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Relatos Ardientes

Mi mejor amiga me besó y ya no pudimos volver atrás

Todavía no entiendo en qué momento exacto todo se torció, y mucho menos cómo fui tan ciega para no verlo venir. Para que se entienda, tengo que empezar por el principio.

Hace poco más de un año me mudé sola a una ciudad nueva. No conocía a nadie, y la verdad es que nunca me hizo demasiada falta: siempre fui de las calladas, de las que prefieren un libro a una mesa llena de gente. Por eso fue casi un milagro cruzarme con Renata el primer día en el café donde empecé a trabajar. Ella fue la encargada de explicarme cómo funcionaba todo: el código de vestimenta, los horarios de descanso y, sobre todo, los rincones sin cámaras para cuando una necesitaba respirar lejos de los clientes pesados «o de este mundo cruel», según sus propias palabras.

Desde el primer minuto me pareció divertidísima, de esas personas que te dan ganas de tener cerca sin saber muy bien por qué. Era todo lo que yo no era: extrovertida, ruidosa, siempre con una sonrisa lista. Y guapa, demasiado guapa. Al principio me costaba un mundo quitarle los ojos de encima. Cada gesto suyo me resultaba hipnótico, y si a eso le sumamos que tenía un cuerpo que parecía dibujado a mano, supe enseguida que aquello iba a ser mi perdición.

Por suerte, esa especie de fiebre se fue apagando en los primeros meses. Empecé a verla como una amiga, mi mejor amiga en realidad, así que jamás intenté nada más. Era nueva en esto de tener a alguien tan cerca y me daba pánico arruinarlo. Nunca tuve suerte en ese terreno: cada vez que me acercaba a una chica, daba por hecho que iba con segundas. No me considero el estereotipo, pero mi forma de moverme y de vestir, poco femenina, siempre me delataba.

De todos modos, yo necesitaba un descanso de las relaciones, y Renata tampoco parecía interesada en conocer a nadie. Estábamos en la misma página. O eso creía yo.

Todo iba perfecto hasta esa noche. Ese estúpido juego. Si pudiera devolver el tiempo…

—Bueno, Lucía, ¿aceptas el reto o no? —me preguntó Bruno, con esa media sonrisa de niño grande.

—¿No te parece que ya estamos mayorcitos para esto? —respondí yo.

—Ay, no seas aguafiestas —dijo, poniendo los ojos en blanco.

Y ahí estaba yo, maldiciendo el momento en que acepté ir a esa fiesta con gente que apenas conocía. Los amigos de Renata se comportaban como si siguiéramos en el instituto. ¿Y por qué tuve que elegir reto, con lo fácil que habría sido inventar cualquier cosa si decía verdad?

El reto consistía en besar durante cinco segundos a la persona que tuviera a la derecha. Y, con mi suerte, a mi derecha estaba ella.

—Tranquila, no es para tanto —me dijo Renata con un tono despreocupado que, no sé cómo, me bajó un poco los nervios.

—Está bien —contesté, girándome hacia ella.

Cuando la miré a los ojos sentí que el aire se me escapaba un segundo. Respiré hondo e intenté besarla de la forma más inocente posible, apenas un roce, sin más contacto que el de nuestros labios. No funcionó.

Me perdí. Nos perdimos. El beso se volvió más hondo, más desesperado, más húmedo. Bajé las manos hasta su cintura y la atraje aún más hacia mí, como si el cuerpo decidiera por su cuenta.

Nos separamos de golpe al oír el pitido del temporizador, con las miradas atónitas de todos clavadas en nosotras.

—Guau, imagínate si de verdad quisieran —soltó Bruno, burlón.

—No es para tanto, ya cumplí. ¿Quién sigue? —dije, peleando por que la voz no me temblara.

A partir de ese momento, Renata no volvió a mirarme. Esquivaba mis ojos como si quemaran. Esa noche volvimos en el taxi en un silencio tan incómodo que solo quería que me tragara la tierra.

—Buenas noches, Renata. Avísame cuando llegues a casa.

—Buenas noches —contestó, apenas audible.

