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Relatos Ardientes

El marido que me retó a seducir a su mujer

Llevaba años publicando relatos eróticos en una página de internet. Intercambiaba correos con algunos lectores, casi siempre las mismas preguntas: si lo que contaba era verdad, si los personajes existían, si yo era el hombre que firmaba esas historias con el nombre de Darío. Respondía con la misma frase de siempre: que la literatura empieza justo donde la prudencia me obliga a frenar.

Hasta que una noche entró un mensaje distinto. No era una consulta. Era un desafío.

El remitente se llamaba Rubén. Adjuntaba una foto: una mujer de cincuenta y nueve años que le ganaba la partida al tiempo con una falda ajustada, botas altas y una mirada que, incluso detrás de las gafas de sol, hablaba de hambre y de oficio. Una madurez espléndida, de esas que no piden permiso.

El texto que la acompañaba era largo y se notaba escrito con la respiración entrecortada.

«Te escribo todavía bajo el efecto de tu último relato. Hay algo envidiable en esa vida que describes, en esa naturalidad para moverte entre encuentros que el azar te pone delante. No sé cuánto hay de cierto y cuánto de invención, pero despiertas un apetito que va más allá de la lectura.

Llevo muchos años con mi mujer. Ella ha tenido sus historias fuera del matrimonio, aventuras que siempre me negó y que los dos sabemos que existieron. Al leerte no he podido evitar fantasear con que alguien como tú pusiera los ojos en ella. Me ilusiona pensar que pudieras seducirla y darle ese placer que sospecho que yo nunca le di del todo, después de toda una vida juntos.

Somos de Albacete. El reto sería este: tendrías que ser tú quien la sedujera desde cero, porque ella no sabe nada de este mensaje. Perdona la osadía. Gracias por la intensidad de tus letras.»

Leí aquello tres veces. Un hombre me estaba ofreciendo a su mujer como quien entrega un mapa de secretos que él nunca terminó de descifrar. Y, contra todo pronóstico, me senté a contestar.

***

«Hola, Rubén. Te agradezco la franqueza. Mi narrativa camina siempre sobre ese alambre donde el instinto choca de frente con la realidad.

Te confieso un secreto de autor: muchas mechas son reales. Pero en la vida, casi siempre elijo ser un caballero y dejar la puerta cerrada. Ahí nace la literatura: mis personajes cruzan el umbral que yo prefiero no cruzar.

Lo que me propones es literariamente fascinante y logísticamente complejo. Vivo en Valencia, lejos. Y los planes orquestados a distancia, donde una de las partes no sabe a qué juego juega, no son lo mío. Pero la foto que me envías muestra a una mujer que en mis relatos haría arder el asfalto.

Te propongo otra cosa antes de nada: háblame de ella, de su historia, de lo que la enciende. Y si algún día las cartas están boca arriba, si ella quiere, cuenta conmigo. Pero ese paso lo tenéis que dar vosotros.»

No esperaba respuesta tan pronto. Llegó esa misma madrugada. Rubén no se había echado atrás; mis palabras parecían haberle dado un permiso que llevaba décadas buscando. Me escribió un correo denso, mezcla de nostalgia y de un erotismo que no sabía contener.

Me contó que se conocieron en la facultad en el año 1987, que ella era la chica que todos miraban y nadie se atrevía a tocar. Me contó las dos o tres sombras de aquel matrimonio, los silencios, las maletas que nunca llegaron a hacerse. Y me dio el nombre que a partir de entonces ocupó mis noches: Marisa.

***

Le di instrucciones precisas. Que no me presentara como un amigo, sino como un enigma. Que dejara mis relatos abiertos en la tablet del salón, como quien olvida un secreto a la vista, y que la dejara leerlos a solas, sin su mirada encima, para que no tuviera que fingir que no le gustaban.

—El deseo siempre empieza en la cabeza —le escribí—. Yo tengo que empezar a habitar la suya a través de tus manos.

Funcionó antes de lo previsto. A los pocos días me llegó un correo con un asunto de tres palabras: «Ha picado el anzuelo».

Habían leído juntos uno de mis textos. Rubén me describió cómo ella fruncía el ceño al principio, con una sonrisa cínica, y cómo, a medida que la historia se volvía explícita, su respiración cambiaba. Al terminar, cerró la tablet, se quedó mirando el techo y preguntó:

—¿Quién es este tipo? ¿De dónde ha salido este animal?

Durante dos semanas, los correos de Rubén fueron un diario del deseo de su mujer. Me contaba que la sorprendía leyéndome en el sofá, con las gafas en la punta de la nariz y una expresión que mezclaba el escándalo con la curiosidad más antigua. Una noche, durante la cena, ella soltó de pronto:

—Ese Darío describe el tacto como solo lo hacen los hombres que han tocado demasiado. O los que no han olvidado nada.

Rubén, siguiendo mi guion, se encogió de hombros y se preguntó en voz alta cómo sería el autor de esas historias. Quizá un solterón con barriga, enganchado a la pantalla. Quizá un crío. Marisa dejó los cubiertos en el plato y lo miró con esa veteranía en los ojos.

