Lo que mi novia hizo cuando me dormí en la boda
Bruno tenía treinta y un años y un cuerpo trabajado a base de senderos: metro setenta y cinco, hombros anchos, barba de tres días. Llevaba cuatro años con Nadia, a quien conoció al terminar la carrera. La relación funcionaba, instalada ya en la rutina. En lo sexual eran de manual: encuentros rápidos en los que él siempre llegaba y, si ella tenía suerte, también; si no, se quedaba con las ganas.
Nadia se movía por el mundo con una discreción aprendida: metro sesenta, pecho generoso que escondía bajo camisetas amplias, cintura marcada, pelo moreno y rizado recogido sin intención. No se vestía para llamar la atención, y eso había hecho de Bruno un hombre tranquilo, poco dado a los celos. No era de las que hacen girarse a nadie por la calle.
Llevaban casi dos semanas recorriendo el norte. Habían salido de Valencia sin planes, durmiendo donde les apeteciera. El último día, antes de volver, debían desviarse hacia una aldea de Galicia para la boda de Aitor, un viejo compañero de facultad. Les parecía un buen cierre de viaje.
Llegaron a primera hora. Calles estrechas, muros de piedra, olor a hierba húmeda y leña vieja. Las miradas se les pegaban al pasar, con esa curiosidad tranquila de quien reconoce al forastero.
Aitor los recibió en la plaza, atropellado por la emoción.
—¡Joder, tío, qué alegría! —dijo abrazando a Bruno—. Y tú debes de ser Nadia.
—Encantada.
Les explicó que a la cuadrilla de la facultad —ellos dos, Iván con su novia Carla, y Hugo— les habían cedido una casa rural entera. El resto llegaría al mediodía, justo antes de la ceremonia de la tarde.
Como eran los primeros, eligieron habitación y aprovecharon la mañana con una ruta corta por el monte. El sendero se retorcía entre robles. A cada paso se cruzaban con gente del pueblo, y algún joven levantaba la vista más de lo necesario. Nadia llevaba mallas ajustadas y una camiseta ceñida por el sudor. Bruno notó varias miradas largas y no supo qué hacer con ellas.
—Te están mirando —murmuró, medio en broma.
—¿Sí? —ella se encogió de hombros—. Será cosa tuya.
En un tramo solitario, Bruno se acercó por detrás, la besó en el cuello y deslizó la mano con intención.
—Ahora no —rio ella, sin apartarse del todo—. Que estamos de excursión. Luego.
Aquel «luego» quedó suspendido entre los árboles. Al volver comieron algo ligero, y cuando él intentó retomarlo, ella negó al oír un coche acercarse.
—Esta noche —dijo, mirándolo fijo—. Guárdate para la noche. Quiero bailar, beber y llegar con ganas, solo para ti.
Entonces entraron los demás. Iván, alto y moreno, mandíbula marcada, tipo de gimnasio. Carla, delgada, rubia, con un pecho considerable y una seguridad que se notaba al caminar. Hugo, rubio, atlético, con una sonrisa descarada que parecía ensayada.
La hora se acercaba. Todos subieron a ducharse. Bruno ya estaba listo y observaba desde la cama cómo Nadia salía de la ducha. Era preciosa cuando se quitaba la ropa ancha: cuerpo firme, pechos generosos, pezones oscuros. Se había depilado el pubis para esa noche, y él lo notó con una erección inmediata.
Demasiado excitado para quedarse, bajó al salón vacío y salió un momento al exterior. Al pasar cerca de otra casa rural, un hombre le salió al paso. Grande, pasado de peso, barriga prominente, dientes torcidos, mirada torpe pero curiosa.
—¿Bruno? Soy Cosme. Coincidimos en Valencia, cuando visité a Aitor.
Bruno lo recordó vagamente: una tarde de cervezas y conversación incómoda. A Aitor le caía fatal, aunque nunca explicó por qué.
—Ah, sí. ¿Qué tal?
—Aquí ando. Esto era de mi abuela y lo he hecho casa rural. Viene mucha gente. Bodas, parejas… —sonrió de un modo raro—. A veces se calientan. Yo a veces grabo —bajó la voz—. Con cámaras. Me pone.
Bruno se quedó helado. No esperaba esa confidencia, e intuyó que aquel hombre no tenía muchas luces.
—Bueno, me voy, que mi novia me espera en la boda.
—A mí Aitor no me ha invitado. Dame tu móvil —insistió Cosme—. Y si hoy hay fiesta, te paso algún vídeo.
Atónito, sin saber bien por qué —tal vez por incomodidad, tal vez por curiosidad—, le dictó el número con tal de zanjar la conversación y se alejó.
Cuando volvió, Nadia ya estaba lista: vestido ceñido que marcaba pecho y cintura, el pelo alisado por la espalda. Bruno sintió un golpe seco en el estómago.