Me quedé esperando ese mensaje con la ansiedad subiéndome por la garganta. No podía sacarme de la cabeza el beso, lo suave de sus labios, el sabor a chocolate de su bálsamo, su respiración entrando en mi boca. Era solo un juego. No puedo mezclar las cosas. Ese beso no significaba nada… ¿o sí?

***

Durante toda la semana apenas cruzamos palabra. ¿La había incomodado? ¿Había roto nuestra confianza? Pero ella también me había correspondido. Seguro lo hizo para no quedar mal delante de los demás. Mis inseguridades y el miedo a perder lo que teníamos me estaban volviendo loca. No podíamos seguir así.

Renata seguía ignorando mis mensajes o respondiendo con monosílabos, de modo que tuve que tomar medidas drásticas. El domingo siguiente fui a su casa sin avisar. Las dos librábamos. No sabía si estaría, pero valía la pena arriesgarse.

Cuando toqué el timbre tenía el corazón a mil y una punzada en el estómago que me deshacía por dentro. Tardó unos minutos en abrir, y cuando lo hizo sentí como si se abriera un agujero en el suelo y yo cayera sin tocar fondo. Estaba en pijama, nada del otro mundo, pero el pelo le goteaba y la blusa a medio abrochar delataba que acababa de salir de la ducha. Y, otra vez, ese olor a chocolate invadiéndome, bloqueándome los sentidos. Esta vez venía de su pelo.

Me recordé a mí misma que había ido a arreglar las cosas con mi amiga y a pedir perdón por si me había pasado de la raya. No a pensar en besarle cada centímetro del cuello. No en hacerla terminar una y otra vez hasta que no le quedaran fuerzas.

—Hola. Perdona que tardé en abrir, no esperaba visitas —dijo, avergonzada, mientras entrábamos.

—No, yo tenía que haberte avisado. Pero no estaba segura de que fueras a contestarme —respondí tranquila; no quería que sonara a reproche—. Tenemos que hablar y lo sabes. ¿Qué pasa? ¿Hice algo malo?

—He estado muy ocupada estos días, pero estamos bien.

—Renata… si es por lo del beso, de verdad, perdóname. Fue un error.

—¡Nada tiene que ver ese estúpido beso ni ese estúpido juego! —gritó de pronto, perdiendo la calma que había sostenido hasta entonces—. ¡No todo gira a tu alrededor!

—¡Pues no soy adivina! —le respondí, desesperada—. ¡De un día para otro me ignoras y ni siquiera sé qué hice mal!

Vi cómo su expresión pasaba del enfado a la tristeza, y cómo los ojos empezaban a llenársele de lágrimas. Tenía razón. Quizá le preocupaba algo más y yo, egoísta, pensando que era por mí.

—Oye, ¿qué pasa? Puedes contarme lo que sea, para eso somos amigas, ¿no? —le dije ya calmada, tomándole las manos.

Ella me apretó los dedos y me miró directo a los ojos.

—Sé que no supe manejar mis emociones, y sé que la única responsable soy yo, pero…

—¿Cuál es el problema, Renata?

—El problema es… —dijo, con un temblor en la voz— que no quiero ser tu amiga.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Nunca quise serlo. Desde la primera vez que te vi me gustaste. Pero cuando empecé a conocerte y entendí que no estabas disponible, que de un día para otro ya me habías metido en la friendzone, no pude hacer gran cosa. Ni siquiera sé ligar con una mujer, por Dios. He tenido que replantearme un montón de cosas.

No paraba de hablar y yo no lograba procesar nada. Un año entero. Un año, y no me había dado cuenta. Todas las señales delante de mí y yo, ciega.

—…pero cuando me besaste supe que no podía seguir fingiendo, que no aguantaba más —continuó—. No pretendo que sientas lo mismo. Sé que me ves como una amiga. Solo quiero que entiendas por qué necesito alejarme, antes de que sea más difícil.

—¡Renata! —la interrumpí—. Yo no beso así a mis amigas.

Abrió los ojos de par en par, y antes de que pudiera reaccionar la agarré por la cintura y la besé. Sentí su cuerpo entero temblar bajo mis manos. No hacía falta decir nada más; nuestras lenguas se encargaban de aclarar el malentendido.

