Dos jóvenes pillados en casa de la vecina madura
Dos chicos de veinte años colándose en casa de la vecina mientras se duchaba. Lo que ocurrió cuando los descubrió fue algo que ninguno olvidaría jamás.
Dos chicos de veinte años colándose en casa de la vecina mientras se duchaba. Lo que ocurrió cuando los descubrió fue algo que ninguno olvidaría jamás.
Le pedí que se pusiera la falda más corta que tenía y esperara al repartidor. Yo me escondí detrás del sillón. Lo que pasó después superó todo lo que habíamos imaginado.
Llevaba la lencería más atrevida y ganas de que alguien me notara. Cuando él apareció entre los jardines y me vio cruzada de piernas, supe que la semana iba a ser distinta.
Me metí al agua de noche con lencería y un juguete ajustado, convencida de que estaría sola. Alguien me observaba desde la oscuridad del bar.
Matías me penetraba despacio mientras yo intentaba no hacer ruido. Entonces escuché la puerta abrirse y supe que ella había vuelto antes de lo previsto.
Cada vez que ella me apretaba la mano, yo lo entendía: estaba cruzando las piernas despacio para que él pudiera verla entera.
Llevaba puesto el conjunto negro de lencería de mi suegra cuando la puerta se abrió. Detrás de Lucía no venía solo Patricia. También estaba mi madre.
Bajé al salón pensando que iba a ser una cena tranquila. Mi madre apareció con una falda corta, una camisa transparente y una baraja de cartas en la mano.
Bajaron a la cocina con la mirada seria. Pensé que era el final. Lo que dijeron después convirtió esa noche en algo que ninguno podría deshacer.
Subí las escaleras sin hacer ruido y me detuve frente a la puerta entreabierta de mi recámara. Adentro, mi hijo embestía a su novia sobre mis sábanas.
Tenía diecinueve años, mi padre se ausentaba semanas enteras y yo creía conocer a mi madre. Hasta que el cesto de la ropa sucia me obligó a mirarla distinto.
Mi prima me tendió la lencería de nuestra tía y sonrió. Era el precio que debía pagar si quería conseguir, por fin, lo que llevaba meses suplicándole.
Le abrí el portón a las ocho y media con stilettos, medias negras y la falda más corta que tenía. Llevaba cuarenta días sin tenerme y no pensaba hacerle esperar más.
El sábado en que la casa quedó vacía, mi suegra apareció descalza en la cocina, con un conjunto que no era para su marido, y sonrió como si ya supiera el final.
Toqué el timbre con la excusa de pedirle un consejo íntimo. Cuando me abrió la puerta sola, supe que aquella tarde nadie iba a interrumpirnos.
Maximiliano roncaba vestido sobre la cama nupcial. Yo seguía con la lencería del regalo y, sin pensarlo dos veces, escribí el mensaje que llevaba años intentando no enviar.
El vestido era de voile azul, casi transparente. Mi padre estaba enfrente. Mi marido a la izquierda. Y el invitado francés todavía no entendía qué iba a pasar esa noche.
Subí al hotel con un conjunto de encaje rojo bajo el vestido que él aún no había visto. Llevábamos siete meses esperando ese momento.
Cuando le quité la bata y la vi en ropa interior blanca de encaje, supe que aquella boda no iba a empezar como ella esperaba.
Solo en casa, con un tanga puesto y los labios pintados de rojo, me miré en el espejo y no sentí vergüenza. Sentí algo mucho más interesante.