¿Era mi esposa la mujer de aquellas fotos?
Era viernes por la noche y yo estaba solo en casa. Daniela había salido a una de sus cenas de chicas, esas que organizaban cada mes y medio: solo mujeres, nada de maridos ni de parejas. Volvía siempre contenta, optimista y algo achispada, y a mí me parecía bien. Yo también salía con los míos de vez en cuando.
Teníamos un niño de tres años, una canguro de confianza, dos buenos sueldos y una vida cómoda. Daniela venía de familia con dinero y se notaba: vestía siempre con ropa cara, se cuidaba, iba a centros de estética que costaban una fortuna. Llevábamos ocho años juntos.
Esa noche cené algo rápido, vi media película y me metí en la cama con una novela. Me quedé dormido sin darme cuenta, con el libro abierto sobre el pecho.
Me despertó el sonido de una notificación en el móvil. Alguna tontería, pensé, pero lo miré por si acaso era ella, por si había pasado algo.
Era un correo de Daniela. Sin asunto. Eso ya era raro, porque ella casi nunca usaba el correo, prefería la mensajería. Lo abrí. Y se me abrió el suelo bajo los pies.
En el cuerpo del mensaje había una foto en blanco y negro. Una mujer joven, desnuda, tendida boca arriba sobre una cama. Los brazos en cruz, atada por las muñecas a los laterales. Las piernas también atadas por los tobillos, completamente abiertas. Llevaba un antifaz que le tapaba los ojos y la cabeza descansaba sobre una almohada. La imagen estaba tomada desde un costado. Era, lo reconozco, tremendamente sensual.
Debajo, un texto:
—«A pesar del antifaz tienes que reconocerla. Seguro que la has visto desnuda muchas veces, pero no creo que así. Fíjate bien: esta preciosidad es tu mujer. La tenemos en mi cama, relajada, dispuesta y disponible. Ahora te cuento cómo hemos llegado hasta aquí y qué planes tenemos.»
No daba crédito. No podía ser. Me empezaron a temblar las manos y las rodillas. Conecté el teléfono al ordenador para verlo en la pantalla grande y la imagen lo llenó todo.
Dios. Sí que se parecía a Daniela. Pero yo nunca la había visto de aquella manera. Recorrí ese cuerpo: piernas largas, vientre liso, pechos proporcionados. Podía ser ella, se cuidaba tanto… pero también podía no serlo. El tipo tenía razón en algo: jamás la había visto en una postura tan obscenamente entregada.
Amplié la imagen, buscando una certeza que no llegaba. Y entonces me di cuenta de algo que me dolió más que la foto: en ocho años, no conocía el cuerpo de mi propia mujer. Treinta y tres años, una belleza, y yo lo había dado todo por sentado. No, no puede ser ella. Es un cabrón que me está mintiendo.
Llegó otro correo. Mismo remitente, sin asunto.
—«Como prometí, te cuento. Un club de música selecto, de esos a los que va gente con dinero. Tu mujer y otras dos amigas, treinta y tantos, guapas, elegantes, con clase. Y bastante puestas: reían por nada, eufóricas. Ni nos miraron, claro, con ese aire de suficiencia tan suyo.»
—«No sé si la habrás reconocido del todo. Para ayudarte, le he hecho un primer plano. Reconocerás el sexo de tu mujer.»
La imagen llenó la pantalla, tomada casi de frente. La miré largamente. Sí, podía ser. Nunca lo había visto tan de cerca, con tanto detalle, y esa idea sola me revolvió por dentro.
—«Me fascina. Fíjate en el clítoris, prominente, así no lo había visto en nadie. Eso te la confirma. Se le ha puesto de ese modo después de que se lo lamiera largo rato, sin que pudiera cerrar las piernas. Riquísimo. Como ves, respondía. Mi amigo dice que le pone que un desconocido la atienda.»
Me quedé hipnotizado. No puede ser Daniela, me repetí, ella no tiene… Pero la verdad era que tampoco lo sabía con seguridad. Nunca le había hecho sexo oral; me parecía algo incómodo, y ahora me arrepentía con una vergüenza nueva. Reconocí, con una punzada amarga, que ese desconocido la disfrutaba más de lo que yo lo había hecho jamás.
Decidí salir de dudas y la llamé. Sonó y sonó, sin respuesta. La duda se hizo más grande: si era ella, no podría contestar. Y si el tipo tenía su teléfono, tampoco. Una tontería por mi parte.
Otra notificación.
—«Ahora que ya lo sabes seguro, te explico cómo terminó en mi cama. En el club ellas bebían, bailaban, se divertían, conscientes de lo guapas que eran. Faldas cortas, cuerpos que se movían sin disimulo. La tuya, la más sensual de las tres. Nada raro: tres mujeres pasándolo bien.»
—«En un momento las perdí de vista. Salimos a fumar y oímos un grito en el aparcamiento.»
