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Relatos Ardientes

La advertencia que ignoré en la fiesta de empresa

Me llamo Adrián y escribo esto desde el peor momento de mi vida. No se me ha muerto nadie. Lo que ocurrió es peor que eso, porque a la muerte uno no puede reprochársela. Carla, la mujer que más he querido, decidió acostarse con otro hombre, y con esa sola decisión hizo imposible que ella y yo siguiéramos juntos.

Mi trabajo me obligaba a viajar de Valencia a Sevilla un par de veces al mes. Carla no soportaba quedarse sola en casa; le daba un miedo que ella misma no sabía explicar. Lo hablé con mis jefes y aceptaron que me acompañara. Ella teletrabajaba, así que con su portátil podía sacar adelante sus tareas desde cualquier rincón del país sin problema.

Aquel viernes llegué a casa y la encontré nerviosa, porque al día siguiente yo salía de viaje una semana entera. Siete noches sola. Era hija única, sus padres habían muerto años atrás y todas sus amigas tenían su propia familia y no podían acompañarla. Apenas crucé la puerta, me clavó la mirada.

—Carla, tengo una buena noticia —dije.

—¿Se canceló el viaje? —preguntó, ansiosa.

—No, el viaje sigue en pie. Pero hablé con los jefes y les pedí que me dejaran llevarte conmigo.

Su cara pasó de la decepción a la alegría en un instante.

—¿Y qué te dijeron?

—Que ningún problema. Ya reservaron una habitación doble para los dos.

Carla empezó a dar saltos y me abrazó con tanta fuerza que pensé que me partiría las costillas. Lo que yo no sabía entonces era que ese gesto, esa generosidad mía, sería el principio del final de nuestro matrimonio. Si aquella tarde hubiera sabido lo que sé hoy, me habría reído de mi propia ingenuidad. Pero ya se dice que la realidad supera a la ficción, y a mí la realidad terminó pasándome por encima.

***

Mi empresa colaboraba con otra de Sevilla en un proyecto conjunto. Cada vez que viajaba me reunía con Gonzalo, mi contraparte, y repasábamos lo avanzado entre viaje y viaje. Gonzalo tenía cuarenta y cinco años, diez más que yo y quince más que Carla. Era un hombre atractivo, de esos que se nota que viven en el gimnasio: bajo el traje se le adivinaba un cuerpo trabajado. Yo corría todas las mañanas antes de entrar a la oficina, lo justo para mantenerme sano, pero mi físico era del montón. Mi cara tampoco destacaba: ni guapo ni feo, un rostro que no molesta pero que nadie recuerda.

No sé cómo se enteró del vuelo, pero estaba esperándonos en el aeropuerto cuando bajamos del avión. Me sorprendió, aunque no le di importancia. Gonzalo y Carla se quedaron mirándose un segundo de más, hasta que él le tendió la mano y ella se la estrechó. Después todo fue normal. Demasiado normal, supe luego.

El proyecto avanzaba viento en popa, así que las dos empresas organizaron una fiesta: una cena y, más tarde, música para quien quisiera bailar. Carla se puso su vestido rojo largo, el de la espalda descubierta. No me extrañó: era su favorito y se lo ponía siempre que salíamos a bailar. Nos sentaron en la mesa de Gonzalo y su mujer. Mientras Carla disfrutaba de la noche, la esposa de él permanecía seria, como quien sabe algo que los demás aún no.

Cenamos bien, y entonces empezó mi pequeño infierno. A quién se le ocurre estrenar zapatos para una fiesta. Después de un rato bailando con Carla, me dolían tanto los pies y hacía tanto calor en la sala que salí a la gran terraza contigua a tomar el aire.

Me senté en un banco de piedra de la baranda y, al quitarme el zapato, descubrí una ampolla considerable. Carla salió detrás de mí, preocupada.

—¿Estás bien, Adrián?

—Sí, no te preocupes.

Detrás de ella apareció Gonzalo. Venía de una conversación tensa con su mujer que cortó en seco antes de llegar hasta nosotros. Al ver la escena, su esposa dio media vuelta y regresó a la fiesta a por una copa, más enfadada todavía.

—¿Te importa si me llevo a Carla a bailar? —preguntó Gonzalo.

—No, claro —respondí—. No quiero que una ampolla le arruine la noche.

—¿Seguro, Adrián? —dudó ella.

—Seguro. En cuanto se me calme el dolor entro yo también.

Alguno pensará que soy el hombre más idiota del mundo. Pero hasta esa noche Carla no me había dado un solo motivo para desconfiar, y yo sabía cuánto le gustaba bailar. ¿Qué podía salir mal? Llevaba unas tiritas en el bolsillo interior de la americana. Me puse una. El dolor seguía, pero al menos podía pisar sin cojear. Cuando me levanté para entrar, alguien se acercó: era la mujer de Gonzalo. Unos cuarenta años muy bien llevados. Una mujer realmente atractiva.

—Te voy a dar un consejo —dijo—. Desconfía de mi marido.

