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Relatos Ardientes

Lo que Bianca me dejó entre las piernas en la oficina

El chirrido de la alarma me arrancó del sueño como un cuchillo. Las siete en punto. Abrí los ojos, miré el techo y tardé tres segundos eternos en entender que llegaba tardísimo. Me incorporé de un salto y la sábana cayó al suelo. No había tiempo para nada.

El agua de la ducha salió helada y me golpeó la espalda como una bofetada. No esperé a que templara. Me lavé el pelo a manotazos, salí goteando y abrí el armario de par en par. Lo primero que pillé fue una camisa arrugada y unos pantalones de pinzas que olían a guardado. Me los puse, me miré al espejo y me horroricé. Imposible presentarme así delante de ella.

Porque la cuestión no era la oficina. La cuestión era Bianca.

Volví sobre mis pasos, descarté la camisa de un tirón y rebusqué algo que me hiciera sentir menos desastre. Un top floral con un escote discreto, unos leggins negros que me marcaban como una segunda piel y unas zapatillas blancas de toda la vida. Me recogí el pelo húmedo en una coleta floja. Mucho mejor. Al menos parecía una persona y no un naufragio.

Cogí las llaves, bajé las escaleras de dos en dos y conduje hasta la empresa con el corazón en la garganta y la radio apagada, porque ni eso podía soportar. Aparqué torcido. Subí al tercer piso con veinte minutos de retraso y la respiración entrecortada.

Y allí estaba ella. Sentada en mi silla, girándola despacio de un lado a otro con la punta del pie, una sonrisa traviesa colgándole de la boca como si me hubiera estado esperando toda la vida.

—¿Te diviertes? —le solté, quitándome la chaqueta y colgándola del perchero con más fuerza de la necesaria.

—No demasiado —respondió, sin levantarse—. Es complicado resolver incidencias cuando la persona que las abre no aparece por ningún lado.

Lo dijo con esa cadencia suya, lenta, como si cada palabra tuviera un doble fondo. Bianca trabajaba en el departamento de soporte, dos plantas más arriba, pero siempre encontraba una excusa para bajar hasta mi mesa. Un cable, una actualización, un permiso que revisar. Llevábamos meses así, rozándonos sin tocarnos, mirándonos un segundo de más cada vez que coincidíamos en el ascensor.

—Vale, vale, ya me pongo —dije, dejándome caer en la silla que ella acababa de calentar—. Suéltame el sitio, anda.

Se levantó, pero no se apartó. Al contrario. Se inclinó sobre mi teclado, tan cerca que su pelo me rozó la mejilla y me llegó el olor de su perfume, algo cítrico y cálido a la vez. Sentí su aliento en el cuello mientras fingía teclear una contraseña que ya conocía de memoria.

—Mira —murmuró, y su mirada se deslizó por mi escote con una lentitud descarada—, la próxima vez que te quedes dormida, prueba a poner dos alarmas.

—Muy graciosa.

—Lo digo en serio. —Sonrió—. Aunque, no te voy a mentir, me ha gustado tener tu silla para mí sola un rato.

Su mano bajó entonces. La noté sobre mi muslo, por encima de la tela fina del leggin, acariciándome hacia abajo con una suavidad que me dejó sin aire. Un apretón breve. Una caricia que descendía. Di un respingo involuntario y miré alrededor, pero la oficina a esa hora estaba medio vacía, las pocas cabezas que había hundidas en sus pantallas.

Que no pare. Por favor, que no pare.

Pero paró. En un movimiento rápido, metió la otra mano bajo la mesa y dejó algo entre mis piernas, contra el calor de mi entrepierna, antes de que yo pudiera reaccionar.

—Pruébalo y me cuentas si funciona, ¿vale? —susurró, guiñándome un ojo.

Se incorporó y se alejó hacia el ascensor con esa forma de caminar que parecía pensada para que la mirara. Y la miré. Sus caderas marcaban un balanceo hipnótico bajo la falda de tubo. Justo antes de doblar la esquina, giró apenas la cabeza y sus ojos se posaron un instante en mi silla, en mí, antes de desaparecer.

Bajé la vista a mi regazo. Solo entonces entendí qué era lo que me había dejado: un pequeño huevo vibrador de silicona, suave y tibio por el contacto con su mano. Busqué el mando a tientas por debajo de la mesa, palpando el asiento, mis bolsillos, el suelo. Nada.

Una notificación de Teams parpadeó en la pantalla. Era ella.

«No busques tanto. El mando lo tengo yo».

