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Relatos Ardientes

El juego de mi mujer en la playa lo cambió todo

El lunes llegó con una resaca rara, de esas que no son de alcohol sino de cabeza. El domingo en la playa había dejado un rastro que todavía me quemaba por dentro: celos clavados en el pecho como agujas y, al mismo tiempo, una excitación sorda que no me había abandonado en toda la noche. Había dormido mal, sintiendo la respiración de Lorena a un palmo de mi espalda, su calor, el recuerdo de cómo se había paseado delante de mis compañeros con aquel bikini blanco empapado.

En la oficina todo parecía normal al principio. Buenos días mecánicos, el zumbido de los ventiladores, el tecleo constante. Pero el ambiente estaba cargado, y yo lo notaba en cada mirada que me echaban Rubén e Iván desde sus mesas. Ellos habían estado allí. Habían visto a mi mujer con esa tela transparente pegada a la piel, marcándolo absolutamente todo. Y yo sabía que ellos lo sabían, y eso convertía cada gesto en un recordatorio.

A media mañana, Rubén se acercó a mi mesa con esa discreción que usamos cuando un tema quema de verdad.

—Buenos días, Diego. ¿Cómo lo llevas? —dijo, bajando la voz.

—Bien. ¿Lo preguntas por lo de ayer?

—Pues claro. No fue un día agradable para ti, amigo.

Me encogí de hombros, pero la voz me salió ronca, como si tuviera arena en la garganta.

—Son cosas de casa. Al llegar lo arreglamos con tres frases. No tiene importancia.

Rubén se apoyó en el borde de la mesa y bajó aún más el tono.

—Sin querer ser un capullo, tu mujer está tremenda. Ese bikini mojado se le pegaba como una segunda piel. Era imposible no mirar. Te lo digo como amigo: o la cuidas, o un día se te va.

Sentí un latigazo directo en la entrepierna. Recordé cómo Lorena se había inclinado en el agua, cómo Iván la había mirado con un hambre descarada que ni siquiera disimulaba.

—Dependerá de lo que ella quiera —respondí—. Yo no la obligo a estar conmigo. Los dos somos libres. Solo nos debemos respeto. Y sí, reconozco que ayer se le fue un poco de las manos el jueguecito.

—No me refiero a eso. —Rubén miró alrededor y se inclinó más—. Te voy a contar algo, pero ni una palabra a nadie, y menos a mi mujer. Ella y yo hemos ido alguna vez a un club de intercambios. El matrimonio cansa, y a nosotros nos ha venido bien. Quizás, visto lo de ayer, deberíais plantearos algo así. Es solo una idea.

—¿En serio? —pregunté, y noté que la voz me temblaba.

—Te lo dejo ahí. Si quieres, nos tomamos un café y lo hablamos. —Y antes de irse, añadió—: Por cierto, anoche eché un polvo con mi mujer como hacía meses. Y fue pensando en lo de ayer. No te enfades. Quedó en eso, en una fantasía de cama. De mi casa no sale.

Se marchó dejándome con el pulso en la garganta y una erección que tuve que disimular ajustándome los pantalones bajo la mesa.

***

A mediodía fui a por un café. Estaba rebuscando monedas cuando la voz de Iván sonó detrás de mí, grave y confiada, con ese tono que ya me ponía de los nervios.

—Deja, anda. Te invito yo.

Me giré. Allí estaba, con esa media sonrisa de sobrado y los ojos brillando con algo que no era amistad.

—No te voy a decir que no —contesté—. Es lo mínimo, después de lo bien que te lo pasaste ayer.

Él sonrió más ancho y pulsó los botones.

—Mira, Diego, no sé qué rollo os traéis vosotros dos, pero poneos de acuerdo. A mí me gustan las mujeres así, y cuando puedo me lío con la que quiero. Lo que no quiero son follones con maridos que además son compañeros.

—Cuéntame qué pasó cuando fuisteis a por el hielo.

Iván suspiró, miró alrededor y empezó a hablar bajo, sin filtros.

—Tu mujer no paró de tontear conmigo toda la mañana. Eso fue público, lo viste tú mismo. En el chiringuito me quité el bañador y no me quitaba los ojos de encima. Pensé que era un juego que teníais montado los dos, que tú estabas al tanto. Te juro que pensaba que ya lo tenía hecho.

—Avanza —dije, apretando los dientes.

