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Relatos Ardientes

Lo que pasó con el DJ después de cerrar la disco

Hay encuentros que ocurren una sola vez y se quedan dentro como una brasa que no termina de apagarse. Este es uno de esos. No fue planeado, no se repitió, y aún hoy, cada vez que paso por aquella calle, me cruje algo por dentro y se me humedece el coño de golpe, como si el cuerpo tuviera memoria propia.

Salí de casa esa noche con permiso. En mi matrimonio funcionamos así: no es pedir permiso en sentido literal, es contar dónde vamos a estar por si acaso. Mi marido sabía que era noche de karaoke con las chicas y me deseó suerte con esa sonrisa cansada que tiene cuando ya está pensando en dormirse temprano.

Quedé con Mariana, Lucía y Carla en el bar de siempre. Llevábamos meses sin coincidir las cuatro juntas y la noche pintaba a desahogo. Pedimos una primera ronda y nos sentamos en la mesa del fondo, la que da al pequeño escenario donde montan el karaoke los viernes.

—¿Cantamos o nos hacemos las dignas? —preguntó Mariana, mirando el catálogo de canciones.

—Hoy cantamos —dije.

A los veinte minutos ya estábamos en la segunda cerveza y unos chicos de la mesa de al lado intentaron mandarnos una botella de vino de cortesía. Las cuatro la devolvimos con la mano levantada y una sonrisa de gracias-pero-no. Uno de ellos, alto, flaco, con lentes y una playera amarilla, no me quitaba la mirada de encima. Su cara me sonaba de algo pero no terminaba de ubicarla, y entre el bullicio y las luces decidí dejarlo pasar.

A la una de la madrugada el bar bajaba la cortina. Salimos a la calle y vimos que media clientela del karaoke caminaba hacia la disco que estaba a media cuadra. Decidimos seguir.

La disco estaba a tope. Nos abrimos paso hasta una mesa cerca de la pista y pedimos algo más fuerte. Mariana ya bailaba sola entre nosotras, Carla se reía de cualquier cosa, Lucía me apretaba el brazo cada vez que sonaba un tema que le gustaba. Bailamos cuatro o cinco canciones seguidas hasta que la voz del DJ por el micrófono anunció:

—Para la mesa diecisiete, este tema va dedicado.

Era nuestra mesa. Levantamos las cuatro la cabeza, gritamos un «¡gracias!» sin saber quién lo mandaba y seguimos bailando. En su pausa, el DJ bajó de la cabina y se acercó. Y entonces lo reconocí.

Era Damián. Habíamos trabajado juntos cuatro años antes en la empresa donde estuve antes de la actual. Bajito, llenito, barba cerrada, ojos verdes que se le marcaban más cuando sonreía. Nunca había sido modelo de revista, pero tenía algo que a mí siempre me había hecho mirar dos veces. En la oficina coqueteábamos en el comedor sin que pasara nunca de la mirada larga y el chiste con doble sentido.

—No me digas que eres tú —dijo, abriendo los brazos.

—No te lo digo, pero soy yo.

Nos abrazamos como dos personas que se reencuentran después de mucho tiempo, y noté que él se quedó un segundo de más con la mano en mi cintura, apretándomela como si estuviera midiéndome. Charlamos cinco minutos de la antigua empresa, de quién seguía y quién se había ido, de la vida. Después subió de nuevo a su cabina, levantó el dedo señalándome y dijo por el micrófono:

—Para mi amiga reencontrada, mesa diecisiete: súbanse a bailar acá arriba con el DJ.

Hizo lo mismo con otras dos mesas para que no se notara tanto la dedicatoria, pero yo lo sentí. Subimos las cuatro, nos pusimos detrás de la cabina y empezamos a movernos al ritmo de la música. Damián se acercó por la espalda, sin tocarme, dejando un centímetro entre su cuerpo y el mío, lo justo para que yo notara su respiración caliente en la nuca y, más abajo, el bulto duro de su pantalón rozándome apenas el culo cada vez que la música bajaba. Cuando giré la cabeza, su cara estaba a la altura de la mía y sus ojos verdes brillaban con esa intensidad que da el alcohol y la certeza de que algo va a pasar. Me pasó la mano por la cadera, muy rápido, muy discreto, y me susurró al oído:

—Estás para comerte entera.

Bajé a la mesa con las piernas tibias, los pezones duros marcándose bajo el vestido y las bragas empapadas de una humedad espesa que me resbalaba por la cara interna del muslo. No sé si lo notaron las chicas. Yo sentía que se me notaba a metros, que olía a coño mojado y a ganas.