—Solo están bailando —contesté—. No creo que sea para tanto.

—Yo ya te avisé.

—No me has dicho tu nombre.

—Lorena. Y tú eres Adrián, ¿no?

—Así es. Tendré en cuenta tu consejo, pero confío plenamente en Carla.

Lorena me dedicó la sonrisa más triste que he visto en mi vida. Fui a preguntarle algo, pero ya se había dado la vuelta hacia la fiesta. Cuando entré, Gonzalo y Carla charlaban en la barra, copa en mano, sin nada raro a la vista. Me uní a ellos, comprobé que todo estaba en orden y, cuando el dolor volvió, le propuse a Carla retirarnos a la habitación. Al despedirnos, Gonzalo y Lorena discutían otra vez en voz baja. Callaron en cuanto nos tuvieron cerca. No se me escapó la mirada que me lanzó Lorena antes de salir.

La entendí perfectamente: me pedía que no olvidara lo que me había dicho. La semana terminó, volvimos a Valencia y nuestra vida recuperó su ritmo. Llegué a sonreír pensando que Lorena se había equivocado.

***

En mi departamento, del que era supervisor, alguien cometió un error grave con un proyecto. La fecha de entrega se echaba encima y no quedó otra que meter horas extras durante semanas. Cuando se lo conté a Carla, esperaba un reproche que nunca llegó.

—Siento dejarte sola algunas noches —dije—. Pagas unos platos que no rompiste tú.

—No te preocupes —contestó—. Sé que te quedas porque no hay más remedio. Y, estando los dos en la misma ciudad, no tengo tanto miedo: estás a una llamada de mí.

La besé y me fui a la ducha, agotado, con el problema aún sin resolver. Carla no se quejó ni una sola vez. Seguíamos haciendo el amor, menos que antes, pero con la misma entrega de siempre. Yo me prometí compensarla en cuanto todo pasara.

***

Dos meses después de aquel viaje, una noche estaba en mi oficina, absorto en los informes, cuando alguien carraspeó. Levanté la cabeza. Era Carla.

—¿Qué haces aquí? —pregunté, extrañado.

—Adrián, tengo que contarte algo —dijo—. Pensé que podría vivir con ello, pero no puedo seguir ocultándotelo.

—¿Ocultarme el qué? —temí lo peor al verla incapaz de mirarme.

—Gonzalo y yo…

—¡Calla! ¡No quiero saber más! —la corté—. ¿Desde cuándo?

—Desde hace unas semanas.

—¡No me lo puedo creer, Carla! ¡Su mujer me lo advirtió en aquella fiesta y yo confié ciegamente en ti!

Carla se secó las lágrimas y, frotándose las manos, empezó a contarlo todo, sabiendo que cada palabra terminaba de hundir nuestro matrimonio. Aquella noche de la fiesta había sentido algo nada más tenerlo delante, una corriente que al principio no quiso tomarse en serio. Pero según avanzaba la velada descubrió a un hombre divertido, con mil temas de conversación, que bailaba tan bien como a ella le gustaba. La curiosidad fue creciendo. Aun así, me amaba a mí, y se convenció de que era una tontería pasajera.

Cuando mi empresa se complicó y dejé de viajar, fue Gonzalo quien empezó a venir a Valencia para supervisar el proyecto. No supo decirme cómo, pero consiguió su número y una noche la invitó a cenar. Carla estuvo a punto de avisarme, pero me veía tan estresado que pensó que no valía la pena preocuparme por una cena. Además, salir le vendría bien para no pasar otra noche sola en casa.

Esa primera cena, según ella, no pasó de cena y baile en un local de moda. Pero ya en casa, repasando la noche bajo la ducha, fue consciente de que ese hombre la atraía como la llama atrae a la polilla. Tuvo su número en la pantalla, el dedo sobre la tecla de borrar, y no lo borró. Ese fue el principio del fin.

Empezaron a hablar cada noche que yo me quedaba en la oficina. El interés se volvió obsesión, la obsesión se volvió deseo, y el deseo se le metió en los sueños. Despertaba excitada e intentaba calmarse conmigo las pocas veces que coincidíamos, sin lograrlo. La siguiente vez que Gonzalo vino a Valencia, aceptó otra cena que debería haber rechazado. Y ocurrió lo inevitable.

Volvieron al mismo local, solo que esa vez él fue mucho más atrevido: le besaba el cuello, le rozaba el cuerpo, hasta que, sin que ella supiera bien cómo, terminaron en el callejón trasero, ella contra la pared y él dentro. Lo contó en voz baja, sin levantar la vista, y luego se quedó callada.

Yo intentaba respirar. Tenía el corazón a mil y un temor real a quedarme allí mismo, fulminado. Aquella confesión acababa de arrasar quince años de mi vida en cuestión de minutos, y dejaba dentro de mí un vacío como si me hubieran arrancado algo por dentro.

—Carla, necesito que mañana por la mañana me dejes la casa para recoger mis cosas —dije, abatido.