—En la gasolinera la lió bien gorda. Entró con ese bikini y no quedó un alma sin girarse. Después, de vuelta, me pidió que aparcara detrás de la duna. Otra vez creí que iba a pasar algo. Se sentó frente a mí, con todo a la vista, y yo con el rabo duro como una piedra. Pero solo hablaba de un contrato de modelo que le habían ofrecido, de cómo tendría que posar. Me acerqué, le besé el lóbulo de la oreja, y ella me apartó con la mano en el pecho.

—¿Y?

—Y me dijo: «Iván, lo siento. Si no estuviera con Diego, te follaba aquí mismo. Pero lo quiero. Perdona por el día de hoy, que por otra parte lo he disfrutado mucho». Eso fue todo. Me dio dos besos y se bajó. Me dejó con un dolor de huevos de campeonato, chaval. Tienes una mujer de bandera. —Frunció el ceño—. ¿Qué coño te contó ella a ti, si se puede saber?

—Eso te lo cuento otro día —dije, y me alejé con el café en la mano y el pulso latiéndome en las sienes.

***

Me dejé caer en la silla, saqué el móvil y escribí sin pensar.

«Buenos días, cariño. ¿Tienes un momento?»

El doble check azul apareció al instante. Luego los tres puntitos, eternos.

«Buenos días, mi niño. Sí, en el curro. ¿Qué pasa, amor?»

Marqué sin esperar respuesta. Sonaron dos tonos y descolgó. Su voz salió alegre, con ese ronquido suave que pone cuando está ocupada.

—¡Buenos días, bicho!

—Hola, cariño. ¿Te pillo liada?

—Qué va. Estoy ordenando las estanterías altas de la cafetería. ¿Qué querías?

—He hablado con Iván. Dice que no le enseñaste ninguna foto.

—Es verdad, no le enseñé nada. Te lo iba a contar anoche, pero me quedé frita después del polvo. ¿Cómo le voy a enseñar una foto íntima a ese, si ya estuvo todo el día muriéndose de ganas?

—Joder, Lorena, es que ayer te pasaste tres pueblos.

—Sí, me pasé. Pero te tenía justo donde quería: castigado y celoso. Y luego, bien que lo disfrutaste en casa, recordándolo todo. De paso me hiciste disfrutar a mí. Falta que me hacía.

Sentí cómo la excitación me golpeaba otra vez al oírla hablar tan cruda, sin filtro.

—Entonces… ¿no pasó nada entre vosotros?

—Nada de nada. Que ayer estuviera en modo provocadora no significa que olvide quién es mi marido. ¿Más tranquilo?

—Bastante. Te quiero.

—Y yo. ¿Qué llevas hoy, que te noto raro?

—Cuéntame tú qué llevas puesto.

—Una minifalda veraniega cortísima y un suéter de malla fina, sin nada debajo. Y estoy subida a la escalera limpiando lo de arriba. —Soltó una risita—. Ya he pillado a un cliente haciéndome una foto desde abajo. Lo dejo, que disfrute. Tengo que seguir. Un beso, amor.

Colgó. Me quedé mirando la pantalla, el café frío en la mano, imaginándola subida a esa escalera, la falda trepando centímetro a centímetro.

***

Cinco minutos después, el móvil vibró sobre la mesa. Una foto de Lorena. Sin texto.

La abrí bajando el brillo por instinto. Allí estaba ella, subida a la escalera metálica de la cafetería, girada lo justo para que se viera todo. La minifalda se le había trepado hasta dejar al descubierto la curva inferior de las nalgas, bronceadas y brillantes por el sudor del trabajo. Arriba, el suéter de malla se le había levantado con los brazos estirados; la espalda al aire, la columna marcada bajo una fina capa de sudor, los pechos perfilados a través del tejido casi transparente.

Debajo, por fin, un mensaje.

«El cliente de antes no se ha resistido. Me ha mandado esto al Instagram de la cafetería. ¿Quiero que le responda algo, o le digo que mi marido ya sabe lo guapa que estoy cuando trabajo?»

Miré la hora. Faltaban horas para salir. Horas eternas imaginándola allí, expuesta, mientras un desconocido se relamía con su imagen. Me puse los cascos con música densa, sin letra, e intenté centrarme en una hoja de cálculo que no entendía. Inútil.

Porque la cosa empezó como un juego, algo caliente para ponernos a mil. Y de repente estábamos aquí, con una bola cada vez más grande: ella a punto de firmar un contrato para posar en lencería delante del mundo entero, fotos suyas en catálogos y en redes, cientos de ojos devorándola. Mi Lorena, la que me sirve el café por las mañanas, convertida en objeto de deseo público.