El de la playera amarilla seguía mirándome desde su mesa. Cuando llegamos a la nuestra, se levantó y vino directo. Me invitó a bailar y acepté por cortesía. Bailamos una canción a distancia educada, me dio las gracias y volvió a su sitio. Damián, desde la cabina, me lanzaba miradas cada vez que el otro se acercaba.

A las cuatro de la madrugada empezaron a encender las luces. Los clientes pidieron tiempo extra y el local puso una condición: trescientos pesos mínimos de consumo por mesa para quedarnos otra hora. Pagamos. Carla ya tenía la cabeza apoyada en el bolso. Lucía bostezaba con disimulo. Mariana seguía bailando sola.

Fue entonces cuando el de la playera amarilla volvió.

—Renté un privado. Vente a platicar un rato, nada más.

Sabía perfectamente que «nada más» significaba todo lo demás. Pero accedí, con cuidado, tomando mi bolso. Quería ver hasta dónde llegaba el juego. En el privado se sentó frente a mí, sirvió dos copas y me dijo su nombre:

—Sebastián. Pero todos me dicen Seba.

El nombre tampoco me decía mucho hasta que añadió la frase siguiente.

—Soy primo de tu marido. Hijo de la prima hermana de tu suegra. Nos conocimos en tu boda.

Sentí el tequila bajándome como un golpe seco. Lo miré con los ojos abiertos, intentando recordar. Sí. La boda. Una foto con los primos. Esta cara con cinco años menos y sin lentes. Era él.

—Me gustaste desde aquel día —dijo—. Y desde entonces, cada vez que coincidimos, no he podido dejar de pensar en cogerte. Se me para nada más de acordarme de vos vestida de novia.

Se inclinó hacia adelante y quiso besarme. Giré la cabeza. Le puse la mano en el pecho, lo separé despacio y le dije que no, que de ninguna manera, que no quería problemas. Él asintió, se echó hacia atrás y me dijo que respetaba mi decisión, pero que si me iba a ir él me acompañaba. Le dije que no, que más tarde. Salimos del privado y nos sentamos otra vez en la mesa. Le di un trago al vaso. Tenía el pulso disparado, la piel ardiendo y una mezcla horrible de susto y excitación que me apretaba el clítoris contra la costura de las bragas.

Porque no me había gustado Sebastián. Pero la idea de que existía una posibilidad familiar prohibida y que yo la había dejado pasar me había encendido el cuerpo de una forma que no esperaba. Me imaginé por un segundo lo que hubiera sido dejar que me metiera la verga ahí mismo en el privado, con la puerta sin llave, y se me escapó un suspiro que las chicas no oyeron por la música.

Y arriba, en la cabina, Damián seguía mirándome.

***

A las cinco menos cuarto Damián anunció el último tema y bajó. Vino directo a nuestra mesa.

—Yo las llevo a sus casas. Espérenme diez minutos y nos vamos.

Carla casi no podía caminar sola. Lucía me apretaba el brazo agradecida. Mariana se subió al asiento de adelante sin preguntar. Sebastián, desde su mesa, vio cómo me metía al coche con las chicas y Damián, y no apartó la mirada hasta que cerramos las puertas.

Fuimos dejando a una por una. Primero a Carla, después a Lucía, después a Mariana. Yo iba atrás, y cada vez que parábamos sentía cómo se vaciaba el coche y se llenaba el silencio. Cuando dejamos a Mariana en su edificio, Damián me miró por el espejo retrovisor.

—Pásate adelante.

Me pasé. El susto con Sebastián me había bajado de golpe la borrachera y estaba más lúcida de lo que me convenía. Damián manejaba con una mano en el volante y la otra apoyada en la palanca de cambios, rozándome la rodilla cada vez que metía tercera. En una recta, esa mano subió sola por la cara interna del muslo, se coló bajo el vestido y me apretó por encima de las bragas. Al notarlas empapadas, se rió bajito.

—Cabrona. Estás chorreando.

No contesté. Abrí un poco más las piernas.

—Se me olvidó la chamarra en el bar —dijo, cuando faltaban dos cuadras para mi casa—. ¿Te molesta si pasamos por ella?

No me molestaba. No me molestaba nada.

El bar del karaoke estaba cerrado pero él tenía llave. Abrió con una sonrisa de «te dije que era solo por la chamarra», encendió la luz baja de la barra y se metió detrás. La música apagada, las sillas encima de las mesas, el olor a alcohol viejo y a noche larga.

—Un último tequila —dijo—. Te lo invito.

