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Relatos Ardientes

Mi cuñado quiso ver las fotos que mi marido me hacía

El cursor se deslizaba por la pantalla con torpeza, dando pequeños rodeos, como si la mano que lo movía no estuviera mucho más tranquila que el resto de mi cuerpo. Tomás respiraba despacio, midiendo cada clic, y yo entendí que estaba tan asustado como yo de lo que íbamos a hacer.

—No lo sé. Me gustaría empezar de menos a más —dijo, entrecortado, sin atreverse a mirarme.

—Entonces empieza por esa carpeta —sugerí, señalando una que mi marido había bautizado con un nombre que lo decía todo.

Era el cajón de sastre de Hugo: una colección de fotos robadas, hechas sin que yo lo supiera, casi siempre mientras dormía. Imágenes que, lejos de molestarme, siempre me habían producido una mezcla de ternura y morbo. Saber que mi marido necesitaba capturarme desprevenida para conservar un recuerdo que se le escapaba entre los dedos me parecía la forma más honesta de deseo. Que ahora fuera su hermano quien las abría una a una era otra cosa muy distinta.

Las primeras imágenes nos golpearon con una ola de nostalgia. Cuatro capturas de muy baja calidad, sacadas de una videollamada de cuando las cámaras eran malas y la conexión, peor. Tendríamos entre dieciocho y veinte años, no más. En la pantalla yo aparecía jovencísima, con una camiseta blanca barata y nada debajo. La tela, casi transparente, dejaba adivinar mis pechos.

Tomás pasó a la siguiente, en la que me había hecho un nudo bajo el pecho para marcarlos todavía más. Y luego, el destape: la camiseta desaparecía y mi yo de aquellos años se exhibía con descaro ante la cámara. Mi cuñado repasaba las fotos de atrás hacia delante, recreándose en los detalles borrosos, fascinado por esa versión de mí que él no había conocido.

Está mirando lo que su hermano mira a solas, pensé, y noté el calor subiéndome por el cuello.

El cursor avanzó años de golpe. La calidad saltó a alta definición. Ahora eran fotos de una noche cualquiera. Yo dormía, vestida solo con una camiseta de tirantes y un culotte de encaje negro. Un primer plano de mis glúteos separados por la costura, mis piernas, las plantas de mis pies, al estar tumbada de lado. Mientras él hacía zoom en las zonas que le parecían más interesantes, yo alternaba la atención entre lo que veía la pantalla y lo que provocaba en él. De momento solo usaba una mano para apoyarla en el reposabrazos, pero la otra parte de su cuerpo no podía disimular: bajo el pantalón se adivinaba un bulto que crecía con cada imagen.

La secuencia continuó. Más fotos durmiendo, esta vez completamente desnuda. Un plano cenital de mis pechos vencidos hacia los lados. Tomás amplió la zona de los pezones, sin saber que la siguiente foto era un macro de uno de ellos, tan cerca que se apreciaban los poros de la piel y la textura rugosa de la areola. Y como cierre, mi sexo en altísima definición. Dos imágenes de calidad casi clínica, el pubis depilado, los labios abriéndose apenas para mostrar la entrada rosada.

Su excitación era ya imposible de ocultar. La presión deformaba la tela del pantalón, y él se removía en la silla buscando una postura imposible.

—¿Te convence lo que ves? —quise saber, con la boca seca.

—Me convence —admitió casi sin voz.

—A mí también. Al final resulta que mi hermana tiene mucha suerte de tenerte en casa.

—¿Te gustaría tocarme? —propuso, sin pensárselo dos veces.

—Me encantaría. Pero sabes que no voy a hacerlo —decliné, con más pena que convicción—. Lo que sí quiero es que lo hagas tú. Que te lo saques y dejes que te mire.

La poca culpa que me quedaba se evaporó en el instante en que se desabrochó y liberó aquello. Sujetó con la mano izquierda la base, tiró de la piel hacia abajo y empezó un vaivén lento, familiar, que hizo brotar de la punta unas gotas transparentes. Aparté la vista un segundo, no por pudor, sino porque la comparación con Hugo se me cruzó por la mente sin que la llamara, y la genética puede ser muy caprichosa.

—¿Te apetece seguir? —lo animé, hundiéndome en la silla.

—¿Y a ti? —repreguntó, entrecortado, sin dejar de moverse.

—A mí sí —atiné a decir, juntando las rodillas para contener lo que empezaba a desbordarme.

El álbum terminaba con una imagen distinta: mis pies atrapando una erección, yo bocabajo. Una de esas veces en que le pido a mi marido que me ponga crema y practique su afición por darme masajes en la planta. Un pasatiempo que casi siempre es el pretexto con el que termino acariciándolo con los dedos de los pies.

