Una tarde sola que no pude controlar
Empezó como cualquier siesta de verano: el ventilador girando, el calor pegado a la piel, y yo con demasiado tiempo y demasiados pensamientos.
Empezó como cualquier siesta de verano: el ventilador girando, el calor pegado a la piel, y yo con demasiado tiempo y demasiados pensamientos.
Cuando llegó su mensaje al celular, llevaba horas ardiendo de deseo. Me puse la lencería, los tacones y esperé. Esa noche no iba a dormir sola.
Antes de que sonara el timbre, me arrodillé frente a él en la cocina. Quería abrir la puerta con su sabor todavía en mis labios y darles la bienvenida con una sonrisa cómplice.
Me conoció vestido de hombre, pero en mi cajón esperaban encaje y tanga. Esa noche los dos conseguimos exactamente lo que queríamos.
Estaba en la cocina con ropa que nunca le había visto, y cuando rozó mi hombro al pasar, algo en mí que no tenía derecho a existir se despertó.
Cuando abrí la puerta y la vi con esa minifalda ajustada, supe que la noche no iba a terminar como la había planeado.
Cuando Marcos me describió cómo envolvía a sus amantes en film stretch, tuve que escaparme al baño. No por lo que creen.
Propuso echar un polvo mirando el horizonte, con el campo solo para nosotros y la luz del atardecer cayendo lenta. No lo dudé ni un segundo.
Cuando Marcos me llamó con «el plan perfecto», no imaginé terminar sin camisa apostando todo a una carta. Esa noche fue más de lo que cualquiera esperaba.
Publicamos el anuncio sin saber qué esperar. Dos semanas después él llamó al timbre a las diez en punto, sin teléfono ni reloj, listo para servir.
Llevaba tres días con ese calor que crece y no para. Me puse las sandalias de aguja, el vestido de red y esperé. Cuando sonó el timbre, ya temblaba.
Llevaba meses deseándola en silencio, leyendo sus mensajes privados, siguiendo sus pasos. Cuando la cité en el hotel con una máscara, ella no supo que era yo.
Cuando escuché la puerta, supe que el almuerzo en la oficina había terminado mal. Yo lo esperaba en la encimera, con las piernas cruzadas y el encaje negro pegado a la piel.
Subí a la habitación con el corazón en la garganta y un conjunto de encaje rojo bajo el vestido. Diego ya no era una voz al teléfono.
Tenía los dedos sobre el teclado y un capítulo a medias cuando vibró el teléfono. Su voz al otro lado bastó para que dejara de escribir y empezara a improvisar.
Saqué sus bragas del cesto convencido de que dormía. Levanté la vista y ahí estaba ella, en la puerta, mirándome con la incredulidad ya convertida en otra cosa.
La primera vez que me contó su fantasía, terminé tocándome en su baño. La segunda vez, me ofrecí yo misma como conejillo de indias y crucé la puerta con la lencería puesta.
Cuando salí del baño, Sebastián tenía las prendas rosadas en la mano y esa mirada firme que sabía que no iba a poder rechazar.
Sonó el teléfono mientras etiquetaba mercancía nueva. Era ella, otra vez, con la voz baja de quien no quiere que la escuchen del otro lado de la pared.
Me pidió un rapidito mientras escribía. Salió del baño oliendo a él y yo me puse las medias de encaje. Lo demás todavía me lo saboreo.