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Relatos Ardientes

Le mentí a mi marido para irme quince días con un camionero

Renata llevaba ocho años firmando balances ajenos y durmiendo siempre del lado izquierdo de la cama. Treinta y cuatro años, contadora, un departamento prolijo en Caballito y un marido, Esteban, que era exactamente lo que su madre había soñado para ella: arquitecto, puntual, incapaz de levantar la voz. También incapaz, desde hacía mucho, de mirarla como si tuviera hambre.

El sexo era los sábados, con la luz apagada, breve y cortés. Esteban se le trepaba encima, la penetraba con tres o cuatro embestidas medidas, se corría en silencio y se dormía. Ella se quedaba mirando el techo, con el coño apenas humedecido, sintiendo el semen tibio escurrirse entre los muslos como una constancia notarial. Un trámite más entre los tantos que ella ordenaba durante la semana. Por eso, cuando el insomnio la echaba de la cama, abría la notebook en la cocina y se convertía en otra. En los foros era Morena_Sur, una mujer sin apellido ni hipoteca, que escribía cosas que jamás se animaría a decir en voz alta.

Lo conoció en una sala de mensajes crudos. Se hacía llamar RutaLarga48: camionero de larga distancia, dueño de su Volvo, cuarenta y ocho años y una forma de escribir que no pedía permiso. Renata, cuyo contacto más intenso en meses había sido el roce de una mano al pasar un expediente, sintió un tirón en el estómago al leerlo.

—Una contadora fina con ganas de un tipo de verdad —escribió él esa primera noche—. ¿Sabés lo que te falta o te lo tengo que explicar?

—Explicámelo —tecleó ella. Y borró la palabra «por favor» tres veces antes de mandarla.

—Te falta una polla que te rompa. Una polla gorda, con venas, que te haga abrir la boca antes de abrir el coño. Te falta que te agarren del pelo y te pongan de rodillas. Te falta tragar semen ajeno y pedir más. Eso te falta, contadora.

Renata leyó las palabras tres veces. Sin darse cuenta se había metido la mano dentro del pijama y se tocaba con el dedo del medio, en círculos lentos sobre el clítoris hinchado. Estaba empapada. La silla de la cocina se le pegó al culo desnudo cuando bajó el pantalón hasta las rodillas.

No estaba bien. No estaba nada bien, y eso era justamente lo que la mantenía despierta.

Las noches siguientes se volvieron un ritual. Esteban roncaba del otro lado de la pared y ella, descalza sobre las baldosas frías, dejaba que un desconocido le dijera lo que iba a hacerle. Él no usaba eufemismos. Le hablaba de la cucheta del camión, del olor a gasoil, de tenerla quince días enteros lejos de su vida ordenada, con las tetas al aire y las piernas siempre abiertas. Le describía cómo iba a metérsela por el culo la primera vez, despacio, hasta el fondo, para escucharla gemir. Le decía que le iba a acabar en la cara y le iba a sacar una foto para acordarse. Y ella, en lugar de cerrar la pantalla, preguntaba cuándo.

—Tengo un viaje a Mendoza la semana que viene —escribió él una madrugada—. Te paso a buscar por la estación de servicio de Cañuelas. Subís y sos mía hasta que te baje en el mismo lugar. ¿Te animás, o seguís siendo la señora de tu arquitecto?

Renata se quedó mirando el cursor parpadear. Después tipeó que sí.

***

La mentira fue casi tan excitante como el plan. A Esteban, a su madre y a sus dos compañeras del estudio les dijo lo mismo: había ganado una beca sorpresa del colegio de contadores, una capacitación de quince días en Mendoza con todo pago. Falsificó un correo, inventó la reserva de un hotel que no existía y guardó el comprobante trucho en una carpeta por si alguien preguntaba. Nadie preguntó. Esa facilidad la asustó y la encendió por igual.

La noche anterior cargó una mochila chica: ropa interior de encaje negro, dos jeans, una pollera corta. Mientras la cerraba, le temblaban las manos. Todavía estás a tiempo de no ir, pensó. Pero ya estaba mojada de solo pensarlo.

