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Relatos Ardientes

La noche de bodas que pasé con todos menos con él

Me llamo Marina y voy a contar algo que no le he confesado a nadie. Me casé el once de octubre en una hacienda a las afueras de Murcia, con el cielo despejado y doscientos invitados sonriendo. Adrián, mi marido, es un buen hombre. Me quiere, gana bien, jamás me ha levantado la voz. Pero llevábamos seis años juntos y, si soy honesta, hacía mucho que dejé de correrme con él. Lo intentaba. Cerraba los ojos mientras él me la metía despacito, con esa delicadeza suya de siempre, y pensaba en otras pollas, en otras manos, en otras bocas mordiéndome las tetas. Él terminaba encima de mí, sudado y feliz, convencido de que me había hecho gozar. Yo sonreía, le acariciaba el pelo y corría al baño a acabar sola con dos dedos metidos hasta el fondo.

Durante meses organicé cada detalle de esa boda. El catering, las flores, la lista de canciones. Y mientras lo hacía, en algún rincón de mi cabeza también organizaba otra cosa que no aparecía en ningún plan que Adrián pudiera ver.

La noche anterior a la ceremonia me encerré sola en la suite del hotel. No bajé a la cena de bienvenida. Dije que tenía migraña, que necesitaba descansar, que quería estar perfecta para el día siguiente. Lo que hice en realidad fue tumbarme en aquella cama enorme, abrirme de piernas frente al espejo del techo y meterme dos dedos en el coño mientras me pellizcaba un pezón con la otra mano. Estuve así casi una hora. Me metía tres dedos, los sacaba brillantes, me los chupaba pensando que era el semen de otro. Me imaginaba una polla gorda entrándome hasta el útero, otra en la boca, unas manos apretándome el cuello. Me corrí tres veces seguidas, con la cara enterrada en la almohada para que no me oyeran los del pasillo. Cuando terminé, guardé la ropa interior de encaje blanco en el cajón, empapada, chorreando, como quien deja una pista que solo ella entiende.

Al día siguiente me vestí de novia con esa misma lencería puesta. Sin sujetador bajo el corsé ajustado, la tela rozándome los pezones duros a cada respiración, las bragas de encaje ya húmedas antes de bajar al altar. Me miré al espejo y no vi a una mujer a punto de jurar fidelidad. Vi a una zorra que ya había decidido romper la promesa antes de pronunciarla.

En la ceremonia, cuando dije «sí, quiero», la voz me salió firme. Adrián tenía los ojos llenos de lágrimas. Yo, por debajo del vestido, sentía el coño palpitándome. De reojo miré hacia las primeras filas. Estaban los amigos de Adrián, un grupo de hombres con los que él había crecido y que me habían mirado las tetas más de la cuenta en cada cumpleaños, cada barbacoa, cada partido. Estaba Hugo, su hermano mayor. Estaba Tomás, mi cuñado, casado con la hermana de Adrián. Y, sin que nadie lo supiera, todos ellos ya formaban parte de un plan que solo yo conocía del todo.

***

El banquete fue largo y caluroso. Bailé con medio mundo. Con Hugo me apretó tanto durante una canción lenta que noté su polla dura clavándose contra mi vientre por encima del vestido.

—Estás increíble, cuñada —me dijo al oído, con la voz un poco ronca—. Ese vestido pide a gritos que alguien te lo arranque y te folle contra la pared.

—Pues igual esta noche alguien lo hace —le contesté, apretando la cadera contra su bulto.

No me aparté. Le sostuve la mirada un segundo de más, y en ese segundo los dos entendimos lo mismo.

Más tarde, durante el postre, Tomás se sentó a mi lado. Bajo el mantel, su mano encontró mi rodilla y subió despacio, centímetro a centímetro, por dentro del muslo, hasta apartarme las bragas empapadas y meterme dos dedos de golpe en el coño. Adrián estaba a tres sillas de distancia, riéndose con sus padres de alguna anécdota de la infancia. Tomás me follaba con los dedos ahí mismo, buscándome el punto por dentro, mientras yo apretaba los labios y clavaba las uñas en la servilleta. Añadió un tercer dedo y me lo hundió hasta los nudillos. Me corrí en silencio, con una sonrisa de novia perfecta en la cara, apretando su muñeca entre los muslos, sintiendo cómo me chorreaba por dentro mientras brindaban por mi felicidad. Cuando sacó la mano, se llevó los dedos a la boca y los chupó uno a uno delante de todos.

Cerca de la medianoche, Adrián ya no podía con su alma. Demasiado vino, demasiadas emociones, demasiadas horas de pie.

