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Relatos Ardientes

La noche que me entregué al novio de mi mejor amiga

Me llamo Renata y esto pasó hace poco más de un año, cuando todavía me convencía de que lo mío con mi esposo se podía arreglar. Tengo veintisiete años, soy delgada, de piel clara y cabello castaño que casi nunca me molesto en peinar. Estoy casada con un hombre de treinta y cuatro al que dejé de desear sin darme cuenta del momento exacto en que ocurrió. No fue una pelea ni una traición; fue algo más lento y más triste, un goteo de noches en las que cada uno miraba su teléfono dándole la espalda al otro hasta que el silencio se volvió costumbre.

Para que entiendan: llevábamos tres meses sin tocarnos. Lo único que quedaba entre nosotros era que de vez en cuando se la agarraba antes de dormir y se la jalaba en la oscuridad, casi por costumbre, sintiéndosela crecer entre mis dedos sin que él me devolviera nada, sin una mano en mi coño, sin una boca en mis tetas, nada. La verdad es que tampoco lo dejaba. Pero cuando me quedaba sola, leía cosas en internet, historias donde tipos con vergas enormes se cogían a mujeres casadas a pelo, y me metía dos dedos imaginando que era yo la del relato, mordiendo la almohada para no gemir fuerte. Un par de veces él me descubrió con la mano entre las piernas, y para que no preguntara demasiado le repetía en voz baja lo que había leído mientras le jalaba la polla: cómo aquella tipa se dejaba coger por dos, cómo se tragaba la corrida, cómo pedía más. Se venía rapidísimo, chorreándome la mano, y se dormía de inmediato. Yo me quedaba con el coño hinchado y las ganas intactas, terminando yo sola con los dedos hasta correrme en silencio contra las sábanas.

Esa noche salí de antro con mis amigas. Mi marido se había ido con los suyos, así que no había nada que vigilar. Fuimos a un lugar que acababan de abrir cerca del centro, de esos con luces moradas y música tan fuerte que tenías que gritar al oído para que te oyeran. Bebíamos, bailábamos y decíamos puras tonterías. Varios tipos se acercaban a invitarnos tragos y ninguna aceptaba.

En algún momento la plática se puso pesada, de esas que solo se dan entre mujeres con varios tragos encima. Carla, una de mis amigas, contó sin pudor que su novio la tenía enorme y que cogían sin condón porque a ella le encantaba sentirlo así. Yo me moría de envidia. Cuando confesé que llevaba tres meses en seco, todas se rieron.

—Agárrate a cualquiera del antro —me dijo Carla, dándome un codazo—. Nadie va a decir nada.

—Es que ninguno me llama la atención —contesté, y era cierto.

Lo que no le dije fue que no podía sacarme de la cabeza cómo sería su novio en la cama, cómo sería tener esa verga que ella presumía metida hasta el fondo. Lo había visto en fotos, en alguna fiesta, siempre de lejos. Y esa noche, como si lo hubiera invocado, apareció.

Se llamaba Diego. Medía casi metro noventa, moreno, con esos brazos que se notaban incluso bajo la camisa y una voz grave que se imponía sobre la música. Venía con un amigo. Desde que cruzó la puerta no pude dejar de mirarlo, y él se dio cuenta enseguida. Me sostenía la mirada cada vez que yo creía estar siendo discreta, que no lo era.

O es el más cogelón de todos o es gay, y esta noche lo voy a averiguar.

No sé si Carla lo notó o si simplemente estaba demasiado feliz para fijarse. En ese punto a mí ya me daba igual. Cuando el ambiente se calentó y todos cantábamos lo que ponía el DJ, me las arreglé para bailar pegada a ella, con Diego justo detrás. Y entonces hice algo que ni yo me esperaba.

La besé. En la boca, frente a él. Le metí la lengua a mi mejor amiga mientras miraba de reojo a Diego, y sentí cómo Carla al principio se quedaba tiesa y después me devolvía el beso, riéndose contra mi boca. Diego, detrás, se pegó a mí, y en el roce noté algo duro apretándome el culo por encima del pantalón. No era ningún cinturón. Era él, ya empalmado, midiéndome sin decir palabra.

Carla se separó y soltó una carcajada, divertida, sin entender del todo. Pero Diego sí entendió. Me miró como si ya me hubiera desnudado, y yo le devolví una mueca que no dejaba lugar a dudas.

