La app con la que mi cuñado me desnudó esa tarde
No sé en qué momento se me ocurrió la idea. Supongo que fue por la curiosidad de ver el resultado, por el gusto de contárselo después a Bruno o, para qué negarlo, por el morbo que me producía la situación. De todas las fantasías que mi marido y yo hemos compartido a lo largo de los años, ninguna había incluido a su hermano ni a nadie tan cercano. Y sin embargo, allí sentada en el despacho de casa, con la tarde cayendo y la mente nublada, no me sonaba mal del todo la posibilidad de erotizar a mi cuñado. Que además fuera un hombre felizmente casado lo volvía aún más tentador.
—¿Có-cómo? —tartamudeó Tomás, y se le encendieron las mejillas de golpe.
—Que no seas tonto. No me voy a enfadar porque me hagas un retoque muy realista, como dices que sabe hacer el programa. Y así compruebo de primera mano la calidad del trabajo que ofreces.
Le quité el ratón de la mano y rebusqué entre mis archivos algo que pudiera servirnos. Se me ocurrió que el retrato del organigrama de la empresa sería perfecto, así que lo abrí. Salía de cintura para arriba sobre un fondo blanco, y por suerte ese día no llevaba una camisa holgada, con lo cual a la aplicación le resultaría más fácil distinguir las texturas y afinar la silueta.
—Toma, prueba con esta —le ofrecí devolviéndole el ratón.
No hubo que insistirle mucho, la verdad. Abrió la herramienta enseguida y se puso a trabajar. Marcó todo el contorno de la ropa que quería borrar y escribió «female naked chest» en el asistente. Perseguimos con la mirada la barra de progreso hasta que llegó al final, y ahí estaba yo: desnuda y con una sonrisa diplomática, como si presentarme así al trabajo fuera lo más normal del mundo.
—¿Qué te parece? —susurró casi sin voz, con miedo a ofenderme.
—Me parece que no ha acertado a la primera, pero creo recordar que esto te ofrecía más alternativas, ¿no? —lo animé, fingiendo naturalidad para tranquilizarlo.
Desplegó el panel de opciones y fue pasando entre ellas despacio, esperando algún comentario.
—No. Tampoco. Esa no. Meh. Sí, esa me gusta. No. Siguiente. Noooo. ¡Esta! No, la de antes. ¡Para! ¡Esa, esa!
Nos detuvimos en unas tetas bonitas y exuberantes. Redondas, poco caídas, con una areola del mismo marrón claro de los pezones, que se marcaban duros, como si el algoritmo hubiera decidido dibujármelos ya excitados. Si no llego a estar presente durante el proceso, habría dado un respingo al verlos, de lo convincentes que eran.
—¿Esta? —dudó, mirando alternativamente entre el monitor y mi camiseta.
—Sí, ¿qué pasa? —repregunté sin pillarle el matiz.
—Nada. Que no sé si son los que tienes o los que te gustaría tener —pinchó con media sonrisa.
—¡Serás idiota! —me piqué, dándole un puñetazo flojo en el hombro—. Pues ahora te vas a tener que fiar de mi palabra para saber si tu producto es maravilloso o si le estás tomando el pelo a la gente.
—Vale, vale. Perdón. Soy gilipollas, no tenía que haber soltado esa tontería.
—Gilipollas no. Idiota. Un idiota que hace exactamente las mismas bromas que el idiota de su hermano.
—Bueno, no te enfades, cuñada, que me quiero ir contento y agradecido por la ayuda.
—¿Ya te vas? —protesté, y noté en mi propia voz un punto de desilusión.
—Sí, ya he terminado lo que tenía que hacer. No quiero molestar más.
—También eres idiota por pensar que molestas. Aún quedan un par de horas para que Bruno vuelva del trabajo. Anda, enséñame qué más cosas sabe hacer este programa.
—¿Más? ¿Qué más quieres ver? —se sorprendió de que me hubiera parecido poco.
