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Relatos Ardientes

El desconocido del restaurante y mi primera infidelidad

Siempre creí que la que coqueteaba era yo. Que el juego empezaba y terminaba en mis manos, que un hombre se acercaba solo cuando yo se lo permitía. Esa idea se me cayó a pedazos un mediodía de enero, en un restaurante que quedaba a tres cuadras de la notaría donde trabajo como secretaria.

Iba casi todos los días a la misma hora. Aquel día entré sin el saco del uniforme, con dos botones de la blusa sueltos por el calor. No tengo unos pechos enormes, pero son generosos para mi cuerpo, y con el escote abierto se adivinaban más de la cuenta. Me sentaron en una mesa para cuatro y me dejé caer en la silla a esperar al mozo.

Casi enfrente, en la hilera de mesas paralela a la mía, había un hombre maduro. Le calculé poco menos de cincuenta. Traje azul, corbata, una camisa blanca que se le tensaba sobre el pecho. Lo miré quizás un segundo de más, porque era atractivo de verdad, y él me sostuvo la mirada con una sonrisa, levantó su vaso y me brindó en silencio.

No imagines cosas, me dije. Y seguí disfrutando del galanteo desde mi lugar, como quien recibe un regalo que no pidió.

Era alto, más de un metro ochenta. A mí, que apenas paso el metro sesenta y siete y soy de cuerpo liviano, su tamaño me resultaba enorme. Nos trajeron las bebidas al mismo tiempo, porque el mismo mozo lo atendía a él. Entonces se levantó, cruzó hasta mi mesa y habló con una calma que no admitía nervios.

—Hola. Me llamo Damián. ¿Te molesta si comparto la mesa contigo? Digo, si no esperas a nadie.

—No… siéntate. Yo soy Mariela. Mucho gusto.

—La verdad, te vi entrar y pensé que una mujer así de linda tenía que ser interesante.

—Gracias por lo de linda. Yo pensé otra cosa: ¿qué hace un señor tan coqueto comiendo solo?

—¿Y a qué te dedicas? ¿Eres casada?

—Sí. Tengo dos hijos y trabajo en una notaría, acá cerca. ¿Y tú?

—Casado también. Pero soy bastante travieso, te lo confieso de entrada.

—Travieso. Interesante.

Damián llevaba el timón de la conversación y yo apenas respondía y le devolvía la misma pregunta. Era arquitecto, lo descubrí después, y tenía esa seguridad de quien está acostumbrado a que le digan que sí. En un momento se desabrochó un botón de la camisa, como sin querer, y dejó ver el vello que le subía por el pecho. Sentí una libertad rara al sostenerle la charla. No era el primero que se me acercaba así, pero sí el de más edad. Tenía cuarenta y seis años.

—Se me antoja una piña colada —dijo cuando su primer trago se terminaba.

—¿Virgen? —pregunté.

—No, eso lo dejé hace mucho. Pero te aseguro que en la cama hago milagros.

—Me refería a la bebida.

—Lo sé. Te dije que era travieso.

Así de descarado era, aunque a primera vista parecía un hombre serio, de gesto duro, de los que no toleran bromas. Piel morena, labios bonitos, todo bien puesto. Llevaba un reloj en la muñeca izquierda, una cadena con una cruz pequeña y, en el dedo, lo que parecía una alianza de matrimonio. Retomó la charla sin soltar la sonrisa.

—¿Qué haces después de comer?

—Vuelvo a la oficina.

—¿Y si un día alguien te dijera, sin rodeos: Mariela, quiero estar contigo toda la tarde? ¿Volverías a la oficina?

—Nunca me pasó algo así. Le soy fiel a mi marido.

—Qué suerte tiene tu marido. Yo dejaría la oficina sin pensarlo por una tarde con una mujer como tú.

—Pues seguí esperando, cariño.

Para entonces hasta el hambre se me había ido. No quería comer mucho, porque sospechaba que si seguía prestándole oído a su charla podía terminar diciendo que sí. Al pedir la cuenta, él se adelantó y pagó mi almuerzo. Antes de irme me dejó una tarjeta con su número.

—Llámame cuando quieras, Mariela.

Volví a la oficina y pasé la tarde en otra parte. Mis compañeras me preguntaron qué me pasaba y no supe responder. En casa, mi familia también notó que yo estaba ida. Era verdad: nunca nadie me había hablado de esa manera, con ese descaro de hombre que dice lo que quiere sin maquillarlo. Esa noche quise tapar al desconocido haciendo el amor con mi marido, pero la imagen de Damián volvía igual.

