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Relatos Ardientes

La voz del teléfono que despertó mi infidelidad

Me llamo Andrés y tengo cuarenta y ocho años. Llevo media vida casado con la misma mujer, y ahí está precisamente el problema: media vida. Lo nuestro había dejado de tener sorpresas mucho antes de que ninguno de los dos lo admitiera. El sexo, las pocas veces que aún existía, se había vuelto un trámite ordenado, casi cronometrado, sin ninguna de esas chispas que te hacen llegar tarde al trabajo. Yo no quería dejarla. Quería otra cosa, algo que no le quitara nada a ella pero que me devolviera a mí esa sensación de estar a punto de cometer una imprudencia.

Fue en una de esas tardes en que uno se calienta sin motivo, sin haber visto ni leído nada en particular, simplemente porque el cuerpo lo pide. Estaba solo en casa, aburrido, y se me ocurrió hacer algo que nunca había hecho. Entré en una página de contactos y, después de dudarlo un buen rato, publiqué un anuncio. No buscaba un encuentro físico, todavía no. Buscaba sexo por teléfono con una mujer madura, preferentemente casada, alguien que entendiera de qué iba esto sin necesidad de explicárselo. Escribí cuatro líneas, le di a publicar y cerré el portátil con la certeza de que aquello no iría a ninguna parte.

Pasaron varios días. Ya me había olvidado del asunto cuando una tarde, mientras hacía la compra, me vibró el móvil. Era un mensaje de un número que no tenía guardado.

—Me ha gustado mucho tu anuncio —decía, sin más.

Me quedé parado en mitad del pasillo del supermercado, con un cartón de leche en la mano y el pulso acelerado como un adolescente. Le contesté algo torpe, preguntándole qué le había llamado la atención. Su respuesta llegó rápida y directa, sin rodeos.

—No quiero presentaciones ni preguntas de cortesía —escribió—. Mañana a las ocho de la mañana te llamo. Será solo hablar de sexo, desde el primer segundo. Mucho sexo y nada más que sexo. Si te parece bien, devuélveme el mensaje. Si no, no contestes y desaparezco.

Le respondí que sí antes de pensarlo. Después releí la conversación tres o cuatro veces, intentando imaginar quién había al otro lado de aquellas frases tan secas. ¿Una mujer de mi edad? ¿Más joven? ¿Más mayor? No tenía foto, no tenía nombre, no tenía nada salvo una hora y una promesa.

***

Esa noche apenas dormí. La hora elegida no podía ser mejor: mi mujer salía de casa a las siete y media para ir a trabajar, así que a las ocho tendría la casa entera para mí. Me pasé la madrugada dándole vueltas, convencido de que aquella desconocida no llamaría. La gente promete muchas cosas detrás de una pantalla y luego desaparece. Me preparé para la decepción.

Por la mañana hice todo en piloto automático. Le di un beso a mi mujer en la puerta, esperé a oír el motor del coche alejándose y, en cuanto el silencio se asentó en la casa, volví al dormitorio. Dejé el teléfono sobre la mesilla, con el volumen alto, y me senté en el borde de la cama mirándolo como si fuera a moverse solo.

Todavía faltaba media hora. No va a llamar, me repetí. Pero el cuerpo no escuchaba a la cabeza. Empecé a notar el calor subiéndome por dentro, la respiración un poco más corta, y casi sin darme cuenta me llevé la mano a la entrepierna por encima del pantalón. Estaba duro antes de tocarme. La sola idea de aquella voz anónima ordenándome cosas me tenía al borde.

Me quité la ropa despacio, prenda por prenda, hasta quedarme desnudo sobre las sábanas frías. Me acaricié con la mano, sin prisa, manteniéndome a media tensión, pensando en cómo arrancaría la conversación, qué le diría yo, qué me imaginaría ella de mí. No quería correrme antes de tiempo. Quería llegar a las ocho exactamente igual de caliente que estaba ahora, quizá más.

Los minutos se hicieron eternos. Miraba la pantalla apagada, luego el techo, luego la pantalla otra vez. Cada coche que pasaba por la calle me parecía el principio de algo. A las ocho menos cinco solté el teléfono y crucé las manos detrás de la nuca, decidido a no parecer ansioso ni siquiera ante mí mismo.

A las ocho en punto, el móvil sonó.

***

Lo cogí al segundo tono, intentando que la voz no me temblara.

—¿Diga?

—Estoy en tu cama —dijo ella, sin saludar, con una voz grave y serena que me recorrió la espalda entera—. Acabo de meterme entre tus piernas y te voy a chupar la polla como no te la han chupado nunca. ¿Te gusta?

Me quedé sin palabras durante un segundo. No esperaba ese principio tan brutal, tan exacto a lo que había pedido. Tragué saliva y le seguí el juego.

—Me encanta —contesté—. Sigue.

Y siguió. Me describió con todo detalle lo que estaba haciendo con la boca, lo despacio que lo hacía, cómo me miraba desde abajo mientras lo hacía. No usaba rodeos ni medias palabras. Era cruda, directa, y eso la volvía mil veces más excitante que cualquier susurro fingido. Yo me acariciaba al ritmo de su voz, como si de verdad estuviera ahí, como si aquellas manos que describía fueran las suyas y no las mías.

—Ahora te toca a ti —dijo de pronto—. Cuéntame qué me haces.

