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Relatos Ardientes

El engaño que mi novio escondía detrás de la terapia

Mara no durmió esa noche. Se quedó sentada en el suelo de su pequeño piso de alquiler, con la espalda apoyada en el sofá, hasta que la primera luz del amanecer se coló por las rendijas de la persiana. El móvil vibraba cada tanto sobre la mesa baja, iluminando la habitación con destellos azules. Eran mensajes de Bruno: «¿Llegaste bien?», «Pienso en ti», «¿Estás enfadada por algo?». No respondió ninguno. Cada vez que intentaba escribir, las palabras se le atascaban en la garganta y lo único que conseguía era llorar en silencio.

Al día siguiente se levantó con los ojos hinchados y una determinación fría asentándose en el pecho. No iba a esperar más. Necesitaba mirarlo a la cara. Necesitaba saber si todo lo que había sentido entre sus brazos había sido real o solo otra pieza del engaño.

Le escribió un mensaje corto y directo: «Necesito verte. Ahora. En tu casa. Es importante».

La respuesta llegó casi al instante: «Claro. Ven cuando quieras. Te espero».

Se duchó deprisa, se puso unos vaqueros, una camiseta holgada y una chaqueta, y salió sin desayunar. Durante todo el trayecto en autobús no dejó de darle vueltas a lo mismo. ¿Cómo era posible que Adrián, su prometido, el hombre con el que iba a casarse en tres semanas, estuviera detrás de todo aquello? ¿Por qué necesitaba mantenerla «distraída»? Su familia nunca la había aceptado del todo; la trataban con esa cortesía glacial de quien tolera a alguien que considera inferior. Entonces, ¿para qué la querían cerca? ¿Para aparentar? ¿O había algo más turbio que ella todavía no alcanzaba a entender?

Cuando llegó al edificio de Bruno, subió las escaleras con las piernas temblando. Tocó el timbre. Él abrió enseguida, con una sonrisa que se le borró en cuanto vio su cara pálida y sus ojos enrojecidos.

—Mara… ¿qué pasa? Tienes mala cara. Entra, por favor.

Ella entró sin decir palabra y cerró la puerta tras de sí con más fuerza de la necesaria. Se quedó plantada en mitad del salón, con los brazos cruzados y la mirada clavada en él. En ese mismo sofá, dos semanas atrás, él la había desnudado despacio, besándole el cuello mientras le susurraba que nunca había deseado tanto a nadie. El recuerdo le quemó por dentro y le dio asco a la vez.

—¿Sabías lo que estaban haciendo a mis espaldas? —preguntó de golpe, la voz baja pero temblorosa.

Bruno frunció el ceño, confundido de verdad al principio.

—¿De qué hablas?

Mara respiró hondo. Las lágrimas le picaban, pero las contuvo con rabia.

—Anoche fui a la consulta de Esteban. Sin avisar. Quería decirle que dejaba la terapia, que se acababa todo. Pero lo oí hablando con alguien. Hablaban de mí. Decían que estaba «enganchada», que creía que esto era por mi matrimonio, que había que mantenerme distraída hasta la boda. Y el otro… era Adrián.

Bruno se quedó inmóvil. El color se le fue de la cara de golpe. Abrió la boca, pero no salió nada al principio.

—Mara…

—¿Lo sabías? —insistió ella, alzando la voz—. ¿Sabías que Adrián estaba detrás de esto? ¿Que me usaban como un juguete para tapar algo? ¿Que la terapia, las sesiones, tú… todo era parte de un plan?

Bruno bajó la mirada. Se pasó una mano por el pelo, respirando con dificultad, visiblemente afectado.

—Sí —admitió al fin, con voz ronca—. Lo sabía.

Mara sintió que algo se rompía dentro de ella. Dio un paso atrás, como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago.

—¿Desde cuándo?

—Desde casi el principio —dijo él, sin levantar la vista—. Esteban me contactó. Me dijo que había una chica en su grupo que necesitaba «ayuda» para explorar su sexualidad antes de casarse. Que su novio lo sabía todo y lo aprobaba. Que mi papel era hacerte sentir segura, hacerte avanzar, mantenerte ocupada. Pagaban bien. Y yo estaba ahogado de deudas. No pensé en ti al principio. Solo vi el dinero. Creí que erais otra pareja rara que necesitaba un empujón.

Mara cerró los ojos con fuerza. Las lágrimas se le escaparon por fin.

—¿Y todo lo que me dijiste? ¿Que te importaba? ¿Me veías como algo más que un experimento?

Bruno levantó la mirada por primera vez. Tenía los ojos brillantes, enrojecidos.

