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Relatos Ardientes

Lo que callé la noche que mamá presentó a su novio

Me llamo Carla y tengo veintidós años. Soy bajita, de pelo castaño que llevo teñido de un rojo intenso, con tetas más grandes de lo que corresponde a mi estatura y un culo respingón que no pasa desapercibido en la calle. Nunca me ha costado llamar la atención de los hombres. Lo digo sin vergüenza: me gusta el sexo, me gusta gustar y me gusta saberme deseada. Tengo novio desde hace tres años, Martín, y lo quiero de verdad. El problema es que Martín trabaja doce horas casi todos los días, persiguiendo ese futuro que tanto le importa, y mientras él se mata por progresar, yo me quedo con un hambre entre las piernas que él no siempre alcanza a calmar. Cuando por fin llega, cae rendido en la cama, y las pocas veces que folla lo hace rápido, sin ganas, corriéndose antes de que yo empiece siquiera a mojarme de verdad.

Estudio diseño y vivo con mi madre, Valeria, que tiene cuarenta y tres años y parece mi hermana mayor más que mi madre. Es médica, así que verla en casa es casi un milagro. Mi padre se marchó cuando ella estaba embarazada de mí, y desde entonces se dedicó a sacarme adelante sola. No me quejo: gracias a sus turnos eternos, yo crecí con una libertad que pocas amigas tenían.

Esa libertad incluía una cuenta secreta en redes, donde subía fotos algo subidas de tono. Nada explícito, solo lo justo para alimentar mi ego con los mensajes de desconocidos que me pedían mostrar más, que me decían lo que me harían si me tuvieran cerca. Casi nunca respondía. Hasta que un día, no sé por qué, le contesté a uno.

Se llamaba Bruno, tenía treinta y dos años y una conversación que no decaía nunca. Hablábamos durante días sin que él me pidiera el número ni nada a cambio. Con el tiempo, las charlas se volvieron más calientes. Me describía con tanto detalle cómo me abriría de piernas, cómo me lamería el coño hasta hacerme gritar, cómo me la metería hasta el fondo, que yo terminaba mordiéndome el labio frente a la pantalla, apretando los muslos en el sofá vacío de mi casa, metiéndome la mano por dentro del short y frotándome el clítoris mientras leía sus mensajes.

—Te invito un café —me escribió una mañana—. Quiero conocerte de verdad. Si no quieres, lo entiendo y no pasa nada.

La propuesta me agarró desprevenida. Estuve un par de horas dándole vueltas, con el corazón golpeándome el pecho, hasta que me animé y le dije que sí.

***

Quedamos al día siguiente, a las nueve de la mañana, sabiendo que Martín estaría en el trabajo. Elegí una cafetería con gente, porque la idea de estar rodeada me daba cierta tranquilidad. Debajo del vestido me puse la ropa interior más pequeña que tenía, un tanga negro que apenas me tapaba nada, porque en el fondo sabía a qué iba. Cuando Bruno cruzó la puerta, entendí que las fotos no le hacían justicia. Era más atractivo en persona, con una seguridad tranquila que se notaba en cómo se sentaba, en cómo me miraba, como si ya me hubiera desnudado con los ojos antes de decir hola.

—Pensé que no vendrías —me dijo, con media sonrisa.

—Yo también lo pensé —admití.

La tensión entre nosotros era tan obvia que casi se podía tocar. Hablamos una hora larga, riéndonos, rozándonos las manos sobre la mesa como sin querer. En algún momento dejé de escuchar lo que decía y solo miraba su boca, imaginándomela entre mis piernas.

—¿Vamos a un lugar donde estemos solos? —preguntó al fin.

Yo ya sabía qué lugar era ese. Y ya había dicho que sí mucho antes de abrir la boca.

Apenas cerramos la puerta de la habitación del hotel, me jaló contra él y me besó como si llevara meses esperándolo. Su lengua se metió en mi boca con una autoridad que me hizo temblar las rodillas. Mientras me besaba, sus manos me subieron el vestido de un tirón y me apretaron el culo con fuerza, separándome las nalgas por encima del tanga. Sentí su polla dura clavarse contra mi vientre a través del pantalón y solté un gemido dentro de su boca.

—Estás empapada, ¿verdad? —murmuró mientras me mordía el cuello.

