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Relatos Ardientes

La noche que invité a un desconocido a mi casa

Estoy sola en casa, tirada en la cama, matando el rato con el teléfono porque la televisión a esta hora no ofrece nada que valga la pena. Mi marido, Damián, lleva tres días fuera por trabajo y todavía le quedan otros tres. La gente se sorprende cuando digo que esos viajes no me molestan; al contrario, los espero. Después de tantos años una necesita su espacio, respirar lejos de la rutina que se va pegando como el polvo a los muebles.

No sé si a él le pasa lo mismo. Tampoco sé si alguna vez, en alguno de esos hoteles, se habrá acostado con otra. Yo nunca lo hice, y eso que llevamos dieciocho años de matrimonio, que se dice rápido pero se vive despacio. La relación es buena, no me puedo quejar, y en la cama tampoco nos ha faltado nada. Ponerle los cuernos jamás había entrado en mis planes. Pero las cosas pueden torcerse en un segundo, y esa noche se torcieron.

Tengo cuarenta y un años y, sin falsa modestia, estoy en mi mejor momento. La edad me ha tratado bien. Tengo el pecho generoso, el pelo castaño hasta los hombros, la piel clara y unos kilos de más que me dejaron mis dos embarazos. Pero las curvas siguen donde tienen que estar, y todavía sé que provocan miradas cuando camino por la calle.

Esa tarde estaba aburrida de verdad. Hacía meses que tenía una cuenta falsa en una de esas redes de mensajes, una donde la gente entra a buscar conversación con desconocidos, contactos, lo que salga. No la usaba con ninguna intención concreta, solo para entretenerme leyendo barbaridades y cerrando ventanas. Me llovían los mensajes privados, casi todos groseros, casi todos iguales. Yo elegía a cuentagotas con quién contestar, y normalmente no contestaba a nadie.

Hasta que se me abrió una ventana en primer plano. Era una foto que, lo confieso, me dejó mirando la pantalla más tiempo del que debería. Pensé que sería una imagen sacada de internet, de esas que muchos usan para presumir de algo que no tienen. Estaba a punto de cerrarla cuando el tipo me escribió: «¿Te gusta lo que ves? Es toda tuya si la quieres».

No respondí. Pero a los pocos segundos me llegó una invitación para aceptar su cámara. Lo dudé. Lo dudé de verdad. Y aun así toqué el botón.

Apareció un hombre ya entrado en años, más o menos de mi edad o algo mayor, en una habitación cualquiera, completamente desnudo y frotándose despacio. No era guapo. Tenía algo de barriga, el pecho lleno de manchas y una cara que no me atraía en absoluto. Pero entre las piernas tenía algo que al principio me pareció imposible, casi una broma. No lo era. Y él se dio cuenta enseguida de mi cara de sorpresa.

—¿Te gusta? —escribió, y la mano subía y bajaba sin prisa.

Me obligué a contestar que sí, porque era verdad y porque mentir habría sido ridículo a esas alturas. Noté el calor subiéndome por dentro, esa humedad que avisa antes de que una se dé cuenta de lo que está pasando. Me pidió que me desnudara. No lo hice, aunque me moría de ganas. No estoy acostumbrada a ese tipo de espectáculos.

—Es lo justo —insistió—. Yo te enseño todo, tú me enseñas algo.

Tenía razón, o yo quise dársela. Me quité la camiseta y el sujetador y le mostré que mis pechos todavía se sostenían solos. Tenía los pezones duros, sensibles, casi me dolían.

—Estás buenísima —escribió—. Dame tu dirección y voy a buscarte ahora mismo.

Ahí fue cuando entendí que hablaba en serio. Mis intenciones no llegaban tan lejos; yo pensaba en mirarnos, en correrme cada uno por su lado y nada más. El tipo podía ser un chiflado, un ladrón, un conocido de Damián, cualquier cosa. Nunca en mi vida había hecho una locura ni la mitad de grande. Pero no fui yo la que respondió, fue otra parte de mi cuerpo, esa que llevaba demasiado rato pidiendo. Y le di mi dirección.

Se levantó, paseó frente a la cámara para que viera bien lo que me esperaba y, con esfuerzo, se metió todo aquello dentro de un bóxer.

—Dame una hora —escribió, y al instante apareció el cartelito de «sin conexión».

El corazón me iba a estallar.

¿Qué acabo de hacer?

Eran las nueve. Damián solía llamarme a las diez para darme las buenas noches, un detalle precioso que en ese momento me pareció una catástrofe. Pensé que le diría que estaba indispuesta y me había acostado, para no tener que dar explicaciones. Después empecé a imaginar todas las complicaciones que podía traerme un extraño dentro de mi casa. No lo conocía de nada. Pero ya estaba hecho.