—Sube a la suite —le dije, acariciándole la cara—. Yo me quedo despidiendo a los que faltan y subo enseguida.

Me creyó. Por supuesto que me creyó. Subió tambaleándose, me lanzó un beso desde el ascensor y desapareció.

Yo no fui despidiendo a nadie. Fui a otra habitación, una suite enorme en la otra punta del hotel que el grupo había reservado «por si la fiesta se alargaba». Cuando llegué, ellos ya estaban dentro. Nueve hombres. Los amigos de Adrián y mi cuñado Tomás. Esperándome, en camisa, con las corbatas aflojadas y los pantalones marcándoseles ya.

***

Cerré la puerta con llave y, antes de que pudiera decir una palabra, ya tenía manos por todas partes. Alguien me bajó la cremallera del vestido de un tirón. La tela cayó al suelo y la dejé ahí, como una piel que ya no me servía. Quedé solo con el liguero, las medias y los tacones, las tetas al aire, las bragas empapadas todavía puestas, y la habitación entera se quedó en silencio un instante, mirándome como se mira a una perra en celo.

—Joder —murmuró Hugo, acercándose con la polla ya fuera de la bragueta, gorda y goteando—. Esto lo llevo imaginando desde el día que mi hermano te presentó.

—Pues déjate de mirar y métemela ya —le dije, arrodillándome delante de él.

Le agarré la polla con las dos manos y me la metí entera en la boca. Se la chupé hasta la garganta, se la mamé como no se la había mamado a Adrián en seis años, escupiendo, ahogándome, con los ojos llorándome el rímel. Detrás de mí, otro me arrancó las bragas de un tirón. Sentí una lengua entre las nalgas, otra en el coño, dos dedos separándome para que otro me lamiera el culo con calma. Yo seguía tragándome la polla de Hugo, y otro me metió la suya en la mano, y otro en la otra, y así empecé, con tres pollas a la vez y dos lenguas devorándome por detrás.

Me llevaron a la cama en volandas. Hugo fue el primero en tumbarme, abrirme las piernas de par en par y clavármela de una embestida que me llegó hasta el fondo del útero. La diferencia con Adrián fue tan brutal que se me escapó un grito que tuve que ahogar contra el hombro de Tomás, que ya se había arrodillado a un lado con la polla en mi cara. Se la metí en la boca sin dudar, mientras Hugo me follaba a un ritmo salvaje, agarrándome de las caderas y estampándose contra mí hasta que sonaba todo el cuarto. Por fin alguien me follaba como yo necesitaba que me follaran: sin miedo, sin pedir permiso, sin tratarme como si fuera de cristal, partiéndome el coño como se parte a una zorra que se lo pidió.

—Mírala, la muy puta, cómo goza —dijo uno—. La novia de Adrián tragando pollas la misma noche de la boda.

—Dilo tú, guapa. Di lo que eres.

—Soy una puta —jadeé con la boca llena—. Soy vuestra puta esta noche. Follarme. Follarme todos.

Me cambiaban de postura una y otra vez. A cuatro patas en el borde de la cama, con uno detrás rompiéndome el coño y dos delante turnándose la boca. Sentada a horcajadas sobre uno, botando encima de su polla mientras otro me agarraba del pelo y me obligaba a mamarle. De lado, con una pierna levantada sobre el hombro de Tomás, tres hombres turnándose sin darme tregua, sacándomela chorreando y metiéndomela el siguiente sin dejar que se me cerrara. Alguien me escupió en la cara y yo me abrí la boca pidiendo más. Otro me pellizcó los pezones hasta que grité y le supliqué que no parara.

Uno me tumbó de espaldas sobre otro que me la metía por el culo, y encima se colocó un tercero que me la enterró en el coño al mismo tiempo. Sentí las dos pollas moviéndose dentro de mí, separadas solo por esa pared fina, mientras un cuarto me la metía en la boca hasta el fondo. Tres a la vez. Nunca lo había hecho. Grité con la boca llena, me atraganté, se me escaparon las lágrimas, y me corrí como no me había corrido nunca en mi vida, temblando entera, apretando las tres pollas a la vez, sintiendo cómo me reventaban por dentro.

Contra la pared del fondo, en el aire, sostenida por brazos que no me dejaban caer, uno me machacaba el coño mientras otro se metía debajo y me lamía el clítoris al ritmo de las embestidas. Perdí la cuenta de las veces que me corrí. Cada orgasmo me dejaba más vacía y más despierta a la vez, más zorra, más suya.

—Di que eres nuestra —me ordenó Hugo, agarrándome del cuello.