El jueves pidió un auto y, durante el viaje por la autopista, él le mandó mensajes que la hicieron apretar los muslos en el asiento de atrás. Le pedía fotos, le ordenaba cosas —«sacate la bombacha ahora, guardátela en la cartera, te quiero con el coño al aire cuando subas»—, le anticipaba con detalle lo que pasaría apenas subiera a la cabina. Renata respondía con monosílabos para que el chofer no notara nada, pero el pulso le latía en la garganta. Cuando se le escapó un suspiro demasiado audible, el hombre la miró por el espejo y preguntó si estaba todo bien. Ella se disculpó, dijo que se había acordado de un trámite, y volvió a guardar el teléfono entre las piernas. La tela del jean le rozaba el clítoris desnudo con cada bache.

***

Darío —ese era su nombre real— no se parecía en nada a la fantasía pulida que ella había construido. Más bajo de lo que imaginaba, ancho de espaldas, una panza dura y manos enormes manchadas de grasa. Olía a tabaco negro y a horas de ruta. Cuando Renata trepó a la cabina del Volvo, entre ruidos metálicos y el zumbido del motor al ralentí, él no la besó. La miró de arriba abajo, despacio, como quien evalúa una carga.

—Así que sos vos —dijo, con una media sonrisa—. Pensé que mentías con las fotos.

La vulgaridad serena de su voz la encendió más que cualquier caricia. Renata asintió sin hablar.

—Acá las reglas las pongo yo —siguió él, metiendo el cambio—. Te subiste, ahora te aguantás el viaje. Cuando yo diga, abrís las piernas y te callás. ¿Quedó claro?

—Sí —murmuró ella.

—Sí, qué.

—Sí, señor.

Él soltó una risa baja y arrancó. La ciudad fue quedando atrás por el espejo, primero las luces, después la nada. A los veinte kilómetros, sin desviar la vista de la ruta, le apoyó la mano derecha en el muslo y se la subió hasta la entrepierna. Encontró el jean húmedo y sonrió.

—Ya venís lubricada, mirá vos. Bajate el pantalón. Quiero manejar con la mano en tu concha.

Renata se desabrochó el jean con dedos torpes y se lo bajó hasta las rodillas. Él le hundió dos dedos gruesos, ásperos, en el coño empapado. Los movió con la misma cadencia con que cambiaba de marcha, entrando y saliendo, sin mirarla, mientras el paisaje se volvía negro afuera. Renata se aferró al asiento y se mordió el labio. Cuando se corrió, cincuenta kilómetros después, fue con un espasmo largo que le hizo apretar los dedos ajenos entre las piernas. Darío se los llevó a la boca y los chupó, uno por uno, sin sacar los ojos del camino.

—Buena entrada —dijo—. Vamos a ver cómo seguís.

***

La primera noche detuvo el camión en un tramo desierto, lejos de cualquier pueblo, donde solo se oía el viento contra la chapa y el motor enfriándose. Apagó los faros y dejó encendida una lamparita que colgaba del techo. Recién entonces se giró hacia la cucheta, donde ella esperaba.

—Sacate todo —dijo—. Quiero verte bien antes de empezar.

Renata se desvistió con dedos torpes. La remera, el corpiño, la pollera, el encaje que había elegido con tanto cuidado. Quedó arrodillada y desnuda en ese espacio mínimo, el colchón delgado debajo de las rodillas. El frío de la noche se le pegó a la piel, pero el calor que sentía era otro. Los pezones se le pararon duros, oscuros, y él los miró largo antes de hablar.

Él se sentó en el borde, todavía vestido, con las botas puestas, y encendió un cigarrillo sin dejar de mirarla.

—Escuchame, porque no lo repito —dijo, con voz rasposa—. No sos mi novia ni mi aventura romántica. Sos mía por quince días. Eso quiere decir que cuando diga «vení», venís. Nada de «más despacio», nada de «no me gusta». Me decís señor, o Darío si te portás bien. Y si en algún momento se te cruza que esto es amor, te bajo en la próxima estación y volvés con tu marido. ¿Entendiste?

Renata tragó saliva. El corazón le golpeaba tan fuerte que pensó que él lo oiría. Sintió un hilo caliente bajándole por el muslo.

—Entendí —dijo—. Usame como quieras.

