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Relatos Ardientes

Lo que perdí en aquella apuesta no fueron los platos

El olor del cordero al horno se mezclaba con mi perfume y con el aroma del vino que llevábamos dos botellas descorchando. Era una noche perfecta, de esas que una planea sin admitir del todo lo que está planeando. Gonzalo, mi marido, estaba en otra ciudad por trabajo, y yo había decidido invitar a Damián, un amigo de la pareja con el que siempre flotaba una tensión divertida, una chispa que ninguno de los dos se había atrevido nunca a encender.

La cena fue un éxito. El vino corrió, las risas salieron solas y la conversación se volvió inteligente y picante a partes iguales. Mientras dábamos el último sorbo a un Malbec robusto, Damián sonrió con ese brillo travieso en los ojos que tanto me intrigaba desde hacía meses.

—Bueno, como anfitriona, no puedo permitir que cargues tú con todo el trabajo —dije, señalando las copas vacías y los platos manchados de salsa.

—Ni hablar —replicó él—. Pero ya que somos los dos tan competitivos, hagamos una apuesta. Una sola mano de cartas. El que pierde, lava los platos.

Me reí y me eché el pelo hacia atrás. ¿Qué podía salir mal?

—Acepto.

Damián repartió con una calma que no me gustó nada. Tenía los dedos largos y se tomaba su tiempo deslizando cada carta sobre el mantel, mirándome por encima de las copas como si la mano ya estuviera decidida antes de empezar. Yo intenté sostenerle la mirada, fingir que controlaba la situación, pero algo en su sonrisa me decía que el verdadero juego era otro y que yo lo había aceptado sin leer las reglas pequeñas.

Veinte minutos después, su rey aplastaba sin piedad a mi dama. Lancé las cartas sobre la mesa con una exageración teatral, fingiendo más fastidio del que sentía.

—Maldición. Parece que la criada de esta noche voy a ser yo.

Recogí los platos entre quejas de mentira y me dirigí a la cocina. El agua caliente corrió por el fregadero de acero inoxidable mientras enjabonaba el primero, con las mangas de mi blusa de seda recogidas con cuidado para no mojarlas.

Sentí una presencia detrás de mí. Era Damián, observándome en silencio, apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados.

—No, así no —dijo, y su voz traía una sorna que me erizó la piel—. Así no se lavan los platos como corresponde.

Me giré con una sonrisa divertida en los labios.

—¿Ah, no? ¿Y cómo se supone que debe lavarlos una mujer de su casa?

—No una mujer de su casa —dijo, acercándose y abriendo el armario de la despensa—. Una sirvienta. Una sirvienta de verdad.

Sacó un delantal. No era el de tela burda que usaba la chica que venía a limpiar los jueves. Era de raso rosa palo, con un volante de encaje blanco en el borde y un lazo enorme cosido a la espalda. Era ostentoso, deliberadamente vulgar, la clase de prenda que se compra para una broma o para algo que no es ninguna broma.

—Damián, estás bromeando —dije, pero mi risa salió más nerviosa esta vez.

—Para nada. Póntelo. Y también esto —añadió, sacando del cajón un par de guantes de goma amarillos, brillantes y todavía con el cartón de la tienda—. Es parte del uniforme.

—¿Yo? ¿Ponerme esa cosa? De ninguna manera. Soy tu anfitriona, no tu…

—¿Tu qué? —me interrumpió, acercándose tanto que sentí el calor de su cuerpo invadir el mío—. ¿Tu esposa? No, eso le toca a Gonzalo. Tú, esta noche, eres la perdedora. Y las perdedoras pagan sus deudas. La apuesta era lavar los platos. Y yo quiero que los laves como se debe.

Su mirada era un desafío directo, sin parpadeos. La lógica retorcida de la situación me atrapó como una red. Yo había aceptado las reglas. Protestar ahora era admitir que no aguantaba la broma, que me había asustado de mí misma. Con un suspiro de resignación y un escalofrío de excitación secreta que me bajó por la espalda, tomé el delantal.

Damián me lo pasó por la cabeza, y sus dedos rozaron a propósito la piel de mi cuello. Anudó el lazo de encaje con una lentitud tortuosa, como si quisiera que yo sintiera cada centímetro de cinta cerrándose sobre mí. Después me calcé los guantes, y el látex se apretó contra mis manos con un chirrido húmedo.

Me volví hacia el fregadero, sintiéndome ridícula y al mismo tiempo increíblemente viva. Retomé los platos, pero ahora mis movimientos eran torpes, conscientes de la imagen absurda y sucia que estaba ofreciendo.

Lo escuchaba moverse a mis espaldas, sin prisa, paseándose por la cocina como si fuera la suya. Abría un cajón, lo cerraba, arrastraba una silla. Cada sonido detrás de mí me tensaba un poco más. No saber qué hacía era peor que verlo, porque mi imaginación llenaba los huecos con todo lo que yo misma no me atrevía a pedir en voz alta.