—¿Qué tal se te da eso? —preguntó Tomás, señalando la foto con la barbilla.

—Me siento un poco torpe, pero a tu hermano le vuelve loco. Y a mí me pierde que me toquen los pies. Es uno de mis puntos más sensibles —confesé.

—¿Te puedo pedir que me lo hagas a mí? —insistió, con el anhelo de quien persigue un propósito firme.

—Ya sabes lo que te voy a contestar, ¿verdad?

—Sí. Pero a lo mejor un día te equivocas. O te arrepientes de haber dicho que no —apostilló, respirando con dificultad.

—No te reprocho que lo sigas intentando —concedí, casi rogando en silencio que lo hiciera.

Lo vi exagerar el movimiento, aguantando abajo un instante, como si quisiera hundirse en su propia mano. Producía tanto líquido que, de no ser transparente, habría jurado que ya había terminado. El nudillo arrastraba hilos cristalinos que se estiraban sin romperse. Yo, por mi parte, estaba segura de no necesitar ninguna ayuda para sentarme a horcajadas sobre él si me lo proponía. Y las ganas de hacerlo empezaban a doblegar lo poco que me quedaba de voluntad.

Separé las piernas e introduje la mano derecha bajo la ropa interior, desesperada por calmar la agonía que me producía el simple roce de la tela. Acaricié el clítoris con la yema de dos dedos mientras la humedad los invitaba a explorar más adentro. Los hundí todo lo que pude y un gemido ahogado se me escapó de la garganta.

—¿Puedo ver cómo lo haces? —pidió, con un hilo de voz.

Sus palabras me devolvieron de golpe al salón, a la tarde gris detrás de la ventana, evitando por poco que estallara antes de tiempo. Y eso me desesperó todavía más.

—¿Qué más quieres ver que no hayas visto ya en esa pantalla? —pregunté con dificultad.

—Lo de la pantalla es de hace años. Esto es ahora. Y tú ya me has visto a mí. Sería justo, ¿no?

—Tienes el sentido de la justicia un poco alterado. Será que tienes toda la sangre lejos del cerebro —respondí, y a pesar de todo me reí.

—Por favor… —susurró.

Aquel «por favor» me transmitió tanta ternura que no supe negarme. Me levanté para quitarme con calma los leggings y la ropa interior, y aproveché para sacarme también la camiseta y quedarme solo con un sujetador blanco de copas transparentes. Volví a sentarme, arrastré su silla para enfrentarla con la mía y apoyé los talones en sus reposabrazos, completamente expuesta a su mirada. Separé los labios con dos dedos y empecé de nuevo, despacio. Él me imitaba, ahora con las dos manos.

—¿Te gusta lo que ves? —pregunté, dejando caer la cabeza hacia atrás, abandonándome.

—Es mucho mejor que en la pantalla —aseguró, acelerando el ritmo—. ¿Y a ti? —repreguntó, sin apartar los ojos de mí.

—Mucho. Al principio me dio un poco de miedo. Pero, una vez superado, no dejo de pensar en cómo tendría que hacer para comérmela.

—¿Y has encontrado la manera? —pinchó, astuto.

—¿No querías seguir viendo fotos? —atajé, antes de que se nos fuera del todo de las manos.

—Vale —aceptó, un poco decepcionado—. ¿Cuál me recomiendas?

—Depende de lo que quieras verme haciendo.

Se giró hacia la pantalla y, al hacerlo, mi pie izquierdo resbaló de su reposabrazos y cayó sobre su regazo. Los dedos quedaron apoyados sobre su rigidez caliente. Lo aparté en cuanto vencí la tentación de acompañarlo con el otro, pero no sin antes darme el gusto de ejercer un poco de presión, hasta notar que se estremecía entero.

—Por favor —lo reñí, en un tono mucho más parecido a la súplica que al enfado.

—Perdón —se disculpó, tratando de concentrarse en elegir.

Yo en su lugar tampoco habría sabido qué escoger. Los nombres de las carpetas eran tan sugerentes que costaba decidir, pero entendí que se decantara por la única que prometía vídeo en lugar de fotos fijas. Y eso fue lo que encontró: otro cajón recopilatorio, esta vez de grabaciones que mi marido me había ido haciendo a lo largo de los años.

—Uf —jadeó al ver las miniaturas.

—Uf, sí —coreé, exagerando, ante lo que iba apareciendo en el monitor.

—¿Algún consejo? Ahora mismo soy incapaz de juzgar nada con claridad.

—El que tiene el nombre raro con números. Ese seguro que te gusta.