—Compruébalo —le contesté, apenas con voz.

Metió la mano por debajo del tanga y sus dedos resbalaron de golpe. Dos dedos entraron en mi coño con una facilidad obscena y yo me abrí más para él, apoyándome en la puerta para no caerme.

—Joder, qué coño más mojado —dijo, sacando los dedos brillantes y llevándoselos a la boca—. Y qué rico sabes.

Nos desnudamos con prisa, tropezando con la ropa, sin paciencia para nada que no fuera piel. Cuando le bajé los calzoncillos y vi la polla que se le salía, gruesa y curvada, casi se me escapó la risa nerviosa: era bastante más grande que la de Martín, y estaba tan dura que la punta le brillaba de líquido preseminal. Me tumbó en la cama boca arriba, me abrió las piernas de un solo movimiento y bajó con la lengua hasta hacerme arquear la espalda. No empezó despacio: se me clavó en el coño de lleno, chupándome el clítoris, metiendo la lengua entre los labios, respirando contra mi carne como si quisiera comérmela viva. Yo le agarré la cabeza y le apreté la cara contra mí, moviéndole el pelo, follándole la boca con las caderas.

—Así, así, no pares —jadeaba yo—. Me voy a correr, joder, me voy a correr en tu boca…

Y me corrí. Me corrí con un grito ahogado, temblando entera, con las piernas apretándole las orejas mientras él seguía chupándome sin piedad hasta el último espasmo. El hombre sabía exactamente qué hacía, y yo me deshice contra su boca antes de que me diera tiempo a pensar.

Cuando me arrodillé frente a él fue por puro instinto. Lo necesitaba en la boca, necesitaba escucharlo perder el control conmigo. Le agarré la verga con las dos manos, la relamí desde los huevos hasta la punta, me la metí entera hasta que el glande me golpeó la garganta y arcadeé sin soltarla. Bruno me agarró del pelo, me hizo una coleta con el puño y marcó el ritmo, empujándome la cabeza a un lado y otro contra su polla. Yo le miraba desde abajo con los ojos llenos de lágrimas y la boca hecha una guarrada de saliva y babas, y él gemía mirándome como si no diera crédito.

—Qué bien la mamas, joder, qué bien la mamas —murmuraba—. Traga hasta el fondo, así, así, tragátela toda.

Le chupé los huevos uno por uno, le lamí el tronco de la verga entera, volví a metérmela en la boca hasta ahogarme. Entre sus dedos enredados en mi cabello sentí algo que hacía mucho no sentía: que era el centro absoluto del deseo de alguien.

Me levantó del pelo y me tiró en la cama boca abajo. Me puso de rodillas, me subió el culo con las dos manos y me lo separó como si fuera un plato servido. Sentí la punta de su polla frotándose contra mis labios, resbalando en mi coño empapado, y de un embiste entero me la metió hasta el fondo. Grité contra la almohada. No paró. Me agarró de la cintura con las dos manos y empezó a follarme con una fuerza que me hacía chocar contra el cabecero, con la polla entrando y saliendo entera, ruidosa, mojada.

—Puta, qué coño tan estrecho tienes —jadeaba detrás de mí—. Me lo estás apretando entero, no me sueltas.

—Más fuerte —le pedí—. Rómpeme, dame más fuerte.

Me la dio. Me la dio hasta que la cama chirriaba y yo se lo suplicaba entre gemidos. Me giró y me montó a horcajadas sobre él, y yo me empalé sobre su verga y me puse a saltar mientras él me chupaba los pezones, uno y otro, mordiéndome, dejándome marcas rojas alrededor de las tetas. Cambiamos otra vez de postura: de lado, con una pierna mía en alto sobre su hombro, entrando en un ángulo que me tocaba algo dentro que hacía años nadie me tocaba. Me corrí una segunda vez, y esta vez de verdad grité.

—Voy a acabar —me avisó él, tirando de mí para ponerme otra vez de rodillas frente a él.

—En la cara, córrete en mi cara —le dije, mirándolo desde abajo con la boca abierta.