—Te queda bien el rosa —dijo de pronto, y noté la sonrisa en su voz sin necesidad de girarme—. Mucho mejor que ese vestido tan elegante. El vestido era de la señora de la casa. El delantal es de la mujer que sirve. Y esta noche tú sirves.

No respondí. Apreté un plato bajo el chorro de agua y dejé que el vapor me subiera por la cara, porque al menos así podía culpar al calor del agua del rubor que me ardía en las mejillas.

***

Se acercó de nuevo por detrás. Esta vez no dejó distancia. Se pegó a mí, su cuerpo duro presionando contra mi espalda y mis nalgas. Una de sus manos me rodeó la cintura y descendió hasta apoyarse sobre mi vientre, palpándome a través del raso tibio.

—Así está mejor —murmuró en mi oído—. Una señora casada, en su propia cocina, con el delantal de una sirvienta cualquiera, lavando los platos para otro hombre. ¿Qué diría tu marido si te viera ahora mismo?

Me quedé quieta, con un plato detenido entre las manos enguantadas. La protesta murió en mi garganta, ahogada por la oleada de deseo que me recorrió de arriba abajo.

—Damián, no… —susurré, sin una pizca de convicción.

Ignoró mi protesta. Con la otra mano me levantó el ruedo del vestido y me deslizó la ropa interior hasta los tobillos de un solo tirón. Sentí el aire fresco de la cocina sobre mi piel y un temblor que no pude controlar. Me apoyé con más fuerza en el borde del fregadero, como si fuera mi único ancla a la realidad.

—No te muevas —ordenó—. Sigue lavando.

Mientras yo sumergía otro plato en el agua caliente, él me penetró de un solo golpe, profundo y sin preámbulos. Solté un gemido ahogado, una mezcla de sobresalto y de un placer tan intenso que casi me dobla en dos sobre la encimera. El plato se me escapó y volvió a hundirse en la espuma.

—Así —gruñó, empezando a moverse dentro de mí con un ritmo lento y dominante—. Así se usa a una señora casada. Como a una sirvienta más. Un agujero caliente para que lo llene un hombre que no es su marido.

Cada palabra era una afrenta y una caricia al mismo tiempo. Me tomaba allí, de pie, usándome, mientras yo continuaba con la tarea absurda de fregar. El raso del delantal me rozaba la piel con cada embestida y los guantes de goma se sentían extraños y obscenos contra el acero mojado.

—¿Lo sientes, Marcela? —me sopló al oído, acelerando—. ¿Sientes cómo te abro? Esta cocina es mía esta noche. Tú también. Eres mi sirvienta, mi mujer prestada, mientras el bueno de Gonzalo está en su hotel pensando que su esposa es toda una dama.

La humillación era tan potente como el éxtasis, y no sabía distinguir dónde terminaba una y empezaba el otro. Dejé caer el último plato en el fregadero con un golpe sordo y me rendí por completo. Dejé de protestar, dejé de pensar, dejé de ser la que había sido durante toda la cena.

Empecé a mover las caderas, buscándolo, sincronizándome con él, aceptando el papel que me había repartido con una sola mano de cartas.

—Sí… —logré decir entre jadeos—. Soy tu sirvienta…

Damián rio, un sonido bajo de puro triunfo. Me tomó con más fuerza, más hondo, reclamándome como si lo hubiera planeado desde el primer brindis. Me usó como un objeto, como la fantasía exacta que había tejido a mi alrededor con cada copa. Y cuando finalmente se vino dentro de mí, con un gruñido de posesión que me retumbó en la espalda, sentí que me rompía en mil pedazos. No de dolor, sino de una liberación sucia y total que no había probado nunca.

Nos quedamos así un momento, todavía unidos, con el olor a jabón y a sexo llenando la cocina en silencio. Luego él se retiró despacio, y el aire frío ocupó el lugar de su cuerpo.

Me apoyé en el fregadero, temblando, con el delantal rosa salpicado de agua y los muslos húmedos por él. Me quité los guantes uno a uno, lentamente, y después desaté el lazo del delantal y lo dejé caer al suelo de baldosas.

Ya no era la anfitriona. Ya no era del todo la señora casada. Era una mujer que había sido descubierta y usada en su propia cocina, y que, al perder una apuesta tonta, había encontrado una parte de sí misma que jamás supo que existía.

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Comentarios (4)

Maxi_T

buenisimo!!! quede con ganas de mas

Tomas_HB

el giro con la apuesta fue genial, no me lo esperaba para nada. Muy bien escrito

PattyNorte

Necesito saber que paso despues!!! por favor una segunda parte

Rodrigo_Mdq

me recordo a una situacion similar que viví hace tiempo... esas apuestas siempre terminan inesperadamente jaja. Muy bueno el relato

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