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Relatos Ardientes

Engañé a mi esposa con la brasileña de la fiesta

Me llamo Carolina, tengo veintiocho años y vivo en Rosario. Estoy casada desde hace poco más de dos años con Romina, y lo que voy a contar es completamente real. No es algo que pueda decir en voz alta delante de cualquiera, pero necesito sacarlo de adentro, aunque sea escribiéndolo.

Soy una mujer casada a la que le gustan las aventuras. El sexo furtivo, lo prohibido, el riesgo de que todo se descubra. Y sí, me gustan las mujeres distintas a la mía. No tengo una explicación elegante para eso. Simplemente me pasa: veo a alguien que me atrae y se me enciende algo por dentro que no sé apagar.

No soy de salir de caza. No ando ofreciéndome ni armando planes para llevarme a nadie a la cama. Pero a veces la vida me pone a alguien enfrente y salta la chispa, y cuando salta no hay manera de fingir que no la sentí.

A Romina la conocí en la universidad. Compartíamos algunas materias y yo era amiga de uno de sus compañeros. Un viernes salimos todos juntos a un boliche del centro. Con ella teníamos buena onda desde el primer día: charlábamos fácil, nos reíamos de las mismas cosas, había una corriente cómoda entre nosotras. Esa noche, sin embargo, ella se fue temprano, tipo tres de la mañana, porque al otro día tenía que ayudar a su padre en el negocio familiar.

Yo me quedé. Seguí bailando, tomando, dejándome llevar por la música. Y terminé en la cama de una chica que conocí esa misma madrugada. Se llamaba Lúcia, era brasileña, de São Paulo, y el sexo con ella fue de otro planeta. Intenso, descarado, sin pedir permiso. Justo como me gusta.

El lunes, cuando volví a la facultad, Romina y yo empezamos a hablar más seguido.

—¿Cómo te fue después de que me fui? —me preguntó, curiosa.

—Bien, tranqui —le dije, sin entrar en detalles.

Seguimos charlando y las cosas fluyeron solas. Unos días después me invitó a tomar algo en un bar pequeño cerca de la costanera, y de ahí terminamos en mi departamento. Esa noche fue distinta a la de Lúcia: fue lenta, dulce, llena de besos suaves y manos que tomaban su tiempo. No fue solo deseo. Fue ternura. Y desde ese momento ya no nos separamos.

Me enamoré de ella por completo. De verdad. Antes de seguir, dejen que les cuente un poco cómo somos las dos.

Yo soy bajita, mido un metro cincuenta y siete. Morocha, de pelo largo hasta los hombros, negro y lacio. Tengo los pechos generosos, la cintura marcada y una cola redonda que siempre llamó la atención. Voy al gimnasio cuatro o cinco veces por semana, así que tengo las piernas firmes. Me encanta vestirme provocativa, sentir cómo me miran cuando entro a un lugar.

Romina es preciosa de otra manera. También bajita, un metro cincuenta y nueve, de piel muy blanca y pelo rubio corto que le llega al cuello. Tiene los ojos verdes, los pechos medianos, la cintura de avispa. Entrenamos juntas casi siempre; es parte de lo que nos une, esa rutina de cuidarnos la una a la otra.

Después de un tiempo de novias decidimos irnos a vivir juntas a mi departamento. Yo quería que esto funcionara más que ninguna otra cosa, porque la amaba de verdad. Pero a los cuatro meses de convivencia, la embarré. Y la embarré feo.

***

Fue en una casa quinta que una amiga había alquilado para festejar su cumpleaños. Había mucha gente, casi todas mujeres, música fuerte y tragos que no paraban de servirse. Romina no pudo acompañarme: estaba de viaje por trabajo y no llegaba para esa noche. Así que fui sola, con la excusa de quedarme un rato y volver temprano.

Estaba bailando en una ronda de amigas, riéndome, sintiéndome libre, cuando de golpe la vi acercarse entre las luces de colores. Morena, alta, con una sonrisa que reconocí al instante. Era Lúcia. La brasileña. No lo podía creer.

Se acercó sin dudar, me tendió la mano y me sacó a bailar. Entre la música, el alcohol y el humo, terminamos bailando una contra la otra durante un rato largo, cada vez más pegadas. Empecé a calentarme sin poder evitarlo. Ella me hablaba al oído y me miraba de un modo que me dejaba sin aire, esa mirada que dice todo sin decir una palabra.

Teníamos las manos izquierdas entrelazadas. Con la otra, ella empezó a acariciarme el muslo, subiendo y bajando despacio, dibujando círculos por encima de la tela del vestido. Yo sabía que eso no podía pasar. Le pedí que parara, que no siguiera, que esas caricias me estaban gustando demasiado.

La carne es débil, pensé, y la mía esa noche estaba pidiendo a gritos algo que no debía.

Me tomó firme de la mano y me guio entre la gente hacia una de las habitaciones vacías del fondo. En ese momento yo no pensaba en Romina, ni en la culpa, ni en lo que iba a sentir después. Solo pensaba en volver a tener a esa mujer encima de mí.

Entramos y cerró la puerta con el pie. No aguantamos ni dos segundos: nos lanzamos a besarnos como si nos hubiéramos estado conteniendo años. Sus labios eran suaves y exigentes a la vez, y su lengua jugaba con la mía mientras sus manos ya buscaban el cierre de mi vestido.