—¿Qué tal? —preguntó ella, girando sobre sí misma.
—Estás impresionante.
Carla también llevaba un vestido pastel, ceñido y con escote.
—Vais a ser las más guapas del pueblo —bromeó Hugo.
***
Durante la ceremonia Bruno apenas atendió; observaba a los invitados. Pocos jóvenes: la mayoría rondaba los cincuenta, había niños y unos primos del novio algo más próximos en edad.
El convite fue largo. Vinos que se rellenaban solos, brindis cada vez menos sobrios. Bruno notaba miradas constantes hacia Nadia y Carla. No entendía del todo por qué, pero cada vez que veía ojos clavados en su novia sentía algo nuevo: orgullo mezclado con una excitación extraña y una punzada difícil de nombrar. Ella nunca había sido objeto del deseo de otros hombres.
Cuando empezó el baile, el alcohol había aflojado los límites. Bruno atrapó a Nadia por la cintura y la pegó contra él. Las caderas se encontraron en un vaivén lento; el vestido se arrugaba bajo sus dedos mientras la apretaba contra su entrepierna dura.
—Cómo me pones esta noche —murmuró, deslizando la mano por la curva de su culo.
Ella se arqueó hacia atrás y le rozó la oreja.
—Pues espera a ver lo que hago cuando estemos solos. Ahora déjame disfrutar.
El juego cambió cuando empezaron a turnarse. Iván la hizo girar pegada a su cuerpo, y Bruno distinguió la dureza marcada bajo la tela fina cuando la pelvis del otro chocó con ella. Luego Hugo tomó el relevo: la agarró por las caderas, la obligó a arquear la espalda y le subió las manos por los costados hasta rozar el lateral de los pechos, los pulgares acariciando apenas el borde de los pezones endurecidos. Nunca la había visto desinhibirse así. Quiso creer que era el ambiente, la confianza con el grupo.
Picado por los celos, Bruno fue a bailar con Carla. La atrajo y sintió los pechos enormes contra su torso; ella se pegó sin pudor, las caderas frotándose contra su erección. Quizá por el alcohol, él le llevó la mano al culo y apretó. Lejos de enfadarse, Carla lo miró a los ojos y sonrió.
Después, Carla y Nadia se buscaron en la pista. Arrancaron un baile que volvió el aire espeso: pechos contra pechos, vientres pegados. Bruno vio cómo Nadia ponía las manos en el culo de Carla y la apretaba contra sí mientras ambas ondulaban las caderas en círculos obscenos. Los hombres del pueblo enmudecieron; alguien soltó un silbido.
Cuando volvió con Nadia, Bruno ya estaba borracho de deseo y vino. La pegó contra él, una mano colándose bajo el vestido para apretarle el culo desnudo —solo llevaba un tanga mínimo, de ocasiones especiales—; la otra subió a rozarle un pecho, pellizcando el pezón. Ella abrió las piernas, él metió el muslo entre ellas y notó la humedad a través de la tela.
—Bruno… me estás volviendo loca —jadeó.
—He visto cómo te restregabas con los demás —le mordió el cuello—. Con Iván, con Hugo. Te ponía, ¿verdad?
Ella sonrió y le rozó el bulto por encima del pantalón.
—Y tú con Carla. Te he visto apretarle el culo y frotarte contra ella como un desesperado.
Con eso, Bruno perdió toda autoridad para reprocharle nada. Se dijo que era una boda, una ocasión especial, que no iría a más.
Entonces llegaron los primos del novio. Tomás, veinticuatro años, alto y delgado, ojos verdes. Rubén, veintiséis, más ancho, musculado, mirada oscura.
—Venga, chicas, ¿os animáis? —dijo Rubén, tendiendo la mano.
Mientras Bruno, Iván y Hugo se acercaban a la barra, ellas se quedaron con los primos. Bruno fingía escuchar las bromas, pero no apartaba la vista de Nadia. Bailaba con Tomás, que en un giro metió la pierna entre las de ella; Bruno vio cómo el muslo presionaba su pubis y cómo ella se movía en círculos lentos. Le llegó hasta la barra un gemido ahogado. Cuando Carla se fue al baño, Rubén se acercó por detrás, le posó las manos en las caderas y la apretó contra su entrepierna dura. Le susurró algo, ella giró la cabeza y sonrió, y siguió frotándose entre los dos. Bruno sentía el corazón en la garganta. No reconocía a su novia.
La velada se cortó cuando el tío del novio —cincuenta y muchos, bigotillo fino, barriga— se cayó borracho en la pista. Una mujer lo levantó y se lo llevó, junto a su pareja también bebida, hacia las casas rurales. En ese momento, Iván le susurró algo a Carla al volver del baño, y ambos abandonaron la fiesta sonriendo, camino de la casa.
