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Relatos Ardientes

La apuesta que mi vecino quiso perder en la playa

Mi vida se había vuelto un campo minado dentro de la urbanización. Los hombres me esquivaban como si arrastrara una enfermedad contagiosa, y lo más absurdo era el motivo: a casi ninguno le habría molestado de verdad que tuviera algo con sus mujeres. Lo que les aterraba era el rumor, el qué dirán en las cenas de los sábados. Así que decidí bajar el ritmo una temporada, a ver si se les pasaba el miedo. Y si no se les pasaba, ya encontraría yo la manera de hacerles cambiar de idea.

Quien sí me hablaba era don Fermín, un viejo de noventa y tantos años que ocupaba siempre el mismo banco con su sombrero y un bastón que no necesitaba pero que le daba porte. Todos lo trataban como a un mueble que estorba. Yo, desde el primer día, le tenía aprecio. Era un pozo de mala leche y de verdades. Esa tarde me hizo una seña para que me sentara.

—Bruno, te cuento esto porque eres el único que me mira a los ojos —dijo, sin rodeos—. Voy al grano. Hay un tal Raúl reuniendo gente para partirte la cara. Dice que te has acostado con su mujer, Marisol, o que al menos la estás rondando.

—¿Raúl? —La cara no me sonaba de nada—. No conozco a ninguna Marisol.

—Pues apártate de él. Solo no vale para nada, pero si junta a tres o cuatro... —Dejó la frase colgando en el aire caliente de la tarde.

No soy de los que corren. Subí a casa, me cambié y bajé directo a las pistas de pádel. No tuve que esperar mucho. Apareció el tal Raúl y fui derecho a por él.

—Buenas. Me han dicho que andas contando que me he tirado a tu mujer. Te aviso una sola vez: no he tenido ni tendré nada con ninguna mujer de esta urbanización, no he acosado a nadie en mi vida, y ni siquiera sé quién es tu mujer. Si andas buscando gente para pillarme a traición, hazlo bien, porque no pienso darte una segunda oportunidad.

Raúl se quedó blanco, pillado por sorpresa, pero reaccionó.

—¿Me vas a decir que no conoces a mi esposa? —Y señaló hacia las pistas, donde cuatro mujeres jugaban un partido. Todas tenían su qué—. La del polo rosa. Esa.

La miré. A ella sí la había cruzado alguna vez en el portal. Castaña, melena corta, ojos de un azul que parecía iluminado por dentro. Piernas fuertes, de las que se ganan en una pista, y un trasero que la falda corta no conseguía disimular.

—Pues queda aclarado —dije—. Con esa mujer, sea la tuya o no, nada de nada.

Lo interpretó al revés. Pensó que decía que su mujer no valía nada, y eso le ofendió más que la supuesta infidelidad. Cuando ella se acercó a saludar y él me la presentó, Marisol hizo el amago de darme dos besos. Yo extendí la mano, dejándola plantada. Volvió con sus amigas, desconcertada.

—No puedo creer que digas que mi mujer no vale una mierda —insistió Raúl, furioso.

—No he dicho nada de tu mujer. He dicho que con ella nada, porque no la conozco. Ahora que me la presentas, sigo sin tener nada con ella.

Y entonces lo calé. Sus gestos, sus palabras, pero sobre todo su mirada lo delataban. Raúl era de esos hombres que se excitan con la idea de que su mujer les ponga los cuernos. Lo escondía, le aterraba que alguien lo supiera, pero la fantasía lo carcomía por dentro: por un lado la furia posesiva, por otro el morbo de saberse cornudo. Lo dejé con su vergüenza y sus pensamientos.

Como ya estaba cambiado, me uní a un grupo al que le faltaba uno. Al otro lado de la red pusieron a Raúl. Les dimos una paliza, y al acabar me di cuenta de que Marisol nos había estado observando todo el rato. Mientras tomábamos algo, Raúl me soltó lo último que esperaba:

—Oye, Bruno. Si este sábado no tienes plan, ¿te vienes a cenar a casa?

La cara de Marisol fue un poema de desconcierto, idéntica a la mía. Aceptó a regañadientes y me preguntó si había algo que me apeteciera comer. Le lancé una mirada de arriba abajo que decía mucho más que mis palabras.

—Cualquier cosa que me pongas delante, me la como encantado.

Se sonrojó hasta las orejas. Raúl era óptico, y ella le llevaba la tienda; pasaban el día entero juntos. ¿Cuándo demonios iba a engañarlo? Era su propio subconsciente el que lo traicionaba. La cena me diría si tenía razón.

