La mirada que nos encendió en el supermercado
Llevaba medias de red y una faldita negra. Me quedé a dos metros haciéndome el desconocido mientras él la devoraba con los ojos desde el suelo.
Llevaba medias de red y una faldita negra. Me quedé a dos metros haciéndome el desconocido mientras él la devoraba con los ojos desde el suelo.
Había esperado meses para ese sábado. Tacos altos, lencería de encaje, la quinta para mí sola. Nadie debía verme. Entonces llegó Roberto desde la quinta de enfrente.
El 23 de diciembre, mientras ella cocinaba de espaldas, me cambié en silencio. Cuando dije «oh, oh, oh», se quedó inmóvil. El resto de la noche fue nuestro.
Llegué con encaje y tacos altos esperando a Héctor. Diego me abrió la puerta con una sonrisa irónica y yo no podía articular ni una sola palabra. Pero los tacos cambiaron todo.
La apuesta fue simple: el disfraz más atrevido gana. Lo que Sonia no esperaba era que Vera saliera de su cuarto con nada más que un arco y una sonrisa.
Recibí el paquete un martes sin aviso previo. Dentro, tres bikinis que él había elegido solo. La nota decía: «Pruébatelos esta tarde. Dos fotos de cada uno. No improvises los ángulos.»
Estaba a punto de cerrar la app cuando llegó el tap. Trescientos metros. Cerca. Demasiado cerca para ignorarlo un domingo sin planes.
Laura llevaba la rabia en la piel y yo sabía exactamente cómo ayudarla a soltarla. Esa noche en el departamento no fue como las otras.
Lo que empezó como mensajes inocentes en redes terminó con él alzándome en brazos hacia una habitación de motel a las dos de la mañana.
El uniforme de porrista, cinco jugadores y demasiada cerveza. Esa noche perdí algo que creía importante y descubrí que no lo era tanto.
La conocí en un foro de internet. Cuando me confesó que era virgen a su edad, supe que esa visita iba a ser algo que los dos recordaríamos siempre.
Una semana de trabajo sin respiro, apenas besos antes de dormir. Pero el viernes llegó y ella apareció en lencería negra con una sonrisa que lo decía todo.
Estaba desnuda cuando escuché la música. Me giré y ahí estaba Sofía, de rodillas, con una cajita en las manos y los ojos llenos de lágrimas.
El martes amaneció distinto. Primero llegó Valeria con lencería negra y una jaula de castidad. Después llegó él: enorme, de barba espesa y mirada que lo decía todo.
Subió al piso 28 con el vestido morado y los tacones de aguja sabiendo lo que iba a pasar. Lo que no esperaba era que su cuerpo no obedeciera la promesa de no sentir.
Cuando cruzamos la puerta de casa, sus labios encontraron los míos y yo olvidé, por un instante, todo lo que tenía que confesarle.
Cuando subí al cuarto las encontré en ropa interior, riéndose. Habían intercambiado la lencería. No supe si era un juego o una invitación.
Nadia me apretó la mano antes de entrar. Yo pensé: o nos despiden o nos casamos. Salimos con fecha de boda y con ganas urgentes de celebrarlo.
Ajustó los binoculares hacia la ventana iluminada del cuarto piso y encontró algo que no estaba destinado para él.
Lo que empezó como una salida a comprar ropa provocativa terminó con las manos de un extraño en mis nalgas, mientras mi esposo sonreía detrás de él.