Darío aplastó el cigarrillo en una lata y se abrió el cinturón. Se bajó el pantalón hasta las rodillas. La polla que salió le colgaba gruesa, morena, con un pelo negro y espeso alrededor. Estaba semiblanda y ya así le pareció el doble que la de Esteban.

—Vení. De rodillas, ahí en el piso. Con la boca. Y sin manos.

Renata se bajó de la cucheta y se arrodilló entre las botas embarradas. Le tomó la verga con la boca, primero la punta, y sintió cómo se le endurecía contra la lengua. Él la agarró del pelo con las dos manos y le fue metiendo la polla más adentro, sin apuro pero sin permiso, hasta que se la clavó en la garganta. Renata tosió, se le llenaron los ojos de lágrimas, un hilo de saliva le cayó del mentón hasta las tetas.

—Tragala. Respirá por la nariz y tragala. Así, buena chica.

La cogió a la boca durante largos minutos, con la mano firme en la nuca, haciendo un ruido húmedo, obsceno, cada vez que ella arqueaba la garganta. La saliva le chorreaba por el pecho y le mojaba los pezones. Cuando la sacó, Renata jadeaba con la boca abierta, los labios hinchados, un rastro brilloso desde el mentón hasta el ombligo.

—Arriba. Boca arriba. Abrí las piernas bien.

La empujó a la cucheta. Le abrió las piernas con las rodillas y le hundió la cara entre los muslos. Le comió el coño con hambre, con la lengua entera, chupándole el clítoris y metiéndole dos dedos al mismo tiempo. La barba gruesa le raspó el interior de los muslos hasta dejárselos rojos. Renata se agarró de la sábana, del techo bajo, de lo que fuera, y se corrió gritando en menos de dos minutos, con las caderas subiéndosele solas contra la boca de él.

—Todavía no terminaste —le dijo él, subiéndose encima—. Recién estamos calentando motores.

Le metió la polla de una sola embestida, hasta el fondo. Renata soltó un aullido ronco que hizo vibrar la cabina. Él le agarró las dos muñecas y se las clavó por encima de la cabeza, y empezó a cogerla con embestidas duras, secas, que la hacían golpear la cabeza contra la pared del camión. Le hablaba al oído todo el tiempo.

—Así te gusta, ¿no? Con una verga de verdad adentro. Decilo. Decí que te gusta.

—Me gusta, señor. Me encanta. No pares.

—¿Qué sos?

—Suya. Soy suya. Soy una puta. Su puta.

Él la dio vuelta como si no pesara nada, la puso en cuatro sobre la cucheta y le agarró las caderas con las dos manos. Se la volvió a meter por atrás, de un envión, y empezó a cogerla en esa posición con la polla entera saliendo y entrando, brillosa de flujo. Con una mano le agarró el pelo y le tiró la cabeza para atrás. Con la otra le dio una palmada seca en la nalga que le dejó la marca roja. Renata gemía sin vergüenza, con las tetas colgando y los pezones rozando la sábana. Sintió el pulgar de él, mojado en su propia saliva y flujo, presionándole el agujero del culo. No la penetró todavía, solo lo mantuvo ahí, invadiéndola con la promesa.

—Este también va a ser mío antes del viernes —le anunció—. Vas a aprender a que te la meta en el culo y a agradecer.

—Sí, señor.

La cogió así hasta que ella se corrió por segunda vez, apretándole la verga con espasmos. Recién entonces él se dejó ir. Se sacó la polla del coño y le acabó en la espalda y en el culo, chorros gruesos y calientes que le corrieron hasta la cintura. Después se los pasó por la piel con la cabeza de la verga, marcándola, y le metió los dedos embarrados en semen en la boca. Renata los chupó sin dudar.

Cuando él terminó, se dejó caer a su lado en la cucheta estrecha y la abrazó por detrás, casi como un trofeo. Le apretó una teta con la mano callosa.

—Dormí así —le dijo al oído—. Mañana seguimos. Esto recién empieza.

Renata cerró los ojos con el cuerpo dolorido, la espalda pegajosa y una sonrisa secreta. Afuera, la ruta era negra e infinita. Adentro de esa cabina que olía a sexo y a gasoil, había dejado de ser la mujer de Esteban.