***

Llegué con una caja de bombones y una orquídea. Raúl me abrió y me pasó al salón, donde tenía preparado un combinado que, según él, era su especialidad.

—Bruno, quiero pedirte perdón por todo. A veces no sé qué me pasa, no soy yo —dijo, compungido.

Entonces apareció Marisol y me cortó la respiración. Top blanco cruzado con un escote en uve que dejaba claro que las pistas escondían mucho más de lo que el polo deportivo dejaba ver. Minifalda vaquera, ombligo al aire, sandalias de cuña que estiraban unas piernas de escándalo. Demasiada mujer para el bueno del óptico.

Durante la cena no capté ni una señal. Al revés: vi complicidad, vi que se querían, que se admiraban. Intentar algo parecía sembrar en el desierto. Cuando quise ayudar a recoger, ella me frenó en seco.

—Déjalo, Bruno, ya me encargo yo.

Me quedé a solas con Raúl, que me miraba con una sonrisa boba.

—¿A que ahora te parece más guapa mi mujer? —Y sin esperar respuesta—: La visto yo, ¿sabes? Le elijo la ropa, la acompaño a comprar. ¿Qué te parece?

No medí mis palabras.

—Me parece que sabes que tienes a una mujer preciosa y que te gusta que la miren, que la deseen. Pero eso no te basta. Tienes fantasías que te asustan, que te llenan de celos y al mismo tiempo te mueres por que se cumplan, aunque tiembles pensando en que alguien se entere.

Esperé su reacción, pero volvió Marisol y se sentó con nosotros. Empezamos a hablar de la zona, de los rincones bonitos, y dejé caer un par de playas nudistas para ver cómo respiraba.

—Este —dijo ella, señalando a su marido— está empeñado en que vayamos a una. Yo me niego. Como mucho me quito la parte de arriba, y en playas perdidas, donde no me cruce con nadie conocido.

—Se está mejor de lo que crees —la piqué—. Yo voy a una muy discreta, cuesta llegar y cada cual va a lo suyo.

A ella no le hizo mella, pero a Raúl se le iluminó la cara. Ella se cerró en banda, competitiva.

—Seré una rara, pero no voy.

—¿Qué te apuestas? —solté.

Fue lo peor que podía hacer. O caía en la trampa o quedaba como una cobarde delante de los dos.

—Acepto. Si tienes razón, me pides lo que quieras. Pero si gano yo, prepárate.

Se puso a buscar en el móvil y su cara fue perdiendo color hasta quedar lívida. Había perdido. Intentó cambiar las condiciones, pero su marido se reía a carcajadas, lo que la enfurecía aún más. Quedamos a las nueve de la mañana. Cuando me acompañó a la puerta, le susurré a Raúl al oído:

—Te aviso. Si no anulas la apuesta, cumplirás tu fantasía. Si no la anulas, me follaré a tu mujer. Y será un secreto que solo sabremos los tres.

—No sé de qué hablas... —respondió, con el pánico asomándole a los ojos.

Llamé al ascensor y le di las buenas noches. A mis espaldas no oí ni su respiración. Esa noche esperé un buen rato una llamada que cancelara todo. No llegó.

***

Tardamos casi una hora por culpa de cómo conducía Raúl. Tuve que guiarlos por un camino sin asfaltar, entre las protestas de Marisol.

—¿Dónde nos hemos metido? Aquí nos atracan y no se entera ni Dios.

Eligió una cala con forma de herradura, casi sin visibilidad, a la que solo se llegaba por un vericueto entre rocas.

—Aviso: me desnudo a mi ritmo y no quiero prisas.

—Para que veas que predico con el ejemplo —dijo Raúl, quitándose la ropa.

Tenía el cuerpo de un sedentario, sin llegar a fofo. Yo me desnudé sin prisa. Cuando Marisol se quitó la parte de arriba, sus pezones aparecieron grandes y rosados, con la marca del bikini todavía dibujada en la piel. Llevaba unos aros plateados sujetos a ellos, una especie de joya sin perforación.

—Una locura, ¿verdad? —comentó Raúl—. No entiendo para qué.

—Es excitante —dije, mirándola a ella, que tras las gafas de sol sabía que me observaba—. Tengo una amiga a la que le encanta que se los manipulen con los dedos, con la lengua.

