Volví a París por la mujer que me había mentido
Abrí los ojos y lo primero que vi fue su cara. Estaba inclinada sobre la cama del hospital, con el pelo recogido a medias y unas ojeras que no le había visto nunca. Por un segundo pensé que seguía soñando, porque hasta dormida la había estado buscando.
—No vuelvas a hacerme esto —dijo Renata, y su voz se quebró en la última palabra—. Perdiste tanta sangre que los médicos no me daban nada seguro. Pensé que te ibas.
Quise contestarle algo y descubrí que tenía la garganta seca. Ella me acercó un vaso de agua a los labios y me sostuvo la nuca con una mano. Ese gesto, tan cuidadoso, no encajaba con lo que yo creía saber de ella.
—Tengo que contarte la verdad —dijo entonces, y apartó la vista—. Mi nombre sí es Renata. Lo demás no. No soy guía turística. Soy policía.
La miré sin entender, o entendiendo demasiado rápido para que doliera de golpe.
—Llevábamos años detrás de Carla y de Bianca. Tú eras el hilo que las unía sin que lo supieras. Carla nunca te perdonó lo del colegio, te investigó durante meses, y cuando supo de tu historia con Bianca las dos decidieron usarte. Querían cargarte sus delitos. Lo que no calcularon fue que tú las grabaras. Esa grabación es lo que las manda a la cárcel.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿Tú dónde estabas en todo eso?
Renata tardó en responder. Cuando lo hizo, no me miró.
—Yo me acerqué a ti para llegar a ellas. Ese era el plan. Conocerte, ganarme tu confianza, esperar. Todo lo que pasó después no estaba en ningún informe.
Cerré los ojos. Sentí cómo algo se me rompía por dentro, despacio, como una grieta que avanza por una pared.
—Entonces cada noche, cada conversación, cada vez que me dijiste que me querías… ¿era trabajo?
—No —dijo, y por fin me miró—. Eso fue lo único que no supe fingir. Y es lo que más me asusta.
***
Le pedí que se fuera. No porque no la quisiera, sino porque la quería demasiado para soportar verla mientras la rabia me hervía en el pecho. Salió de la habitación y se quedó en el pasillo, de pie, como una guardia que ya no tenía a quién custodiar.
Valeria, mi amiga de toda la vida, fue la que entró después. Se sentó en el borde de la cama, me tomó la mano y no dijo nada durante un rato largo.
—Habló conmigo antes de subir —murmuró al fin—. Lloraba, Lucía. Lloraba de verdad. Me dijo que se equivocó en todo menos en quererte, y que si tú no la querías cerca, se iría del país para no hacerte más daño.
—Me mintió —dije, con la voz hecha trizas—. Me hizo enamorarme de una mentira.
—Te hizo enamorarte —corrigió Valeria—. La mentira fue su trabajo. El temblor de sus manos cuando habla de ti no se puede fingir, créeme. Lo vi.
No quise darle la razón. Pero esa noche, sola en la oscuridad del hospital, lo único que dibujaba mi mente eran sus ojos, su boca, la forma en que se reía contra mi cuello las pocas mañanas en que dormimos juntas. Y se me escapaba, traidora, una sonrisa.
***
Me dieron el alta unos días más tarde. Volví a mi piso, me cambié de ropa y traté de convencerme de que podía seguir adelante sola. Pasaron semanas. Renata llamaba a Valeria para preguntar por mí, nunca a mi número. Cada vez que mi amiga me lo contaba, yo fingía indiferencia y me encerraba en el baño a respirar hondo.
—Está igual que tú —me dijo Valeria una tarde, harta de mi orgullo—. Las dos sufriendo a kilómetros de distancia por puro miedo. ¿Cuánta gente más vas a dejar que se te escape de las manos?
Me quedé pensativa. Había perdido demasiado en muy poco tiempo. ¿De verdad quería perderla a ella también, por no tragarme el orgullo?
—Vete —dijo Valeria antes de que yo abriera la boca, y me tendió un sobre—. Hay un vuelo a tu nombre saliendo esta noche y un coche esperándote en París. No preguntes cómo. Solo ve.
***
París me recibió con un cielo bajo y la promesa de lluvia. El coche me dejó cerca de los jardines donde la había visto por primera vez, aunque, claro, ni eso había sido casualidad. Caminé sin saber muy bien hacia dónde, dejando que las piernas me llevaran al único lugar que tenía sentido: la sala del museo donde una tarde, frente a una escultura de dos amantes de mármol, ella me había confesado que ya no podía seguir mintiéndome.
No estaba allí. El corazón se me cayó al suelo.
Entonces recordé el banco junto a la fuente, donde solíamos sentarnos a ver caer la tarde. Apreté el paso. Y la vi.
Estaba sentada de espaldas, con un abrigo fino y el cuello encogido contra el frío. Reconocí su nuca antes que su cara, esa nuca que había besado mil veces. Me acerqué despacio. Cuando se giró, tenía los ojos rojos.
—Viniste —dijo, como si no terminara de creérselo.
—¿Crees que dos personas que se mintieron pueden empezar de nuevo? —pregunté, sin sentarme todavía.
Renata se levantó. Estábamos tan cerca que sentí su respiración.
