Lo que mi chofer me hizo antes de subir con mi novio
El concierto terminó, pero el incendio sigue vivo debajo de mi piel. Me miro en el espejo del camerino y apenas me reconozco: los rizos oscuros pegados a la frente por el sudor, el pecho subiendo y bajando todavía agitado después de dos horas de show. Me arranco los pendientes con dedos torpes, sintiendo cómo la adrenalina sigue corriéndome por las venas como si fuera corriente eléctrica.
La puerta se abre de golpe. No es mi asistente.
Es él.
Se queda apoyado en el marco, una mole de casi un metro noventa, con su cazadora de cuero de siempre y esa mirada distante que hace que media industria dé un paso atrás. Bruno es el tipo de hombre al que nadie se le acerca: inaccesible, duro como una pared. Pero cuando sus ojos recorren mi cuerpo de arriba abajo, algo se le tensa en la mandíbula y lo sé. Lo sé igual que él.
—Estuviste demasiado provocadora ahí afuera —dice con esa voz rasposa que me vibra en el bajo vientre—. ¿Querés que me detengan por lo que pienso hacerte?
Me levanto y camino hacia él con la seguridad de quien manda, aunque por dentro me esté quemando entera. Me planto enfrente y lo agarro de las solapas. Huele a tabaco caro, a lluvia y a ese olor a hombre que me nubla cualquier idea sensata.
—¿Y qué es exactamente lo que querés hacerme? —lo desafío, rozando mis pezones endurecidos contra su pecho.
Suelta un gruñido, me toma de la cintura y me levanta del piso como si no pesara nada. Me sienta sobre el tocador de un movimiento, barriendo de un manotazo los maquillajes y los frascos de perfume. Me abre las piernas y se mete entre ellas, las manos grandes y ásperas subiéndome por los muslos hasta encontrarme ya húmeda, lista.
—Quiero deshacerte —susurra, y por un segundo la dureza de sus ojos se quiebra y deja asomar una ternura que solo es mía.
Se desabrocha los vaqueros con urgencia. Toma su miembro con la mano y desliza la punta por mi entrepierna, empapándola, mientras yo me retuerzo buscando más contacto.
—Pedime que pare, Renata —me ruega, aunque su cuerpo me está reclamando a los gritos—. No quiero lastimarte, y vos sabés que no sé ser suave.
—No se te ocurra parar —le respondo, clavándole las uñas en la espalda.
Se hunde en mí de una sola estocada y me llena por completo. El golpe me arranca un grito que él ahoga con un beso profundo, posesivo, de los que no piden permiso. Empuja con cada embestida, sin tregua, y el roce de su cuerpo contra el mío me lleva al borde antes de tiempo.
A pesar de la fuerza, a pesar de la violencia con la que entra y sale de mí, me sostiene la cabeza con una delicadeza imposible, como si fuera de vidrio. Se le escapa el cariño entre tanto instinto. Intenta seguir siendo el de siempre, el distante, pero me busca los ojos para asegurarse de que lo estoy disfrutando.
—Sos mía —gruñe, y acelera el ritmo.
El placer estalla. Tiemblo entera, me aferro a su cuello, y él se tensa, late dentro de mí una última vez antes de terminar con una fuerza que me deja sin aire. Se queda apoyado en mi hombro, respirando con dificultad, abrazándome, y por un instante el hombre duro desaparece y queda solo el que sabe cuidarme cuando pasa la tormenta.
***
Mientras me ayuda a abrochar la chaqueta, el teléfono vibra sobre el tocador. Es un mensaje de Leandro.
«Increíble el show, amor. Te espero en el auto con una cena tranquila. Te quiero.»
Siento una punzada de culpa que se disuelve en cuanto la mano de Bruno se posa sobre el móvil, tapando la pantalla. Leyó el nombre. Sus ojos, tibios hace un segundo, vuelven a ser dos témpanos. Todo cambia en un instante: él sabe que soy infiel, sabe que estoy rompiendo las reglas por él, y eso le da un poder sobre mí que me excita y me aterra en la misma proporción.