Se pajeó dos golpes con la polla apuntándome y descargó chorros gruesos de semen sobre mi frente, mis mejillas, mis labios entreabiertos, mi lengua fuera. Yo tragué lo que me cayó dentro sin apartar los ojos de él, y él soltó un gruñido de macho reventado que me hizo apretar los muslos otra vez. Terminamos empapados, sin aire, riéndonos de lo que acabábamos de hacer.

—Me encantó —le dije en el coche, ya de vuelta.

—¿Lo repetimos? —preguntó.

—Claro. Pero antes tengo que confesarte algo. Tengo novio.

Bruno soltó una carcajada.

—Tranquila. Yo también tengo pareja.

—Uf —solté, y nos reímos los dos—. Qué alivio. Bueno, alivio para mí, no para tu novia.

—Ni para tu novio —contestó.

Quedamos en vernos solo de día, una vez por semana. Me dejó junto a mi coche, le di un último beso y arranqué con una culpa pequeña por Martín, pero también con el coño todavía palpitando y la certeza de que no iba a renunciar a aquello.

***

Durante dos meses, esa cita semanal fue lo que me mantenía viva. Bruno y yo nos encerrábamos en hoteles durante horas, y cada vez descubría algo nuevo de mí misma, alguna versión que Martín nunca había despertado. Aprendí a que me follaran por el culo con paciencia, con lubricante frío y su polla entrando de a poco hasta que yo misma se lo pedía más fuerte. Aprendí a correrme sobre su cara mientras él me comía y me apretaba las nalgas. Aprendí a tragar hasta que él acabara y quedarme con la boca llena mostrándosela antes de tragarme todo. No era amor. Era otra cosa, una química que me dejaba temblando, adolorida y agradecida durante días.

Hasta que un viernes mi madre me pidió hablar.

—Mi amor, ¿tienes un momento? —dijo, con una sonrisa nerviosa que no le conocía.

—Claro, mami. ¿Qué pasa?

—Desde hace un año estoy saliendo con alguien.

—¿En serio? ¡Me alegro muchísimo! —Y lo decía de verdad. Después de mi padre, Valeria se había vuelto tan cuidadosa que jamás me había presentado a nadie.

—Quería estar segura antes de presentártelo. Es un hombre encantador, culto, atento. Más joven que yo —agregó, y se sonrojó como una adolescente—. Lo invité a cenar. Llega en un rato.

—Ay, mírate —me reí—. Voy a arreglarme.

Estaba feliz por ella. Me puse un short y una blusa sencilla; mi madre se enfundó en un vestido suelto que le quedaba precioso. A los diez minutos sonó el timbre. La oí abrir, oí una voz masculina saludándola con cariño, y algo en esa voz me erizó la piel.

Me asomé. Y me quedé congelada.

Era Bruno.

El novio de mi madre era el hombre con el que me había estado acostando durante dos meses. Él me vio y se le borró la sonrisa un segundo, apenas lo justo para que mi madre no lo notara. Cenamos. Fue la hora más incómoda de mi vida: Valeria radiante, contando cómo se habían conocido, y nosotros dos disimulando con la garganta cerrada. Para ella era el mejor momento en años. Para mí, el suelo se había abierto.

Cuando él se fue, mi madre me miró expectante.

—¿Qué te pareció?

—Muy simpático, mami —mentí, o quizás no del todo.

Me encerré en mi cuarto a pensar cómo decirle que su novio se había estado acostando con su hija. Estaba por salir a confesárselo todo cuando me detuve en la puerta. Si yo lo pasaba tan bien con Bruno, mi madre seguramente también. Y ella, por primera vez desde que tengo memoria, era feliz. ¿Cómo iba a quitarle eso? Él me escribía sin parar. No le respondí ni un mensaje.

***

Al día siguiente, mi madre se fue temprano al hospital. Yo seguía en la cama, aplastada por la culpa y por la certeza de que aquello tan intenso se había terminado, de que no volvería a tenerlo nunca. Entonces sonó el timbre. Sin ganas, fui a abrir.

Era él.

—¿Qué haces aquí? —pregunté, sin dejarlo pasar del recibidor.

—Necesito hablar contigo. No sabía que tu madre era ella, te lo juro.

—Eso es obvio.

—Por favor, no le digas nada.

—No voy a ser yo quien le diga a mi madre que su novio se acostaba con su hija —respondí, cortante—. No le haría eso.

—Gracias.