—Al principio no —confesó, la voz quebrada—. Al principio eras un trabajo, y como eras tan guapa, no lo dudé ni un segundo. Pero después… joder, Mara, después te conocí de verdad. Te escuché hablar de tu madre, de tu pueblo, del miedo que tenías a casarte sin haber vivido nada. Te vi reírte con mis chistes malos. Te vi temblar la primera vez que te toqué. Y me enamoré. No estaba en el plan. Fue real. Cuando me di cuenta, ya no quise parar. Se lo dije a Esteban, le pedí salirme. Me dijo que siguiera, que era mejor así.

Mara negó con la cabeza, las lágrimas cayéndole sin control.

—¿Cómo voy a creerte? Todo fue mentira. Me hiciste pensar que eras mi amigo, alguien que me quería de verdad… y todo el tiempo sabías que Adrián me estaba engañando, que me usaba de fachada.

Bruno dio un paso hacia ella, pero Mara levantó una mano para detenerlo.

—No te acerques.

Él se detuvo, con las manos temblando a los costados.

—Lo sé. Sé que te hice daño y acepto toda la culpa. Empezó por dinero, sí. Pero terminó siendo por ti. No sé por qué Adrián montó esto. Nunca me lo explicó del todo. Solo me importas tú.

—¿Y qué quieres que haga? —Mara se limpió las lágrimas con el dorso de la mano—. ¿Que te perdone? ¿Que siga como si nada?

—No espero que me perdones hoy. Ni que te quedes. Pero si algún día puedes mirarme sin odiarme, haré lo que sea para compensarte. Si quieres que desaparezca, desaparezco. Si quieres que te ayude a enfrentarlo, estaré ahí. No por dinero. Por ti.

Mara lo miró largo rato. El silencio pesaba, roto solo por su respiración entrecortada.

—Lo que más me duele —dijo al fin— es que contigo sentí algo de verdad. Algo que nunca sentí con Adrián. Y ahora ni siquiera sé si fue real.

Se dio la vuelta hacia la puerta. Puso la mano en el picaporte y, sin mirarlo, añadió:

—No me busques. No me llames.

Abrió y salió. Bajó las escaleras con las lágrimas cayéndole sin parar. En el centro de aquel dolor, la traición de Bruno le ardía mucho más que la de Adrián.

***

Mara volvió a su piso poco después de las ocho de la noche. El lugar estaba en silencio, iluminado apenas por la lámpara que había dejado encendida esa mañana. Era su único refugio desde que se había mudado a la ciudad. Adrián solo tenía una copia de la llave «por si acaso», como decía siempre con esa voz calmada y distante. Nunca había vivido allí, nunca había dejado ropa en el armario, nunca había dormido dos noches seguidas. Ahora esa distancia le parecía obvia, casi grotesca, como una señal que ella se había negado a ver.

Se sentó en el sofá, todavía con la chaqueta puesta, y esperó. No le había avisado de que iría. Las manos le temblaban en el regazo y se las apretó para que dejaran de moverse.

Cuando oyó la llave en la cerradura, el corazón le dio un vuelco brutal. Adrián entró, dejó el maletín en el suelo con su gesto de siempre y se quitó la chaqueta. Al verla allí sentada, inmóvil, frunció el ceño.

—Mara… pensé que no estabas, con tan poca luz.

Ella no se levantó. Solo lo miró fijamente.

—Necesito hablar contigo. Ahora.

Adrián cerró la puerta y se acercó despacio, con esa sonrisa educada que usaba para calmar las aguas.

—Claro. ¿Qué pasa? Tienes mala cara.

—Anoche fui a la consulta de Esteban. Quería dejar la terapia. Pero lo oí hablando con alguien sobre mí. Decían que me mantuvieran distraída hasta la boda, que después ya verían. Eras tú, Adrián. Tú lo planeaste todo.

Adrián se quedó congelado un segundo, con algo parecido al pánico cruzándole el rostro. Luego intentó recomponerse.

—Mara, espera. Creo que malinterpretaste algo. Esteban habla con familiares para coordinar. Yo solo contribuí económicamente porque quería ayudarte con el estrés. Habrás oído mal. Estabas nerviosa…

—No oí mal. Los oí perfectamente. Dime la verdad. ¿Por qué me hiciste esto?

Adrián la miró un instante largo. Vio que no había vuelta atrás. Sus hombros cayeron y se sentó en el sofá, los codos sobre las rodillas, la vista en el suelo.

—Está bien —dijo al fin, con voz baja y resignada—. Te lo cuento todo.

Mara se sentó en la silla de enfrente, manteniendo la distancia.

Adrián levantó la cabeza, pero no la miró a los ojos.

—Soy gay, Mara.

El silencio que siguió fue tan denso que ella sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

—¿Qué?