Me lavé, me perfumé un poco y esperé. La hora se convirtió en hora y media, y yo, hecha un manojo de nervios, ya estaba arrepentida cuando sonó el timbre. Abrí apenas una rendija. Me sonrió. Le dejé pasar y, antes de cerrar la puerta, miré a un lado y a otro del pasillo para asegurarme de que nadie nos había visto. Cuando eché la llave, sentí que el pecho se me salía. Me había puesto la mejor lencería que tenía y, encima, una bata fina que dibujaba cada una de mis formas.

Me miró de arriba abajo como quien evalúa un botín y me dijo que estaba para comerme. Le ofrecí un café, por cortesía, por no saber qué hacer con las manos. Él no había venido a tomar café y lo dejó claro. Nos sentamos en el sofá y su boca buscó la mía sin rodeos. Besaba con la seguridad de quien ha pasado por muchas camas: directo, sabroso, ese juego de labios y lengua que solo tiene un hombre con experiencia.

Su mano se apoderó de uno de mis pechos por encima de la bata, lo amasó, intentó alcanzarlo con la boca. Cuando comprobó lo que había debajo, esa mano bajó buscando otra cosa. Di un respingo y se me escapó un gemido al sentir un dedo hundirse en mí, empapada como estaba.

***

Perdió la paciencia y los modales a la vez. Me arrancó la bata casi de un tirón y me dejó con las braguitas diminutas y el sujetador desabrochado colgando. Después me lo quitó todo y me tuvo a su merced. Yo estaba tan caliente que solo quería que me abriera de una vez con eso que había visto en la pantalla, pero él tenía otros planes. Me tumbó, me separó las piernas y se quedó un instante mirándome, abierta y ansiosa.

Se arrodilló y se lanzó. Ni siquiera sabía cómo se llamaba, y la verdad es que no me importaba. Lo único que me importaba era lo que su lengua estaba haciendo, recorriendo cada pliegue, jugando con el clítoris, bajando hasta lugares donde nadie se había aventurado de esa manera. Era una sensación nueva, y desde luego no quería que parara.

Me impacienté y le pedí que me lo metiera de una vez.

—Mira que resultaste caliente —me dijo, y a esas alturas me dio igual lo que dijera.

Se puso de pie y empezó a desabrocharse el pantalón. El bulto le deformaba el calzoncillo. Su cuerpo no tenía nada de bonito, pero ya no me importaba. Quería tocarlo. Pasé la mano por encima de la tela calculando lo que escondía y, cuando bajé el elástico, aquello saltó como un resorte, soltándose de golpe. En la pantalla ya me había impresionado; en vivo era directamente otra cosa. Deslicé la mano por todo el tronco solo para convencerme de que era real. Lo era.

Lo agarré por la base y le di besos en la punta antes de pasarle la lengua a lo largo. Lo sostuve, le acaricié los testículos pesados y por fin me lo llevé a la boca. No conseguía abarcar ni la mitad. Él intentó empujar más, pero era imposible, así que me concentré en lo que sí podía hacer, moviendo la cabeza con un ritmo que lo tenía gimiendo. A los pocos minutos lo sentí tensarse, y entre groserías que sonaban a halago se corrió. Aparté la cara con una arcada y un chorro me cruzó la mejilla dejándome medio ciega, y luego otro, y otro, hasta que fue cediendo.

No veía nada. Estaba intentando limpiarme con los dedos cuando sonó el teléfono. Era Damián. No podía haber elegido peor momento. Alcancé la camiseta, me limpié como pude y corrí a coger el celular. Le hice un gesto al desconocido, un dedo sobre los labios, que ni se le ocurriera abrir la boca. Él, sentado en el sofá, seguía acariciándose como si no acabara de correrse, todavía duro, oliendo mi tanga que había quedado tirada en el suelo.

Le dije a Damián que me había acostado porque no me sentía bien, con la esperanza de que colgara rápido. Pero él, cariñoso, decidió que necesitaba conversación para animarme. Yo no quería ánimos. Lo único que quería estaba esperándome en el sofá, erecto y reclamando atención.

—Mi amor, de verdad, me voy a dormir —insistí, y por fin lo entendió. Me mandó un beso de buenas noches y colgó.

***

Volví con el desconocido. Le pregunté si traía preservativos y me dijo que no. Debí parar ahí. Damián está operado, así que con él nunca me preocupo, pero esto era otra cosa, y encima yo todavía estaba con la regla. Aun así estaba tan caliente que confié en la suerte, una imprudencia de la que iba a acordarme después.