***

No recuerdo de quién salió la idea del motel con alberca. Estábamos los cuatro afuera del antro, esperando el aire frío de la madrugada para despejarnos: Diego, Carla, el amigo —que se llamaba Andrés— y yo. Andrés llevaba un rato tirándome la onda en el trayecto, y estaba guapo, así que pensé que quizá podía emborrachar bien a Carla y quedarme con los dos. La idea de tener dos vergas para mí sola esa madrugada me prendió más de lo que debería admitir; se me apretó el coño de solo pensarlo.

Llamé a mi esposo y le dije que me quedaría a dormir en casa de Carla, algo que había hecho otras veces sin que protestara. Me contestó medio dormido que él seguía en casa de un amigo y que no me preocupara. Colgué con una calma extraña, como si ya hubiera tomado una decisión mucho más grande que la de no volver a dormir.

La suite tenía una alberca pequeña y un jacuzzi humeante en el centro. Apenas entré, me quité la falda y la blusa sin pensarlo, me quedé en ropa interior y me lancé al agua. El sostén se me pegó a las tetas, los pezones marcándose duros contra la tela mojada. Los dos me miraban desde la orilla con esa cara de hambre que yo necesitaba ver. Seguimos bebiendo, ahora todos dentro del jacuzzi, las piernas enredadas bajo el agua caliente. Sentí una mano —no supe de quién— subiéndome por el muslo bajo el agua, rozándome el borde del calzón, y no la aparté.

Empecé a besarme con Andrés mientras Carla y Diego nos observaban. Andrés me metió la mano dentro del sostén y me apretó una teta bajo el agua, la pellizcó, y yo abrí las piernas debajo del jacuzzi sin darme cuenta. Creo que eso los encendió, porque al poco rato Carla se sentó en el regazo de Diego, se le restregó encima gimiendo, y los dos se encerraron en una de las habitaciones sin decir nada. Andrés y yo nos quedamos solos, besándonos entre el vapor, su mano ya dentro de mi calzón, un dedo entrando y saliendo despacio de mi coño mojado. Pero algo en él no terminaba de gustarme. Lo que yo quería estaba del otro lado de esa puerta, escuchando cómo Carla chillaba cada vez más fuerte, cada vez más ronca.

Le propuse jugar billar para ganar tiempo. Seguía en ropa interior, empapada, las gotas resbalándome por la espalda mientras me inclinaba sobre la mesa fingiendo que me importaba el juego, sabiendo que el calzón mojado se me pegaba al culo y se me metía entre las nalgas. Andrés cada vez más borracho, fallando todos los tiros, riéndose de sus propios errores. Yo solo escuchaba los ruidos amortiguados que llegaban del otro cuarto —el golpeteo rítmico de la cama contra la pared, los gemidos de Carla pidiendo más, más fuerte, más adentro— y me preguntaba cuánto faltaría para que la puerta se abriera. Me tocaba disimuladamente por encima del calzón, apretando las piernas, imaginándome que era yo la que estaba ahí adentro con Diego encima.

En algún punto Andrés se encerró en el baño y ya no volvió a salir. Me quedé sola en el jacuzzi, flotando entre el cansancio y el alcohol, viendo cómo el cielo empezaba a aclararse por la ventana. Una parte de mí pensó en pedir un taxi y volver a casa. La otra, la que esa noche llevaba el control, se quedó esperando con el coño palpitando bajo el agua.

***

Serían las cinco de la mañana cuando la puerta del cuarto se abrió y salió Diego. Me encontró medio dormida en el agua, con el pelo pegado a la cara.

—Cuidado, no te me vayas a ahogar —dijo, y se rió bajito.

Me tendió la mano y me ayudó a salir. El frío me erizó la piel mojada de golpe. Los pezones se me pusieron duros como piedras contra el sostén y él no disimuló la mirada.

—Gracias —murmuré—. Me voy a bañar y a quitarme esto. Quiero dormir un rato.

Me acompañó a la otra habitación y buscó una toalla en el clóset. Yo me metí a la ducha y dejé que el agua caliente me cayera encima. Me quité el sostén y el calzón empapados, los tiré al piso, y me pasé una mano por el coño para lavarme el cloro. Se me escapó un gemido bajito. Y entonces, con el vapor subiéndome por el cuerpo, sentí que ya no quería dormir nada.

Él entró a dejarme la toalla y se quedó parado un segundo mirándome desnuda a través del cristal empañado. Yo le agarré la mano antes de que se fuera.

—¿No te quieres coger a la mejor amiga de tu novia? —le solté, sin un gramo de vergüenza.

