Lo que mi mujer dejó pasar en el probador
Somos un matrimonio con once años a las espaldas y una relación que, sin presumir, funciona. La cama también, aunque sería mentir decir que el deseo no se haya calmado con el tiempo. No nos quejamos. Lo que hacemos es alimentarlo.
Lo alimentamos con juegos, con juguetes, con fantasías que nos contamos al oído en la oscuridad. Una vez, por idea mía y sin que ella pusiera mala cara, llegamos a entrar en un club de intercambio. No pasó nada serio. Tonteamos, hablamos con un par de parejas, nos fuimos con el cosquilleo de haber estado allí. Nos quedamos en la puerta del precipicio y volvimos a casa.
Ella se llama Lorena, tiene treinta y nueve años, y conviene que lo diga claro: es una mujer que detiene conversaciones cuando entra en un sitio. No gorda, nada de eso. Exuberante es la palabra. Un metro setenta y cinco, curvas que parecen dibujadas a propósito, una cintura estrecha, un culo rotundo, un pecho generoso que ha aguantado el paso de los años sin rendirse. Cualquier hombre que la cruza piensa lo mismo, y no hace falta ser adivino para saber qué es.
Yo me llamo Adrián, cuarenta y un años, y me cuido. Corro tres veces por semana, me mantengo en forma, y dicen por ahí que no estoy mal. Eso me da cierta tranquilidad cuando salgo con ella y noto las miradas. Tranquilidad, y algo más que tardé en admitir.
La tarde que quiero contar fue un viernes de rebajas. Teníamos que comprar un par de cosas y fuimos a un centro comercial enorme, abarrotado, de esos en los que la gente empuja el carro como si fuera a la guerra. Aparcamos en la última planta, en el rincón más alejado y peor iluminado, donde nunca hay nadie. Yo llevaba vaqueros y camisa. Lorena, un vestido corto y fino, con un escote que hacía un trabajo indecente.
Cruzamos el aparcamiento de la mano y entramos en la gran superficie del fondo. El pasillo central era interminable, lleno de gente, y ella era el centro de todas las miradas masculinas que se nos cruzaban. Yo ya estaba curtido en eso. Con ese vestido, además, era pura física: imposible no mirarla.
Paseando entre los puestos, vio uno de lencería y me apretó el brazo.
—Espera un segundo, cariño. Ya que estamos, quiero mirar algo aquí.
Repasamos juntos los modelos colgados hasta que di con uno que me cortó la respiración: un conjunto de encaje morado, un sujetador que apenas tapaba lo justo y un tanga diminuto a juego.
—Mira este. ¿Te lo puedes probar, no? —le dije, enseñándoselo con una sonrisa que no escondía nada.
—Ay, sí, es precioso. Espera, cojo un par más y me los pruebo.
Eligió otros dos y fuimos hacia los probadores. Había varias parejas dando vueltas por allí, y no pude evitar fijarme en cómo la observaban los maridos cuando ella se ponía cada conjunto por delante de la cara para verlo a la luz. Lorena lo notaba. Lorena siempre lo nota.
Entramos los dos en el mismo probador. Corrí la cortina, y sin darle tiempo a nada la arrinconé contra la pared y la besé.
—Joder, nena, estoy cachondísimo solo de imaginar cómo te va a quedar —le susurré.
—Ya lo veo, ya. Tú y todos los cerdos que no paran de mirarme —dijo, y su mano bajó a acariciar el bulto que ya empujaba contra los vaqueros.
—Y eso te pone, ¿verdad? —metí la mano entre sus piernas—. Seguro que estás mojada.
—Anda, tonto. Ayúdame a quitarme el vestido.
Lo hice recorriéndole el cuerpo con las manos, pegándome a ella para que sintiera lo dura que la tenía. Cuando le bajé el vestido entero, descubrí que debajo no llevaba absolutamente nada.
—No me jodas… ¿Así venías? —le hablé contra el oído.
—¿Te gusta? Era una sorpresa.
—Ya lo creo que me gusta.
La ayudé a ponerse el sujetador, lo abroché por detrás, me agaché para el tanga. Ella levantó un pie, luego el otro, y deslicé la prenda por sus piernas. Verla con el conjunto puesto me tenía al límite. Agachado como estaba, acerqué la boca a su sexo y lo besé por encima de la tela fina. Fuera se oían voces, pasos, el barullo de la tienda. Yo estaba de espaldas a la cortina, tranquilo. Nadie podía vernos.