Nadia se acercó a Bruno en la barra, jadeante, las mejillas encendidas.
—Vámonos ya. Estoy ardiendo. Te necesito ahora mismo.
Bruno sintió el tirón, pero, todavía dolido, pidió una última copa para no darle el gusto.
—Una más para rematar —dijo con voz pastosa.
—¿En serio? Llevo toda la noche esperando y tú… ¿una más? Vámonos, que me estoy enfriando.
—No seas así. Es la boda de Aitor. Cinco minutos.
Ella resopló y se apartó. Al final Bruno apuró la copa y se tambaleó al levantarse. Nadia lo cogió del brazo, medio enfadada, medio preocupada, y volvieron.
Subiendo las escaleras oyeron gemidos y golpes rítmicos en la habitación de al lado: Iván y Carla. Los gritos de ella eran altos y claros. Bruno sintió una oleada de excitación mezclada con náuseas.
Nadia lo arrastró al cuarto, lo empujó sobre la cama y se quitó el vestido de un tirón. Se sacó el tanga y gateó sobre él, besándolo con hambre mientras le bajaba el pantalón.
—Venga, despierta esto. Te necesito dentro —murmuró, lamiéndolo.
Pero el alcohol pudo más. La erección iba y venía, la habitación giraba. Ella insistió con la boca, gimiendo, pero el sueño lo venció.
Tuvo recuerdos fragmentados: Nadia lamiéndolo con insistencia, luego de pie en tanga, furiosa. Toda la noche provocándome y ahora esto. Eres un idiota. Después la vio ponerse un vestido ligero de playa, corto, y salir: «Voy a tomar el aire. No tardo.» La puerta se cerró, y se hundió en la oscuridad.
***
Despertó con una resaca brutal. Nadia dormía a su lado, desnuda, de costado. Bruno notó algo extraño: su sexo parecía hinchado, los labios enrojecidos. Será por lo de anoche, pensó, aunque una duda fría le cruzó el vientre.
La despertó con suavidad.
—Siento lo de anoche. El alcohol me mató. Te dejé colgada.
Ella abrió los ojos, confusa, y se cubrió con la sábana.
—Da igual. Olvídalo —dijo, sin entonación, la mirada distante.
—Recuerdo que te pusiste un vestido y saliste. ¿Adónde fuiste?
Apartó la vista hacia la ventana.
—Solo salí a tomar el aire. Volví enseguida, pero estabas dormidísimo. No quise despertarte.
La respuesta llegó demasiado rápida. Se levantó de golpe.
—Voy a ducharme.
Cuando dejó de oírse el agua, volvió a verla vestida con mallas y top deportivo, mirando el móvil con intensidad. Al entrar él, apagó la pantalla de inmediato.
—¿Todo bien?
—Sí. Quiero salir a correr, a sudar las toxinas.
—¿Ahora? Si te acabas de duchar…
—Necesito aire. Salgo sola. Vuelvo enseguida.
Un beso rápido en la mejilla y se fue corriendo. Bruno se tumbó y cogió el móvil: una hilera de mensajes de un número desconocido. Era Cosme, con textos y vídeos. Abrió la conversación con desgana.
***
«Tío, como te prometí, anoche hubo fiesta en mi casa y lo grabé. Vino un familiar de la boda borracho con su mujer, los tíos del novio, los de Burgos. Discutieron y ella se fue a dormir con su hermana. Él se quedó solo.»
«Mientras hablábamos vimos a una chica buenísima sentada en un banco fuera. Me dijo que era una de las dos guapas de la boda y que a esa se la iba a follar. Me pareció un farol, pero salió a hablar con ella. Mira este vídeo, lo grabé desde el balcón.»
Bruno lo abrió con un nudo en la garganta. Bajo una farola estaba Nadia, en el banco, con el vestido de playa. El tío del novio se acercó tambaleándose. Subió el volumen.
—Ey, guapa, ¿qué hace una chica como tú sola por aquí?
—Déjame en paz. Estoy esperando a que se me pase el cabreo.
Él se sentó sin que lo invitaran, rozándole el muslo.
—Te vi bailando, estás para comerte. Y tu novio… parecía que prefería bailar con tu amiga, la de las tetas grandes.
—Mi novio está arriba durmiendo. No te metas en lo que no sabes.
—Una chica como tú, toda la noche ardiendo, y al subir te lo encuentras tumbado. Te deja caliente y sola. Se te marcan los pezones bajo el vestido. Necesitas que alguien te dé lo que él no puede esta noche.
Nadia respiró hondo y, casi por reflejo, cruzó los brazos sobre el pecho.
—Solo ha bebido demasiado.
