Lo que compramos ese sábado antes de casarnos
Le dije que quería besarla en plena calle sin importarme quién mirara. Ella apartó las sábanas, empezó a tocarse y me miró fijo. Las compras podían esperar.
Le dije que quería besarla en plena calle sin importarme quién mirara. Ella apartó las sábanas, empezó a tocarse y me miró fijo. Las compras podían esperar.
Carlos me decía que era un hombre peligroso. Tenía razón. Pero nadie me había mirado así en meses, con esa clase de hambre cruda que no sabe disimular.
Teníamos los últimos días libres antes del casamiento. Sin ropa en casa, tomando mate, planeando la boda y recordándonos por qué nos habíamos elegido.
Llevaba años diciéndoles a los hombres que era versátil. Mentía. Cuando finalmente me rendí a ser pasivo, todo encajó de una manera que daba vértigo.
Tenía el departamento para mí sola, las velas encendidas y un juguete esperando en el cajón. La primera vez había fallado: esta no se iba a repetir.
Hace meses les conté el primer trío de Camila. Esta vez, cuando volvió a sentarse en mi cama, supe que la historia iba a ser todavía más intensa.
Cuatro años de hormonas me habían dado el cuerpo que siempre quise. Esa noche, los ojos celosos de Mateo me hicieron entender que él también lo quería.
Esa noche, después del masaje, mi madre se mordió el labio, me miró fijo y me pidió que me acurrucara con ella. No hizo falta decir nada más.
Cuando le entregué la tanga doblada como una nota, supe que no había vuelta atrás. Solo quedaba esperar al viernes y abrir el sobre que me devolvería en clase.
Llevaba años cargando mi mochila en el coche con toda mi lencería dentro, por si acaso. Ese jueves por fin llegó el momento.
Dejé el coche a media cuadra para no hacer ruido. La puerta estaba sin seguro y las luces apagadas. Lo que encontré al fondo del pasillo cambió todo.
Cruzar las piernas en el momento justo fue todo lo que necesité para que dejara de fingir que no me miraba. Lo demás fue cuestión de tiempo.
Cuando Iván cruzó la puerta de la habitación, supe que no había vuelta atrás. Mi marido me sostenía por la cintura y me preguntó si seguía queriendo esto.
Tenía su ropa íntima en una mano y el teléfono en la otra cuando oí la puerta principal abrirse. Camila estaba ahí, mirándome desde el pasillo.
Me lo contó por mensaje, como quien anuncia el clima. No pedía permiso. Solo me avisaba que en una hora él iba a estar dentro de su casa.
Cuando Vicky tocó el timbre esa noche ya sabía que algo había pasado. Tenía la mirada turbia y ese gesto de quien necesita contarlo todo antes de explotar.
Empezó como cualquier siesta de verano: el ventilador girando, el calor pegado a la piel, y yo con demasiado tiempo y demasiados pensamientos.
Cuando llegó su mensaje al celular, llevaba horas ardiendo de deseo. Me puse la lencería, los tacones y esperé. Esa noche no iba a dormir sola.
Antes de que sonara el timbre, me arrodillé frente a él en la cocina. Quería abrir la puerta con su sabor todavía en mis labios y darles la bienvenida con una sonrisa cómplice.
Me conoció vestido de hombre, pero en mi cajón esperaban encaje y tanga. Esa noche los dos conseguimos exactamente lo que queríamos.