Me senté en uno de los banquitos altos. Él se sirvió uno también y se quedó del otro lado de la barra. Hablamos de tonterías durante quince minutos: de aquella jefa que teníamos en común, del compañero que se había casado, de un viaje que no hicimos. Yo miraba el reloj de la pared. Eran casi las seis.

—Me tengo que ir —dije al fin—. La plática estuvo buenísima, pero me voy.

Él rodeó la barra despacio, sin contestar, y se paró a un palmo de mi banquito.

—¿Segura?

Antes de que pudiera contestarle, me besó. Boca abierta, lengua sin pedir permiso, las dos manos en mi cintura. Yo le devolví el beso medio segundo después de empezarlo y nos quedamos así, comiéndonos, hasta que tuve que respirar.

—Estoy casada —dije, todavía pegada a su boca, en el reflejo automático de siempre.

—Ya sé. Te veo cuando tu marido va por ti al trabajo. Me da igual. Hoy te voy a coger yo.

Y volvió a besarme. Esta vez no dije nada.

Me bajó los tirantes del vestido sin dejar de besarme, me lo bajó hasta la cintura de un tirón y me arrancó el sujetador tirando del cierre trasero. Se agachó y me chupó un pezón, después el otro, mordiéndolos con la punta de los dientes hasta que se me pusieron rojos y duros como piedras. Me apretó los pechos con las dos manos, los juntó, se enterró la cara en el escote y sopló. Me mordió el labio inferior. Yo le pasé la mano por encima del pantalón y noté lo que me esperaba: un bulto corto pero grueso como un puño cerrado, latiendo bajo la tela. Solo de notarlo se me apretó todo por dentro y sentí cómo se me escapaba otro chorrito de humedad hasta las bragas. Se quitó la playera y el pantalón de un tirón. Yo me quité el vestido y me quedé en bragas, sentada sobre la madera fría de la barra, con las tetas al aire y los pezones tan tiesos que dolían.

—Abre las piernas —me dijo.

Las abrí. Me miró el coño por encima de la tela y se pasó la lengua por los labios.

Se arrodilló entre mis piernas, me corrió las bragas a un costado y empezó con la boca. Me lamió despacio, de abajo hacia arriba, con la lengua ancha, recogiendo todo lo que yo tenía derramado. Después la punta de la lengua se metió a jugar con la entrada, y de ahí subió a marcarme círculos alrededor del clítoris sin tocarlo del todo, hasta que le pedí por favor. Solo entonces me lo chupó, me lo atrapó entre los labios, me lo soltó, me lo volvió a chupar. Y entonces hizo algo que no me había hecho nadie: agarró un hielo del cubo de la barra y se lo metió en la boca. La lengua tibia con el hielo helado encima, alternando, y dos dedos entrando y saliendo en curva, buscándome ese punto de adentro que se me hincha cuando estoy a punto. El contraste me hizo gritar. El hielo se le fue derritiendo y me caía agua fría por la raja, por el culo, por los muslos, y él iba lamiendo todo detrás. Cerré los ojos y me agarré al borde de la barra con las dos manos para no caerme hacia atrás. Le agarré la cabeza con las piernas, se la apreté contra el coño y le monté la cara mientras se me escapaba un gemido largo. Tardé tres minutos en estar al borde, con las piernas temblándome, y él, hijo de puta, se retiró justo antes. Todavía no había empezado lo principal.

—Todavía no —me dijo, con la cara mojada y la barba brillando de saliva y flujo—. Todavía no te vas a venir.

Le pedí que se levantara. Me bajé del banquito con las piernas flojas, lo empujé contra la barra y le bajé el bóxer de un tirón.

Lo que apareció me sacó una pequeña risa nerviosa. Era cortísimo. Y al mismo tiempo, el más grueso que había tenido en la mano en toda mi vida. Una cabecita pequeña, brillante, morada de la sangre acumulada, y de ahí hacia abajo un tronco de venas gordas que apenas me cabía cerrando el puño. Se lo agarré, se lo apreté, empecé a subirle y bajarle la piel muy despacio y le salió una gota espesa por la punta que recogí con el pulgar y me llevé a la boca. Sabía salado, sabía a él. Me arrodillé, abrí la boca todo lo que pude y empecé despacio, midiendo. La cabeza me entraba bien; el tronco me abría la mandíbula. Le pasé la lengua por el frenillo, se la enrollé alrededor de la base, le mamé los huevos uno por uno metiéndomelos enteros en la boca, y volví a subir. Me dejó ver que ni la mitad de él me cabía. Él me agarró del pelo con las dos manos, sin tirar, solo guiándome, y empezó a marcarme el ritmo empujando la cadera. Yo lo dejé. Se me hicieron los ojos llorosos, se me escapó saliva por la comisura, y él me miraba desde arriba con una sonrisa de cabrón satisfecho. Cuando me atraganté y lo dejé salir con un hilo de saliva colgando entre mi boca y su punta, me pegó suavemente con la verga en la mejilla, primero en una, después en la otra.