Me fui incorporando a besos por su cuerpo, llegué a su pecho, lo besé también, y noté su respiración acelerándose. Y entonces, en el espejo, lo vi: la cortina estaba ligeramente abierta, y un hombre se había detenido en el umbral, mirando dentro. Lorena también lo miraba a él.
La miré. Me miró. Y supe que había sido ella quien había corrido un poco la cortina mientras yo estaba agachado, para quedarse expuesta. Me quedé quieto, sin reaccionar. Porque la verdad es que a mí también me excitaba que la miraran, y no hacer nada era, de algún modo, dar mi permiso. La aplasté contra el espejo, mordí su boca, nuestras lenguas se enredaron, y mientras la besaba abrí los ojos y vi cómo los suyos seguían clavados en el desconocido.
Metí la mano entre sus muslos, aparté el tanga y hundí un dedo en su sexo empapado.
—Mmm… sigue, sigue así —jadeó, abriendo más las piernas, sin dejar de mirarle.
La penetré con los dedos una y otra vez, fuerte, profundo, hasta llenar el probador de ese sonido húmedo que la delataba. Saqué los dedos y se los llevé a la boca. Los chupó despacio, mirándole a él, como si fueran otra cosa.
El desconocido se decidió. Corrió la cortina, entró, la cerró tras de sí y se quedó de pie junto a nosotros sin decir palabra. Una de las manos de Lorena me soltó, buscó la suya, la trajo hasta entre nuestros cuerpos y la guio hacia su sexo, apartando la mía con la otra mano.
Ahora era él quien la tocaba. Ella gemía bajito, me miraba, y yo miraba cómo otro hombre la abría con los dedos a un palmo de mi cara.
Sentí dos cosas a la vez. Por un lado, yo había consentido que mirara, y eso lo habíamos fantaseado mil veces. Por otro, ella me estaba apartando para que fuera él quien la poseyera, y eso era nuevo, eso era otro nivel. Le puso la mano en la nuca y lo atrajo para besarlo delante de mí. Me quedé inmóvil, sin saber qué hacer, con la polla a punto de reventar.
No hice nada. Me aparté un poco, me bajé la cremallera y empecé a tocarme despacio mientras la veía desabrocharle el pantalón a él y sacarle el sexo, grueso, durísimo. Ella lo agarró con la mano sin dejar de devorarle la boca. Su mano en él, la mano de él en ella, y yo masturbándome a un lado como un espectador en su propia función.
—Eso es… mete los dedos, cabrón, más adentro —le susurraba al oído, y yo conocía ese tono, sabía exactamente cómo estaba su cuerpo en ese momento, lo cerca que andaba.
El desconocido le acarició el clítoris con la yema, justo donde yo le habría puesto los dedos, y ella explotó en un primer orgasmo que la sacudió entera entre gemidos que intentaba tragarse. Él retiró la mano, se chupó los dedos, se quitó el pantalón del todo. No había dicho una palabra. No me había mirado ni una vez. Solo tenía ojos para ella.
La giró de cara al espejo, donde yo seguía viendo su rostro, apartó el tanga y entró en ella de una embestida firme.
—Ah, joder… —gimió Lorena al sentirlo dentro.
Yo me tocaba ahora con fuerza, durísimo, al borde. De todo lo que estaba viendo, lo que más me rompía la cabeza era el recuerdo del beso, cómo se había agarrado a su cabeza. Pero ella no me perdía la mirada ni un segundo a través del espejo, me quería cómplice de todo, y eso era lo que guiaba mi mano.
Él la embestía agarrado a sus caderas mientras ella se masturbaba el clítoris con los dedos, los ojos en los míos. Alternaba la mirada entre mi cara y mi mano, mordiéndose el labio, pidiéndome en silencio que aguantara, que no me corriera todavía.
—Sí, así, más fuerte, dámela más dura —balbuceaba—. Me voy a correr, sigue… qué polla tienes, cabrón… Adriááán, mira… me mata.
El probador se quedó mudo un instante. Ella se subió la mano a la boca y la mordió para sofocar el grito que yo sabía que venía. Su cuerpo convulsionó, los nudillos blancos contra los dientes.
—Ahhh… ya… me corro, me corro —chilló contra su propia mano.