No contestó. Se quitó la ropa despacio, sin quitarme los ojos de encima, y cuando se bajó el bóxer entendí por qué Carla presumía tanto. Se le salió la verga de un golpe, gruesa, larga, todavía a medio empalmar y ya me daba miedo. Se metió a la regadera conmigo y me pegó contra los azulejos. Nos besamos bajo el chorro, su cuerpo enorme cubriendo el mío, mientras me agarraba las tetas con una mano y con la otra me abría las piernas. Me metió dos dedos de una y yo pegué un grito contra su boca. Me los sacó chorreando, se los llevó a la boca, se los chupó mirándome.

—Estás empapada, cabrona —me dijo en el oído, mordiéndome el lóbulo.

Le agarré la polla con las dos manos. No me cabía en una. Se la empecé a jalar despacio, sintiendo cómo se ponía más dura, más gruesa, cómo la piel se le tensaba y la punta se le ponía morada. Me arrodillé sobre los azulejos y me la metí a la boca. No me cabía entera; me llegaba hasta la garganta y me daban arcadas, se me caían los hilos de saliva por la barbilla, pero volvía a intentarlo, chupándole los huevos, lamiéndosela desde la base hasta la punta, mojada, perdida, sin pensar en nada que no fuera esa verga. Él me agarró de la nuca con las dos manos y empezó a moverme la cabeza a su ritmo, cogiéndome la boca, embistiéndome la garganta hasta que se me llenaban los ojos de lágrimas. Yo lo dejaba hacer. Me encantaba dejarlo hacer.

—Vamos a la cama —le dije al rato, con la voz ronca y la garganta ardiéndome—. Ahí estamos más a gusto.

Me siguió. Ni nos secamos. Así, empapados, me tiré sobre el colchón y él se subió encima, abriéndome las piernas de un manotazo. Se me quedó viendo el coño abierto, todo hinchado, y bajó la cabeza. Me chupó los labios, me metió la lengua adentro, me clavó los dientes suaves en el clítoris hasta que yo me arqueaba y le apretaba la cabeza contra mí. Me hizo venir con la lengua, retorciéndome, ahogándolo entre mis piernas. Fue el primer orgasmo de la noche y todavía no me la había metido.

Después me subí encima de él, le agarré la verga y me la fui acomodando en la entrada del coño, moviéndome despacio, sintiéndolo entrar centímetro a centímetro. Se me abrían las paredes de a poco, me quemaba, y era una quemadura que quería sentir hasta el fondo.

—Pedimos condones —jadeó él.

—Métemela así —contesté—. A pelo. Mañana me compras la pastilla.

Estaba tan mojada que entró sola hasta la base. Sentí las bolas pegándome contra el culo y me quedé quieta un segundo, temblando, tratando de acostumbrarme al tamaño. Empezó a moverse debajo de mí con una fuerza que me arrancaba el aire, agarrándome de las caderas y bajándome contra él, empalándome una y otra vez. Nuestros cuerpos húmedos chocaban con un sonido de carne mojada que llenaba la habitación. Me chupaba las tetas mientras me embestía, me mordía los pezones, me apretaba el cuello con una mano. Yo me sostenía de su pecho, gimiendo cosas que ni recordaba haber dicho, insultos, súplicas, obscenidades que me salían solas.

—Así, papi, así, no pares, cógeme —le decía, cabalgándolo, apretándole la verga con el coño cada vez que lo tenía adentro—. Rómpeme, rómpeme el coño.

Me sacó de encima de un empujón y me puso en cuatro sobre la cama, agarrándome del pelo. Me dio una nalgada que me sonó en toda la habitación y otra más fuerte. Entonces sí me la metió completa de un solo golpe, lento pero hasta el fondo, haciéndome sentir cada vena, cada centímetro de él abriéndose paso.

—La tienes más grande que mi esposo —le confesé, con la mejilla pegada al colchón—. Con él tardé más de un año en dejar que me lo hiciera sin condón. Y tú, a la primera, me estás cogiendo a pelo.

Algo se le prendió por dentro cuando dijo eso. Empezó a embestirme duro, sin tregua, agarrándome de las caderas con las dos manos y encajándome la verga hasta el fondo con cada empellón. Se inclinó sobre mi espalda y me habló pegado al oído, jadeando, llamándome cosas que en otra situación me habrían ofendido y que ahí me ponían como nunca: puta, guarra, cogelona, esposa infiel. Cada palabra me apretaba el coño alrededor de él.

—¿Tu marido se viene dentro de ti? —me preguntó, agarrándome de las caderas y clavándome contra su verga.

—No —contesté entrecortada, apenas con voz—. Lo tiene prohibido.