—¿Te gusta esta polla?

—Me encanta —dije, con la voz ronca de tenerlo hasta la garganta.

—Dilo bien.

—Me encanta tu polla. Está gordísima. Me la quiero coger toda.

Sonrió. Me puso la punta otra vez en los labios y se pasó por ellos, pintándomelos con la humedad.

Saqué un condón del bolso. Me sorprendió a mí misma haberme acordado de meter dos esa noche. Intenté ponérselo. No le entraba. Se lo bajaba y la goma se le abría por los lados. Lo intentamos un par de veces más hasta que, entre los dos, escupiéndole en la punta y estirando, lo conseguimos forzar hasta la base. Damián me dio la vuelta, me dejó apoyada de espaldas sobre la barra, me arrancó las bragas de un tirón y subí una pierna al banquito. Se escupió en la mano, me la pasó por el coño abierto para dejarlo bien mojado, se acomodó la punta en la entrada y empujó despacio desde atrás.

Sentí una mezcla de dolor y placer que me hizo cerrar los ojos y arquear la espalda hasta que se me clavó la madera en las tetas. Lo grueso me apretaba en sitios que no sabía que existían. Notaba cada vena tallándome las paredes por dentro. Me abrí de piernas todo lo que pude para dejarlo entrar entero, y aun así, por lo corto, no llegaba hasta el fondo como yo quería. Me la sacaba entera y me la volvía a meter de un empujón, y con cada entrada yo soltaba un «ah» que rebotaba en las paredes vacías del bar. Me agarró de las caderas con las dos manos y empezó a martillearme rápido, tan rápido que la carne del culo me temblaba a cada golpe y el sonido de nuestras pieles chocando llenaba el local.

—Qué apretada estás, cabrona —me decía—. Tu marido no te coge así.

—No —le contesté, sin pensarlo—. Cógeme tú.

Cambiamos. Lo acosté en el suelo, sobre la ropa que habíamos tirado, y me senté encima en cuclillas, todavía con los tacones puestos, agarrándome a sus pectorales para no perder el equilibrio. Desde arriba lo veía mirarme las tetas botando y la cara con esa mezcla de incredulidad y hambre. Bajé despacio hasta tenerlo entero dentro, y desde ahí me moví yo, marcando el ritmo, apoyada en él, cogiéndomelo como si fuera un juguete. Me llevé las manos a los pechos, me pellizqué los pezones delante de sus ojos, me lamí un dedo y me lo pasé por el clítoris mientras me lo montaba. Él me miraba la mano, me miraba la boca, me miraba las tetas rebotar y gemía por lo bajo. Cada vez que subía, se le veía la verga entera embadurnada de mi flujo blanco; cada vez que bajaba, me la enterraba de un plumazo y él soltaba un gruñido. Me duró hasta que empezaron a dolerme los muslos.

Me quité los tacones. Me puse a cuatro en el suelo, encima de su chamarra y de mi vestido, con las tetas colgando y el culo bien abierto para él. Él se arrodilló atrás, se escupió en la mano, se la pasó por la verga y me la clavó de un empujón que me sacó un grito. Esa fue la mejor posición, sin duda. Ese ángulo hacía que la punta me golpeara justo donde tenía que golpear. Me jalaba del pelo, echándome la cabeza hacia atrás, me daba pequeñas nalgadas que me dejaban la carne caliente y roja, y yo le pedía más. La voz me salía rota.

—No pares, no pares, así, más fuerte, cabrón, más fuerte.

Se agachó sobre mi espalda, me agarró un pecho con una mano y con la otra me llegó al clítoris. Empezó a frotármelo en círculo mientras me embestía por atrás, y sentí que empezaba a subir. Me subía por las piernas, me subía por el vientre, me apretaba los pulmones. Estaba a un paso.

