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Relatos Ardientes

La guía de mi viaje a Bali me hizo perder el control

No sé si debería contar esto. Todavía no me creo el giro que dieron las cosas y, aunque me juré que me lo iba a llevar a la tumba, basta con que lo recuerde para que el calor me vuelva a subir por dentro. Necesito sacarlo de alguna manera. Necesito desahogarme.

Me llamo Carla, tengo treinta y un años y soy abiertamente lesbiana. Soy muy femenina, y eso, créanme, me ha traído más de un dolor de cabeza con las chicas. Mi tipo también son las femeninas, y ahí está mi desgracia: a las fem casi siempre les gustan las masculinas, o por lo menos buscan esa energía aunque la otra sea delicada. Yo no funciono así.

Soy más suave que un helado al sol, eso es verdad. Pero mi suavidad termina en la puerta del dormitorio. Ser femenina no significa ser pasiva. En mi humilde opinión, no hay nada más excitante en este mundo que ver a una mujer rogando que la folles hasta que se venga. El problema es que casi nunca llegan a descubrirlo, porque se quedan con las apariencias. Y como tampoco soy de lanzarme, todo eso se resumía en una cosa: llevaba casi dos años de ayuno absoluto.

Eso cambió de raíz el mes pasado, en mi viaje a Bali.

***

En cuanto la vi, mi cabeza se puso a trabajar buscando la manera de conquistarla. Me había prometido a mí misma que en este viaje sería más atrevida. Esperaba oportunidades, porque en la isla son bastante abiertos con todo el mundo, pero jamás pensé que iba a caer tan rápido.

Indira, la guía que le asignaron a nuestro grupo, era lo más hermoso que habían visto mis ojos. Cabello negro y lacio hasta la cintura, una sonrisa tímida, una cintura mínima y un par de pechos que parecían dibujados a propósito para volverme loca. Era la definición exacta de la mujer de mis sueños más húmedos. Cuando se presentó, su acento al hablar español me pareció lo más tierno del planeta.

Tengo tantos planes para esa boca tuya, pensé mientras ella nos explicaba el itinerario.

Solo tenía una semana. Así que, manos a la obra.

***

De más está decir que no me despegué de ella. La saludaba cada mañana con un beso y un abrazo, robándole de paso ese perfume de vainilla que llevaba pegado a la piel. En cada oportunidad le preguntaba por sus gustos, por lo que hacía en su tiempo libre, por su vida. Para el tercer día ya la sentía cerca de un modo que me asustaba un poco.

Se nos hizo costumbre encontrarnos cada tarde en una cafetería al lado del hotel. Las conversaciones fluían solas, sin esfuerzo. Nos habíamos contado casi la vida entera.

—Es gracioso cómo, sin importar el continente, los hombres son infieles en todos —dijo Indira removiendo su café.

—No creas que de este lado del mundo somos tan distintas —le respondí riéndome.

—Nunca va a ser igual.

—¿Y lo has probado? —pregunté, tanteando el terreno.

—¿Probar qué? ¿Estar con una mujer?

—Sí. Eso.

—He tenido mis experiencias. Nada largo. Son muy complicadas —dijo, sonriendo de costado.

—Yo no soy complicada —le solté, con la mirada más coqueta que tenía guardada.

—Eso dicen todas. Tendría que comprobarlo.

—¿Estás libre esta noche? —pregunté, completamente seria.

Ella soltó una carcajada. Al ver que yo no movía un solo músculo de la cara, frenó en seco.

—Perdona, pensé que bromeabas —dijo, de pronto cohibida.

—Solo es una broma si tú quieres que lo sea —respondí, poniendo mi mano sobre la suya.

Hubo un par de segundos en los que todo se quedó en silencio. Me recorrió de arriba abajo con la mirada y algo en su expresión cambió. Me atrevo a decir que esa fue la primera vez que me vio como algo más que una turista simpática.

—Esta noche hay un evento solo de chicas, de ocho a diez, en un club del centro. ¿Quieres acompañarme?

—Sería un placer —contesté, sin poder esconder la emoción en la voz.

***

Esa noche me puse un vestido negro corto, de tirantes, pegado al cuerpo. Tacones y el pelo suelto. Le dediqué un buen rato al maquillaje: nada exagerado, pero llamativo. Cuando me miré al espejo, el corazón se me aceleró. Dios, me veo bien. Si con esto no cae, me cambio el nombre.

Al llegar al club los nervios empezaron a jugarme en contra. La espera me desesperaba, así que pedí un trago para calmarme. No sirvió de nada, porque en cuanto la vi sentí que se me bajaba la presión. Indira llevaba un conjunto de top y falda en rosa pastel, con un brillo sutil que resaltaba cada una de sus curvas. Esa mezcla de niña buena y de mujer peligrosa hizo que todo entre mis piernas reaccionara, latiendo, humedeciéndose. No sé cómo, pero tuve que contener las ganas de saltarle encima ahí mismo.