Y me ponía. Vaya si me ponía. Leer cómo desconocidos comentaban su cuerpo, esa mirada que antes era solo mía, me la ponía dura como nunca y me hacía sentir poderoso. Pero detrás venían las dudas, como cuchillos pequeños que se clavan despacio. ¿Y si esto se nos iba de las manos? ¿Y si el morbo se hacía más grande que nosotros?

Y luego estaba su confesión, la fantasía recíproca. Quería verme con otra. Sentarse en una silla, abrir las piernas y tocarse mientras yo me hundía en otra mujer. «Quiero sentir unos celos que me mojen tanto que tenga que correrme mirándote», me había dicho. Y yo me lo imaginaba y volvía a empalmarme. Lo deseaba y me aterraba a partes iguales. Porque la quería mía, no de todos. Mi mujer, no la de cualquiera.

Y luego estaba lo de Rubén, su club discreto, «gente como nosotros, nadie sale herido si se ponen reglas». Quizás un sitio así nos dejara explorar todo aquello sin romper el amor. Quizás. Lo único que sabía con certeza, allí sentado con los cascos retumbándome en el pecho, era que la deseaba, que me asustaba y que no quería perderla por nada del mundo.

***

Por fin acabó la jornada. Llegué a casa, abrí la puerta y allí estaba ella, tal cual me la había descrito por teléfono: la minifalda apenas cubriéndole el culo, el suéter de malla abrazándole los pechos. Sonreía de oreja a oreja, con los ojos brillantes, y en la mano sostenía una botella de champán fría que goteaba condensación.

—¿Qué celebramos? —pregunté, con la voz ronca.

—¡He firmado el contrato! Me llamaron esta mañana, lo leí y lo firmé. ¡Ya soy modelo, Diego! —gritó, dando un saltito de euforia—. Estoy que no me lo creo.

El tapón saltó con un pop alegre y la espuma le salpicó los dedos. Sirvió con manos temblorosas de emoción, derramándose un chorrito por el escote que se lamió despacio sin dejar de mirarme.

—Brindemos —dijo, chocando su copa contra la mía—. Estás casado con una supermodelo. Te invito a comer.

—¿Dónde?

—Al italiano de siempre. Ese de luz tenue donde el camarero se pone nervioso cuando cruzo las piernas.

***

Llegamos al restaurante en plena hora punta. Lorena caminaba delante de mí, contoneándose con una naturalidad que de natural no tenía nada. El camarero, un tipo joven, la guio a la mesa con una lentitud deliberada, los ojos clavados en ella mientras la ayudaba a sentarse. Tragó saliva de forma audible cuando ella cruzó las piernas y la falda se subió lo justo para que asomara el encaje del tanga.

—¿Qué desean tomar? —preguntó, con la voz un punto más grave de lo normal, la mirada bajando una y otra vez al escote.

—La carta, por favor —dije, intentando sonar normal, aunque por debajo de la mesa estaba duro otra vez de ver cómo el chico no podía apartar los ojos de ella.

Cuando se fue, Lorena se inclinó sobre la mesa, tanto que me llegó su perfume mezclado con el champán que aún tenía en los labios.

—Mira el contrato, anda, que esta mañana ni lo abriste.

Abrí el correo. Allí estaba el PDF: cláusulas sobre sesiones en lencería, desfiles, derechos de imagen. Todo muy profesional, todo muy real. Sentí un nudo en el estómago y un calor que subía desde la entrepierna al imaginarla en un set, ante cientos de ojos.

—Es verdad —murmuré.

—A partir de ahora el mundo va a verme como nunca —dijo, recostándose y dejando que la falda volviera a subírsele—. Y me pone. Me pone saber que se te pondrá dura cada vez que veas un comentario nuevo, un desconocido relamiéndose con mi foto. ¿A ti no?

No le contesté con palabras. Le sostuve la mirada mientras el camarero volvía con las bebidas y se quedaba un segundo de más, hipnotizado. Y entendí, ahí, que aquello no había hecho más que empezar, que la próxima conversación pendiente era la de Rubén y su club, y que ninguno de los dos íbamos a dar marcha atrás.

—Pide lo que quieras —dije al fin, con la voz áspera—. La noche es larga, y tenemos mucho que celebrar.

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Comentarios (5)

Charly_Cba

Tremendo relato!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

LectorSur77

Me quede con ganas de mas, espero que haya segunda parte porque el final deja todo abierto

SolNoctAR

Que manera de meter tension desde el principio. No pude parar de leer hasta el final.

NachoSC

increible!! la mujer es un personaje

Pedrito_Rioja

Me recordo a un verano que pasamos en la costa con unos amigos... nunca sabes lo que puede pasar en la playa jajaja. Muy bien escrito, se siente autentico.

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