Me senté encima de él y lo guie despacio. Entró como una barra de hierro buscando el fondo. Subí y bajé despacio mientras él me chupaba los pezones, y poco a poco fui acelerando. La sensación era indescriptible. Él se esforzaba por dármelo todo y yo me movía como si cabalgara. Me avisó de que así me iba a hacer correr, pero ni aunque hubiera querido habría podido parar. Me corrí gritando como una loca, yo, que normalmente soy callada, gritando sin ningún pudor mientras él me daba palmadas en las nalgas. Sentí cómo palpitaba dentro de mí, sincronizado con mi propio orgasmo, y me hice a un lado, exhausta.

Pensé que ahí terminaba todo. Estaba saciada, llena, con un nudo de remordimiento que el placer apenas dejaba asomar. Me disculpé y fui al baño a limpiarme. Quería que se fuera. No quería complicaciones. Pero cuando me giré para coger la toalla, me lo encontré otra vez de pie, duro como si no hubiera pasado nada.

—¿Es que tú no te cansas nunca? —pensé, sin decirlo.

No me apetecía seguir, y aun así no podía apartar la vista. Me lo acercó a la cara, lo movió de un lado a otro como si quisiera hipnotizarme, orgulloso de sí mismo.

—¿Te gusta? —preguntó.

—Me encanta —respondí, porque era la verdad.

Lo agarré, escupí encima y empecé de nuevo, la boca y la mano al mismo compás, hasta tenerlo otra vez completamente duro. Sentirlo así, y oír las cosas que me decía, me excitó otra vez. Mientras con una mano lo trabajaba, con la otra me ocupaba de mí, que volvía a pedir más como cuando tenía veinte años.

Me levantó del borde de la bañera y me apoyó de golpe contra el lavabo, dejándome de espaldas, ofrecida. Sentí sus manos abiertas sobre mis caderas y luego, sin pausa, lo sentí entrar entero. Empezó a moverse de menos a más, los dos mirándonos en el espejo. Yo veía su cara de placer y él veía la mía, sabiendo perfectamente lo que me estaba haciendo. Debía tener las nalgas enrojecidas de tanto azote, pero en ese momento cada golpe me gustaba.

—¿Más que tu marido? —preguntó.

No tuve más remedio que admitirlo. Mientras él entraba y salía sin tregua, mi dedo buscó el clítoris y me arrastró a otro orgasmo que me sacudió entera. Él no aflojó, todo lo contrario, se aferró a mis caderas y me embistió con fuerza hasta que sentí, de nuevo, su calor llenándome por dentro. Poco a poco los gemidos cedieron y se retiró.

Volví a sentarme a lavarme, esta vez con la intención de que fuera la última. Estaba agotada y profundamente satisfecha, con un peso en la conciencia que se disolvió en cuanto el sueño me venció.

***

Nos quedamos dormidos los dos, algo que jamás había sido mi intención. Caí como si me hubieran dado un somnífero, apoyada en su pecho, sin taparnos siquiera. Cuando abrí los ojos no eran ni las cinco de la madrugada. Me vi desnuda, sin maquillar, con restos de él por el cuerpo. Y entonces mi mirada se posó otra vez en su erección matinal, y, contra toda lógica, volví a mojarme.

Lo desperté. Le pedí que se duchara y se fuera antes de que aclarara y alguien pudiera verlo salir. No me hizo caso. Tiró de mí, me besó, se puso encima y me penetró de un solo empujón. Esta vez grité sin reparo. Solo me quedaba admitir lo que era, y él lo sabía. Las embestidas fueron rápidas, intensas, y en menos de cinco minutos se corrió otra vez dentro de mí.

Esta vez seguro que algo pasa, pensé, y la idea me dio un escalofrío que no supe si era miedo o algo peor.

Después se levantó, se duchó, se vistió. Me pidió un último beso antes de irse y se lo concedí, acompañado de un apretón en las nalgas. Cuando se cerró la puerta, me quedé bocarriba en la cama, mirando el techo que empezaba a aclararse, pensando en todo lo que había hecho esa noche y en lo poco que me arrepentía de verdad. Damián volvía en tres días. Y yo todavía no sabía cómo iba a mirarlo a los ojos.

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Comentarios (4)

SandraV87

Tremendo relato... leí de corrido sin darme cuenta que pasaron los minutos. Buenisimo!

Rebeca_SdJ

Por favor tiene que haber segunda parte! quede con tantas ganas de saber cómo siguio

Lautaro_982

muy bien narrado, me encanto

MarisolCF

Que situacion... me hizo acordar a una época en que yo tambien estuve tentada. Al final no llegue tan lejos jajaja, pero lo entiendo perfectamente

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