La boda donde dos esposas decidieron no volver a su mesa
Rodrigo había viajado hasta una provincia lejana para asistir a la boda de un viejo amigo, alguien con quien compartió el servicio militar hacía ya demasiados años. La invitación incluía a su esposa, Carmen, pero a ella el trabajo no le dio tregua y tuvo que quedarse. Así que llegó solo, sin más equipaje que un traje oscuro y la certeza de que pasaría la noche entre desconocidos.
Era topógrafo, con una posición cómoda que le dejaba tiempo de sobra para cuidarse. A los cincuenta y siete años conservaba un cuerpo firme, ancho de hombros, y una seguridad que no se aprende en el gimnasio. Reservó habitación en el mismo hotel donde se celebraba el banquete, para no conducir de noche, y por la tarde bajó directo a la ceremonia.
Le habían asignado un sitio en una mesa con otros cuatro matrimonios. Dos de las parejas pasaban de los setenta. La tercera la formaba un hombre de su edad y una mujer mucho más joven, Bárbara, que no llegaría a los treinta y tres y que tenía un cuerpo capaz de detener una conversación a media frase. Por lo que escuchó durante la comida, el marido era un empresario adinerado; eso explicaba el desajuste.
La cuarta pareja era aún más joven. El hombre rondaba los cuarenta y su esposa, Lorena, los veintiocho. Estaba embarazada de unos seis meses, aunque apenas se le notaba bajo un vestido premamá de color rojo, ligero y algo escotado. Tenía una sonrisa dulce y una forma de hablar pausada que invitaba a quedarse cerca. A Rodrigo le tocó sentarse justo a su lado.
No tardó en notar el patrón de la velada. Los maridos de Bárbara y Lorena se enzarzaron en una charla de negocios y empezaron a beber sin medida. Antes del postre, los dos ya arrastraban las palabras. Cuando se levantaron para sentarse con otro grupo de hombres en los reservados del hotel, ninguna de las dos mujeres pareció lamentarlo demasiado.
Rodrigo se quedó con ellas. La conversación fluía sola. Lorena hablaba de su embarazo con naturalidad, decía que lo llevaba bien, que apenas tenía molestias. Bárbara, en cambio, tenía la mirada tensa cada vez que miraba hacia los reservados. En un momento confesó, casi en un susurro que Rodrigo alcanzó a oír, que llevaba meses intentando quedar embarazada, en tratamiento, tomando medicación para la fertilidad. Algo en su voz dejaba claro que ese tema le pesaba más que cualquier otro.
Cuando empezó la música, fue Lorena quien le preguntó por qué no salía a bailar.
—Prefiero la compañía que tengo aquí —respondió él.
Las dos se rieron. Bárbara, ya con la copa de más y el enfado de menos, soltó:
—No entiendo cómo tu mujer te deja viajar solo. Con lo bien que estás, alguna te lleva a la cama sin que te enteres.
Quizá no era solo una broma, pensó él.
Bárbara, harta de esperar a su marido, le pidió que la sacara a bailar. Y luego a Lorena. Rodrigo se levantó dispuesto a complacerlas.
***
Bailaron varias piezas. Bárbara se arrimaba más de lo que exigía la música, y en una canción lenta, con las luces ya muy bajas, lo tomó por el cuello y pegó su mejilla a la de él. Rodrigo sintió su pubis exactamente a la altura donde no debía sentirlo, y supo que ella había notado lo que ese contacto provocaba.
—Estoy furiosa con mi marido —le susurró ella sin separarse—. Vine a esta boda con ganas de divertirme y al muy idiota no se le ocurre otra cosa que emborracharse.
Él intentó calmarla, pero la sentía caliente, las manos casi ardiendo. Cuando volvieron a la mesa, los matrimonios mayores ya se habían retirado. Invitó entonces a Lorena.
—¿Con mi estado? —rió ella—. Va a ser complicado.
—Soy buen bailarín. Déjate llevar.
La pegó con cuidado a su cuerpo. La barriga apenas estorbaba. Lorena era algo más baja que Bárbara, con una cara que parecía dibujada a propósito para volver loco a un hombre.
—Perdona, pero no puedo evitar mirarte —le dijo él al oído—. Y embarazada estás todavía más guapa.
Ella se sonrojó, aunque no apartó la mejilla. Volvió a sentir, contra ella, la dureza que el pantalón ya no disimulaba.
Bárbara fue otra vez a buscar a su marido y regresó más enfadada que antes. No había forma de moverlo de los reservados; le había contestado de malos modos. Lorena, por su parte, empezó a quejarse de los pies hinchados, del cansancio. Su hotel quedaba lejos.
—Si quieren, suban a mi habitación, está en este mismo edificio —ofreció Rodrigo—. Descansan un rato y se refrescan.
Lorena lo miró con las mejillas encendidas.
—No sé… te lo agradezco, pero no me parece correcto ir a una habitación contigo.
—Perdona, no quería incomodarte. Lo dije porque te veía sufriendo, nada más. Soy un caballero.
—No es por ti —se disculpó ella—. Es que me da cosa subir al cuarto de un hombre que no es mi marido.