Diego soltó una risa de macho satisfecho, como si acabara de ganar algo. Me metió un pulgar mojado en el culo mientras me seguía cogiendo el coño, y yo me abrí más, se lo permití todo. Me cogió todavía más fuerte, repitiéndome al oído que él sí, que él me iba a llenar el coño como nadie, que me iba a dejar chorreando su leche mientras el pendejo de mi esposo dormía en casa de un amigo. Estuvimos así un buen rato, de perrito, hasta que las rodillas ya no me respondían y sentía las piernas temblando solas. Quise cambiar de posición y no me dejó. Me apretó la nuca contra el colchón y me dijo que me portara como lo que estaba siendo esa noche, que aguantara ahí como la puta que era, y eso, en lugar de molestarme, me arrastró todavía más adentro. Sentí el segundo orgasmo llegar de golpe, en oleadas, ahogándome contra la sábana.

Me vine tres veces seguidas y él no se detenía. Cada corrida me dejaba más chorreando, y él seguía embistiéndome en ese charco, chapoteando dentro de mí. Sentí cómo el ritmo se aceleraba hacia el final, su respiración rota contra mi nuca, la verga hinchándosele todavía más adentro.

—Hazlo, papi —le supliqué, empujando el culo hacia atrás para recibirlo entero—. Adentro. Lléname. Vente adentro de mí, no te salgas.

Se vino con un gruñido largo, clavándome hasta el fondo, vaciándose dentro de mí en chorros calientes que yo sentía llegar hasta la panza. Yo seguí moviendo las caderas, despacio, exprimiéndolo, apretándole la verga con los músculos del coño, sintiendo cómo se desbordaba y me escurría por los muslos. No me salí. No quería que se saliera. Seguimos así otro par de minutos, su verga bajando poco a poco dentro de mí, y de pronto se le volvió a poner dura sin haberla sacado. Se puso encima, me dio la vuelta boca arriba, me abrió las piernas y me la metió otra vez, ya bañada en su propia corrida, y me cogió lento, mirándome a los ojos, hasta que se vino por segunda vez y cayó rendido a mi lado.

Me quedé un momento de rodillas sobre el colchón, sintiendo el aire y el calor y su semen escapárseme entre las piernas, chorreándome hasta las rodillas. Después bajé y le agarré la verga otra vez, blanda y pegajosa, brillando de él y de mí, y me la metí en la boca. La limpié entera con la lengua, chupando cada gota, tragándomelo todo, algo que jamás le había hecho a mi marido, algo que ni siquiera se me había ocurrido hasta esa madrugada. Él me dejó hacerlo en silencio, con una mano en mi pelo, mirándome como se mira a algo que ya se usó. Cuando terminé, ya no quiso besarme. Se levantó, se vistió y salió de la habitación sin decir una palabra.

Me quedé sola, desnuda sobre las sábanas revueltas, con el coño todavía palpitando y goteando lo que me había dejado adentro. Pensé en Carla durmiendo al otro lado de la pared, en mi esposo en casa de su amigo, en la pastilla que tendría que comprar al día siguiente. Y aun así no me moví. No quería bañarme, no quería borrar nada, no quería sacarme su semen del cuerpo todavía. Cerré los ojos y me dormí justo como estaba, con las piernas abiertas y la mancha creciendo bajo mi cadera, mientras el sol de la mañana empezaba a colarse por la cortina.

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Comentarios(9)

Moni_CF

Dios mio que calor!!! no puedo creer lo que acabe de leer

lecturaNocturna

Por favor que haya una segunda parte, me quede con ganas de mas. Excelente relato!

CuriosaX_31

Me encanto como narraste la tension desde el principio, uno siente que esta ahi. Esa escena en la alberca es impresionante. Segui escribiendo!

Roberto_BA

tremendo!!! de lo mejor que lei en mucho tiempo

Tere_Robledo

Ay que mezcla de culpa y placer, eso es exactamente lo que te atrapa del relato jajaja. Muy bien logrado

diegoCba93

la escena inicial lo dice todo... no puedo decir mas sin spoilear jaja. Muy bueno

ValeriaRio

Me recordo a una situacion que vivi hace años, esa tension antes de que algo pase es lo mas intenso de todo. Muy bien escrito, se siente real

Lucho_cba

Que arranque mas fuerte, desde las primeras lineas ya sabia que iba a ser bueno. Felicitaciones

MatiasGBA

Increible!!! lo abri sin esperar mucho y me dejo sin palabras. Mas relatos asi por favor

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