La noche de bodas que pasé con todos menos con él
Me llamo Marina y voy a contar algo que no le he confesado a nadie. Me casé el once de octubre en una hacienda a las afueras de Murcia, con el cielo despejado y doscientos invitados sonriendo. Adrián, mi marido, es un buen hombre. Me quiere, gana bien, jamás me ha levantado la voz. Pero llevábamos seis años juntos y, si soy honesta, hacía mucho que dejé de correrme con él. Lo intentaba. Cerraba los ojos y pensaba en otros mientras él se movía despacio encima de mí, convencido de que me hacía feliz.
Durante meses organicé cada detalle de esa boda. El catering, las flores, la lista de canciones. Y mientras lo hacía, en algún rincón de mi cabeza también organizaba otra cosa que no aparecía en ningún plan que Adrián pudiera ver.
La noche anterior a la ceremonia me encerré sola en la suite del hotel. No bajé a la cena de bienvenida. Dije que tenía migraña, que necesitaba descansar, que quería estar perfecta para el día siguiente. Lo que hice en realidad fue tumbarme en aquella cama enorme y darme placer durante casi una hora, imaginando con todo detalle lo que pensaba dejar que ocurriera. Cuando terminé, guardé la ropa interior de encaje blanco en el cajón, todavía húmeda, como quien deja una pista que solo ella entiende.
Al día siguiente me vestí de novia con esa misma lencería puesta. Sin sujetador bajo el corsé ajustado, la tela rozándome la piel a cada respiración. Me miré al espejo y no vi a una mujer a punto de jurar fidelidad. Vi a alguien que ya había decidido romper la promesa antes de pronunciarla.
En la ceremonia, cuando dije «sí, quiero», la voz me salió firme. Adrián tenía los ojos llenos de lágrimas. Yo, por debajo del vestido, sentía el corazón latiéndome en sitios donde no debería. De reojo miré hacia las primeras filas. Estaban los amigos de Adrián, un grupo de hombres con los que él había crecido y que me habían mirado más de la cuenta en cada cumpleaños, cada barbacoa, cada partido. Estaba Hugo, su hermano mayor. Estaba Tomás, mi cuñado, casado con la hermana de Adrián. Y, sin que nadie lo supiera, todos ellos ya formaban parte de un plan que solo yo conocía del todo.
***
El banquete fue largo y caluroso. Bailé con medio mundo. Con Hugo me apretó tanto durante una canción lenta que noté su cuerpo entero contra el mío.
—Estás increíble, cuñada —me dijo al oído, con la voz un poco ronca—. Ese vestido pide a gritos que alguien te lo quite.
No me aparté. Le sostuve la mirada un segundo de más, y en ese segundo los dos entendimos lo mismo.
Más tarde, durante el postre, Tomás se sentó a mi lado. Bajo el mantel, su mano encontró mi rodilla y subió despacio, centímetro a centímetro, hasta donde nadie podía ver. Adrián estaba a tres sillas de distancia, riéndose con sus padres de alguna anécdota de la infancia. Yo apreté los labios, clavé las uñas en la servilleta y dejé que Tomás siguiera. Me corrí en silencio, con una sonrisa de novia perfecta en la cara, mientras brindaban por mi felicidad.
Cerca de la medianoche, Adrián ya no podía con su alma. Demasiado vino, demasiadas emociones, demasiadas horas de pie.
—Sube a la suite —le dije, acariciándole la cara—. Yo me quedo despidiendo a los que faltan y subo enseguida.
Me creyó. Por supuesto que me creyó. Subió tambaleándose, me lanzó un beso desde el ascensor y desapareció.
Yo no fui despidiendo a nadie. Fui a otra habitación, una suite enorme en la otra punta del hotel que el grupo había reservado «por si la fiesta se alargaba». Cuando llegué, ellos ya estaban dentro. Nueve hombres. Los amigos de Adrián y mi cuñado Tomás. Esperándome.