***

Escondí la tarjeta. Pasaron unos días y no lo vi más en el restaurante. Empecé a creer que había sido una aventura del momento, una charla sin consecuencias. Hasta que una mañana, en la notaría, lo encontré ahí, en la sala de espera, acompañando a unos clientes que reclamaban unos papeles. Me miró fijo, sonrió y, con la mano, me hizo el gesto de «llámame».

Esa misma tarde, al salir, marqué su número. Atendió enseguida y me preguntó qué había decidido. Le propuse vernos un rato. Me dijo que no, que un rato no, que me quería una tarde entera, que pidiera permiso, que sabía que podía. Sus palabras me iban desarmando de a poco; mi cuerpo empezaba a traicionarme antes que mi cabeza. Le dije que al día siguiente lo visitaría después de comer. «Perfecto», contestó, «te espero».

Al otro día salí a almorzar como siempre. Damián me esperaba en su auto, frente al restaurante; tocó la bocina y me subí adelante. Manejó pocas cuadras hasta un edificio, subimos a un tercer piso y, apenas entré, lo primero que hice fue pedir el baño para darme una ducha rápida. Salí envuelta en una toalla y lo encontré medio desnudo, mostrándome otra vez ese pecho trabajado, velludo, y unos brazos tatuados que no le había visto bajo el traje.

Me tomó de la mano y me sentó sobre sus piernas. Nos abrazamos y empezamos a besarnos, primero despacio, después con las lenguas buscándose sin pudor. Me bajó un poco la toalla, me miró los pezones ya duros, me lamió los pechos y después me mordió apenas, lo justo para arrancarme un gemido entre el dolor y el placer.

—¿Cuántos años tienes, Mariela? —preguntó.

—Treinta y siete —contesté.

Me puso de pie y de un tirón me sacó la toalla. Quedé desnuda frente a él, y mientras me recorría con la mirada me amasaba las nalgas y la cintura. Decía que le gustaba mi cuerpo, mi olor. Bajó con la boca por mi vientre hasta el ombligo, volvió a sentarme encima, y yo le acariciaba con la mano un bulto que ya se adivinaba grande.

—Ven —dijo—. Vamos a la habitación.

Una vez adentro me pidió que lo desnudara. Solo había que bajarle el bóxer, y al hacerlo se liberó una verga gruesa, mucho más de lo que esperaba. Voy a tener problemas con esto, pensé, y sonreí para mis adentros.

Me arrodillé y se la empecé a chupar sin dudarlo. Primero la punta con la lengua, después de a poco la fui tragando entera. Damián se dejaba caer hacia atrás, me apoyaba la mano en la nuca y quería que me la tragara toda. La escupía, la lamía, volvía a metérmela en la boca, y él pedía más con la voz tomada.

Tras varios minutos me cambió de posición. Me puso en cuatro sobre el borde de la cama.

—Ahora me toca a mí —dijo—. Te voy a comer todo.

Me abrió las nalgas y empezó a lamerme con una delicadeza que no esperaba de un hombre tan grande. Iba de las nalgas al ano y volvía, succionaba, y yo sentía cómo todo se me contraía.

—¿Te gusta que te coman así? —preguntaba.

Yo solo respondía con gemidos. No me salían palabras. Nunca me habían comido el culo de esa manera, y empezaba a sentirme la peor y la mejor de las mujeres frente a un desconocido.

—Me vas a hacer acabar dos veces —le dije al fin—. Méteme la verga ahí, Damián.

Estaba tan mojada, de saliva y de mí misma, que la sábana se había manchado bajo mis rodillas. Se incorporó, me apoyó la punta contra el ano mientras yo me abría las nalgas con las manos. Le pedí cuidado. Al segundo intento entró y la sensación me dejó sin aire. Apretaba el esfínter sin querer y él se quedaba quieto.

—No te muevas —me ordenó.

—Sácala y métela despacio —le pedí al minuto.

Eso repetimos un rato: salía y entraba, cada vez un poco más. Me gustaba sentir cómo me iba abriendo, cómo lo apretaba por dentro mientras todo lo demás seguía latiendo. Cuando por fin entró toda, se quedó hundido, sin casi moverse, y yo lo apretaba desde adentro hasta que él me daba una palmada en la nalga.