La elección no era casual. El nombre hacía referencia a la habitación y a la fecha en que se grabó: nuestro dormitorio, el día de nuestro aniversario de bodas. Le di al play y me recosté otra vez, con las piernas abiertas, dispuesta a disfrutar de la proyección tanto como de su compañía.

El vídeo estaba grabado desde el lateral de la cama, con el móvil apoyado sobre una pila de libros que hacían de trípode improvisado. El plano se cerraba sobre mi cabeza, recostada en el abdomen de Hugo, y sobre su erección, que mi mano izquierda mantenía a mi entera disposición. Miré fijamente a cámara antes de acariciarme las mejillas con él, recreándome en la suavidad y en la temperatura, notando cómo se estremecía y arqueaba las caderas tratando de precipitar las cosas. Usé la boca como recipiente, empujé hasta tocar mi propia mano con la nariz y me retiré despacio, dejándolo brillante de saliva.

—Así —le susurré a mi cuñado, intensificando el ritmo de mis dedos.

—¿A-así qué? —consiguió articular, sin apartar la vista de la pantalla.

—La respuesta a tu pregunta de antes. A si había encontrado la manera de comérmela —aclaré, mirando su excitación—. Así. Como se la estoy comiendo a tu hermano ahí.

Tomás no pudo evitar volver a usar las dos manos, alternando la mirada entre el vídeo y mi cuerpo, como si no supiera cuál de los dos lo iba a hacer terminar antes.

—Por favor. Necesito tocarte, o que me toques. Algo —me provocó, al borde.

—Espera un momento. Se me ocurre algo —concedí, apiadándome de él. Y de mí.

Me levanté y fui hasta el bolso que había dejado en el recibidor. Dentro guardaba mi juguete favorito, ese que se controla desde el móvil. Estaba tan mojada que no me costó nada introducírmelo, dejando fuera solo la antena, pegada al clítoris. Lo encendí al mínimo y volví junto a él, recuperando mi sitio en la silla, con la luz roja parpadeando entre mis piernas como una señal de aviso.

—Mira tu teléfono —le indiqué, trasteando el mío.

—¿Qué es? ¿Qué me has mandado?

—Un enlace para que controles esto —aclaré, señalando la luz—. No puedo dejar que me toques. Pero esto no es tocarme, ¿verdad? Es otra cosa.

Tomás abrió el enlace con dedos temblorosos. Tardó un segundo en entenderlo y, cuando lo hizo, una sonrisa lenta le cruzó la cara. Subió la intensidad de golpe, y el juguete cobró vida dentro de mí con una vibración que me arrancó un grito que no me molesté en disimular. Él me miraba desde su silla, con el teléfono en una mano y la otra ocupada en sí mismo, dueño por fin de algo mío sin haber roto la única regla que yo le había puesto.

Jugó conmigo durante varios minutos, subiendo y bajando la intensidad a su antojo, aprendiendo qué patrón me hacía arquear la espalda y cuál me dejaba al borde sin terminar de empujarme. Yo me dejé hacer, abandonada, mirándolo trabajarse a sí mismo al mismo ritmo, los dos atrapados en aquel hilo invisible que no pasaba por ninguna mano.

Cuando por fin me dejó caer, lo hizo con una orden larga y constante que no me dio tregua. El orgasmo me sacudió de los pies a la cabeza, y lo último que vi antes de cerrar los ojos fue a Tomás derramándose sobre su propio vientre, mirándome a mí y no a la pantalla, repitiendo mi nombre en voz tan baja que casi no lo oí.

Nos quedamos en silencio un rato largo, recuperando el aliento, sin atrevernos a nombrar lo que acababa de pasar. No lo habíamos hecho. No del todo. Y a la vez habíamos cruzado algo que ya no tenía vuelta atrás.

—Mi hermano nunca sabrá lo de esta tarde —dijo al fin, todavía sin aire.

—No —contesté, recogiendo mi ropa del suelo—. Pero tú y yo sí. Y eso, a partir de ahora, va a ser lo más difícil.

Cerré el portátil con cuidado, dejando dormidas dentro todas aquellas imágenes. Sabía que esa carpeta ya no volvería a mirarse igual. Y, en el fondo, sabía también que aquella no había sido la última tarde que mi cuñado y yo pasaríamos a solas.

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Comentarios (5)

Tomas_46

Increíble relato, de los mejores que leí ultimamente!!!

Valeria_M

Por favor que haya segunda parte, quedé con muchas ganas de saber qué pasó después...

SolDeNoche_Arg

jaja me mató la tensión del principio, sabia que iba a terminar asi

Martin_F

excelente!!!

PedroSC

Buenisimo. Me recordó una situacion parecida que viví hace años, aunque no llegó tan lejos. Bien escrito.

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