—¿Ya está? ¿Te vas?

—¿Por qué estás tan molesta? —insistió—. Sabías que yo tenía pareja y lo aceptaste.

—Porque es mi madre. Y porque si me engañabas a mí con ella, vaya uno a saber con cuántas más.

—Solo le fui infiel con vos —dijo, dando un paso—. Con nadie más. La quiero, Carla. Estoy enamorado de ella. Pero contigo hay algo que no tengo con nadie. Te lo dije: sos adictiva. Y no me digas que vos ahora mismo no estás tan encendida como yo.

—Yo… yo no…

No me dejó terminar. Me empujó contra la pared, me sujetó las muñecas por encima de la cabeza con una sola mano y me besó mientras la otra mano me arrancaba el botón del short y bajaba entre mis piernas. Sus dedos apartaron a un lado la tela del tanga y se hundieron directamente en mi coño empapado. Solté un gemido que sonó a rendición.

—Lo sabía —murmuró contra mi boca, moviéndome los dedos adentro con lentitud, curvándolos, sacándomelos brillantes—. Chorreando estás, chorreando.

Me arrancó la blusa y el sostén de un tirón y me chupó las tetas ahí mismo, contra la pared del recibidor, mordiéndome los pezones hasta que grité. Me giró de cara al mueble del pasillo, me bajó el short y el tanga hasta las rodillas, y con la mano en la nuca me hizo doblarme sobre el mueble. Escuché su cinturón, el chasquido de sus pantalones cayendo, y a los tres segundos su polla me estaba entrando entera por detrás sin previo aviso.

—¡Ah, joder! —grité.

—Callate, callate, que los vecinos —jadeó él, empujándome más contra el mueble y follándome de pie.

Me llevó a mi cuarto medio arrastrando, con la ropa colgando de un pie. Me tumbó en la cama, me abrió las piernas y volvió a metérmela hasta el fondo. Me folló con una furia que no le había visto en el hotel, como si el hecho de estar en la cama donde yo dormía cada noche, en la casa de mi madre, con las fotos familiares mirándonos desde la estantería, lo pusiera todavía más animal. Yo me agarré de las sábanas y le clavé las uñas en la espalda y le pedí más, más fuerte, más adentro.

—Sos la hija de mi mujer, joder —gruñó, embistiéndome con cada palabra—. Sos la hija de mi mujer y me tenés la polla dentro.

—Sí, tuya, toda tuya —le contesté, mordiéndole el hombro—. Follame, follame como si fuera tu puta.

Me puso a cuatro patas en mi propia cama y me la metió por detrás, dándome nalgadas que resonaban en la habitación silenciosa. Me agarró del pelo y me tiró hacia atrás, arqueándome, hasta hacerme mirar al techo mientras me daba con todo. Me corrí gritando su nombre contra la almohada donde por las noches dormía yo sola pensando en Martín. Bruno acabó adentro, sin sacarla, vaciándose entero en mi coño con un gemido largo, y se quedó encima de mí temblando. Era el hombre de mi madre y estaba dentro de mí, chorreándome por dentro, y esa idea, en lugar de frenarme, me volvió loca. Cuando salió, sentí su semen resbalando por mis muslos y me pasé un dedo por ahí y me lo llevé a la boca sin apartar la mirada de él. Me quedé mirando el techo esperando el remordimiento. No llegó. Solo llegó la excitación de saber que aquello no se había acabado.

***

A partir de ahí dejé de mentirme. Bruno seguía siendo el novio de mi madre, dormía en casa cada vez más seguido, y yo me había convertido en su secreto. Cuando estaban juntos en la habitación de al lado, yo escuchaba todo a través de la pared —los gemidos apagados de mi madre, el ruido rítmico del cabecero, el jadeo grave de él— y me metía la mano entre las piernas y me masturbaba imaginando que era yo la que estaba debajo suyo, pensando que así debía sonar yo cuando me tenía. Y cuando ella se dormía, agotada y feliz, él cruzaba el pasillo descalzo y entraba en mi cuarto, con la polla todavía húmeda de haber estado en mi madre minutos antes.

—Mi mamá nos va a descubrir —le dije la primera vez, con el corazón en la boca.

—Está rendida, no se va a despertar hasta mañana —respondió, ya tirando de la sábana.