—«Un tipo tenía a una mujer contra un coche, intentando aprovecharse de ella. Estaba sentada en el suelo, no podía defenderse. Nos acercamos, el tipo se asustó, le quitó el bolso y salió corriendo. Mi amigo lo alcanzó, le devolvió un par de golpes y recuperó el bolso. Y nos quedamos con ella.»
—«Era tu mujer. No se tenía en pie. Le devolvimos el bolso, le colocamos la ropa, y solo acertó a murmurar un "gracias". No veíamos a sus amigas por ningún lado. Así que la trajimos a casa, no la íbamos a dejar tirada allí.»
***
Me levanté y me serví un whisky generoso, casi de un trago. Me sentó bien. Miraba la pantalla desde lejos, como un gato enjaulado. No podía salir a buscarla —no sabía adónde ir y estaba el niño—, pero tampoco podía dejar de mirar. Estaba atrapado por aquellos mensajes, impaciente por el siguiente.
—«Se relajó en el sofá. Mira las fotos.»
Dos primeros planos. Ella, con la cara girada, besando los labios de un hombre desdibujado, con barba de dos días. En la otra, las bocas ya entreabiertas. Tan cerca que, contra toda lógica, sentí un calor incómodo subiéndome por el cuello. Nunca la había visto desde esa perspectiva, pero la forma de su mentón me resultaba familiar. Me fijé en el pendiente que asomaba. Daniela tenía unos parecidos, aunque no sabría decir si eran los que llevaba esa noche. Me maldije otra vez por no prestarle atención.
—«Qué bien besa tu mujer. Nos enredamos las lenguas y yo no podía parar. No creo que fuera solo por lo que había bebido. Quiero pensar que le gustaba.»
Ahora el pendiente se veía mejor. Cada foto me convencía más de que era Daniela. Dios santo, ¿de verdad estaba besándose así con un hombre cuyo nombre ni siquiera sabía?
Estaba en una especie de shock. Mi mujer no era así. Tenía que ser otra. Y sin embargo —me costaba admitirlo— sentía también una excitación que me daba asco de mí mismo. No podía apartar la vista de las imágenes ampliadas. El estómago encogido, el corazón a mil, las manos temblando. ¿Habría más?
Me serví otro whisky. Ya empezaba a notar los efectos.
—«No tardó en soltarse. Yo no aguantaba más. La tumbé en el sofá, le subí la falda, no llevaba ropa interior. Entré despacio, disfrutando del momento. Se prestó fácil, muy fácil, como si fuera lo que esperaba: me besó con ganas en cuanto lo notó dentro. Aquí va la foto. Como ves, nadie la ha forzado.»
La pantalla se llenó de una imagen explícita. Un hombre sobre una mujer de rodillas flexionadas, abierta, las bocas unidas. No se veía bien la ropa, pero sí las piernas desnudas y unas botas de ante hasta media pierna. Daniela tenía unas iguales. Se las había regalado yo. Sentí la punzada otra vez, fría, en el estómago. No, no, no.
—«Gemía muchísimo. No sé qué me ponía más, si poseerla o escucharla. Y no dejó de besarme en todo el rato. Folla de maravilla tu mujer, aunque eso tú ya lo sabrás. Tuve que apartarme porque mi amigo pedía su turno.»
No sabía ni nombrar lo que sentía. Ira, rabia, celos, un dolor sordo en el pecho. Y, sin embargo, no podía dejar de mirar. Reparé en que aquel tipo la tenía más grande que yo. Eso, no sé por qué, también me agitó. Se me escapó una lágrima al ver su boca entreabierta dándole la lengua. Eso era lo que más dolía: no el acto, sino las ganas.
***
Necesité otro whisky para esperar el siguiente mensaje. La espera se me hizo eterna.
—«No te preocupes por ella, te lo debí decir antes: te la devolveremos entera, con todo lo que llevaba en el bolso. Hasta este teléfono carísimo con el que te escribo, donde te tenía guardado como "marido".»
—«Mi amigo encontró un pintalabios y le pintó la boca, exageradamente. Es un poco bruto. La sentó en el sofá. Mira las fotos.»
Un primer plano del rostro de una mujer de perfil, los labios pintados de un rojo escandaloso. Se veía bien el pendiente —cada vez más seguro de que era el de Daniela— y la línea de la nariz, tan familiar. Mi Daniela, tan pulcra, tan exigente con todo, en una escena así.
—«Sin protestar, abrió la boca. Y no se le daba nada mal, te lo aseguro. Para ser tan señora, sabe lo que hace.»
Me quedé de piedra. ¿Que sabe lo que hace? Daniela nunca quiso hacérmelo a mí. Decía que le parecía desagradable. Solo al principio, alguna vez, y siempre con la advertencia de que no le gustaba. ¿Cuándo había cambiado eso? ¿O nunca había sido cierto conmigo?
