Mi amante me oyó gemir con el bajista de la banda
Cuenta Lucía.
—Aaaaayyyy.
Sentí que algo se me había desgarrado por dentro. Era un ardor de fuego puro, como si esa parte de mi cuerpo que nunca debió usarse para esto se hubiera partido en dos. Damián se quedó inmóvil detrás de mí, apenas inclinándose para apoyar el pecho contra mi espalda.
—Tranquila, nena, solo tenés que acostumbrarte a sentirla adentro —dijo en voz baja, casi cariñosa.
El dolor me sacó de un golpe la borrachera. Lo miré por encima del hombro, con los ojos llenos de lágrimas y un hilo de voz que apenas reconocía.
—Por favor, sacámela. Esto está mal. Me duele, es demasiado grande.
Me dedicó una mirada compasiva. Por un segundo creí que iba a obedecer. Me besó la mejilla, enderezó el cuerpo y empezó a retirarse muy despacio. Sentía cada centímetro deslizarse contra mis carnes en una procesión casi nítida, como si pudiera reconocer la forma exacta de su miembro. Cuando creí que ya solo quedaba la punta, frenó. Y entonces, sin aviso, volvió a hundírmela entera de un solo empujón.
—Aaayyyy —volví a gritar, pero esta vez el grito se mezcló con un gemido involuntario.
Me dio vergüenza darme cuenta de que estaba empezando a disfrutarlo. Antes su tamaño me parecía monstruoso; ahora podía jurar que sentía cada milímetro chocar contra mi interior, frotar contra el recto. Hundí la cara en el colchón para tragarme los sonidos.
A él no le gustó. Me agarró del pelo y me obligó a levantar la cabeza.
—¿Por qué te escondés, nena? Yo quiero escucharte —me dijo al oído.
—Por favor, esto está mal, paremos —le rogué.
—Me decís que pare, pero tu cuerpo me dice que siga.
Sin soltarme el pelo, con la cara pegada a la mía, movió la cadera otra vez. Una embestida lenta, larga, profunda.
—Mmmmmm —ya no podía contenerme.
—¿Viste que te gusta? Cada vez que entro me regalás esa música.
Tiró todavía más hasta que su abdomen chocó contra mi espalda. Me rodeó el cuello con un brazo y con la otra mano empezó a masajearme los pechos. Ya no estaba en cuatro patas; ahora estaba casi de rodillas, apoyada contra él.
—Mirame —me ordenó.
Giré el cuello como pude.
—Besame.
Y aunque mi cabeza seguía gritando que me fuera, no entiendo bien por qué, sus órdenes se sentían inapelables. Estiré la cara hacia él y lo besé. Mientras nos fundíamos en ese beso que mi conciencia no quería dar pero mi cuerpo sí, su mano fue bajando desde mi pecho hasta mi vientre y, sujetándome desde ahí, retomó las embestidas. Esta vez menos profundas, más rápidas. No se retiraba casi nada, lo que significaba que su carne quedaba dentro mío rozando cada milímetro de mi interior.
—Mmm, mmm, mmm —empecé a gemir al ritmo de los golpes de su pelvis contra mis nalgas, todo amortiguado entre los labios de Damián.
Su mano siguió bajando por mi vientre hasta el pubis. Ahí empezó a acariciarme con un movimiento circular, lento.
—Mmmmmmmm —solté un gemido largo. Las embestidas iban y venían, el beso se extendía, y ahora sus dedos también jugaban con mi clítoris.
Mi cuerpo respondió por su cuenta. Cada vez que él iba a entrar, yo empujaba la cadera hacia atrás para que el choque fuera doble. A él le gustó. Sus movimientos se volvieron más rápidos, más bruscos.
—Mmm, mmm, no pares, seguí —logré separar los labios de los suyos para suplicárselo.
Sentía que estaba a punto de venirme. Él se dio cuenta y aceleró el masaje sobre mi sexo.
—Así, así, seguí, seguí —ya no me importaba si alguien escuchaba del otro lado de la puerta.
Sus movimientos se volvieron descoordinados, casi brutales. La mano que me rodeaba el cuello empezó a apretar de a poco, ahogándome lo justo para que la cabeza me diera vueltas. Cada embestida en mi cola era un latigazo de placer y de dolor mezclados, y aquella fricción que al principio quemaba ahora se había vuelto deliciosa.
—Oh, Dios, sí —grité, y sentí estallar todo entre mis piernas.
Quedamos quietos unos segundos después de aquel orgasmo. Él soltó mi cuello y me dejó caer hacia adelante como un cuerpo sin huesos. Veía borroso, pero alcanzaba a distinguir su silueta a un costado, masturbándose mientras observaba lo que quedaba de mí. No supe cuánto tiempo pasó hasta que sentí gotas tibias caer sobre mis muslos y mis nalgas.
Sentía el cuerpo profanado, con su semen encima, y a la vez ese orificio que hasta hacía un rato había sido virgen me dolía como si jamás fuera a cerrarse. Podía jurar que el aire frío de la habitación se metía por ahí y me hacía cosquillas adentro. Estaba completamente abierta, y él lo sabía.
Sin decir una palabra, se puso un pantalón, salió del cuarto y cerró la puerta. Yo no tenía fuerzas ni para llegar a mi habitación. Me quedé tirada en esa cama ajena y me dormí.
***
Cuenta Tomás.