El tiempo corría demasiado rápido para mi gusto. Entre tragos y esa mirada suya que me desnudaba de a poco, sentía que la temperatura del cuerpo se me iba a las nubes.

—¿Qué? ¿Qué dijiste? —le grité por encima de la música.

—Que si la estás pasando bien —repitió, acercándose a mi oído.

—Es que la música no me deja escuchar. Pero sí, no podría estar mejor —le respondí también al oído, sosteniéndola por la cintura y dejándole un beso corto en el cuello.

Su cuerpo se estremeció bajo mi boca. Su mirada decía más que mil palabras.

—Acompáñame —murmuró, y me tomó de la mano para llevarme a un rincón más apartado.

Sin esperar un segundo más, se abalanzó sobre mí y me besó. Besaba de una forma que me desarmaba. Pequeñas mordidas entre beso y beso, las manos que no se quedaban quietas: me acariciaba los muslos, me apretaba la cintura, me chupaba el cuello, los lóbulos. Me estaba devorando. Mis jadeos subían y, por más que intentaba tomar la iniciativa, me había paralizado por completo. La mente en blanco. Su destreza me tenía con la excitación por las nubes.

Empezó a bajar repartiendo besos húmedos hasta mis muslos, chupando la piel desnuda, subiendo despacio. Yo estaba a punto de colapsar. No había nada que deseara más en ese momento que sentir su aliento caliente entre mis piernas.

—Así que sin ropa interior, ¿eh? —dijo, mirándome a los ojos desde abajo, arrodillada.

—Es que… no iba bien con el vestido —respondí entrecortada.

—Vaya excusa, linda. Me encanta.

Lo siguiente que sentí fueron sus lengüetazos tímidos en el clítoris y sus dedos jugando en mi entrada. De a poco fue subiendo la velocidad, la fuerza de la lengua, los dedos hundiéndose en mí, haciendo magia. No pasó ni un minuto antes de que explotara en su boca.

—Aaah, no… —grité, presionándole la cabeza contra mi centro con las dos manos.

—¿No? —preguntó confundida, acomodándome el vestido.

—Perdón… es que… no duré nada. Hace mucho que no…

—No pasa nada, Carla. Eso no es algo malo —dijo, besándome la mejilla.

Solo suspiré. Mi nombre saliendo de esa boca que olía a mí era adictivo. De golpe tomé conciencia de la música que sonaba a lo lejos y la vergüenza me cayó encima.

—¿Quieres ir a un lugar más tranquilo? —ofreció, al notar mi incomodidad.

—Estaría bien caminar un poco —le agradecí.

Durante el regreso, el ambiente volvió a ser liviano. Tomadas de la mano, bromeábamos como si nada. Nos despedimos con un último beso intenso en la puerta de mi habitación. Pensé en invitarla a pasar, pero recordé que a las seis de la mañana teníamos un tour de buceo y me contuve.

—Buenas noches, linda.

—Que descanses, Indira.

—Después de lo que acaba de pasar, no creo que pueda. Pero lo intentaré.

***

Me costó dormir. Estaba asombrada de cómo había perdido el control. Indira había tomado las riendas y yo no había podido resistirme ni un segundo. Tenía que recuperar el mando de la situación. Yo no era así.

El viaje a la pequeña isla del sur fue espectacular. Playas de un azul imposible, comida local en cada esquina, mil actividades. Pero a Indira la sentía lejos: iba de un lado a otro, pendiente de todos, vigilando que cada detalle estuviera en orden. La necesitaba solo para mí.

Esa noche la invité a cenar con la idea de que terminara en mi habitación. Tal como lo planeé, funcionó. Ya adentro, esta vez fui yo quien tomó la iniciativa. La besé durante un buen rato mientras le tomaba los pechos y los apretaba una y otra vez. Sus jadeos eran roncos, y se dispararon cuando empecé a rodearle los pezones con la lengua, a succionarlos despacio.

Bajé la mano para desabrocharle el short, pero ella me frenó en seco. Me lanzó sobre la cama, me sostuvo las muñecas por encima de la cabeza y empezó a besarme con violencia. Me fue desnudando de a poco, acariciando cada centímetro de mi piel. Esta vez sus lengüetazos entre mis piernas no eran tímidos: eran lamidas llenas de hambre. Empecé a temblar sin poder evitarlo, a no sentir las piernas. Era una guerra de poder que no tenía ninguna garantía de ganar.

—Déjame probarte —le supliqué.