***

Los días tomaron una rutina perversa. Conducían horas, paraban a comer sándwiches de milanesa en puestos de ruta, y Darío contaba anécdotas crudas de su vida: peleas en paradores, noches de frío extremo, mujeres que habían subido y bajado de esa misma cabina. Renata, hechizada, absorbía cada palabra. A cambio, en los trayectos largos, le confesaba sus propias fantasías más oscuras, esas que nunca le había dicho a nadie. Muchas veces se lo contaba mientras se la chupaba, arrodillada entre el asiento y la palanca de cambios, con él manejando a ciento veinte por hora y una mano en su nuca marcándole el ritmo.

En una pensión de mala muerte cerca de Río Cuarto vivió la primera noche larga entre cuatro paredes. Cama chirriante, humedad en los rincones, una sola lamparita amarilla. Él se dejó caer en una silla con una petaca de whisky y la hizo desvestirse de pie, mirándola sin tocarla, hasta que la espera misma se volvió insoportable.

—Tocate —le ordenó, tomando un trago—. Quiero ver cómo te ponés vos sola. Metete dos dedos.

Renata obedeció, de pie en el medio de la pieza, con las piernas separadas. Se hundió dos dedos en el coño mientras con la otra mano se acariciaba una teta y se pellizcaba el pezón. Él la miró en silencio durante varios minutos, bebiendo despacio, hasta que la vio a punto de correrse.

—Pará. No te corrés todavía. Date vuelta.

La inclinó sobre el borde de la cama, con el culo bien arriba. Le abrió las nalgas con las dos manos y le escupió en el ojete. Le pasó el pulgar en círculos, una y otra vez, hasta que sintió que se relajaba. Después trajo un frasco de crema de la mochila y le untó el agujero, y también su propia polla, con dos dedos.

—Vas a respirar hondo y no te vas a mover. Si te movés te lastimás vos. Aflojá.

Le apoyó la cabeza de la verga contra el culo y empezó a empujar. Renata sintió una presión inmensa, un ardor, un instinto de escaparse hacia adelante que él sofocó agarrándola de la cintura. Le fue entrando de a poco, centímetro a centímetro, hasta que la sintió abrirse y ceder. Cuando estuvo hasta el fondo, se quedó quieto.

—Ahí. Así. Aguantalo. Sentime.

Renata mordía la colcha, los ojos apretados, el cuerpo temblando. El dolor fue mutando en una sensación nueva, densa, que le subió por la columna. Él empezó a moverse despacio, con embestidas cortas, y le pasó una mano por debajo para trabajarle el clítoris con dos dedos mientras la cogía por el culo. La combinación la enloqueció. Se descubrió empujándose ella misma hacia atrás, pidiendo más, más profundo, más fuerte.

—Mirá vos. La contadorcita se hizo puta del culo en una noche.

Él aceleró el ritmo. La cama chirriaba, la pared golpeaba, la lamparita se sacudía. Renata se corrió con la verga en el culo, apretándola en espasmos, gritando contra la colcha para no despertar a la cuadra entera. Darío se corrió adentro un minuto después, con un gruñido largo, vaciándose en ella. Cuando salió, sintió el semen escurriéndose caliente entre los muslos.

Esa noche aprendió a recibirlo de una forma que su matrimonio jamás había explorado, descubriendo que el límite entre el dolor y el placer era mucho más delgado de lo que creía. Cuando él terminó, Renata quedó tirada boca abajo, temblando, con las piernas abiertas y la respiración entrecortada.

—Me diste muy duro —susurró ella, con la voz ronca—. Pero me encanta. Me hacés sentir distinta.

Darío largó una carcajada grave y le dio una palmada en las nalgas enrojecidas.

—Eso es lo que sos ahora —dijo—. Y todavía falta.

***

A la mañana siguiente, la dueña de la pensión la interceptó en el pasillo. Una mujer de unos cincuenta, robusta, con el pelo teñido y un delantal manchado. La miró con una sonrisa que sabía demasiado.