Cambiamos a la última posición. Me tumbó boca arriba sobre la ropa, me juntó las piernas, me las apoyó sobre su hombro derecho y empujó. Con las piernas cerradas el coño se me apretaba todavía más y él se me metía con más resistencia. Me tocaba el clítoris con un pulgar mientras se movía en golpes cortos y rápidos. Yo gemía sin contenerme porque no había nadie alrededor a quien le importara, gritaba como no gritaba desde hacía años, le decía que sí, que ahí, que más. Él se puso colorado, le caía el sudor en mi cara, en mis tetas, se le mezclaba con el mío, y de pronto se quedó tieso, gruñó fuerte, se agarró con fuerza a mi cadera, hundió la verga hasta donde le daba y se vino. Le vi la cara descomponerse, la boca abierta, los ojos apretados. Sentí, incluso a través del condón, cómo se le sacudía por dentro dando latigazos.

Yo no. Me quedé a dos empujones. Dos putos empujones.

Salió, se acostó a mi lado con la verga todavía dura envuelta en el condón lleno y me miró con la sonrisa cansada del que ya terminó. Le sonreí de vuelta, disimulando la frustración que me palpitaba entre las piernas, le dije que iba al baño, agarré la ropa del suelo y me vestí.

Cuando salí, él ya estaba vestido. Apagó la luz de la barra, echó llave al bar y me llevó a casa. En el coche casi no hablamos. Solo, al llegar a mi calle, antes de bajarme, me dijo:

—Trabajo todos los fines de semana. Cuando quieras.

—Gracias por hoy.

—¿Lo disfrutaste como yo?

—Todo bien. Menos que no llegué.

Se rió, me besó en la comisura del labio y me dejó en la puerta.

***

Entré al departamento con los tacones en la mano. Mi marido roncaba en la cama. Me metí al baño, me quité lo que quedaba de maquillaje, me lavé por encima —no del todo; me quería quedar con algo del olor a él pegado— y volví al cuarto. Saqué el vibrador del cajón, me encerré otra vez en el baño y me senté sobre la tapa del inodoro.

Me abrí la bata, me lamí dos dedos y me los pasé por los pezones. Encendí el vibrador en la potencia media, me lo apoyé primero en el clítoris hinchado y todavía sensible, y cerré los ojos. Volví a la barra. Volví al hielo derritiéndose entre mis piernas, al pelo jalado, a la posición de perrita en el suelo del bar, al tronco grueso entrando despacio, a Damián diciéndome «cabrona, estás chorreando». Me metí el vibrador en el coño, todavía abierto de él, y con la otra mano me apreté el clítoris entre dos dedos. Me imaginé también, aunque no quisiera reconocerlo, a Sebastián empujándome contra la pared del privado, subiéndome el vestido, cogiéndome sin condón mientras me susurraba que era la mujer de su primo. En menos de tres minutos me vine yo también, con el vibrador clavado y el clítoris latiendo, tan fuerte que me mordí el dorso de la mano libre para no hacer ruido y aun así se me escapó un quejido ronco. Sentí el orgasmo bajarme por las piernas, subirme por el estómago, apretarme el coño alrededor del juguete en oleadas que no terminaban. Me quedé sentada, temblando, con la respiración cortada y una sonrisa idiota.

Me bañé. Preparé el desayuno. Cuando mi marido se levantó dos horas después, me preguntó cómo había estado la noche.

—Bien —dije—. Karaoke, baile, lo de siempre.

Me dio un beso en la frente, se sirvió café y se sentó a leer el periódico.

Nunca volví a esa disco mientras Damián estuvo de DJ. Sebastián, el primo, tampoco volvió a aparecer en una reunión familiar sin mirarme distinto, sin buscarme los ojos por encima de las cabezas de las tías. Y yo, cada vez que paso por la calle del bar, todavía siento ese frío del hielo en la lengua, ese calor de la madera bajo mis muslos y ese tronco grueso abriéndome por dentro como si fuera la primera vez.

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Comentarios(9)

MatiasRos

excelente relato, me tuvo enganchado de principio a fin!!

RomiLibre22

por favor segui, quede con ganas de saber que paso despues. Tremendo final

SandraMontoya

me recordó a una noche que yo también me quedé varada después de un recital... no terminó igual pero entiendo esa tensión jaja

ElGato_Mdq

el DJ sabe lo que hace en la pista y fuera tambien jajaja

Nati_RosarioX

lo mejor es como narrás la tension desde que empieza la noche, se siente que algo va a pasar y eso te mantiene leyendo

Horacio_BA

Que buen relato. Lo que mas me gusto es como describís el ambiente de la disco vacía al amanecer, eso le da una atmósfera muy particular a todo lo que viene. Esperando tu proximo relato con ansias, segui escribiendo!

LauraM_ok

se hizo corto!!! quiero mas

Marcos_Cba

la tension acumulada durante toda la noche hace que el final valga doble. Bien escrito

NocheLibre55

escribis seguido? me quede con ganas de leer mas cosas tuyas

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