Entonces Marisol se puso de pie y se desnudó del todo, de espaldas, agachándose sin doblar las rodillas para guardar el bikini. La visión fue brutal. A Raúl se le levantó al instante. Yo controlé la mía, aunque se hinchó lo justo para dejar clara la diferencia entre ambos.

—Deja, Raúl, que el protector se lo pongo yo —dije, cogiendo el envase naranja.

Ella se quedó de pie, mirando a su marido con las piernas algo separadas. Le masajeé el cuello, los hombros, la espalda. Bajé hasta su trasero, duro como una piedra, y deslicé dos dedos entre sus nalgas, rozándole apenas. Se apartó en silencio, pero no se fue.

Me metí en el agua un buen rato para enfriarme. Cuando volví, Raúl seguía tumbado boca abajo, fingiendo dormir, y Marisol estaba boca arriba. Le eché un chorro de protector sobre los pechos y se los acaricié con descaro. Ella giró la cabeza hacia su marido, comprobó que tenía los ojos cerrados, y volvió a su sitio. Le retorcí los pezones hasta que los aros se quedaron en mi mano. Su boca hacía esfuerzos por no emitir sonido. Entonces se dio la vuelta.

Empecé de nuevo por su espalda, colocándome al lado opuesto de Raúl para que él tuviera la mejor vista. Al llegar a su trasero, mis dedos resbalaron por su sexo, su clítoris, su entrada, sin penetrar. Ella estiró el brazo y me rozó la polla sin querer. La retiró de golpe, como si hubiera tocado un cable pelado, pero ya sabía que estaba dura del todo.

Me coloqué sobre sus piernas. Le acaricié la espalda inclinándome de forma que mi polla resbalara entre sus nalgas. Marisol estiró el brazo izquierdo y buscó la mano de su marido. Él la cogió, abrió los ojos y la miró solo a ella, con un fuego que no le había visto antes. En ese instante, ella alzó el culo con orgullo, ofreciéndomelo sin una sola palabra.

No hizo falta más. Posicioné la punta en su entrada, empapada, y empujé despacio hasta el fondo. Un gemido ronco y contenido se le escapó de la garganta. Raúl se incorporó de golpe, la boca abierta, los ojos clavados en el punto donde nuestros cuerpos se unían. Su propia polla latía descontrolada. Estaba viendo su fantasía hecha carne, y el terror y el morbo se le peleaban en la cara.

Empecé a moverme, lento al principio. Cada embestida la hacía temblar. Marisol apretaba la mano de su marido hasta dejarse los nudillos blancos, mientras con la otra arañaba la arena.

—Joder... Bruno... así... —susurró, rompiendo por fin el silencio.

Se había quitado las gafas. Sus ojos azules estaban perdidos, fijos en mí, pero de vez en cuando se desviaban hacia su marido con una chispa de desafío. Disfrutaba, sí, pero también ejecutaba una venganza por cada inseguridad y cada fantasía tóxica de él.

—Mírame, Raúl —le ordené sin dejar de embestir—. Mírame bien mientras la dejo sin aliento.

Obedeció. Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no de tristeza: eran lágrimas de pura rendición. Se acercó de rodillas, hipnotizado, tocándose despacio.

—Me voy a venir... —jadeó ella.

Su cuerpo se arqueó, sus piernas temblaron y su sexo se contrajo alrededor del mío con una fuerza increíble. Ese fue mi detonante. Con un último empujón profundo me derramé dentro de ella, mientras la brisa del mar nos secaba el sudor.

***

Me aparté despacio. Un hilo se deslizaba por el muslo de Marisol, que respiraba con dificultad. Cuando recuperó el aliento, se giró hacia su marido. No había vergüenza en su mirada, solo una autoridad nueva. Le tendió la mano.

—Ven, Raúl. No te quedes ahí como un espectador.

Él vaciló un segundo, como un perro que no sabe si le dejan subir al sofá. Luego, como si algo se rompiera en su cabeza, se arrastró hacia ella. Marisol se apoyó en codos y rodillas y le ofreció el culo, todavía húmedo y brillante.

—¿Es esto lo que siempre has soñado? —le preguntó por encima del hombro—. ¿Follarme después de que otro se haya corrido dentro? Métela. Y dime qué sientes.

Raúl se hundió en ella sin resistencia, deslizándose en la mezcla de fluidos.

—Joder... está ardiendo... —balbuceó.

—Es su leche, cariño. Toda para ti. Ahora demuéstrame cuánto te gusta ser mi cornudo consentido.