Después de aquel maldito juego de prendas, vi cómo Damián tomaba a Lucía de la mano y se la llevaba a su cuarto. Sabía perfectamente que ella era una más del grupo, una chica de la que todos íbamos a sacar provecho tarde o temprano. Pero por algún motivo me incomodó. No me terminaba de gustar la idea de que ellos dos estuvieran encerrados haciendo lo que tantas veces había hecho yo con ella.
Yo mismo le había dicho al resto: «cuando termine con ella, agárrenla ustedes». Pero no pensé que sería tan rápido. Y no pensé que fuera a importarme.
—Sigamos jugando —dijo Camila para sacarme del trance.
—¿No deberíamos esperar a que vuelvan? —pregunté mirando la puerta cerrada.
—No vamos a esperar diez minutos. Que hagan lo que tengan que hacer; mientras tanto seguimos —respondió ella muy segura.
Seguimos con el juego, pero el ritmo se cayó. Bruno estaba prácticamente noqueado por el alcohol, yo de mal humor, y la única que se esforzaba por mantener viva la noche era Camila. Llegamos hasta a controlar el tiempo que llevaban encerrados.
—Bueno, ya pasaron sus diez minutos —dijo ella.
Se levantó y se acercó a la puerta.
—Toc, toc, tiempo. Ya está —golpeó.
Hubo un segundo de silencio. Y de repente se me erizó la piel.
—Aaaaayyyy —era el grito de Lucía, agudo, desgarrado.
Abrí los ojos como platos. Camila también. Nos miramos sin saber qué decir.
—Bueno, parece que la nena con novio está ocupada —dijo ella volviendo al sillón.
Yo no podía hablar. La cabeza me iba a mil. Yo nunca la había hecho gritar así, o al menos no estaba seguro. Diez minutos. Lo que a mí me había costado semanas, Damián lo había conseguido en una sola noche. Y lo que él tardó en pasar del beso al sexo fue exactamente eso: diez minutos.
—Creo que es hora de ir a las habitaciones —propuso Camila.
Bruno asintió sin entender mucho. Nos pusimos de pie. Cuando llegué a la puerta sentí una mano apretarme una nalga.
—¿Qué decís, hoy estás para algo? —me susurró Camila al oído.
—Perdón, estoy reventado, hoy no —mentí. La verdad era que tenía la cabeza en otro lado.
Ella hizo un puchero con los labios y se giró hacia Bruno.
—¿Y vos? Yo tengo ganitas —le dijo.
Él sonrió, le metió la mano en el bolsillo trasero y asintió. Se fueron juntos sin despedirse. Yo los acompañé hasta el marco de la puerta y, cuando los oí bajar la escalera, hice algo que no me explico: volví a entrar al living y me senté en el mismo lugar de antes.
Apenas entré, otro grito.
—¡Seguí! —era la voz de Lucía, ahora exigiendo.
Era raro. No entendía por qué me daba celos que ella estuviera con Damián. Camila, con la que ya había estado varias veces y que en diez segundos había convencido a Bruno de irse a la cama, no me generaba nada. Pero con Lucía era distinto. Tal vez estaba sufriendo lo que algunos llaman el síndrome del nene egoísta: solo extrañás tu juguete cuando ves a otro nene jugando con él.
—Oh, Dios, sí —se oyó otra vez, esta vez más largo, más tembloroso. Esa voz quebrada la conocía. Era la misma que se le escapaba cuando se venía conmigo.
Me hundí en el sillón. No sabía ni por qué seguía ahí. Tal vez era el morbo de saber que yo la había corrompido primero, que hasta que yo aparecí ella le era fiel a su novio. La envidia se me empezó a transformar en una especie de orgullo retorcido. No era la primera chica a la que arrastraba a un engaño, pero sí la primera a la que había convencido de quebrar una fidelidad que era genuina.
Pasaron unos minutos más hasta que se abrió la puerta. Damián salió con cara de victoria y una sonrisa de oreja a oreja.
—Qué hembra, loco. Ya entiendo por qué te encaprichaste con ella —me dijo.
—¿Qué tal, estuvo bien? —respondí con una sonrisa fingida.
—Espectacular. Me pedía que parara y se ponía en cuatro ella sola —se rió.
—Sí, es que ama mucho a su novio —contesté siguiéndole la corriente.
—Pobre flaco. Espero que entre sus fantasías no estuviera ser él quien le estrenara el ojete —dijo dejándose caer en el sillón y agarrando su vaso.
—¿Por qué? —pregunté sin querer escuchar la respuesta.
—Digamos que le estrené el anito. Ojalá mañana no se cague en pleno concierto de lo abierto que le quedó, ja ja —y soltó una carcajada.
—Ja, ja —fingí reírme con él. No supe qué más decir.
Ahora sí me sentía celoso de verdad. Ese hijo de puta acababa de estrenarle algo que yo siempre había imaginado para mí.
—Me voy a dormir —dije levantándome.
—Descansá, hermano. Mañana tenemos otro concierto —me palmeó la espalda en el abrazo de siempre.
Llegué a mi habitación y me costó cerrar los ojos. Le daba vueltas al asunto, recordaba todas las veces que había sido yo el que la empujaba al borde de lo prohibido. No podía dejar de imaginármela en esa cama con Damián, cómo le habría rogado que no se la metiera ahí, cómo le habría quedado el cuerpo después. Me la imaginaba abierta, expuesta, ofrecida. Hasta llegué a pensar en cómo se sentiría ese orificio recién estrenado apretándome a mí.
¿Eran celos o envidia? No me terminaba de gustar la forma despectiva en que Damián hablaba de ella. Pero yo también había hablado así. Y eso era lo que más me jodía.
Qué sensación más extraña. Qué mujer más extraña.