Y le conté. Al principio me costó, las palabras se me atascaban, pero a medida que ella respondía con pequeños jadeos al otro lado fui soltándome. Le describí cómo la ponía boca abajo, cómo le separaba las piernas, qué le decía al oído. Cada frase mía la encendía un poco más, y cada reacción suya me encendía a mí. Era un juego de espejos, una conversación que iba subiendo de temperatura sola, sin que ninguno de los dos quisiera bajarla.

Me sorprendió lo fácil que resultaba abandonarme con alguien que no podía verme. No había vergüenza, no había juicio, no había nada que perder. Solo una voz y la mía, construyendo entre las dos una escena que no existía en ningún sitio salvo en nuestras cabezas. Y, sin embargo, todo lo que sentía en el cuerpo era absolutamente real: el sudor en la frente, el temblor en las manos, esa tensión que se iba acumulando y que no había forma de detener.

—¿Estás casado? —me preguntó de repente, sin dejar de respirar agitada.

—Sí.

—Yo también. Mi marido se acaba de ir a trabajar. Y aquí estoy, hablando contigo, tocándome, pensando en una polla que no es la suya. Eso te pone, ¿verdad?

Vaya si me ponía. Saber que ella estaba haciendo exactamente lo mismo que yo, en otra cama, en otra casa, traicionando el mismo tipo de rutina, me llevó al límite. Había algo en compartir esa pequeña culpa con una desconocida que lo hacía todo más intenso, más prohibido, más nuestro.

—No pares —le pedí—. Estoy cerca.

—Yo también —jadeó—. Quiero que nos corramos juntos. Dime cuándo.

Las voces se volvieron entrecortadas, las frases se rompieron en pedazos, hasta que ya no hubo palabras, solo respiraciones rápidas y algún gemido que ninguno de los dos intentó disimular. Me corrí escuchándola correrse a ella, y durante unos segundos lo único que existió en el mundo fue esa voz al otro lado de la línea y el latido violento en mi pecho.

***

Nos quedamos en silencio, recuperando el aliento. Miré el reloj de la mesilla: habían pasado treinta minutos exactos. Media hora que se me había hecho a la vez eterna y demasiado corta.

—Tengo que dejarte —dijo ella, ya con la voz más calmada—. Ha estado muy bien.

—Espera —alcancé a decir.

—Cuídate, Andrés.

Y colgó. Así, sin más, pero despidiéndose, lo cual me pareció un detalle extraño y bonito en alguien que se negaba a darme su nombre. Me quedé tumbado, desnudo, con el teléfono todavía en la mano y una sonrisa estúpida en la cara. Acababa de tener el mejor encuentro sexual en años y ni siquiera sabía cómo se llamaba.

Lo raro fue lo que vino después. A pesar de haberme corrido, seguía caliente. No era el cuerpo, era la cabeza. Quería más. Cogí el móvil y le escribí.

—Esto hay que repetirlo —le puse.

La respuesta tardó apenas un minuto.

—Hay que repetirlo pronto —contestó—. Pero igual que hoy: solo hablando de sexo desde el primer minuto. Soy muy reservada y prefiero que nos disfrutemos así, sin complicaciones.

Leí aquello varias veces. «Sin complicaciones.» Ella ponía las reglas y las ponía claras. Pero yo, mientras dejaba el teléfono sobre la sábana, ya estaba pensando justo en lo contrario. Una mujer capaz de hacerme aquello solo con la voz, capaz de leerme tan bien sin haberme visto nunca, no podía quedarse en una llamada de media hora cada cierto tiempo.

Me pasé el resto de la mañana inútil para todo. Intenté trabajar, intenté distraerme con cualquier cosa, pero la conversación me volvía a la cabeza una y otra vez, fragmento a fragmento. Recordaba la forma exacta en que había dicho mi nombre al despedirse, el único momento personal en treinta minutos de puro sexo, y me preguntaba si lo había hecho a propósito, sabiendo que me dejaría pensando en ella todo el día. Si esa había sido su intención, lo había conseguido de sobra.

Me levanté, fui hasta la ventana y descorrí la cortina. La calle seguía igual que siempre, gris y rutinaria, ajena a lo que acababa de pasar en aquel dormitorio. Pero yo ya no era el mismo de la noche anterior. Algo se había encendido y no pensaba dejarlo apagarse.

A esa mujer tenía que conocerla. Tenía que verle la cara, oír esa voz sin un teléfono de por medio, comprobar si la realidad estaba a la altura de lo que mi imaginación había construido en treinta minutos. No iba a escapárseme. Por mucho que ella quisiera mantener las distancias, por muchas reglas que pusiera, yo ya había decidido que aquella desconocida iba a ser mía.

El cómo, todavía no lo sabía. Pero tenía tiempo, ganas y una conversación pendiente que estaba deseando reanudar.

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Comentarios (6)

LunaLect

Increible, me tuvo pegada hasta el final sin soltar el celular. Muy bueno!

Facundo_bsas

La tension que se siente desde el principio es brutal. Sigue subiendo relatos asi!

VicenteRdz

La espera previa es lo que mas me gusto, lo describiste de una manera muy real. Me recordo a algo que vivi hace años, esa mezcla de nervios y excitacion es inconfundible.

DiegoBaires

Queremos segunda parte!!! dejaste todo en el aire jeje

MatiasG

excelente relato, de los mejores que lei en este sitio

Susi_Norte

Bien escrito y con ritmo, no se hace largo en ningun momento. Gracias por compartirlo 😊

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