Fue Bárbara quien zanjó la duda.
—Yo sí quiero refrescarme y sentarme un rato. Nuestros maridos van a tardar lo suyo. ¿Has visto cómo están? Ni se acuerdan de nosotras. Vamos, aceptemos.
***
Subieron a la séptima planta. Lorena, que era la más apurada, entró primero al baño. Mientras tanto, Bárbara se sentó en el borde de la cama y miró a Rodrigo con descaro.
—Te gusta Lorena. Te vi cómo la mirabas.
—Es muy guapa, sí, pero está casada —respondió él—. Aunque, para serte sincero, también me he fijado mucho en ti.
—¿En mí? —fingió sorpresa.
—Eres una mujer capaz de hacerle perder la cabeza a cualquiera. Lo notaste bailando, ¿verdad?
Ella sonrió, sin negar nada. La conversación derivó hacia terreno peligroso, esos juegos de medias verdades en los que cada respuesta empuja un poco más. Bárbara le confesó que su marido apenas la tocaba. Que para hacer el amor casi tenía que pedir cita.
—Y Lorena lleva más de tres meses sin nada —añadió bajando la voz—. Su marido dice que le hace daño al bebé. Yo creo que está desesperada.
—Qué tontería —dijo Rodrigo—. A mi mujer la quise hasta pocos días antes del parto y nunca pasó nada. A ese marido habría que darle un par de azotes.
Ella rió. En ese momento salió Lorena del baño, y por su gesto era evidente que había oído el final. No dijo nada. Bárbara se levantó y ocupó el baño a su vez.
Rodrigo se quedó a solas con la embarazada.
—Túmbate un poco y descansa —le propuso—. Si quieres, te doy un masaje en los pies. Se me da bien.
—Eso no es muy correcto, ¿no crees? —dijo ella, otra vez ruborizada.
—¿Y quién va a saberlo? Lo necesitas.
Ante su insistencia, Lorena se recostó. Él fue al baño a buscar una crema y tocó la puerta para pedírsela a Bárbara.
—Entra y cógela tú, yo ahora no puedo.
Rodrigo abrió. Bárbara estaba lavándose en el bidé, con la falda subida hasta la cintura y la ropa interior fuera. No hizo el menor gesto de cubrirse; al contrario, miró el bulto del pantalón y sonrió. Él tomó la crema y salió con la imagen grabada.
***
Empezó por los pies de Lorena, con movimientos suaves pero firmes que le arrancaron un suspiro de alivio. Subió a las pantorrillas, luego a los muslos, sin prisa, calibrando hasta dónde ella lo dejaba avanzar. Y lo dejaba. Pese al embarazo, separó un poco las piernas, dejando ver la ropa interior. Aquella mujer que media hora antes se negaba a entrar a la habitación se estaba entregando en silencio.
Salió Bárbara del baño y, al ver la escena, se rió.
—Vaya. ¿A mí también me toca masaje?
—Primero el baño, que me hace falta —dijo él—. Luego, si quieres, te lo doy.
Mientras orinaba, las oyó cuchichear y reírse. Captó alguna palabra suelta sobre lo que habían visto bajo su pantalón. Regresó y se dirigió a Bárbara:
—¿Sigues queriendo ese masaje?
Por respuesta, ella se tumbó junto a su amiga. Rodrigo repitió el recorrido por sus piernas y comprobó, sin disimular su asombro, que Bárbara no se había vuelto a poner la ropa interior. Se la había quitado en el baño a propósito. Y entonces ella, haciéndose la distraída mientras charlaba con Lorena, se subió la falda lo justo para que él lo viera todo.
Lorena la observaba con la respiración alterada. No decía nada, pero sus ojos delataban lo mismo que sentía entre las piernas.
Rodrigo decidió dejar atrás los reproches que le hacía su conciencia. Bajó la cabeza y la hundió entre los muslos de Bárbara, recorriéndola con la lengua de abajo arriba. Ella gimió al instante y le clavó los dedos en el pelo.
—Sí… así, no pares —jadeaba—. Mi marido nunca me lo hace así. Sigue, por favor.
Bárbara empezó a mover las caderas, marcando el ritmo, hasta que el cuerpo entero se le tensó en un espasmo largo. Tardó en recuperar el aliento. Cuando lo hizo, miró a su amiga y, con la voz todavía ronca, ordenó:
—Ahora a Lorena. Mira cómo lo está deseando.
Lorena se incorporó de golpe, como picada por algo.
—¿Qué? Ni hablar, a mí no.
—Tranquila —intervino Rodrigo—. Si no quieres, no te hago nada. No pasa nada.
Bárbara, lejos de detenerse, le desabrochó el cinturón y le bajó el pantalón. Cuando liberó lo que escondía, las dos mujeres se quedaron mudas un instante.
—Madre mía —dijo Bárbara, tomándolo con la mano—. El doble que el de mi marido. ¿Has visto, Lorena?
Se lo llevó a la boca con avidez, atragantándose un poco. Lo notó duro como una piedra y se obligó a parar antes de tiempo. No quería que terminara así. Se acercó al oído de Rodrigo.