—Pues no sé. Hemos visto que de cintura para arriba domina la jugada. Pero ¿qué tal se le da de cintura para abajo?
—Ni idea. Nunca lo he probado.
—¡Venga ya! No seas mentiroso.
—Te lo juro. Es la segunda vez en mi vida que uso la IA para desnudar a alguien. La primera fue con las fotos que te he enseñado antes, y ya viste que siempre llevaba los vaqueros puestos.
Está nervioso. Está nervioso y no se va. Esa idea me caldeó por dentro más de lo que esperaba. Sentí el primer latido húmedo entre las piernas y apreté los muslos por debajo de la mesa, disimulando.
—A ver, espera —intervine, quitándole otra vez el ratón—. Cumpleaños, Nochevieja, vacaciones, casa rural… —fui enumerando en voz alta las carpetas donde podría haber alguna imagen útil—. Eres consciente de lo que te pasaría si le cuentas una sola palabra de esto a alguien, ¿verdad?
—Sí. Tranquila, que esto no sale de aquí. En cuanto acabemos lo borro todo —garantizó.
—Comida de empresa —celebré al dar con la carpeta que prometía las mejores opciones.
Repasé las fotos que nos hizo el fotógrafo que contrató mi jefe hasta encontrar la perfecta para la prueba. En ella aparecíamos mi compañero Andrés y yo, uno al lado del otro, ambos arregladísimos, cogidos por la cintura y mirando al frente. Buena luz, mucha nitidez, cuerpo entero y sin demasiado espacio vacío alrededor.
—Esta servirá —concluí, satisfecha con la elección.
Se puso a trabajar de inmediato. Estaba clarísimo cuál de los dos tenía más ganas de ver el resultado. Seleccionó mi vestido, ajustó el contorno y los vuelos de la tela, escribió «female full naked body» y dejó que el programa hiciera su magia. Ante nuestros ojos aparecí entera, de los pies a la cabeza, con un parecido que de entrada no estaba nada mal. El pecho se asemejaba mucho al de la imagen anterior; entendí que el algoritmo iba aprendiendo de los resultados previos. Para lo demás tuve que ir pidiéndole que pasara entre las sugerencias hasta dar con una que encajaba bien, con el coño depilado y los labios mayores dejando asomar tímidamente los menores, un pliegue rosado y brillante que a la resolución del monitor casi parecía húmedo.
—Pues sí. También se le da bien lo de abajo —comenté para romper un silencio breve pero incómodo, y noté cómo se le movía la nuez al tragar.
—Pues ya está —acertó a decir, visiblemente alterado, con la mano apoyada en el muslo como quien intenta disimular un bulto que empieza a hacerse notar bajo las bermudas.
—Oye, pero ya está bien de que seas solo tú quien se alegra la vista, ¿no?
—Es que yo no tengo ninguna foto mía aquí, en el disco —se excusó, rojo como un tomate.
—Ja. No, hombre. Me refería a que, ya que estamos, podrías dejar al chico en igualdad de condiciones. Así de paso comprobamos si tu producto sirve para todo.
El proceso fue rápido. Las opciones esta vez giraban en torno a la cantidad de vello y, cómo no, al tamaño y la forma de la polla.
—Este —elegí finalmente.
Me detuve en uno que me transportó de golpe a aquella mañana en la playa, el verano pasado, cuando lo vi salir del agua casi sin querer y sentí una corriente que llevaba meses fingiendo no haber sentido. Aquel bulto marcado en el bañador mojado que me hizo apartar la vista tarde, mal y con la boca seca.
—¿Ese te gusta? —indagó, sin saber que mi elección no era casualidad.
—Sí —asentí, con un nudo de nervios por la remota posibilidad de que sospechara algo.
—Anda que no eres lista. Has escogido el más pequeño, ¿eh?