Él la sujetó para que no se cayera. Retiró la polla, y con la otra mano tiró de su cintura, le hizo sacar el culo hacia atrás y colocó la punta entre sus nalgas. Iba a sodomizarla.
—No —dije, interviniendo por primera vez, adelantando la mano para separarlo.
Pero ella estiró el brazo hacia atrás y me detuvo. Una mirada. Mitad pidiendo permiso, mitad puro placer descarnado. Despegó los labios.
—Quieto, cariño. No hagas nada, por favor —me ordenó con la cara desencajada de deseo, y me dejó clavado en el sitio.
Él me miró por primera vez, media sonrisa, y volvió a colocarse. Empujó despacio, con calma. Lorena gimió de dolor mientras su cuerpo cedía poco a poco. Y entonces, por fin, habló.
—Vamos, fóllate tú mi polla —le dijo al oído, arrastrando las palabras—. Lo estás deseando.
—Claro que sí —respondió ella, gutural, empujando el culo hacia atrás hasta clavárselo entero—. Más, más, quiero más.
Empezó a embestirla, firme, cada vez más rápido, cada vez más duro, arrancándole gemidos que ya no intentaba esconder. Yo notaba a Lorena en lo más alto otra vez, él sudando, la sujeción brutal de sus manos en las caderas, y de pronto ella perdió el control.
—Otra vez… me corro otra vez, joder, joder —lloriqueó a gritos, sin taparse, seguro que la oyeron fuera.
Él hundió los dedos en su carne, empujó hasta el fondo, bufó, y supe que se estaba corriendo dentro de mi mujer. Los dos se quedaron quietos, jadeando, él derrumbado sobre su espalda, ella pegada al cristal buscando aire.
***
Salió de ella, se limpió con el tanga, que tiró a la papelera, y se vistió en silencio.
—Gracias. Sois una gran pareja —dijo, y se marchó, dejándonos solos.
Nos quedamos mirándonos. Lorena se acercó y me besó con una ternura que no encajaba con lo que acababa de pasar. Me acarició la cara. Yo le devolví el beso, aturdido.
—Esto no lo habíamos fantaseado, ¿verdad? —dijo con una sonrisa.
—No… no sé. Ha sido muy fuerte.
—Ya. Pero dime, ¿te ha gustado? ¿Te ha gustado mirar? —insistió, y su sonrisa se volvió pérfida.
—No sé… ha sido muy fuerte —repetí, como un autómata.
—¿No sabes? ¿Seguro? —preguntó, agarrándome la polla, que seguía dura como una piedra—. Yo creo que sí. Dímelo.
—Sí —contesté, bajando la cabeza—. Sí, me ha gustado.
Me levantó la barbilla con un dedo, me miró con una sonrisa radiante y se dio la vuelta, ofreciéndome la espalda.
—Pues hagámoslo más fuerte. Ya sabes qué hacer. Mi culo tiene que quedar bien limpio.
Abrí los ojos de par en par. No sabía qué sentía. Habíamos jugado con mil cosas, habíamos metido a un tercero imaginario en nuestras noches, pero nunca habíamos dado este paso de verdad. Y sin embargo, mi polla, todavía durísima, todavía sin correrse, dio un respingo hacia arriba. Estaba goteando. Creí que iba a correrme sin tocarme.
Y lo hice. Me incliné y la devoré desde atrás, la lengua y los dedos a la vez, con furia, mientras ella se destrozaba el clítoris y yo me golpeaba la polla como un loco.
—Sí, mi amor, así, cómeme, vas a hacer que me corra otra vez… más, sigue, sigue —jadeaba.
Estalló en un orgasmo nuevo justo cuando yo me liberaba por fin, soltando todo lo que llevaba aguantando.
Nos miramos, nos besamos, nos limpiamos y salimos.
Pasamos por caja con uno de los conjuntos, sonriendo, porque desprendía un olor a sexo que no había forma de disimular. La dependienta lo notó, seguro. Quizá incluso había oído algo. Sonrió, lo envolvió y nos lo entregó sin decir nada.
Recorrimos otra vez el pasillo enorme, agarrados, yo acariciándole el culo en silencio. Bajamos por las escaleras mecánicas hacia el aparcamiento. Llegamos al coche, abrí la puerta, y antes de entrar nos besamos: primero un pico, luego un beso largo, con las lenguas enredadas.
Y entonces, los dos a la vez, escuchamos unos pasos muy cerca. Nos giramos.