—Te espera tu novio —dice con una frialdad que corta—. Borrate esa cara de mujer recién devorada antes de salir.
—Él no tiene por qué enterarse de nada —respondo, intentando recuperar el aplomo, aunque me tiemblan las piernas.
Bruno se acerca tanto que su aliento me choca contra la oreja. Ya no protege a su jefe; protege su secreto.
—Él no sabe que mientras te dice que te quiere, vos tenés mi semen resbalándote por los muslos. No sabe que todavía latís entera porque solo yo sé cómo tocarte.
Me agarra de la nuca con firmeza y me obliga a mirarlo.
—Andá con él, Renata. Sé la chica simpática y perfecta que todos creen que sos. Pero no te olvides de quién te hizo gritar hace diez minutos.
***
El Bentley se desliza con elegancia de depredador por las calles de Valencia. Leandro deja el celular, me dedica esa sonrisa de suficiencia que tanto le gusta y aprieta un botón del panel. El cristal divisorio sube con un zumbido, aislándonos de la parte delantera. Pero justo antes de que se vuelva opaco, mis ojos se clavan en la nuca de Bruno. Los hombros, una línea de tensión pura debajo del cuero.
—No aguantaba más, Renata. Estás demasiado buena con este vestido —susurra Leandro, y se abalanza sobre mi cuello.
Me besa con ganas. Sus manos seguras me aprietan contra el asiento de cuero mientras me suben el vestido de lentejuelas. Se desabrocha el pantalón con prisa y empieza a frotarse contra mí.
Pero mi cabeza no está acá.
Mientras Leandro me busca los pezones con la boca, yo cierro los ojos y veo a Bruno a unos centímetros, del otro lado del cristal. Un escalofrío me recorre la columna al recordar lo que acaba de pasar en el camerino. Siento el peso de la humedad adentro; sé que lo que Bruno dejó sigue ahí, caliente, mezclándose con lo mío mientras Leandro intenta abrirse paso. La idea es tan sucia, tan prohibida, que palpito con una violencia que mi novio confunde con deseo por él.
—Estás empapada, nena… cómo te pongo —jadea Leandro, hundiéndose en mí.
Se me escapa un gemido, pero no es por él. Es por el secreto. Es por saber que, mientras mi novio me embiste, estoy llena del otro, del que maneja el auto. Sentir cómo Leandro empuja más adentro lo que Bruno dejó es la sensación más excitante y pecaminosa que tuve en mi vida.
De repente un sonido rompe el aire del habitáculo. Bruno subió el volumen de la música adelante. Los graves de una base de rock retumban en el coche, vibran en los asientos, en mis huesos, en mis labios hinchados. Sé por qué lo hace. No quiere escuchar cómo Leandro me coge. No quiere escuchar mis gemidos fingidos. O quizás quiere marcarme el ritmo de lo que está pasando.
—¡Eso es! —exclama Leandro, animado por la música, dándome estocadas más fuertes—. Hasta Bruno sabe lo que necesitamos ahora.
Me muerdo el labio para no soltar una carcajada histérica. Leandro es tan ciego, tan arrogante. Se cree el rey del mundo mientras yo me aferro a sus hombros imaginando que son las manos de Bruno las que me sostienen. Cada vez que el auto toma una curva, siento el vaivén de los dos hombres en mi interior, poseyéndome de formas tan distintas.
Cuando Leandro llega al final, se vacía dentro de mí. Yo solo pienso en el espejo retrovisor. Leandro aprieta el botón y el cristal vuelve a bajar. La música sigue alta, llenando el espacio de una tensión insoportable.
Miro a Bruno. Sus ojos en el espejo son dos pozos de odio y deseo a la vez. Él sabe lo que hice. Sabe que dejé que Leandro me usara para sacarme la culpa de encima, pero también sabe que el que de verdad está dentro de mí, en cuerpo y en rastro, es él.