—Un hombre que escribe así no se mata frente a un monitor —dijo—. Ese tipo sabe lo que es el cuerpo de una mujer. Lo raro es por qué escribe en lugar de vivirlo. Aunque, te lo reconozco, me ha entrado algo de curiosidad.

El sedal ya no lo tenía yo. Lo tenía ella, y empezaba a tirar.

***

Le pedí a Rubén que borrara todos nuestros correos y empezara de nuevo, limpio. Que le dijera a Marisa que había escrito al autor, que el autor se había sentido halagado y retado a la vez, y que no le importaría conocerla. Le mandé fotos para que se las enseñara: una en una terraza, otra en la moto, copa de vino y luz de atardecer marcando las líneas que el tiempo me había regalado. Una imagen que decía: existo, y no soy el hombre que imaginabas.

Esperó el momento justo, una mañana cualquiera, mientras ella hojeaba una revista con el café en la mano.

—He hablado con él —dejó caer—. Es un tipo con clase. Me ha enviado unas fotos para que veas que no es ningún fantasma de internet.

Marisa dejó la revista despacio. Cogió el teléfono, amplió la imagen y se quedó callada un minuto largo, un minuto que para Rubén debió de durar una eternidad. Luego le devolvió el móvil.

—Dile a tu autor que tiene un atractivo muy peligroso para alguien que escribe tan bien. Y dile que acepto el reto. Pero quedamos los tres. Tú vienes conmigo. No pienso presentarme sola ante un hombre capaz de escribir esas cosas.

Esa noche, Rubén me escribió empapado de adrenalina. «La tenemos. Que me pida acompañarla es su red de seguridad, su excusa moral. En su cabeza, si voy yo no es una traición, es una aventura compartida. Pero los dos sabemos que esa coraza se va a romper en cuanto te tenga delante.»

Le contesté con la frialdad de quien diseña una emboscada: que eligiera ellos el lugar, que pasaran dos semanas, que dejara que la curiosidad se convirtiera en una quemadura. Durante esos quince días no publiqué nada nuevo. Guardé toda la munición para ella. Mi mejor relato, esos días, fue el silencio: cada jornada sin texto nuevo era una jornada que ella pasaba releyendo los viejos, intentando encajar mi cara en cada escena.

El jueves llegó el mensaje definitivo. «Ella ha tomado el mando. El sábado a las doce, en el centro comercial El Mirador, en Albacete. Quiere verte a plena luz del día, sin las sombras del atardecer para esconderte.»

***

Llegué con la puntualidad que exige un duelo. Aparqué la moto, me quité el casco y caminé hacia la plaza central, entre familias y carros de la compra. Los vi cerca de la fuente. Rubén buscaba inquieto con la mirada; ella estaba apoyada en la barandilla con una calma que parecía ensayada, gafas oscuras y una indiferencia que se agrietó en cuanto me reconoció entre la gente.

—¿Rubén? —dije al llegar, tendiéndole la mano pero clavando los ojos en los cristales de las gafas de ella.

—El mismo. Y esta es mi mujer, Marisa.

Ella se quitó las gafas con un movimiento lento. Por primera vez le vi los ojos sin filtro, cargados de una electricidad que el mediodía solo volvía más evidente. Me ofreció la mejilla en un saludo de cortesía que duró un segundo más de lo necesario.

—Eres más real de lo que parecías en las fotos —dijo—. Y caminas como camina un problema.

—Y tú elegiste un sitio con mucha luz para alguien que cree que mis textos son oscuros —respondí, sin parpadear—. ¿Tienes miedo de lo que podría pasar a oscuras?

Soltó una risa breve, una nota grave que hizo carraspear a Rubén, de pronto un extraño en su propia cita. Buscamos una cafetería en una esquina tranquila y pedimos tres cervezas. Él se mantenía rígido, como un director que por fin ve a sus dos actores compartir escena. Marisa apoyó los codos en la mesa.

—Dime la verdad. Tus relatos. ¿Son reales o solo te los inventas para tenernos a todos colgados de la pantalla?

—Son lo bastante reales para que tú hayas conducido hasta aquí a verificarlo —dije.

El golpe le gustó. Lo vi en cómo se mordió el interior de la mejilla para no sonreír. Hablamos una hora larga. Cada frase mía era una mano que se acercaba sin tocar; cada respuesta suya, un paso adelante que Rubén intentaba frenar sin conseguirlo. Cuando terminamos las cervezas, fue ella quien rompió la inercia.

—Aquí hay demasiado ruido. Y me da la sensación de que lo que tengas que demostrar, Darío, no lo vas a demostrar delante de una fuente.

***

El hotel lo reservé yo, en Valencia, junto al puerto. Marisa vino al fin de semana siguiente, sola. Rubén se quedó en Albacete, pegado al teléfono, convertido por voluntad propia en el último de los lectores. Ella misma se lo planteó así antes de subir al tren: que él recibiría el relato por escrito y que yo cambiaría los nombres. Aunque, dijo, sabría leer entre líneas.