—Pudiendo elegir, ¿por qué conformarme con menos? Además, lo he hecho por concordancia anatómica. Ya sabes lo que dicen sobre la altura de los hombres y las proporciones. Andrés es bastante alto.
—Ah, ¿sí? ¿Cuánto mide? —preguntó con una curiosidad poco disimulada.
—Pues alrededor de uno ochenta.
—Entonces me alegro de que creas en esa teoría, porque yo estoy en uno ochenta y dos —repuso, orgulloso.
—Anda, fantasma. Dime de qué presumes… —lo piqué, dejando el refrán a medias.
—De fantasma nada —se defendió, picado.
—Está bien. Demuéstramelo, entonces —lo desafié, mirándolo por fin a los ojos.
—¿Q-qué? —balbuceó.
—Que me lo demuestres. Es lo justo, ¿no? Tú ya me has visto desnuda, y esa imagen se te va a quedar grabada para siempre. Poco te va a importar que sean píxeles inventados cuando vayas a echar mano de la polla esta noche. Así quedamos en paz.
—No nos pasemos. Eso de haberte visto desnuda es muy relativo, perdona que te diga —contraatacó al borde de la taquicardia.
—No es culpa mía que no guardes fotos tuyas. Además, ¿de qué tienes tanto miedo? ¿De quedar como un mentirosillo?
—No es miedo, es vergüenza. Y está mi hermano. Y Lucía…
—¿Ahora te preocupas por tu hermano y por tu mujer? ¿Me vas a decir que no has disfrutado desnudando mis fotos? ¿Que solo veías ceros y unos? ¿Qué diferencia hay entre desnudarme a mí o a cualquier otra chica a la que, para colmo, fotografiaste en persona? —fui desmontando una a una todas sus excusas.
—Claro que me ha gustado. La situación tiene un punto morboso que no puedo negar, pero…
—¿Pero…?
—Que, me guste o no, no se me había pasado por la cabeza hacer nada más que esto.
—¿Y si soy yo quien te lo pide? —susurré.
—Pedirme el qué.
—Que me enseñes lo que te provoca retocar mis fotos. Quiero ver la polla que se te pone cuando me imaginas sin ropa.
—Nadia…
—Mira, hagamos un trato. Voy a llevarte hasta la puerta de un sitio al que podrías haber llegado tú solo con un poco de curiosidad. Una vez allí, decides si entras o no. No será gratis, pero te aseguro que vale la pena.
Volví a tomar el ratón y navegué hasta los documentos de Bruno. Tras varias carpetas con nombres aburridos a propósito, para despistar a los fisgones, llegué a una llamada como yo. Al hacer doble clic se desplegaron otras nueve, con títulos tan sugerentes como descriptivos: «Vendada», «Vendada II», «Lencería», «Dormitorios», «Camping», «Espejo» y alguna más. Todas las fotos íntimas que mi marido me había ido haciendo desde que éramos novios, ordenadas por temas.
—Te ofrezco acceso a todo lo que tu hermano ha recopilado de mí durante años. Puedes mirar cuanto quieras, el tiempo que quieras. La única condición, antes de abrir nada, es que te desnudes. Lo justo, conociendo de antemano lo expuesta que voy a quedar. La otra opción es que recojamos esto y te marches, sin cuentas pendientes, y yo me dé una ducha fría mientras preparo la cena fingiendo que no llevo toda la tarde deseando otra cosa.
Tomás apuró su refresco, cerró los ojos y respiró hondo, como quien se concentra antes de un salto que no sabe si está preparado para dar. Miró la pantalla, después a mí, después al ratón, que me arrebató para dejarlo sobre la mesa. Se levantó. Por un segundo mi deseo lo interpretó como arrepentimiento, hasta que se quitó la camiseta y la dejó sobre el respaldo de la silla. Enganchó los pulgares en el elástico de las bermudas y la ropa interior y, con un pequeño salto, lo dejó caer todo al suelo.