Nos desvestimos a tirones, dejando la ropa tirada en el piso, hasta quedar las dos en ropa interior. Caímos sobre la cama con ella encima de mí, sin separar la boca de la mía en ningún momento. Sentía su peso, su calor, el roce de su piel contra la mía, y todo eso me prendía como una mecha.

Sus manos me desabrocharon el corpiño y lo apartaron. Después acarició mis pechos despacio, jugando con la punta de los dedos hasta que se me pusieron duros, y yo arqueé la espalda buscando más. Las dos suspirábamos en voz baja, conteniéndonos para que nadie escuchara del otro lado de la puerta.

Bajó la mano por mi vientre, enganchó el elástico de la tanga y me la deslizó por las piernas. Me abrió los muslos con cuidado y pasó un dedo, apenas, sobre mis labios húmedos. Ese solo roce me hizo gemir contra su hombro. Estaba mojada, lista, desesperada por ella.

Entonces se acomodó, cruzó una pierna sobre la mía y juntó su sexo con el mío. Empezó a moverse, a frotarse, despacio primero y después con más fuerza, y yo le seguí el ritmo con las caderas.

—Así, seguí, no pares —le pedí en un susurro entrecortado.

—Sos insaciable, Caro —me dijo al oído, sin dejar de moverse contra mí.

—No pares, por favor, no pares —repetía yo, mientras nuestras caderas iban cada vez más rápido.

El roce era exacto, perfecto, y sentía que todo el cuerpo se me iba tensando como una cuerda a punto de cortarse. Me mordí el labio para no gritar, pero los gemidos se me escapaban igual, ahogados contra su cuello.

—No aguanto más —le dije—. Me voy a venir.

—Vení, dale, acabá conmigo —me respondió, apretándose todavía más fuerte contra mí.

Y acabé. Acabé temblando, agarrada de sus caderas, con un orgasmo que me recorrió entera y me dejó sin fuerzas. Ella siguió moviéndose un poco más, hasta que también se vino, mordiéndome el hombro para no hacer ruido.

Esa noche no fue una sola vez. Lo hicimos tres veces más en esa habitación prestada. Dos veces haciendo la tijera, sintiendo cómo nuestros cuerpos encajaban, y una vez en un sesenta y nueve interminable en el que ninguna de las dos quería ser la primera en parar. Lo disfrutamos al máximo, sin culpa, en ese paréntesis donde el mundo de afuera no existía.

***

Después nos vestimos, nos arreglamos el pelo frente a un espejo torcido y bajamos las escaleras con una sonrisa que no podíamos disimular. Un par de chicas nos vieron salir juntas de la habitación y me crucé con sus miradas cómplices. Estamos fritas, pensé, aunque por dentro seguía flotando.

Me despedí de Lúcia con un último beso largo en el pasillo, sabiendo que probablemente no volvería a verla, y me fui.

Volví a casa cerca de las seis de la mañana. Tenía el olor a sexo y el perfume de Lúcia fundido en cada parte de mi cuerpo. Y para mi sorpresa, cuando abrí la puerta del departamento, las luces de la cocina estaban encendidas. Romina había regresado antes de tiempo.

—¿Cómo te fue anoche, mi amor? —me preguntó, abrazándome apenas me vio entrar.

—Muy bien —le dije, abrazándola con una mezcla de alivio y pánico—. Fue una noche linda.

Me sonrió y me besó con ganas, sin sospechar nada. Sentí el corazón latirme en la garganta. Pensé que el olor me iba a delatar, que iba a leer la culpa en mi cara, pero ella solo me miraba con esos ojos verdes llenos de amor.

Me llevó de la mano hasta la cama y empezó a desvestirme. Esa madrugada me hizo el amor con más intensidad que de costumbre, como si me hubiera extrañado de verdad en su viaje. Y mientras nos movíamos juntas, giré la cabeza y vi mi reflejo en el espejo del placard.

Tenía la cola todavía un poco roja por las nalgadas de Lúcia.

El corazón me dio un vuelco. Me puse a pensar a toda velocidad cómo iba a explicar eso si ella lo notaba. Para distraerla, empecé a besarle el cuello con desesperación, le susurré que me apretara fuerte, que me marcara ella también, mezclando las marcas para que no se entendiera nada.

—Qué rico perfume tenés puesto —me dijo de pronto, hundiendo la nariz en mi cuello.

Mi mente trabajó rápido.

—¿Te gusta? Vos también tenés un olor riquísimo, mi amor —le contesté, devolviéndole el cumplido para tapar el mío.

Tal vez fue mi imaginación, tal vez de verdad sospechó algo y prefirió no preguntar. Pero esa noche lo disfrutó como nunca, y yo también, con el corazón a mil por haber estado al borde de que me descubriera.

Esa fue la primera vez. No fue la última. Pero esa noche entendí algo de mí misma que todavía no sé si me asusta o me gusta: amo a Romina con toda el alma, y aun así no puedo apagar el fuego que se me enciende cuando otra mujer me mira como me miró Lúcia.

Continuará.

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Comentarios (4)

Vivi_BA

impresionante como lo contás, me quedé pegada hasta el final!!

Marce_L

Por favor necesito una segunda parte, quede con muchas ganas de mas. Que buen relato!

SilviaMar

Me recordo tantisimo a una situacion que viví hace un tiempo... esas cosas pasan mas seguido de lo que la gente cree jaja. Muy bueno

NocheLectora2

Muy bien escrito, se siente la tension de volver a casa despues. El final me dejo pensando un buen rato

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