Mi cita de Nochevieja con el hombre del teléfono
Subí a la habitación con el corazón en la garganta y un conjunto de encaje rojo bajo el vestido. Diego ya no era una voz al teléfono.
Subí a la habitación con el corazón en la garganta y un conjunto de encaje rojo bajo el vestido. Diego ya no era una voz al teléfono.
Tenía los dedos sobre el teclado y un capítulo a medias cuando vibró el teléfono. Su voz al otro lado bastó para que dejara de escribir y empezara a improvisar.
Saqué sus bragas del cesto convencido de que dormía. Levanté la vista y ahí estaba ella, en la puerta, mirándome con la incredulidad ya convertida en otra cosa.
La primera vez que me contó su fantasía, terminé tocándome en su baño. La segunda vez, me ofrecí yo misma como conejillo de indias y crucé la puerta con la lencería puesta.
Cuando salí del baño, Sebastián tenía las prendas rosadas en la mano y esa mirada firme que sabía que no iba a poder rechazar.
Sonó el teléfono mientras etiquetaba mercancía nueva. Era ella, otra vez, con la voz baja de quien no quiere que la escuchen del otro lado de la pared.
Me pidió un rapidito mientras escribía. Salió del baño oliendo a él y yo me puse las medias de encaje. Lo demás todavía me lo saboreo.
Cuando lo escuché abrir la puerta, llevaba tres meses imaginándome ese momento. Lo que no imaginé fue cómo me iba a desarmar con su barba rozándome la piel.
Mateo nos lanzó la idea una tarde cualquiera: uniforme de clínica, autobús lleno, sin ropa interior. Era una locura. Aceptamos de todas formas.
Llevaba semanas con esa sensación insoportable de necesitar ser poseída. Una noche decidí actuar: me maquillé, me vestí de provocación y fui al encuentro de un desconocido bien dotado.