bien narrado, se siente demasiado real.

CamilaCba

Me recordo a situaciones incomodas con cuñados... pero ninguna tan interesante como esta, eso si jaja. Muy bueno!

DiegoR_77

Pregunta honesta: ese programa que menciona existe de verdad o es pura ficcion?? jaja de todas formas el relato esta muy bien escrito

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.