Me la metía en silencio, tapándome la boca con la mano, follándome despacio para que la cama no hiciera ruido. Yo tenía que morderle la palma para no gritar cuando me corría. A veces me ponía boca abajo con la almohada aplastándome la cara y me la clavaba con embestidas cortas y profundas, susurrándome cerdadas al oído mientras del otro lado de la pared dormía su mujer, mi madre. Otras noches me hacía arrodillarme al borde de la cama y me la mamaba yo, con él de pie, tirándome del pelo bajito, hasta que me llenaba la boca de semen y yo me lo tragaba entero, con miedo a que se me escapara una gota sobre las sábanas.

Me sentía la peor hija del mundo y, al mismo tiempo, no podía parar. La química con Bruno me arrastraba más allá de cualquier límite que creía tener. Lo prohibido se había vuelto mi droga: el riesgo, el silencio, la pared que nos separaba de ella, el olor de mi madre todavía en su piel cuando entraba en mi cuarto. Cada noche que él se quedaba era una ruleta rusa que yo me negaba a dejar de jugar.

Con el tiempo, hasta la culpa hacia Martín se volvió un murmullo lejano. Lo seguía queriendo, seguía planeando un futuro con él, pero mi cuerpo le pertenecía a otro. A veces, en las pocas mañanas en que coincidíamos los tres en el desayuno, mi madre me sonreía agradecida por lo bien que me llevaba con su pareja, y yo le devolvía la sonrisa con el coño todavía adolorido por lo que su novio me había hecho horas antes, y un nudo en el estómago.

***

La historia podría haber seguido así para siempre, pero el cuerpo tiene sus propias decisiones. Una tarde mi madre me confesó, llorando de alegría, que estaba embarazada de Bruno. La abracé y me alegré por ella de verdad, aunque por dentro algo se me retorció. Él se mudó a casa de manera definitiva.

Dos semanas después descubrí que yo también estaba embarazada. Y supe, sin necesidad de cuentas, que no era de Martín, porque hacía meses que a él apenas lo dejaba tocarme y las pocas veces que lo hacíamos me aseguraba de que se corriera fuera. En cambio, con Bruno, nunca le había pedido que sacara. Hablé primero con Martín, le inventé una explicación que se tragó sin dudar, porque confiaba en mí ciegamente. Después hablé con Bruno, que se ofreció a hacerse cargo; le dije que no hacía falta, que para todos el bebé sería de mi novio, y eso lo tranquilizó. Con mi madre fue más difícil, pero terminó ilusionada con la idea de ser abuela tan joven.

Me fui a vivir con Martín. Y aun así, Bruno encontraba la manera de seguir viéndome, porque ninguno de los dos sabía cómo soltar lo que teníamos. Mi madre dio a luz a una niña preciosa; yo, meses después, a un varón. Nadie sospechó nunca la verdad, ese secreto que nos une a Bruno y a mí por encima de todo.

A veces me pregunto cómo terminó mi vida en este enredo imposible, en esta familia construida sobre una mentira que nadie más conoce. Y entonces lo oigo entrar por la puerta, lo veo mirarme de esa forma, y entiendo que hay confesiones que una nunca llega a hacer del todo. Esta es la mía, la única vez que me atrevo a contarla.

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Comentarios(8)

NocturnalFan

Dios mio que situacion... me quede con la boca abierta y no pude dejar de leer.

Leti_M

Por favor que haya segunda parte, quede colgada justo en lo mejor. No puede quedar asi!!

Tomas_CC

tremendo giro, no me lo esperaba para nada

BeatrizLect

Leí este relato dos veces porque la primera no lo terminaba de creer. La tension de esa cena la sentís en cada párrafo. Ojalá haya continuación, porque la historia merece cierre.

RobertoEnlace

¿Y como actuaste esa noche en la mesa? Eso me genera mas intriga que todo lo demas jaja

PampeanoK

jajaja esa entrada al comedor debia ser de antologia. Muy bueno.

silvio_pata

de las mejores confesiones que leí en este sitio, sin dudas. Sigue así

CarlosV45

Me recordo a una situacion incomoda que me tocó vivir, aunque ni de cerca tan cinematografica como esta. Muy bien narrado, te sale natural el suspenso.

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