—Espera. Todavía no.

—Déjame tocarte.

—Solo disfruta lo que te hago, linda.

—¿Eres de las que no dejan que las toquen? —pregunté, ya resignada a mi mala suerte.

—No. No es eso.

Para mí, eso fue luz verde. Me coloqué a horcajadas sobre ella y, sin darle tiempo a reaccionar, le bajé el short. Y me quedé petrificada con lo que vi.

Ella… ella tenía pene.

—¿Pero…? ¿Tú…? —balbuceé.

Me quedé sin palabras. Todo me daba vueltas. ¿Cómo era posible? Sus facciones eran delicadas, su cuerpo era femenino hasta el último gesto. Habíamos conectado como jamás había conectado con un hombre. ¿Cómo no me había dado cuenta?

—Carla, lo siento. Debí decírtelo antes —murmuró, intentando subirse el short de nuevo.

—Espera. —Puse la mano sobre el cierre, impidiendo que lo cerrara.

No sé si fue la excitación que ya cargaba, o lo mucho que me gustaba la persona que tenía enfrente, pero todos mis prejuicios se desvanecieron. No sabía qué estaba haciendo. Solo sabía que quería hacerlo.

—Eres hermosa —le dije antes de besarla.

A partir de ahí perdí la noción de mis actos. Tomé su miembro y empecé a masturbarlo despacio, de arriba abajo. Lo sentía crecer en mi mano, y Dios mío, no era nada pequeño. Apoyé la punta de la lengua en el glande, lamí, y de a poco me lo fui metiendo entero en la boca, succionándolo una y otra vez. Jamás pensé que disfrutaría de algo así, pero levantar la mirada y ver la cara de Indira encendida, el pelo revuelto, los ojos cerrados, la boca entreabierta gimiendo sin pudor… eso no tenía explicación lógica. Y ya no podía detenerme.

—Hazme tuya —le susurré.

—Carla, ¿segura?

—Por favor. Lo necesito.

***

Quedé boca arriba con Indira entre mis piernas. Me tomó de las caderas, las elevó un poco y empezó a entrar despacio. Primero la punta, después fue llenándome de a poco.

—Si te molesta, dime que pare, ¿de acuerdo?

—Ajá —asentí, sintiendo cómo todo el cuerpo se me erizaba y un calor desconocido me crecía en el vientre.

—Ahh… Indira, se siente… se siente demasiado bien —dije entre gemidos.

—La que se siente bien eres tú… tan caliente, tan mojada.

—Dame más —imploré.

La metió completa de una sola vez, hasta la base, y yo solté un chillido ahogado. Nuestros pechos quedaron alineados de tal manera que, con cada embestida, los pezones se rozaban. Era una experiencia de otro nivel. Después de un rato cambiamos de posición y esta vez el control, si es que puede llamarse así, lo tenía yo. La cabalgaba como si fuera el fin del mundo, moviendo las caderas en círculos, hacia los lados, hacia adelante, o simplemente saltando sobre ella con frenesí. El sonido húmedo y nuestros gemidos rebotaban por toda la habitación.

—Eres tan hermosa, Carla… no pensé que te iba a gustar tanto —jadeó.

—A mí tampoco, créeme —le respondí, tomándole los pechos e intensificando el movimiento.

Estaba al borde del abismo, sin nada que pudiera frenarme.

—Carla, espera, si sigues así voy a terminar… espera —exclamó sofocada, sujetándome las caderas.

No le hice caso. Me moví con más energía todavía.

—Ahh… sí —grité.

—Sí… —gimió ella.

Nuestros gemidos al unísono, desbordados, llenos de liberación, nos consumieron a la vez. Caí sobre su pecho y me quedé inmóvil unos minutos, escuchando cómo su corazón golpeaba tan fuerte como el mío.

***

Los pocos días que quedaron no hubo uno solo en que no explorara este descubrimiento nuevo de mi sexualidad, siempre con los cuidados necesarios.

Ahora mismo tengo la cabeza hecha un desastre. ¿Debería seguir en contacto con ella? ¿O debería olvidar lo que pasó y buscar a una chica que me haga olvidarla? Si tan solo fuera tan fácil como suena.

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Comentarios (4)

AndreaNight

Dios mio, que relato!!! me enganche desde la primera linea y no pude parar

Luciana_Sur

Por favor seguí, quedé con ganas de saber más. Esto tiene que tener segunda parte sí o sí!!

MiriamVegas

Me recordo tanto a un viaje que hice por el caribe, esa tension de conocer a alguien en un lugar extraño donde nadie te conoce... lo captaste perfecto. Muy bien narrado

LectoFanatico

increible como transmitiste la tension desde el principio, se sentia que algo iba a pasar

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