—No quería que terminara así —contestó—. Tienes que creerme.

—Da igual si te creo. El daño ya está hecho. Tú cometiste la falta, pero lo pagamos los dos.

—Lo siento de verdad. En los sentimientos no se manda —dijo—. Ojalá no hubiera sentido nada. Pero al conocerlo algo se removió en mí, y al menos te merecías la verdad.

—Veo que lo tienes claro —murmuré mirando por la ventana—. Espero que sepas lo que haces.

—Sé que lo más probable es que me estrelle contra una pared —respondió—. Pero, si no lo intento, me arrepentiré el resto de mi vida.

Carla se levantó para abrazarme al verme tan roto. Yo di dos pasos atrás y puse la mano entre los dos. No quería su consuelo. Quería que se fuera.

—Recuerda: la casa para mí solo mañana por la mañana —dije, tragándome las lágrimas—. Después serás libre. Mi abogado se pondrá en contacto contigo para el divorcio.

—¿Y qué haremos con la casa? —preguntó, con el labio temblando.

—Págame mi parte y quédatela, o la vendemos y repartimos. Me da lo mismo.

—¿Tú no la quieres?

—No. Mañana será la última vez que la pise —contesté, mientras los diques cedían y las lágrimas me corrían por la cara.

Ella agachó la cabeza, se dio media vuelta y salió del despacho, dejándome a solas con un peso que me aplastaba el pecho.

***

No pude trabajar más esa noche. Reservé una habitación en un hotel cercano; por suerte, una cancelación de última hora me dejó sitio. De camino a los ascensores pasé por el bar, todavía abierto, y me senté en uno de los taburetes del centro.

—Un whisky bien cargado, por favor.

—¿Mal día, caballero? —preguntó el camarero.

—El peor.

Lo vi devolver la botella que había elegido y bajar otra de un estante más alto.

—No hace falta nada especial —dije.

—Hágame caso, este es muy bueno. Me lo agradecerá.

No sé cuántas horas estuve allí ni cuántos vasos cayeron, pero durante un rato el dolor que me oprimía el pecho aflojó. Llegó la hora de cierre y volví a la habitación a pelearme con ese vacío recién instalado, tumbado mirando el techo, preguntándome qué había hecho mal. Y, peor aún, si Carla me había querido alguna vez o si yo solo había sido un premio de consolación mientras ella esperaba algo mejor.

***

Vi entrar los primeros rayos de sol por la ventana. Me di una ducha larga y fui a recoger mis cosas. Por suerte nunca fui de acumular: todo lo mío cabía en tres cajas. Pasé por la empresa a pedir la mañana libre, pero no me veía capaz de conducir y tomé un taxi. Al llegar al portal se me encogió el corazón y rompí a llorar. A esa hora los vecinos dormían y no tuve que dar explicaciones a nadie.

Recorrí la casa por última vez, atesorando recuerdos que ya no se repetirían. La última parada fue el dormitorio. Carla cumplió su palabra: no estaba allí; quizá ni siquiera había dormido en él. Recogí todo menos tres cosas que dejé sobre la cama, una al lado de la otra.

La primera, el sobre con la carta en la que me declaré. Me ponía tan nervioso delante de ella que no me salían las palabras, así que se las escribí. El día que se la di me temblaban tanto las manos que se me cayó al suelo, y fue ella quien la recogió y la leyó llorando. Me miró y dijo que sí. Durante años esa carta significó mi amor por ella; tras su confesión, pasó a representar el desamor más absoluto.

La segunda, mi alianza. Todavía recuerdo el temblor del altar, las manos sudadas, la boca seca, el miedo a no poder pronunciar mis votos, y cómo bastó que ella me cogiera la mano para saber que todo saldría bien. Dos años fue la definición de la fidelidad. Desde anoche, su definición había cambiado: infidelidad, deslealtad, traición.

La tercera, la llave de la que fue nuestra casa. Recorrí la ciudad entera buscando el sitio perfecto antes de casarnos, y cuando estaba a punto de rendirme, di con ella. La traje con los ojos vendados para sorprenderla; jamás olvidaré cómo le brillaron al quitarse la venda, ni la fuerza con que me abrazó llorando de alegría. Esa llave significó compromiso durante cuatro años. Ahora significaba abandono.

Dejé los tres objetos juntos. Carla me conocía bien y entendería el mensaje. Miré la casa por última vez antes de cerrar la puerta y caminar hacia el taxi. El golpe había sido brutal. No me quedaba otra que lamerme las heridas y seguir adelante, con la esperanza de que algún día alguien volviera a llenar ese vacío.

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Comentarios (4)

NocturnoPY

Que golpe al final. Se me hizo un nudo en el pecho leyendolo.

Diegozon

Muy buenoo!!! Seguí escribiendo por favor

LectorSilencioso

El titulo te prepara para algo, pero igual te agarra desprevenido cuando llega el momento. Muy bien armado.

Nachi_cba

Necesito saber que paso despues. ¿Hubo continuación?

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