Bruno baja el volumen de golpe y deja un silencio sepulcral.
—Llegamos al hotel, señor —dice con una voz tan fría que parece que nunca me hubiera tocado.
Leandro se acomoda la ropa, impecable como siempre, sin sospechar que acaba de participar en la función más perversa de mi vida.
***
La suite es un despliegue de mármol, luces tibias y ventanales que ofrecen toda la ciudad a nuestros pies. Leandro entra tirando el saco sobre una silla de diseño, eufórico, rebosante de esa energía de macho que acaba de marcar su territorio.
—Duchate conmigo, Renata —me dice, dándome un beso rápido mientras se desabrocha los botones de la camisa.
—Andá vos, amor. Necesito un minuto para bajar del concierto… y sacarme estas lentejuelas.
Leandro me guiña un ojo y se encierra en el baño. A los pocos segundos el agua golpea el plato de la ducha y llena la habitación de ese rumor parejo. Me quedo quieta en medio del salón, con el corazón martillándome las costillas. Entonces escucho el clic de la puerta principal.
No echó la traba. No le hace falta.
Bruno entra con el sigilo de un fantasma. Se sacó la cazadora y lleva las mangas de la camisa blanca arremangadas, dejando ver unos antebrazos poderosos, marcados. Su mirada es puro fuego negro. No dice nada. Se acerca, me toma de la cintura y me empuja contra la pared, justo al lado de la puerta del baño, por donde el vapor empieza a colarse por debajo.
—¿Te gustó? —me susurra al oído, y la voz es un gruñido que me afloja las piernas—. ¿Te gustó que te cogiera mientras yo escuchaba cada uno de tus gemidos fingidos?
—Bruno, Leandro está ahí… —alcanzo a decir, pero él me tapa la boca con la mano.
—Callate. Sé perfectamente lo que tenés ahí adentro. Sé que tenés lo de él mezclado con lo mío. Y eso es justo lo que me está volviendo loco.
Me gira y me obliga a sentarme en el borde del sofá. Se arrodilla entre mis piernas, me abre los muslos con una brusquedad que me corta la respiración y aparta la seda de la lencería, todavía empapada por lo de recién.
Hunde la cara en mí sin miramientos, con una ferocidad posesiva, recorriéndome con la lengua, buscando el rastro de lo que pasó en el auto. Quiere saborearlo. Quiere reclamar lo suyo.
—Bruno… no… —jadeo, agarrándolo de los hombros mientras escucho a Leandro tararear bajo la ducha a unos metros.
No se detiene. Su lengua se vuelve un látigo que castiga el punto exacto mientras sus dedos se hunden para arrastrar afuera lo que el otro dejó. El contraste es eléctrico: el aire fresco de la suite, el calor abrasador de su boca y el riesgo de que la puerta del baño se abra en cualquier segundo.
Me vuelvo loca. Es el sexo oral más salvaje de mi vida, con mi novio enjuagándose el jabón a tres pasos. Bruno sube la intensidad, succionando con una fuerza que me hace arquear la espalda contra el respaldo.
—Es mío —gruñe contra mi piel, con la cara manchada de los dos—. Todo esto es mío, aunque él crea que ganó.
El orgasmo me llega como una ola que no avisa. Es un estallido de culpa y placer puro que me obliga a morderle la mano a Bruno para no gritar. Justo cuando me deshago contra su boca, el ruido del agua se corta.
—¿Renata? ¿Me traés una toalla? —grita Leandro desde el baño.
Bruno se levanta con una lentitud exasperante. Me mira una última vez, se limpia la comisura de los labios con el pulgar y me dedica una sonrisa oscura, cargada de una victoria que Leandro nunca va a entender.
—Andá con él, estrella —me susurra, antes de desaparecer por la puerta de la suite tan silencioso como entró.
Me quedo ahí, temblando, con las piernas abiertas y el corazón en la garganta, sabiendo que mientras Leandro se seca con su toalla blanca, yo sigo marcada por el hombre que de verdad me posee.