Llegaron más fotos, una secuencia. La miré sintiéndome derrotado y, a la vez, encendido de una manera que no entendía. Aquella mujer de la pantalla no era mi mujer. Era otra. Una desconocida con su cara.
—«Luego la desnudamos del todo. Qué cuerpo, en serio. Mi amigo se puso encima y entró. Tendrías que haber oído el gemido que soltó.»
Otra foto, de costado. Daniela, desnuda, tendida, semiabierta, el hombre a medio entrar y los dos con las bocas unidas. Me fijé en sus pechos: si no eran los de mi mujer, se parecían demasiado. Asumí que aquel desconocido se la había tirado. Y lo peor: que ella le devolvía los besos, que aceptaba, que parecía gustarle. Bebí. Y volví a sentir, con horror, que estaba excitado. Por Dios, ¿qué me pasa?
—«Te aseguro que disfrutaba. Gemía con cada embestida, los dos besándose con muchísimas ganas.»
Un primerísimo plano de las bocas abiertas, las lenguas jugando. No conozco a mi mujer.
—«Le pedí a mi amigo mi turno. No tardé nada en estar dentro otra vez. Aceptó el cambio con la mayor naturalidad. "Qué bien folla esta señora", me dijo él, "de las que les da igual quién, mientras esté duro". No sé si tu mujer es de esas. Pero ha sido de los mejores polvos de mi vida.»
Otra foto. El de antes esta vez, comiéndole la boca mientras la penetraba. Dos hombres turnándose con mi mujer. Estaba destrozado. Más whisky. Ya estaba borracho, y aun así me excitaba. Mi Daniela, ocho años juntos, y se la montan dos extraños… y ella acepta. Debe ser el alcohol. Tiene que serlo.
Oí al niño quejarse. Tenía pesadillas a veces. Fui a darle agua y me quedé un rato con él, acariciándole el pelo hasta que se durmió otra vez, plácido. Aquel rato me devolvió algo de cordura. No del todo, pero algo.
Tenía miedo de volver a la pantalla. Sabía que me esperaba más dolor. Pensé en dejarlo, en apagarlo todo y esperar a que Daniela volviera y me lo explicara. Pero no pude. Me confesé a mí mismo, con asco y con deseo, que quería seguir viendo aquellas imágenes obscenas de mi mujer.
***
Llegó otro correo. Lo abrí con el pulso temblando.
—«Nos hemos ido turnando para disfrutar del cuerpo de tu mujer. Nunca la habrás tenido tan bien atendida, y nadie la ha forzado, al contrario: le gustaba alternar y besar al que la tenía encima. Al final ha llegado al orgasmo con mi amigo. Vaya escándalo, qué morbo. Te adjunto el audio, lo grabé.»
Una foto de mi mujer con aquel hombre dentro, agarrándole un pecho, ella con la boca abierta, inequívocamente gritando. Abrí el audio. Gemidos, gritos entrecortados, suspiros. Más de un minuto sin parar. Miraba la foto y oía los gritos, y entendí que Daniela se estaba corriendo con un desconocido del que ni sabía la cara. Whisky. Nunca había tenido conmigo un orgasmo tan largo. Y se me puso dura imaginándola entre los dos.
—«Quedó deshecha, floja, del gusto. Mi amigo no había terminado, así que la sentó otra vez. "Ahora que estás bien servida, acaba el trabajo." Y ella no se hizo de rogar.»
Otra foto: mi mujer aplicada a la tarea, él con la mano en su pecho. Esto era demasiado. Pensé que ahí me detendría, que no soportaría más. Pero seguí.
—«Cuando terminó, ella ni se inmutó. La próxima vez que la beses, recuerda esta imagen.»
Una última foto del rostro de Daniela, los labios pintados, la barbilla húmeda, satisfecha de un modo que yo no le había visto nunca.
Me sentí derrotado, apabullado, resignado. Y aun así, aquella imagen me excitaba. No era mi Daniela, la delicada, la altiva, la que devolvía un plato si tenía una mota. Era otra mujer, una que yo no conocía y que, descubría con espanto, deseaba más que a la que creía tener.
Me serví otro whisky. Por un instante se me ocurrió llamar a la policía, pero comprendí lo absurdo que era: nadie, viendo aquellas fotos y oyendo aquel audio, creería que no había sido consentido. Ni yo mismo lo creía ya.
No podía hacer nada. Solo esperar a que se cansaran de ella y me la devolvieran, como habían prometido. Y mientras tanto, ver, impotente, cómo poseían a mi mujer una y otra vez. Me atormentaba la imagen del principio: Daniela atada a aquella cama, descansando, me habían dicho. Ahora lo entendía. Pero quedaba una pregunta clavada en el pecho, peor que todas las demás.
¿Qué pensaban hacer con ella todavía?