—¿Y quién se queda con las ganas? Tú. Solo una vez. Nadie se enterará.
Ella miró hacia la ventana de su habitación. Por primera vez dudó, mordiéndose el labio.
—Solo una vez —murmuró—. Y no se lo cuentas a nadie.
Él se levantó y le tendió la mano. Nadia dudó, pero la tomó, y entraron juntos en la casa.
***
«Y ahora el segundo. Lo grabé con la cámara de la habitación.»
Bruno no quería verlo y a la vez necesitaba saber. Lo abrió. Imagen granulada desde una esquina alta. El hombre entró empujando a Nadia por la cintura, cerró la puerta y la arrinconó. La besó con rudeza y le apretó los pechos sobre el vestido.
—Quítatelo todo. Quiero verte ya.
Ella se sacó el vestido y bajó el tanga despacio. Quedó desnuda, los pezones erectos, el pubis depilado brillando bajo la luz. Él la empujó hacia la cama, se arrodilló entre sus piernas abiertas y hundió la cara en su sexo, lamiendo largo y lento. Nadia arqueó la espalda y soltó un gemido; cuando él le metió la lengua y dos dedos gruesos, agarró las sábanas hasta correrse con un grito.
El hombre se levantó, se bajó el pantalón y la tomó del pelo.
—Tu novio nunca te ha usado así, ¿eh?
Ella se la metió en la boca hasta el fondo. Él la tumbó boca arriba y la penetró de una embestida; Nadia gritó, las uñas clavadas en sus hombros. La giró a cuatro patas, una palmada en el culo, y volvió a entrar tirándole del pelo, bombeando con fuerza hasta que ella se corrió de nuevo. La sentó encima y la dejó cabalgar, los pechos botando, hasta que la clavó hasta el fondo y se vació dentro con un rugido.
Nadia se desplomó sobre él, jadeante. Luego se levantó en silencio, recogió la ropa, se vistió y salió sin mirar atrás.
Bruno cerró el vídeo. Estaba excitado, hundido, asqueado de sí mismo. Su cuerpo lo traicionaba: con dos sacudidas se corrió dentro del pantalón. Volvió a mirar la pantalla y acabó vomitando en el baño, entre lágrimas y bilis. Regresó a la cama temblando. Había otro mensaje.
***
«Conseguí el teléfono de la chica porque me lo pasó el dueño de la casa donde paraba. Aquí nos conocemos todos. Le mandé los vídeos y le dije que, si no venía a hacer lo mismo conmigo, los haría públicos. A ver qué dice.»
«Oye, que me acaba de decir que viene.»
Bruno se incorporó, la cabeza dándole vueltas. En ese instante apareció Nadia, empapada de sudor con las mallas y el top. Sin apenas mirarlo, dijo que iba a la ducha. Él se quedó inmóvil. El móvil vibró otra vez.
«Ha sido la hostia. Ha venido y no me costó nada convencerla.»
Adjuntaba otro vídeo. Lo abrió. Otra habitación, otra cámara oculta. Nadia entró con el top y las mallas, el pelo en coleta. Cosme cerró con llave.
—Ya sabes por qué estás aquí.
—Hazlo rápido y borra los vídeos. No quiero que nadie más los vea.
Él rio, la besó con rudeza y le apretó el culo sobre las mallas.
—Quítate eso.
Ella se sacó el top y se bajó las mallas. Cosme la puso de rodillas y le folló la boca sujetándola de la coleta. Luego la tumbó, le comió el sexo hasta que se corrió, y la penetró con las piernas en alto, embistiendo fuerte. La giró a cuatro patas, una palmada, entró por detrás. La puso de lado, frotándole el clítoris mientras la llenaba, y ella volvió a correrse. Terminaron con ella encima, de espaldas a él, rebotando con fuerza hasta que se vació dentro. Cada vez que Nadia miraba a otro lado, Cosme giraba la cara hacia la cámara y levantaba el pulgar.
—¿Ves? No ha estado tan mal. Vete antes de que tu novio despierte.
Ella recogió la ropa en silencio y salió.
***
Llegó un último mensaje.
«Oye, Bruno, veo que lo lees pero no dices nada. ¿Te mola? Por cierto, tienes que venir a presentarme a tu novia. ¿Cuándo os vais?»
Nadia salió de la ducha envuelta en una toalla, seria.
—¿Qué te pasa? Tienes cara de fantasma.
Él tragó saliva, el móvil temblándole en la mano.
—Nada… ¿Nos vamos ya a Valencia? No me encuentro bien.
—Vale. Hacemos las maletas. Cuanto antes, mejor.
Recogieron en silencio. Bruno no sabía si decirle que lo sabía o callar para siempre. El coche los esperaba fuera. El silencio iba a ocupar todo el viaje de vuelta.