—No me aprietes tanto —decía, con la voz quebrada.

Más que un vaivén era yo restregándome contra su pelvis, queriendo tragármelo entero. Él me sostenía de las caderas y empujaba. Así estuvimos un buen rato, hasta que estalló con un gemido ronco y recién entonces empezó el movimiento de verdad, hasta vaciarse adentro con un temblor largo.

No se salió hasta sentir la última sacudida, cuando ya empezaba a ablandarse. Después fuimos juntos al baño, nos duchamos y él seguía hablándome.

—Tienes aguante. Nunca nadie me apretó así.

—Parece que te encantó. Y eso que pensé que te iba a doler a ti.

—Me gusta hacerlo por detrás, pero nadie me había hecho terminar de esta manera.

—Quizá porque te la chupé demasiado tiempo.

***

No perdimos el rato. Apenas nos secamos volvimos a la cama y le di otra felación. Esta vez se recuperó rápido, pero a los pocos minutos me pidió que parara, que tenía la punta muy sensible. Me puso boca arriba, me abrió las piernas y empezó a comerme con la misma calma con que había hecho todo lo demás. No aguanté mucho y acabé en su cara. Mientras tanto, con un dedo me rozaba el culo que acababa de tener suyo; no lo metía, lo golpeaba apenas, como cuando se juega con el clítoris. Lo llenó de saliva y volvió a entrar, esta vez en mi sexo.

—Tú sí que sabes —alcancé a decir—. Me vas a hacer tocar el cielo otra vez.

Me la metió toda, ya bien lubricada. Sentía cómo entraba y salía, cómo todo empezaba a vibrar por dentro, y de golpe grité que me estaba viniendo, que no parara, que siguiera. Me siguió dando hasta que, agotada, le pedí que se detuviera. Tenía la espalda cubierta de sudor y él me miraba sorprendido de seguir duro adentro mío.

Embistió más rápido, pero no llegaba. Pasaron otros quince minutos hasta que, con un gruñido de animal cansado, avisó que estaba por terminar. Sacó la verga y me la acercó a la cara. Lo dejé acabar en mi boca y sentí caer un chorro tibio y espeso. Siempre me había parecido algo desagradable; esa tarde me retracté. Me gustó saborearlo, sentir esas gotas densas, cargadas de todo lo que habíamos hecho.

Y todavía no terminaba. Antes de que pudiera tragar, me tomó de la cara y me besó; nos repartimos lo que quedaba y caímos abrazados sobre la cama, manchada de saliva y de los dos. Quedé exhausta. Supe ahí mismo que si esa noche mi marido buscaba algo, tendría que rechazarlo fingiendo un dolor de cabeza.

Acordamos no repetirlo, para no meternos en problemas. Me duché, me maquillé y me perfumé con las cosas que había llevado a escondidas en una bolsa. Al despedirnos, mientras me recorría las nalgas con las dos manos por última vez, me dijo:

—No llevas ropa interior.

—¿Cómo lo sabes? ¿Se me nota en la cara?

—No se te marca nada bajo el vestido. ¿Te puedo pedir algo?

—Me excitas cuando hablas así. Dime, que se me hace tarde.

—Déjame tus bragas de recuerdo.

—Te gusta el riesgo. ¿Y si te las encuentra tu mujer?

—Asumo el riesgo. Déjamelas.

Se las di. Salí por aquella puerta, pedí un auto y, desde su ventana, Damián me hizo un gesto de adiós. No lo volví a ver jamás. Me quedé pensando en la tarde como en un sueño del que no quería despertar. Nadie me había hecho acabar tantas veces, ni de esa manera. En el viaje de vuelta, sin poder evitarlo, me llevé un dedo a la boca para ver si quedaba algo del que, desde ese día, fue mi amante por una sola tarde.

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Comentarios (5)

CuriosaLuna33

increible, me quedé sin palabras al final

Dante_K

¿hay segunda parte? no puede terminar ahi jajaja. muy buen relato

Melu_bsas

Lo leí de corrido y se me pasó el tiempo volando. Tiene algo que no te suelta, no sé explicarlo bien pero se siente muy real. Espero que hagas una continuación porque quedé con demasiadas preguntas sin respuesta.

PatricioNoc

ese hombre del restaurante... tremendo personaje. de esos que uno no olvida fácil

TinaCR74

buenisimo!!

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