—Creo que tú eres lo único verdadero que me pasó en años —contestó—. Y que si me das una oportunidad, no voy a desperdiciarla.
No hubo más palabras. Le tomé la cara con las dos manos y la besé, y fue como si todo el ruido del mundo se apagara de golpe. Su boca temblaba contra la mía, salada de lágrimas, y aun así me devolvió el beso con un hambre que no le conocía. Sentí sus dedos cerrarse en mi cintura, atrayéndome, y supe que ya no iba a soltarla.
***
El piso al que me llevó era pequeño y cálido, con las ventanas empañadas y la ciudad encendida abajo. Apenas cerró la puerta, me empujó con suavidad contra ella y volvió a besarme, esta vez sin prisa, recorriéndome la boca como si quisiera memorizarla.
—Pensé que no volvería a tenerte así —murmuró contra mis labios.
—Cállate —le dije, y le mordí el labio inferior—. Demuéstramelo.
Me quitó el abrigo y lo dejó caer al suelo. Sus manos buscaron los botones de mi camisa con una calma que me desesperaba, abriéndolos de a uno mientras me besaba el cuello, la clavícula, el hueco entre los pechos. Cada roce de su boca me erizaba la piel. Cuando me bajó la camisa por los hombros y me quedó la espalda contra la pared fría, un escalofrío me recorrió entera.
—Tienes la piel de gallina —susurró, sonriendo.
—Es por ti —admití—. Siempre fue por ti.
Me tomó de la mano y me llevó a la cama. Nos desnudamos despacio, sin dejar de mirarnos, como si cada prenda que caía borrara un poco de la distancia de esas semanas. Cuando por fin sentí su cuerpo desnudo contra el mío, su piel tibia, sus pechos rozando los míos, dejé escapar un suspiro que llevaba semanas conteniendo.
Renata me besó el cuello mientras su mano bajaba por mi vientre. Sus dedos se demoraron en cada centímetro, dibujando círculos lentos, esperando a que yo arqueara la espalda para seguir. Cuando me tocó entre las piernas y me encontró húmeda, gimió contra mi oído como si ese descubrimiento la desarmara.
—Te extrañé tanto —dijo, y empezó a acariciarme con un ritmo que me hizo cerrar los puños sobre las sábanas.
Yo no podía hablar. Solo separar más las piernas, abrirme a ella, dejar que sus dedos entraran despacio mientras su pulgar seguía trazando ese círculo que me subía el calor por el pecho. Le hundí las uñas en la espalda. Ella respondió besándome más hondo, devorándome, moviéndose dentro de mí con una precisión que solo da conocer a alguien de memoria.
—Mírame —le pedí, con la voz rota—. No cierres los ojos.
Y me miró. Me sostuvo la mirada mientras yo me deshacía bajo su mano, mientras el placer me trepaba desde el centro del cuerpo hasta convertirse en un temblor que no pude callar. Me corrí contra sus dedos, aferrada a ella, repitiendo su nombre como si fuera la única palabra que me quedaba.
***
Cuando recuperé el aliento, la giré sobre la cama y me coloqué encima. No iba a dejar que ella tuviera la última palabra, ni siquiera ahí. Le besé los pechos, le mordí apenas el pezón hasta arrancarle un gemido, bajé por su vientre dejando un rastro húmedo de besos.
—Lucía —jadeó, hundiendo los dedos en mi pelo.
No le contesté. Le abrí las piernas con las manos y la probé despacio, con la lengua plana, sintiéndola estremecerse bajo mi boca. Estaba empapada, caliente, y cada vez que yo subía hacia ese punto que la hacía arquearse, ella tiraba más fuerte de mi pelo. La sostuve por las caderas para que no se escapara y me entregué a ese sabor que tantas noches había echado de menos.
—No pares —rogó—. Por favor, no pares.
No paré. La llevé hasta el borde con la lengua y la dejé caer, una y otra vez, hasta que su cuerpo entero se tensó como una cuerda. Cuando se corrió, lo hizo con un grito ahogado contra la almohada, las piernas cerrándose alrededor de mi cabeza, las manos buscándome a ciegas. Subí entonces para abrazarla y la sentí temblar todavía entre mis brazos.
***
Nos quedamos enredadas mucho rato, sin hablar, escuchando la lluvia que por fin se había soltado sobre los tejados de París. Le acariciaba la espalda con la punta de los dedos y ella tenía la cabeza apoyada sobre mi pecho.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
—Ahora dejo la policía —dijo, sin dudar—. Estoy cansada de fingir ser otra persona. Quiero una vida en la que no tenga que mentirle a la mujer que duerme a mi lado.
Sonreí en la oscuridad. Pensé en todo lo que había perdido para llegar hasta ese cuarto, en la rabia, en las semanas de silencio. Y pensé que, de algún modo retorcido, todo ese dolor me había traído exactamente al único lugar donde quería estar.
—Me mentiste en todo —le dije, jugando con un mechón de su pelo.
—En todo menos en una cosa —contestó, levantando la cabeza para mirarme.
—Lo sé —murmuré, y la besé otra vez—. Esa es la única que me importa.
Afuera seguía lloviendo. Adentro, por primera vez en mucho tiempo, no había nada que esconder.