No mentía. Incluso en reposo, recostado sobre el muslo, resultaba imponente, confirmando que también en su caso la altura tenía algo que ver con el resto. Una polla gruesa, con las venas dibujadas por debajo de la piel, colgando pesada sobre un par de huevos que se le apretaban ya contra el cuerpo. El glande asomaba apenas por la abertura del prepucio, brillante, y todo en él pedía a gritos que dejara de mirar y empezara a tocar.
—¿Por dónde quieres que empiece? —murmuré, con la voz temblando y sin reconocerla del todo como mía.
No le di tiempo a responder. Crucé el despacho, me arrodillé entre sus piernas y le rodeé la polla con la mano. La sentí engordar contra mi palma en cuestión de segundos, endureciéndose a tirones, latiéndome en los dedos como si tuviera vida propia. Le retiré el prepucio despacio, con el pulgar, y el glande apareció entero, morado, hinchado, con una gota transparente ya asomando por la punta. La recogí con la lengua sin apartar la vista de sus ojos.
—Joder, Nadia… —jadeó él, agarrándose al borde de la silla.
—Calla —le susurré, y me lo metí en la boca.
Se la chupé despacio primero, saboreando cada centímetro, dejando que la punta me golpeara el paladar antes de bajar hasta la mitad. Después aceleré. Cerré los labios apretados alrededor de su verga y empecé a subir y bajar la cabeza con ritmo, ayudándome con la mano en la base, mientras con la otra le acariciaba los huevos, sopesándolos, tirando suave de ellos. Tomás me puso la mano en la nuca sin apretar, dejando que fuera yo la que marcara el compás. La saliva empezó a caerme por la comisura, resbalándome por la barbilla hasta gotearle sobre los muslos. Cada vez que la sacaba entera, la polla brillaba entera bajo la luz del flexo, dura como una piedra, marcada de venas gruesas.
—Como sigas así me voy a correr ya —advirtió él, con la voz rota.
—Todavía no —le dije, dejándosela caer contra el vientre con un golpe húmedo.
Me puse de pie, me quité la camiseta por la cabeza y me solté el sujetador. Las tetas me botaron sueltas, mucho más pequeñas que las que la IA me había puesto un rato antes, pero a él se le fueron los ojos como si fueran las mejores del mundo. Se levantó y me las agarró con las dos manos, me pellizcó los pezones hasta ponerlos duros y luego se agachó a chupármelos, mordiéndolos con cuidado, tirando de ellos con los dientes. Yo le tenía la polla apretada contra el vientre, mojándome la piel de saliva y de fluido.
—Sácame los pantalones —le pedí al oído.
Me desabrochó el vaquero con torpeza y me lo bajó junto con las bragas. Cuando el algodón se separó de mi coño noté el hilo pegajoso que se había hecho entre la tela y mis labios, y él también lo vio. Sin decir nada, me giró contra la mesa, me empujó suave para que apoyara las palmas en la madera y me abrió las piernas con la rodilla. Se arrodilló detrás de mí y me hundió la cara entre las nalgas, buscando el coño con la lengua desde atrás.
—Ay, joder… —se me escapó cuando noté la lengua abrirme los labios y subir hasta el clítoris.
Me comió el coño despacio, saboreándolo entero, lamiéndome de arriba abajo, metiéndome la lengua hasta el fondo y sacándola para volver a jugar con el clítoris en círculos. Yo apretaba los dientes para no gritar, moviendo el culo contra su cara, restregándome sin vergüenza. Cuando metió dos dedos y empezó a moverlos hacia arriba, buscándome ese punto por dentro, sin dejar de chupar el clítoris, me temblaron las piernas y solté un gemido largo que se me escapó de la garganta sin permiso.
—Fóllame ya —le pedí, sin fuerzas para aguantar más.