—Soy vuestra, soy vuestra, soy vuestra puta —repetí como un rezo.

—La novia es de todos esta noche —dijo Tomás, y me abrió las nalgas para metérmela por el culo mientras otro me la metía por el coño.

Se corrieron dentro, uno tras otro. Hugo el primero, descargándome un chorro caliente dentro del coño que me llenó entera. Tomás fue el segundo, vaciándose en mi culo con un gemido ronco. Los demás fueron acabando encima de mí, en la cara, en las tetas, en la boca abierta, en el pelo. Me tragué todo lo que pude. Me quedaron regueros de semen resbalándome por el cuello, por el escote, entre los pechos, mezclándose con mi sudor. Cuando ya no podían más, me tumbaron boca arriba en la cama, con el coño y el culo chorreando, y se quedaron mirándome como se mira una obra terminada.

Grité nombres que no eran el de mi marido. Grité cosas que jamás me había atrevido a decir en voz alta en seis años de matrimonio. En aquella habitación dejé de ser la esposa perfecta del vestido blanco y fui, durante unas horas, exactamente lo que siempre había querido ser sin permiso: una zorra usada por nueve pollas, follada por todos los agujeros, llena de semen ajeno la misma noche de mi boda.

***

Eran cerca de las siete de la mañana cuando salí de allí. El pasillo del hotel estaba en silencio, con esa luz gris de antes del amanecer entrando por las ventanas. Caminé descalza, con los tacones en la mano y el vestido de novia hecho un bulto bajo el brazo. Olía a sudor, a semen, a perfume gastado, a todo lo que había hecho. Sentía el semen todavía chorreándome por el interior de los muslos a cada paso.

Entré en la suite nupcial sin hacer ruido. Adrián seguía dormido, boca arriba, con la respiración tranquila de alguien que cree que su mundo está intacto. Me metí en la ducha y dejé que el agua caliente se llevara la noche entera. Me lavé el coño, el culo, la cara, el pelo. Vi cómo el semen de nueve hombres se iba por el desagüe. Me miré las marcas de mordiscos en las tetas, en el cuello, en el interior de los muslos, los labios hinchados, los ojos cansados, y por un momento sentí algo parecido a la culpa. Solo por un momento.

Salí, me sequé y me metí en la cama desnuda, junto a mi marido. Le acaricié la espalda hasta que se removió y abrió los ojos.

—Buenos días, señora —murmuró sonriendo, todavía medio dormido—. ¿Lo pasaste bien anoche?

—El mejor día de mi vida —contesté.

Y no le mentí del todo. Me subí encima de él despacio, le agarré la polla dormida y me la metí en el coño todavía sensible, aún abierto de las nueve que lo habían usado horas antes. Empecé a moverme sobre él, apretándolo por dentro, y él gimió y me dijo que nunca había sentido a su mujer tan mojada, tan caliente, tan abierta. No podía saber por qué. Cerré los ojos y, como tantas otras veces, pensé en otros. Solo que esta vez no tenía que imaginarlos. Esta vez recordaba exactamente cómo sonaban gimiendo, cómo olía su semen, cómo se sentía cada polla distinta abriéndome paso.

Me corrí sobre la polla de mi marido pensando en las de sus amigos, gimiendo su nombre, el de él, el correcto, mientras por dentro apretaba recordando otras. Adrián me abrazó después y me dijo que era la mujer más sincera que conocía. Yo apoyé la cabeza en su pecho y miré el techo, sabiendo que esto no iba a quedar en una sola noche. Que ya nunca podría conformarme con menos. Que esto, en realidad, no había hecho más que empezar.

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Comentarios(9)

LoboNocturno33

increible, uno de los mejores relatos de esta categoría!!

Meli_cordoba

Por favor una segunda parte... quedé con ganas de saber cómo siguió todo después de la ceremonia.

tito_parana

genail, sigue asi!!!

PatoSur

Me recordó a una historia que me contaron hace años, esas cosas que pasan y parecen ficción. Bien contado.

CuriosaLect77

¿y el marido sospechó algo? jajaja me quedé pensando en eso todo el rato

Elena_BS

El titulo me atrapó desde el principio y el relato no defraudó. Muy buena redaccion.

Dante_relatos

Se nota que hay talento acá. La tensión que vas construyendo desde el principio, ese clima de víspera, está muy bien logrado. Me gustó que no sea todo tan explícito, que dejes cosas a la imaginacion. Ojalá haya más relatos así de bien escritos.

noctambulo33

tremendo!!!

PabloViajero

el titulo dice todo y a la vez no dice nada jaja, muy buen gancho. Seguí escribiendo

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