Estuvimos así un buen rato, incapaz yo de despegarme de ella. Una fuerza nueva me poseía, un hambre insaciable de su boca. Ya teníamos los labios enrojecidos, hinchados, y de los suyos escapaban pequeños jadeos que me dejaban las piernas como gelatina y una humedad imposible acumulándose entre los muslos. Sus manos se colaron bajo mi blusa y me torturaron los pezones; el calor de su tacto me quemó la piel y dejé de contenerme. Le abrí la blusa de un tirón, con tanta fuerza que los botones salieron volando. Si ella quería más, yo iba a darle más.

—¡Eh! —exclamó, sorprendida.

—¿Te hice daño?

—No… pero quiero que lo hagas.

Me quedé sin palabras. ¿Qué se responde a algo así? La chica dulce que yo creía conocer se había transformado en alguien que pedía a gritos que la dominara. Se me nubló todo. Solo quería, solo necesitaba complacer a esa mujer preciosa que tenía delante.

Empecé a besarle los pechos mientras mis manos se abrían paso entre sus piernas. La empujé contra la pared y le bajé el pijama hasta medio muslo. Me tomé un segundo para mirarla: la respiración agitada, las mejillas rojas, el cuerpo medio vestido y medio desnudo, tan expuesto a mí. Con esa sola imagen sentí que iba a terminar sin que nadie me tocara.

Seguí besando, lamiendo y mordiendo su cuello, su pecho, su vientre, hasta que deslicé un dedo por toda su entrepierna. Estaba empapada.

—¿Y esto? ¿Por qué tan mojada? —le susurré al oído mientras con una mano le rodeaba el cuello con cuidado y con la otra la penetraba, una y otra vez, sin tregua.

Como única respuesta soltó un quejido largo y sonoro.

—Abre más las piernas, guapa —le ordené.

No pasaron ni dos minutos cuando sentí su interior palpitar, apretándome los dedos.

—No me digas que ya vas a terminar. ¿Eso es todo lo que aguantas? —le dije, acelerando el ritmo hasta que su cuerpo se arqueó y se vino con un grito ahogado.

Tuve que sostenerla para que no se cayera.

—Esto todavía no termina —murmuré.

Como pude, la apoyé boca abajo sobre la mesa del comedor. Tenía a mi disposición ese cuerpo que llevaba un año desarmándome. La acaricié despacio, la besé en la nuca, y volví a buscarla con la boca hasta que se empapó de nuevo y sus sollozos me avisaron de que estaba cerca otra vez.

—No puedo más… —gimió, temblando entera, antes de derrumbarse sobre la mesa.

La sostuve una vez más. Cuando se recuperó un poco, la tomé del mentón.

—Tienes una cara preciosa —le dije.

—¿Y ahora qué…?

—Arrodíllate.

Lo entendió al instante. Quiso lanzarse, pero la frené.

—Espera. Yo te digo cómo. Saca la lengua… y no dejes de mirarme.

Le enredé el pelo en la mano y la guié a mi gusto. Primero despacio, después con furia. La tensión que llevaba acumulada desde el día del beso era demasiada, y su lengua caliente terminó por desbordarme.

—Así, así… no pares —jadeé.

El cuerpo se me contrajo en espasmos y, mientras me venía, no le aparté la mirada ni un segundo. Quería que viera cada gesto, quería que entendiera lo que ella había provocado en mí durante todo ese tiempo.

—Tuya —dijo bajito, levantándose despacio, y me dio un beso suave—. Sabes justo como te imaginaba.

—No tanto como tú —respondí.

Ese fue el comienzo de nuestra historia. De cómo mi mejor amiga se convirtió, sin previo aviso, en mi mejor amante.

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Comentarios (5)

MartinaK

increible!!! me tuvo pegada de principio a fin

Sofi_lectora

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues. Me dejo muy intrigada

NocheDorada

Que bien escrito. Se siente tan real que me emocione leyendolo

MariLen_21

jaja el juego del reto siempre termina igual... y me alegra mucho que haya terminado asi!

PaulaZ

Me encanto la forma en que describis las emociones, no es facil escribir algo que te llegue al corazon y encima te excite. Felicitaciones

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