—Me has puesto a cien. No pensaba hacerlo, pero vas a tener que metérmela. Despacio, que la tienes enorme. La necesito dentro. —Hizo una pausa—. Otra cosa: te corres fuera. Creo que estoy en mis días. No quiero riesgos.
***
Rodrigo la colocó y empujó la punta. Bárbara contuvo el aire.
—Dios, cómo me abres. No pares.
Fue entrando poco a poco, sintiendo cómo ella cedía centímetro a centímetro, hasta que de un empujón firme la llenó del todo. Bárbara gritó, le dio manotazos en la espalda, mitad dolor mitad placer.
—Cabrón, qué grande la tienes. Me vas a dejar marcada. Pero no pares.
Él se quedó quieto, dejándola acostumbrarse, y cuando la notó floja empezó a moverse despacio. Pronto ella misma le pidió más. Rodrigo aceleró, embistiendo con un aguante poco común para su edad, mientras Bárbara se deshacía en gemidos y alcanzaba un segundo orgasmo sin haberse repuesto del primero.
Al girar la cabeza, vio a Lorena. La embarazada se había metido la mano bajo la ropa interior y se acariciaba mientras los miraba sin pestañear. Esa imagen fue suficiente. Rodrigo salió de Bárbara y se acercó a ella, que esta vez no lo apartó. Suspiró cuando él le retiró la tela y la recorrió con la lengua.
—Relájate, no te voy a hacer daño.
—Ay… ¿qué me haces?
Lorena se olvidó por completo de su recato. Se corrió enseguida, arqueándose en la cama. Bárbara, que lo observaba todo, se inclinó hacia el oído de Rodrigo.
—Fóllatela. ¿No ves que lo está pidiendo? Lleva meses sin que la toquen. ¿A qué esperas?
Él le separó un poco más las piernas y la penetró con cuidado, atento a no apoyarse sobre la barriga. Lorena lo recibió ansiosa.
—Despacio, por favor, el bebé… ay, es enorme.
El morbo de tenerla así lo encendió aún más. La folló a un ritmo medido pero constante, y la mujer alcanzó un orgasmo, y después otro, sorprendida de su propio cuerpo.
***
Cuando se separaron, Bárbara había vuelto al baño. Lorena, todavía agitada, miró a Rodrigo.
—No te has corrido. ¿Por qué no te lo haces otra vez con Bárbara y te corres dentro?
Él la miró sin entender.
—Me ha dicho que está ovulando —siguió ella, bajando la voz—. Su marido o no puede o no quiere. Está deseando un hijo. Tú eres el indicado. ¿Te atreves?
Rodrigo no daba crédito. Le palpó los testículos con la mano y añadió:
—Tienes con qué. Sé que te mueres por hacerlo. Eres un sinvergüenza, pero le harías un favor.
Bárbara salió del baño y los encontró así.
—¿No te has corrido dentro de Lorena? ¿A qué esperas?
—Te lo guardo para ti —dijo la embarazada—. Quiero que seas tú quien le saque la leche a este hombre. ¿No quieres sentir cómo se viene en ti?
—Estás loca —protestó Bárbara—. ¿Sabes que podría dejarme embarazada?
—¿No es lo que llevas meses buscando? ¿Seguro que tu marido va a dártelo? —Le acarició los pechos por encima del vestido—. ¿Quieres ser madre o no?
Bárbara se estremeció. Miró al hombre que la había hecho gritar esa noche, todavía recostado y dispuesto. Algo en las palabras de su amiga le quitó el último escrúpulo. Se quitó la ropa interior que había vuelto a ponerse, se subió a la cama y descendió sobre él hasta ensartarse del todo.
—Cómo la tienes… me abres entera.
Lo cabalgó como si en ello le fuera la vida, animada por Lorena, que no dejaba de azuzarla. Rodrigo le sacó el vestido por la cabeza y le mordió los pechos. Bárbara se corrió otra vez. Sin darle respiro, él la hizo girar, se puso encima y volvió a embestirla con más fuerza.
—Joder, sigues con ganas. Cómo me abres.
La folló varios minutos en esa postura, hasta que sintió que ya no aguantaría. Su cuerpo lo avisó. Bárbara también lo notó.
—Dentro no… estoy ovulando, me puedes dejar embarazada, sácala… —pero no terminó la frase.
Rodrigo se vació dentro de ella, chorro tras chorro, sin poder ni querer detenerse. Bárbara gimió al sentirlo, entre la protesta y el placer.
—No has parado de correrte… seguro que me has preñado. ¿Estás loco?
Tardó en recuperarse. Luego miró a Lorena.
—Tú se lo sugeriste, ¿verdad?
—Es tu mejor oportunidad de ser madre. Y mejor hombre que este no vas a encontrar.
Bárbara se quedó callada, pensativa. Después, con media sonrisa, deslizó la mano hacia los testículos de Rodrigo.
—No sé cómo estarán nuestros maridos —dijo—. Pero a este me lo vuelvo a follar antes de que acabe la noche. Te voy a dejar seco.