***
Cerré la puerta con llave y, antes de que pudiera decir una palabra, ya tenía manos por todas partes. Alguien me bajó la cremallera del vestido. La tela cayó al suelo y la dejé ahí, como una piel que ya no me servía. Quedé solo con el liguero, las medias y los tacones, y la habitación entera se quedó en silencio un instante, mirándome.
—Joder —murmuró Hugo, acercándose—. Esto lo llevo imaginando desde el día que mi hermano te presentó.
Me besó el cuello, después la clavícula, después fue bajando. Tomás se colocó detrás de mí y me sujetó por la cintura. Sentí su aliento en la nuca y, más abajo, la prueba de lo mucho que había esperado ese momento.
Lo que vino después no lo recuerdo en orden. Lo recuerdo en oleadas. Recuerdo arrodillarme en el centro de la habitación, rodeada, y entregarme a todos a la vez sin reservar nada. Recuerdo manos enredándose en mi pelo recién peinado de novia, deshaciéndolo. Recuerdo el sabor, el calor, el peso de nueve hombres que llevaban años imaginando exactamente esto y que ahora lo tenían.
Me llevaron a la cama. Hugo fue el primero en tumbarme y abrirme las piernas, y la diferencia con Adrián fue tan brutal que se me escapó un grito que tuve que ahogar contra el hombro de Tomás. Por fin alguien me follaba como yo necesitaba que me follaran: sin miedo, sin pedir permiso, sin tratarme como si fuera de cristal.
Me cambiaban de postura una y otra vez. A cuatro patas, con uno detrás y dos delante. Sentada a horcajadas sobre uno mientras otro me agarraba del pelo. De lado, con una pierna levantada, tres hombres turnándose sin darme tregua. Contra la pared del fondo, en el aire, sostenida por brazos que no me dejaban caer. Perdí la cuenta de las veces que me corrí. Cada orgasmo me dejaba más vacía y más despierta a la vez.
—Di que eres nuestra —me ordenó alguien, y yo lo dije.
—La novia es de todos esta noche —dijo otro, y yo no lo negué.
Grité nombres que no eran el de mi marido. Grité cosas que jamás me había atrevido a decir en voz alta en seis años de matrimonio. En aquella habitación dejé de ser la esposa perfecta del vestido blanco y fui, durante unas horas, exactamente lo que siempre había querido ser sin permiso.
***
Eran cerca de las siete de la mañana cuando salí de allí. El pasillo del hotel estaba en silencio, con esa luz gris de antes del amanecer entrando por las ventanas. Caminé descalza, con los tacones en la mano y el vestido de novia hecho un bulto bajo el brazo. Olía a sudor, a perfume gastado, a todo lo que había hecho.
Entré en la suite nupcial sin hacer ruido. Adrián seguía dormido, boca arriba, con la respiración tranquila de alguien que cree que su mundo está intacto. Me metí en la ducha y dejé que el agua caliente se llevara la noche entera. Me miré las marcas en la piel, los labios hinchados, los ojos cansados, y por un momento sentí algo parecido a la culpa. Solo por un momento.
Salí, me sequé y me metí en la cama desnuda, junto a mi marido. Le acaricié la espalda hasta que se removió y abrió los ojos.
—Buenos días, señora —murmuró sonriendo, todavía medio dormido—. ¿Lo pasaste bien anoche?
—El mejor día de mi vida —contesté.
Y no le mentí del todo. Me subí encima de él despacio, lo besé como besa una esposa enamorada, y dejé que me hiciera el amor como siempre: con cariño, con calma, sin sospechar nada. Cerré los ojos y, como tantas otras veces, pensé en otros. Solo que esta vez no tenía que imaginarlos. Esta vez sabía exactamente cómo sonaban, cómo olían, cómo se sentían.
Me corrí pensando en ellos, gimiendo su nombre, el de él, el correcto. Adrián me abrazó después y me dijo que era la mujer más sincera que conocía. Yo apoyé la cabeza en su pecho y miré el techo, sabiendo que esto no iba a quedar en una sola noche. Que ya nunca podría conformarme con menos. Que esto, en realidad, no había hecho más que empezar.