Lo que pacté en la cama con el marido de mi amiga
Me saco su miembro de la boca, incrédula, y levanto la cabeza para mirarlo desde mi posición. Mis ojos chocan con los suyos.
—¿En serio, Mateo? ¿Quieres hablar de esto justo ahora?
—Perdona, pequeña. De verdad —contesta, y acompaña la disculpa con un resoplido largo.
Noto cómo su erección empieza a desinflarse en mi mano. Es mi turno de suspirar, reuniendo toda la paciencia de la que soy capaz. Abandono su menguante hombría y me incorporo sobre el colchón, apoyándome en el codo. Me quedo como una de las majas de Goya.
La desnuda, claro.
—La conozco como si la hubiera parido —respondo con seguridad—. Lleva mucho más tiempo siendo mi amiga que tu esposa.
—Ya, pero… ¿por qué no podemos seguir como estamos?
La pregunta me enfada y tengo que reunir todas mis fuerzas para que no se me note demasiado. «Calma. Calma», repito en mi cabeza.
Me levanto de la cama y camino hasta el aparador donde dejé el paquete de tabaco. Enciendo uno y le doy una calada profunda, buscando en ella el aplomo necesario para hablar con el cenutrio que tengo recostado en mi cama. De paso, me pregunto cómo coño puede ser arquitecto.
Mateo se reacomoda entre las almohadas y se cubre las partes con la sábana, que tiene que estar húmeda de nuestros sudores. El gesto, tan innecesario como mecánico, habla de una falta de intimidad que, pese a lo que acabamos de hacer, estamos muy lejos de tener.
La penumbra de la lámpara de la mesilla hace brillar el sudor sobre el torso marcado del marido de mi mejor amiga. El muy jodido tiene un cuerpazo y, vive Dios, sabe usarlo. De eso ya puedo dar fe y no contarlo solo de oídas.
No era mi intención al principio, pero me corrí un par de veces con sus embestidas calculadas. En la cama, Mateo se mueve como un compás sobre sus planos, dejando marcas blancas —abundantes— a su paso.
Eso no se lo voy a negar. Lo que empiezo a negarme a mí misma es que su cerebro funcione con la misma pericia que el resto de su cuerpo. Tiene que ser verdad eso que dicen los expertos cuando hablan de las distintas inteligencias. Mateo será un crack en lo suyo —buen dinero cobra por ello, al menos—, no digo que no. Pero en lo que se refiere a la inteligencia emocional, el tío es subnormal.
Eso, o que el sexo le ciega en un grado mayor que al común de los mortales.
—A ver, cariño —recapitulo, soltando una bocanada espesa de humo—, ya te lo expliqué antes de que nos acostáramos. Esto ha pasado una vez. Y no volverá a pasar así.
—Pero…
—Déjame hablar. Al menos hasta que lo entiendas de verdad. Los dos queremos a Daniela, ¿verdad?
Mateo asiente sin dudarlo. Valiente gilipollas.
—Lo que acaba de pasar entre nosotros ya no tiene arreglo.
—Joder, dicho así, parece que te arrepientas.
—¡Ah! ¿Tú no?
—Bueno… —se remueve, incómodo—. Sí, claro. Pero llevamos tonteando un tiempo y los dos somos adultos, Lucía. Era algo que tenía que pasar y…
—Como pasó con las otras, ¿no?
Le oigo tragar una bola de saliva.
—Eso es agua pasada. Ya lo sabes.
Sí, ya lo sé. Por los cojones. En lugar de eso, digo otra cosa.
—Más te vale. Daniela es un encanto. Un poco pánfila, sí, pero no se merece que la engañemos más. Te lo advierto muy en serio, Mateo: como me entere de que me pones los cuernos con otra que no sea Daniela, y no te quepa duda de que me enteraré, te corto los huevos y te dejo desangrándote en algún callejón.
Nuevos problemas para tragar en el machote. Aun así —no puede evitarlo—, le sale la vena más casposa.
—Mientras follemos como acabamos de hacerlo, preciosa, no me van a quedar fuerzas para buscar nada más.
—Mateo…
—Que sí, coño. Que sí. Tía, ¿dónde queda ese humor ácido tuyo que siempre me ha llevado loco?
—Sí —me río—. Será mi humor lo que te lleva loco.
—Bueno, es parte de tu encanto. Eso, y el cuerpazo de diosa que te gastas. Estás muy buena, Lucía. Y lo peor es que lo sabes. Le habrás dado alegrías a unos cuantos.
—A los que yo haya dado alegrías no te incumbe. Cuando me comprometo con alguien, no voy por ahí acostándome con otros.
—No lo dirás por Iván —dice, con una sonrisa ladina—. Me cae bien, pero como tú dices de Daniela: es un poco pánfilo.