Se puso de pie detrás de mí. Sentí la polla apoyarse contra mi culo primero, resbalar hasta la raja del coño, empaparse ahí y buscar la entrada. La punta se acomodó justo donde tenía que estar, y de un empujón firme se metió hasta el fondo. Grité contra el antebrazo, más de sorpresa que de dolor. Era gruesa, mucho más de lo que estaba acostumbrada, y me llenó entera de una sola vez.
—¿Estás bien? —preguntó, quieto, dejándome acostumbrarme.
—Muévete. Fóllame fuerte —le contesté, y le eché el culo hacia atrás.
Empezó a follarme despacio, sacándomela casi entera para volver a metérmela de golpe, cada embestida chocando contra mis nalgas con un ruido seco. Después subió el ritmo. Me agarró de la cadera con las dos manos y empezó a bombear sin tregua, la polla entrando y saliendo del coño empapado, haciendo un ruido húmedo cada vez que se hundía hasta el fondo. Yo tenía la mejilla apoyada en la mesa, las tetas aplastadas contra la madera, y solo era capaz de gemir con la boca abierta mientras mi cuñado me follaba en el mismo despacho donde su hermano me había tomado tantas noches.
—Túmbate boca arriba —le dije cuando conseguí recuperar el aliento un momento.
Se echó sobre la alfombra y yo me monté encima. Le agarré la polla, la coloqué en mi entrada y bajé despacio, sintiendo cada vena, cada milímetro abriéndome por dentro. Cuando la tuve entera dentro, me quedé quieta, apoyando las manos en su pecho, y empecé a moverme en círculos, restregándome el clítoris contra su hueso. Después me eché hacia atrás, apoyándome en sus muslos, y empecé a subir y bajar. Las tetas me botaban con cada envite, y él me miraba hipnotizado, agarrándomelas, apretándolas, sin creerse todavía dónde estaba y con quién.
—Te voy a llenar —jadeó él, agarrándome de las caderas con más fuerza.
—Dentro no —le advertí sin dejar de cabalgarlo—. Cuando vayas a correrte, avisa.
Cambió de idea entonces y me tumbó bajo él en la alfombra, me abrió las piernas del todo y volvió a metérmela. Ahora me follaba mirándome a los ojos, apoyado en los codos, la boca a un palmo de la mía, sin llegar a besarme, sin atreverse todavía a eso. Cada embestida me sacaba un gemido nuevo, más agudo, y yo le clavaba las uñas en la espalda, le rodeaba la cintura con las piernas para que se hundiera más, para tenerla toda dentro.
—Ya, ya… —avisó a los pocos minutos, con la voz cortada.
La sacó a tiempo, se puso de rodillas entre mis piernas abiertas y se agarró la polla con la mano. Yo bajé la mía y me froté el clítoris rápido, sin dejar de mirar cómo se masturbaba encima de mi vientre. Le vieron primero los huevos apretarse, después la polla ponerse aún más dura, y el primer chorro de semen me cayó caliente entre las tetas. El segundo me alcanzó el cuello, el tercero se derramó sobre mi ombligo, gruesos, blancos, mucho más de lo que esperaba. Me corrí yo también, con los dedos empapados y el coño apretándose sobre nada, gimiendo largo mientras notaba el semen resbalándome hacia los costados.
Se dejó caer a mi lado, jadeando, con la polla todavía dura descansándole sobre el muslo. Nos miramos, y por primera vez en toda la tarde ninguno de los dos supo qué decir. Después me eché a reír, y él conmigo, con esa risa nerviosa que aparece cuando ya no hay marcha atrás.
Lo que vino después no lo aprendió ninguna inteligencia artificial: se lo enseñé yo, despacio, mientras el reloj corría hacia las diez y los dos sabíamos que ninguno iba a borrar nada cuando termináramos.
Esa noche, cuando Bruno volvió y me preguntó qué tal la tarde, le dije que su hermano había pasado a pedirme un favor con un programa del trabajo. Y no mentí. Solo me callé quién había acabado haciéndole el favor a quién.