—Vos sos la nueva, ¿no? La que trajo Darío anoche —dijo, cruzando los brazos—. Lo conozco hace años. Siempre para acá con una mujer como vos. Finitas, de ciudad, con cara de no romper un plato. Anoche se escuchaba todo, eh. No te hagas la santa.

Renata se puso colorada y bajó la mirada.

—No te creas especial, querida —siguió la mujer, casi maternal—. Sos una más en la lista. Pero te doy un consejo: disfrutalo mientras dure. Cuando se canse, te va a bajar en cualquier estación y chau. No mires atrás.

Las palabras le pegaron como cachetadas. Sintió vergüenza, unos celos absurdos y, debajo de todo, una excitación retorcida al imaginarse como un eslabón más de esa cadena. Cuando subió de nuevo al camión, Darío la miró de reojo.

—¿Qué te dijo la doña?

—Nada —mintió ella, con una sonrisa débil—. Que te quiere mucho.

Él se rió y arrancó.

***

Una tarde abrasadora, en un camino de tierra perdido entre San Luis y la cordillera, Darío decidió cumplir una de las fantasías que habían urdido en los chats. Frenó en un claro polvoriento, donde el sol caía como plomo derretido. La hizo bajar, la apoyó contra el guardabarros caliente y le arrancó la ropa ahí mismo, a la intemperie. Le sacó la remera, le desabrochó el corpiño, le bajó la pollera hasta los tobillos. Le pellizcó los pezones hasta ponérselos duros y morados. Después dio dos pasos atrás y la dejó así, expuesta al viento seco y a la nada, mientras él la miraba sin apuro, bebiendo de una botella de fernet.

—Abrite —le dijo—. Con dos dedos. Quiero ver ese coño abierto desde acá.

Renata separó los labios del coño con dos dedos, la espalda contra el metal ardiente que le quemaba la piel. El polvo del camino se le pegaba al sudor. Él se acercó, se puso en cuclillas y le pasó la lengua entera, de abajo hacia arriba, sin dejar de mirarla a los ojos. La cogió con la boca ahí, contra el guardabarros, con las piernas de ella temblándole, hasta que se corrió con un grito que se perdió en la inmensidad seca del campo.

Después se paró, se abrió el pantalón y le hizo dar vuelta. La apoyó de cara al camión, con las manos sobre el capó caliente, y se la metió por detrás bajo el sol implacable. La cogió así largo rato, sin apuro, con embestidas profundas, mientras ella jadeaba con la mejilla pegada al metal y el polvo adhiriéndose a su piel sudada. Cuando estuvo por terminar, la giró de nuevo, la puso de rodillas en la tierra y le acabó en la cara. Chorros gruesos que le cayeron en la frente, en los labios, en el mentón, en las tetas. Renata mantuvo la boca abierta y la lengua afuera, obediente. Nunca se había sentido tan animal, tan libre de la mujer prolija que firmaba informes fiscales.

Pero no todo era dureza. En los días siguientes, Darío le enseñó a cambiar un neumático guiándole las manos sobre las herramientas, con una paciencia que ella no esperaba. En los tramos rectos y vacíos la dejaba sentarse al volante, y Renata —la contadora ordenada que alguna vez le tuvo miedo hasta al tránsito de la 9 de Julio— sentía el poder bruto del motor vibrar bajo las palmas. Y algunas noches, después de dejarla sin aliento, él la abrazaba en la cucheta y se dormía contra su nuca, como si ese cuerpo marcado fuera lo único que lo anclaba a algo.

***

La noche que cruzó el punto de no retorno fue en San Rafael. En un bar de ruta lleno de humo, Darío se encontró con Maxi, un camionero uruguayo de risa fácil y mirada hambrienta. Tras varias cervezas y charlas soeces, Darío la miró con los ojos brillantes y, sin consultarle del todo, propuso compartirla.

—Esta noche te la banco —le dijo a Maxi, pasándole un brazo por el hombro—. Es buena. Chupa como los dioses y tiene el culo aprendido.

Renata bajó la mirada al vaso, sintió cómo le ardían las mejillas y las bragas al mismo tiempo. En la pieza del motel, con dos camas gemelas y una luz mala, los dos hombres se sentaron a mirarla mientras se desvestía. Después la llamaron. Se arrodilló entre los dos y les mamó las pollas por turnos, agarrando una con cada mano, pasando de una boca llena a otra sin descanso. Le tiraban del pelo, se reían por encima de su cabeza, la comparaban.