El comentario me molesta. De nuevo tengo que dar una calada para no partirle la cara.
—Iván es mucho más hombre que tú. Lo mires por donde lo mires. Harías bien en no reírte de él. Con él no tengo un compromiso serio. Todavía.
Mateo da un respingo en la cama. Su orgullo se resiente de la bofetada.
—¿Qué pasa? ¿Que te folla mejor que yo? Pues no sé qué haces aquí…
Me vuelvo a reír. No puedo evitarlo.
—Los hombres de verdad no se miden por lo bien que follan. Para eso Dios inventó el látex y toda una gama de juguetitos multicolores: porque encontrar un hombre de verdad es muy complicado en estos días que corren.
La mandíbula cuadrada y tremendamente sexy de Mateo se endurece, haciendo que los ligamentos de sus mejillas se contraigan en un gesto de enfado.
Me estoy pasando. Hora de cambiar de táctica.
Apago el cigarrillo en el cenicero y me muevo, sinuosa, hasta alcanzar la cama y colocarme a horcajadas sobre Mateo.
—Mira que eres tonto —le susurro al oído, antes de darle un lametón en el lóbulo y notar cómo todo su cuerpo se estremece—. ¿Cómo un hombretón como tú, que lo tiene todo duro, puede tener un ego tan blandito?
Llevo mi mano hacia atrás hasta alcanzar su pene por encima de la sábana. El contacto y mi aliento tan cerca de su cara hacen que reaccione, irguiéndose otra vez.
—Por suerte para mí —continúo con la mejor voz melosa de mi repertorio—, yo ya tengo mi juguetito preferido.
—¿Eso soy? —pregunta con una sequedad impostada y en franco retroceso—. ¿Un juguetito?
—No. Eres «mi» juguetito.
Nos quedamos mirándonos fijamente y, pese a que hace un amago de dignidad herida, le dura poco. Al segundo siguiente estamos comiéndonos la boca con un hambre de preso del castillo de If. Cuando me aparto, llevándome un hilillo de saliva que no sé si es suya o mía, vuelvo a hablar.
—Por eso, como eres mi juguete, vamos a jugar según mis normas. Y la primera es que esto no lo vamos a hacer a espaldas de Daniela. Si lo hacemos, lo haremos bien.
—¿Pero cómo sabes que funcionará? —pregunta, siguiendo con el mentón la dirección de mi retirada—. La vez que se lo planteé, así, como idea peregrina, estuvo a punto de cortar conmigo.
Asiento despacio. Me acuerdo de aquella bronca. Tal vez la única seria que han tenido desde que se conocen. Lástima que de aquellas no supiera lo que sé ahora, y que mi amiga esté tan ciega.
—La gente cambia.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Desde entonces ha pasado mucho tiempo, Mateo. Y mucha vida. Tal vez se lo planteaste demasiado pronto, cuando Daniela aún no tenía la seguridad que tenéis ahora como pareja. La relación ha madurado. Se ha hecho más predecible… más aburrida…
Nuevo respingo de Mateo. Una sombra cruza por su mirada.
—¿Aburrida? ¿Eso te ha dicho?
—Mmm, no. No lo digo por ella. Ella ha madurado, y tú te has aburrido.
Se incorpora más sobre las almohadas, tan rápido que casi me descabalga.
—¿Y eso a qué viene?
—Chico, me imagino que si vas por ahí poniéndole los cuernos a tu mujercita, será porque te aburres, ¿no?
Mateo endurece la mirada unos segundos. Luego resopla y mira al techo.
—No es aburrimiento… —dice tras unos segundos—. Es… Daniela no es… ¡Joder! Ya me entiendes.
—No —respondo, rápida—. No lo entiendo. Ella bebe los vientos por ti, y míranos, aquí estamos. Follando a sus espaldas. Traicionándola.
—¡Hostias, Lucía! —rebuzna—. Tú eres tan culpable como yo de esta situación. Tú entiendes que esto solo es sexo, sin más. Una diversión. Un… deporte.
—Sí, claro. Lo que no sé es cómo aún no lo han declarado olímpico y lo retransmiten por la televisión. Más divertido que el curling…
—Contigo no se puede hablar en serio, ¿verdad?
—Creía que te gustaba mi humor ácido.
Mateo sonríe de medio lado.
—Eres una cabrona.
—Mira, Mateo, ya te lo dije antes. Hemos ido hablando de tanto en tanto. Solo necesita un empujoncito. Y ya sabes lo tonta que se pone cuando fuma de mi maría.
—Ya, bueno. Pero si pasa, ¿al día siguiente qué? El pollo será monumental.
—Si pasa, si se cabrea…
—Que se cabreará…
—Cuando se cabree, ya estará hecho. Yo hablaré con ella. Por ahí puedes estar tranquilo. Lo más importante es que el paso ya estará dado. Cuando compruebe que no pasa nada, que todos seguimos igual, terminará entrando en razón. Ya lo verás.