—Me gusta... me encanta... —confesó él, con la voz rota por el placer y la humillación.

Embistió con una furia reprimida durante años, cada golpe una liberación. Ella lo azuzaba con palabras sucias mientras yo, sentado en la arena, observaba con una sonrisa. Habían roto el último tabú, y en esa depravación absoluta su unión parecía más fuerte que nunca. Raúl se vació dentro de ella con un rugido y se derrumbó sobre su espalda, agotado.

Marisol, lejos de quedarse quieta, se giró hacia mí.

—Y tú, gigante, ¿te has quedado con las ganas? —Se acercó a cuatro patas y me tomó la polla con una mano experta—. Vamos, despierta a esta bestia. Aún le queda trabajo.

Mientras me masturbaba, le hablaba a su marido.

—¿Lo ves, Raúl? Esto es una polla de verdad. La tuya es predecible. Esta es una aventura.

Se montó sobre mí de espaldas a él, para que tuviera la mejor vista, y descendió centímetro a centímetro hasta tenerme entero dentro. Empezó a moverse en una danza lenta.

—Mira cómo me abre, Raúl. Mira cómo lo devoro. Acércate y tócame el clítoris mientras él me folla.

Con la mano temblando, Raúl acercó los dedos al sexo de su mujer. Al tocarla, ella soltó un gemido gutural.

—¿Sientes su polla moviéndose bajo tus dedos?

—Sí... noto cómo late... —murmuró él.

La follé con la ferocidad que ella reclamaba, hasta que los dos llegamos al límite en un orgasmo compartido y violento que nos dejó exhaustos. Caímos los tres sobre la arena húmeda, el aire cargado de olor a sal y a sexo.

Marisol fue la primera en renacer. Se estiró como una gata satisfecha y caminó hacia el mar, dejando que las olas le limpiaran la piel. Cuando volvió, se inclinó y me dio un beso lento y profundo.

—Tienes una polla increíble, Bruno —dijo. Luego se giró hacia Raúl y le acarició la mejilla—. Y tú, mi amor, has sido el mejor cómplice que una mujer podría desear. Pero no te creas que todo está permitido. Hay un último tesoro que nadie ha conquistado todavía.

La frase quedó suspendida en el aire. Raúl la miró con frustración y deseo: era un territorio que él mismo anhelaba y que le habían negado siempre. Marisol se acercó a mi oído y bajó la voz, sabiendo que él se moría por escuchar.

—A ti, tal vez, algún día te lo dé para conquistar. Pero no hoy. Hoy te vas con la miel en los labios. La espera te hará más fuerte.

Se levantó y empezó a vestirse con una calma casi insultante.

—Se acabó por hoy, chicos. Raúl, recoge todo. Bruno, te llevamos a casa. Y no, no hay segunda ronda. Las buenas cosas se hacen desear.

***

La urbanización, ese microcosmos de apariencias, se había convertido en mi escenario particular. Cada cruce en el portal era una escena más de una obra que yo escribía sin saberlo. Pasaba algo parecido con Pilar, la divorciada del cuarto, y con Noelia, su hija: la misma insolencia en la mirada, separadas por veinte años. Un «hola, Bruno, ¿qué tal?» neutro en los labios, pero los ojos contaban otra cosa. Curiosidad, desafío, un deseo animal de volver a ser cazadas sin atreverse a dar el paso.

Y luego estaba Raúl. Pobre y maravilloso Raúl. Su mirada se había vuelto una súplica constante, ya no solo el deseo de ver a su mujer poseída, sino una necesidad patológica. Sus ojos me gritaban lo que su boca jamás se atrevería a decir: «Hazlo otra vez. Hazme el cornudo más feliz del mundo».

Éramos un polvorín de deseos ocultos, conectados por miradas y por un secreto. Y yo era la cerilla. Sabía, con la certeza de quien conoce el fuego, que muy pronto no harían falta palabras. Solo miradas. Y acción. Era cuestión de dar tiempo al tiempo, porque al final todo vendría rodado.

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Comentarios (4)

Marcos_BsAs

increible ese final, jamas me lo hubiera imaginado. muy buen relato!!!

CuriosaBA77

Por favor seguí con esto, me quede con muchas ganas de saber que paso despues. El vecino me parece un personaje genial

Rulo_playa

jajaja tremendo esto. me tiene loco el relato

PatoLP

Me recordo a unas vacaciones que tuve hace unos años en la costa, aunque en mi caso la apuesta la perdi yo jajaja. Muy bien contado!

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