—Mirá cómo mama esta hija de puta.

—Se le nota que le gusta. Dale, atragantate un poco.

La tiraron a la cama. Maxi se acostó boca arriba y la sentó encima de su verga, mientras Darío se ubicaba atrás. Le escupió en el culo, se lo abrió con dos dedos y se le metió también, hasta el fondo. Renata sintió las dos vergas dentro al mismo tiempo, separadas solo por una fina pared de carne, y creyó que se partiría en dos. La cogieron así los dos a la vez, sincronizándose, mientras ella colgaba entre ellos como una muñeca abierta. La usaron por turnos, la llamaron de mil maneras, rieron por encima de su cabeza. La cambiaron de posición varias veces —de rodillas mamándole a uno mientras el otro la cogía por atrás, boca arriba con Maxi encima y Darío metiéndosela en la boca al lado, en cuatro patas con uno adelante y otro atrás— hasta que los dos se corrieron casi al mismo tiempo, uno en el culo y otro en la boca. Y ella, en el vértigo de esa degradación que había elegido, sintió una libertad absoluta. Ya no era nadie más que un cuerpo entregado al deseo más crudo, sin culpa y sin nombre propio.

Cuando Maxi se fue, cerca del amanecer, Darío la abrazó y la volvió a coger él solo, despacio, casi con ternura, como reclamándola de nuevo para sí.

***

Los quince días —que terminaron siendo dieciséis— concluyeron en la misma estación de servicio donde todo había empezado. El camión estaba cargado para el regreso, pero Renata no subiría. Bajó de la cabina con cada músculo adolorido, cada moretón como una medalla secreta. Darío bajó también y, en un gesto inesperado, le acarició la mejilla con el dorso de la mano callosa.

—Sos brava, vos —dijo, sin sonreír—. Cuidate.

No hubo promesas ni planes de un próximo encuentro. Solo la crudeza limpia de un adiós entre dos personas que se habían dado exactamente lo que necesitaban.

Renata tomó un taxi de vuelta a Caballito. Al día siguiente volvió al estudio, ajustó balances con mano firme y le sonrió a Esteban cuando preguntó por la beca. Nadie sospechó nada; la mentira había sido perfecta. Pero algo había cambiado para siempre.

La mujer que firmaba informes fiscales era la misma que, en la intimidad de su casa, cerraba los ojos y recordaba el peso de un hombre sobre ella, el sabor del semen ajeno en la boca, el roce del cuero contra la piel ardiente, dos vergas al mismo tiempo abriéndola en una pieza de motel. El viaje no había sido un simple escape. En la dureza de la ruta había encontrado una parte de sí misma tan real como su título universitario. No la había corrompido: la había completado, dejando una marca tan profunda como las huellas de dedos en sus caderas. Una marca que recordaría cada vez que Esteban se le trepara encima los sábados, breve y cortés, y ella, con los ojos cerrados, se metiera los dedos en la boca para acordarse a qué sabía una polla de verdad.

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Comentarios(8)

Luciana_Tuc

Dios mio qué relato!!! Me quede pegada hasta el final sin poder parar

PabloPaez_Sur

Por favor seguí con esto, se corto justo cuando mas lo necesitaba jajaja

Caro_BsAs

La parte donde ella inventa el cuento del curso me resulto tan creible. Eso de que el cerebro trabaja solo para lo que quiere es muy real.

TangoLoco99

quince dias!! yo con tres horas ya me sentia culpable jajaja tremendo

NocturnaLect

Me recordo a una epoca mia que prefiero no contar, pero si dire que entiendo perfectamente a Renata. Hay un punto en que el cuerpo pide algo que la rutina no puede dar y ahi uno empieza a inventar excusas. Muy bien escrito, se siente genuino.

ViejaLectora

Increible como describe la tension interna. Bravísimo

FedericoMdq

¿Hay segunda parte? Quede con muchas ganas de saber como termino todo cuando volvio

Marianela_ok

Lo lei dos veces. No es algo que yo haria pero lo entiendo perfectamente

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