Leo la duda en él. Es un libro abierto. No entiendo cómo Daniela no es capaz de hacerlo. Cuánto facilitaría las cosas.
Noto que quiere preguntar algo más, aunque, por lo que sea, no parece atreverse. Me huelo por dónde van los tiros.
—¿Qué? —pregunto.
—¿Que de qué?
—Lo que sea que te ronda por la cabeza. ¿Qué es?
—Nada. Bueno…
—¡Mateo, coño!
Suspira en alto.
—Iván.
Premio gordo para la nena.
—¿Qué pasa con él?
—¿Estás segura de que es el adecuado para…?
—Al cien por cien. Es un amor. Es dulce, cariñoso…
—Ya, ya. Y folla de puta madre, ¿no?
Me río a todo lo que dan mis pulmones, y le cojo del mentón.
—Vaya con el alfa —le digo, con sorna—. Si ahora va a resultar que nos ha salido celosón. Al machito no le gusta que vaya a hacer con su mujercita lo que a él sí le gusta hacer con otras.
—Me gusta hacerlo contigo.
El «cumplido» viene acompañado por el agarrón que me da en las caderas, pegándome a su cuerpo.
—Aún no me has respondido a mi pregunta —dice a escasos centímetros de mi boca.
—¿A cuál? —respondo, sintiendo su dureza en mi entrepierna.
—¿Folla mejor que yo?
Por dentro me río. Si él supiera…
—No. Nadie folla como tú —le miento, buscando su lengua.
—Podrías… —dice, señalando un punto entre mi ropa, desperdigada por el suelo—. Solo el chaleco, aunque sea.
—Cómo os pone mi uniforme, ¿eh?
***
Le sonrío y me bajo de la cama, sintiendo su mirada clavada en mi espalda mientras camino hasta el montón de ropa. Recojo el chaleco táctico negro y me lo paso por la cabeza. La tela me cae justo por debajo de los pechos, con los cierres metálicos sueltos, marcando la cintura sin esconder nada de lo que viene debajo. Sé exactamente cómo me veo así. Lo he ensayado más veces de las que admitiría.
Cuando me doy la vuelta, Mateo ha apartado la sábana y me espera con esa cara de niño bueno que pone justo antes de pedir lo peor. La excitación le vuelve a tensar el cuerpo entero. Da gusto verlo claudicar.
—Ven aquí —me ordena, con la voz medio rota.
Yo niego con la cabeza, despacio, y avanzo solo un paso.
—Mi juguete, mis normas. ¿Recuerdas?
—Lucía…
—Cuando hayas hablado con Daniela del fin de semana en la casa rural, voy hacia ahí. Antes no.
—¿La casa rural? No me has dicho nada de…
—No tenía sentido dártelo todo masticado de golpe. Lo habría rechazado ese cerebrito tuyo. Una casa, los cuatro, vino, mi maría y nadie a quien rendirle cuentas a la mañana siguiente. Sin teléfonos, sin vecinos. Daniela ya lleva semanas oyéndome hablar de un finde de chicas para desconectar. Lo único que cambia es que vamos a ir acompañadas.
Mateo se pasa la mano por el pelo.
—Joder, Lucía. ¿Desde cuándo lo tienes pensado?
—Desde antes de lo que crees —contesto, y avanzo otro paso—. La diferencia entre tú y yo es que yo no improviso. Tú follas como improvisa un buen músico. Yo planifico como cierra un buen abogado.
—¿Y si Iván no quiere?
—Iván querrá lo que yo le diga que quiera.
Eso le gusta. Lo veo en cómo se le dilatan las pupilas. Le encanta pensar que él es el único capaz de descontrolarme, cuando la verdad es que llevo semanas moviendo cada pieza sin que se entere. Que crea lo que necesite creer. Para lo que lo necesito, con eso me basta.
Me arrodillo otra vez al borde de la cama, despacio, dejando que el chaleco se abra un poco más con el movimiento. Mateo se incorpora hacia mí como si tirara de una cuerda invisible.
—¿Vas a hablar con ella mañana? —pregunto, posando la palma sobre su muslo y sin dejar que toque más que eso.
—Mañana —jura.
—Bien. Entonces, esta noche, tú decides cómo me lo agradeces.
Y en cuanto lo digo, ya sé que el resto será fácil. Daniela vendrá a la casa rural sin sospechar nada. Iván conducirá sin hacer preguntas. Mateo, el genio de los planos, creerá hasta el último día que la idea fue suya. Y cuando los cuatro estemos por fin en el mismo cuarto, yo seré la única que sepa exactamente qué silla ocupa cada uno.
El resto es decorado.