Llegó con un vestido negro y el pelo recogido, y con esa rigidez de mujer respetable que se le notaba en los hombros. La dejé sentarse, pedir una copa, mirar el mar por la ventana. No tenía prisa. Llevaba semanas tensando ese hilo y sabía que la anticipación era la mitad del trabajo.

—Estás nerviosa —dije.

—Estoy decidiendo si me arrepiento ya o me arrepiento después.

Me acerqué por detrás. No la toqué. Solo aparté el mechón que le caía sobre el cuello y hablé muy cerca de su oído, sin rozarlo, dejando que mi voz hiciera lo que mis manos todavía no.

—Decídelo cuando ya no puedas pensar.

La sentí estremecerse. Entonces sí: le pasé los labios por la nuca, despacio, y bajé con la boca por el lateral del cuello mientras le soltaba el primer botón de la espalda. No se apartó. Giró la cabeza, me buscó la boca y me besó como quien lleva años sin que la besen con hambre, con la lengua impaciente y los dedos cerrados sobre mi camisa.

Le bajé la cremallera del vestido y dejé que cayera al suelo. Debajo llevaba un conjunto oscuro elegido con intención, encaje sobre una piel que el tiempo había madurado sin estropear. La empujé con suavidad contra la pared, le levanté los brazos por encima de la cabeza y le recorrí el cuerpo con la boca: la curva de los pechos, el vientre, la cara interna de los muslos, mientras ella respiraba en frases cortas y se agarraba a mis hombros para no resbalar.

—Eres exactamente como escribes —jadeó—. Maldita sea.

La llevé a la cama y le quité lo que quedaba con calma deliberada. Cuando por fin la toqué donde llevaba semanas imaginando que la tocaría, ya estaba lista, abierta, sin nada que esconder. La hice esperar igual que la había hecho esperar dos semanas, con los dedos y con la lengua, hasta que dejó de medir las palabras y empezó a pedir sin pudor, con la voz rota, sujetándome la cabeza entre las piernas.

Entré en ella despacio, mirándola a los ojos, y vi cómo se le caía la última careta. Ya no era la mujer respetable de Albacete ni la esposa que negaba sus aventuras. Era solo una mujer cogiendo lo que había venido a buscar. Nos movimos así durante mucho tiempo, cambiando de ritmo y de postura, ella encima marcando el compás, yo detrás sujetándola por las caderas, hasta que el placer la atravesó en una sacudida larga que la dejó temblando y riéndose a la vez, incrédula.

En algún momento de la noche, su teléfono se iluminó en la mesilla. Rubén. Marisa miró la pantalla, me miró a mí, y se rindió por fin a la evidencia. La tensión de décadas de engaños callados se deshizo en un solo mensaje.

—Sí —escribió—. Pero seguiría sin saberlo de no haber aparecido él.

***

El sol del Mediterráneo se coló por las cortinas y me despertó antes que a ella. La observé un momento: dormía con una placidez total, la rigidez evaporada. Bajé a por dos cafés y, cuando el olor inundó la habitación, abrió los ojos sin sobresalto, sin esa culpa típica de quien despierta en una cama ajena. Se estiró y dejó caer la sábana con la naturalidad de quien ya no tiene nada que ocultar.

—¿Sabes qué es lo más raro? —dijo, con la voz todavía ronca—. Que no me siento mal. Antes volvía a casa con una culpa que me quemaba. Hoy vuelvo con un secreto que nos va a hacer arder a los dos.

—Eso es porque ahora él es tu cómplice, no solo tu marido.

Se vistió con calma, se retocó frente al espejo —esta vez con menos máscara— y ya no buscó defectos en su reflejo. Buscaba a la mujer de la noche anterior, y la encontró.

—¿Vas a escribirlo todo? —preguntó en la puerta.

—Cada detalle. Cambiaré los nombres. Aunque él sabrá leer entre líneas.

Me dio un beso que empezó en la mejilla y terminó en la comisura de los labios, dejándome el rastro de su perfume. Subió al taxi que la llevaría a la estación y, mientras el coche se alejaba, la vi mirar por la luna trasera. No miraba atrás con nostalgia, sino con la curiosidad de quien sabe que el verdadero viaje acaba de empezar dentro de su cabeza.

Saqué el móvil y le escribí a Rubén una sola línea: «Va de camino. Hoy no recibes a tu mujer. Recibes a otra. Y la has recuperado.»

Arranqué la moto hacia el puerto, respirando el aire salado, sintiendo ya las primeras frases del relato formándose solas. El reto estaba cumplido.

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Comentarios (6)

CarlosTraveler

Tremendo arranque, no pude soltar el relato hasta el final.

TulioCba

Por favor que haya segunda parte, me quede con muchas ganas!!!

MartinCba91

Me recordo a algo que vivi hace tiempo, esa misma tension rara del principio donde no sabes bien en que estas metido. Muy bien escrito, se siente real.

SebaSol77

buenisimo!!! me encanto como esta narrado

Daniela_P

El correo como punto de partida es una idea genial. Genera expectativa desde el primer momento sin necesidad de apurar nada.

NachoDRiver

Tiene tension de principio a fin, no solo al final. Es lo que lo hace diferente a otros de la categoria. Esperando mas relatos asi.

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