—Soy gay —repitió, más firme—. Siempre lo he sido. Lo supe a los quince, pero crecí en una familia muy tradicional. Para mi padre y mi abuelo eso no existe, o si existe es una vergüenza. Me dijeron mil veces que tenía que sentar cabeza, casarme, tener hijos, continuar el apellido. No aceptan otra opción. Y yo no quería perderlo todo: la empresa, la herencia, el apellido. Así que me escondí.

Mara escuchaba en silencio, con el corazón en la garganta.

—Hace dos años conocí a alguien. Se llama Gabriel. Es arquitecto, trabaja con nosotros en algunos proyectos. Al principio fue solo atracción. Después se convirtió en todo lo que siempre había querido. Nos vemos a escondidas desde entonces. Lo amo. Pero no puedo vivir con él a la vista. Mi familia nos destruiría.

—¿Y por qué yo? —preguntó Mara, la voz temblando—. De todas las mujeres, ¿por qué yo?

—Porque eras segura —respondió, casi en un susurro—. Porque no preguntabas. Cuando te decía que tenía una reunión larga, asentías y sonreías. Nunca insistías en saber dónde había estado. Eras buena. Demasiado buena.

Hizo una pausa, frotándose las manos como si tuviera frío.

—Incluso quise que tuvieras algo con Bruno para que te sintieras culpable. Para que no me reclamaras tanto mi distancia, para que creyeras que tú también hacías algo indebido. Pensé que así te quedarías callada y contenta.

Mara soltó una risa amarga, casi un sollozo.

—Iba a despedirlo, además —siguió Adrián—. Hace unas semanas me dijo que ya no se sentía cómodo, que no te lo merecías, que quería dejarlo. Rechazó los últimos pagos. Me asusté. Tuve miedo de que te lo contara. Por eso adelanté la boda.

—¿Y Gabriel sabe que me usabas como tapadera?

—Lo sabe. Al principio no quería. Me decía que no era justo, que te hacía daño sin que lo supieras. Pero yo le prometí que después de la boda viviríamos más libres, que tú nunca te enterarías. Que sería un arreglo temporal.

—¿Un arreglo temporal? —Mara se inclinó hacia delante, los ojos brillantes de furia—. ¿Y yo qué? ¿La esposa perfecta que no pregunta mientras tú veías a Gabriel a escondidas?

—Creí que con el tiempo te acostumbrarías —admitió él, agotado—. Que serías feliz con la estabilidad, con la casa, con los hijos. El ingenuo era yo. Creí que podía tenerlo todo sin pagar un precio. Y el precio eras tú.

Mara se limpió una lágrima con rabia.

—No le contaré nada a tu familia —dijo, y al ver que él levantaba la cabeza esperanzado, añadió—: pero no es por ti. Es por Gabriel. Él no tiene la culpa de estar atrapado en la misma mentira que yo. Esto se acabó, Adrián. No voy a casarme contigo. No puedo vivir una mentira.

Adrián asintió despacio, los hombros caídos.

—Lo entiendo.

—La boda no se hará. Inventa la excusa que quieras para tu familia. Yo no diré una palabra. Eso te lo prometo.

Él se puso de pie. Por un instante pareció que iba a abrazarla, pero se detuvo. Sabía que no tenía derecho.

—Gracias —murmuró, la voz rota—. Nunca quise que terminara así.

Recogió el maletín y la chaqueta. En la puerta se giró una última vez, pero Mara negó con la cabeza antes de que dijera nada.

—No quiero volver a verte. Tal vez nunca.

El clic de la cerradura sonó como un punto final.

Mara se quedó sola. Estaba furiosa. Estaba triste. Y, por debajo de todo, estaba aliviada. Por primera vez en mucho tiempo no tenía que fingir, no tenía que convencerse de que todo iba bien, no tenía que interpretar el papel de la novia perfecta.

Se abrazó las rodillas en el sofá y lloró sin culpa. Lloró por la mentira, por el engaño, por la ingenuidad que la había arrastrado hasta allí. Y también, en el fondo, lloró de puro alivio. Porque, aunque todo estaba roto, por fin era libre de decidir qué hacer con los pedazos. Y aunque doliera como el infierno, sabía que ya no volvería a ser la misma. Nunca más.

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Comentarios (5)

MarcelaF_Cba

Tremendo relato. Esa primera linea me atrapó de entrada y no pude parar hasta el final.

Luisito_BA

Por favor que haya segunda parte!! Quedé con ganas de mas

Paloma_84

Me dejó con un nudo en el estomago. La forma en que lo narraste es increible, se siente muy real.

TurnoNocturno

Buenisimo. Lei varios de este estilo pero este tiene algo distinto, como que te mete adentro de la cabeza de ella. Muy bien logrado.

Beti_Cordoba

excelente!!!

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