Me mordí el labio inferior y lo apreté con los dedos para no sonreír como una idiota delante de todo el mundo. Apoyé las manos en el teclado, fingiendo concentración, y escribí una respuesta con el pulso temblándome.

«Eso es trampa».

«Póntelo —contestó al instante—. Y te prometo que tu jornada laboral va a ser muy corta hoy».

***

Me quedé mirando esas dos líneas más tiempo del que debería. La propuesta me había dejado sin respiración, con el pulso latiéndome en sitios donde no tenía por qué latir. Bianca iba a por todas, sin medias tintas, y yo, si era honesta conmigo misma, llevaba meses esperando exactamente eso. Revisar tickets hasta la hora de comer me parecía de pronto la tarea más absurda del planeta.

Me levanté con el huevo escondido en el puño y caminé hacia los baños del fondo con la barbilla alta, rezando para que nadie me detuviera por el pasillo. El corazón me golpeaba las costillas. Empujé la puerta, comprobé que no había nadie y me encerré en el último cubículo, el de la esquina, el más alejado de la entrada.

Me apoyé contra la pared fría y respiré hondo. Me bajé los leggins hasta los muslos y descubrí, sin sorpresa, lo mojada que estaba. La sola presencia de Bianca, su perfume, el peso de su mano en mi pierna, habían bastado para dejarme así. Me llevé dos dedos a la boca, los humedecí despacio y los bajé entre mis piernas.

Empecé a acariciarme el clítoris en círculos lentos, conteniendo la respiración. Cerré los ojos y la imaginé a ella detrás de mí, su boca en mi nuca, su voz murmurándome al oído lo que tenía que hacer. El deseo crecía con cada roce, denso, urgente. Cogí el huevo, lo froté contra mi humedad para deslizarlo mejor y lo introduje en mi interior con un suspiro que tuve que tragarme.

Lo moví despacio al principio, hacia dentro y hacia fuera, mientras seguía frotándome con la otra mano. El placer me subía por el vientre en oleadas. Oí pasos al otro lado de la puerta, una cisterna, un grifo, y eso, lejos de detenerme, me encendió todavía más. Me bajé el tanga, lo enrollé y me lo metí en la boca para ahogar los gemidos que ya no podía controlar.

Aceleré. Empujé el huevo tan dentro como pude y froté con frenesí, las piernas tensas, la frente apoyada en la pared. Pensé en sus dedos, en su sonrisa pícara, en la fracción de segundo en que sus ojos se habían posado en mí antes de marcharse. Y entonces llegó. El orgasmo me sacudió entera, mudo, salvaje, dejándome temblando y sin aliento, agarrada al pestillo para no caerme.

***

Me quedé un minuto recuperando el aire, la espalda contra los azulejos, una sonrisa estúpida en la cara. Me subí el tanga, me coloqué los leggins y, antes de salir, me detuve un segundo. Tiré de la tela hacia arriba para que se me marcara todo, para que ella entendiera, sin necesidad de palabras, que había cumplido mi parte del juego.

Salí del baño con las mejillas encendidas y el huevo todavía dentro, cada paso un recordatorio de lo que acababa de hacer. En lugar de volver a mi mesa, me desvié hacia la zona de soporte. Bianca estaba sola, de espaldas, escribiendo en su ordenador. Me acerqué por detrás con una seguridad que no sabía de dónde sacaba.

—Toma —le dije al oído, y deslicé el huevo, tibio y húmedo, dentro de su mano abierta sobre la mesa—. Es todo tuyo. Yo ya he cumplido.

Se giró despacio. Tenía los labios entreabiertos y las pupilas dilatadas, y por primera vez desde que la conocía no encontró nada ingenioso que responder. Me miró el escote, la boca, los ojos, y se guardó el huevo en el bolsillo de la chaqueta sin apartar la vista de mí.

—Eres increíble —murmuró por fin.

—Lo sé —contesté, y me di la vuelta antes de que se me notara que las piernas me temblaban.

Regresé a mi sitio sintiendo una mezcla de orgullo y vergüenza que me hervía bajo la piel. Me senté, encendí la pantalla y traté de concentrarme en la cola de incidencias que se acumulaba desde primera hora. Imposible. Cada vez que parpadeaba, volvía al cubículo, a sus dedos, a su mirada. Me puse roja como un tomate y me tapé media cara con la mano.

Y entonces lo noté. Una vibración, breve y traviesa, en el bolsillo de mis leggins, donde había guardado el móvil. No era un mensaje. Era ella, recordándome desde dos plantas más arriba que el mando seguía en sus manos, que el juego no había terminado, que esto apenas empezaba.

Sonreí sola frente a la pantalla. La conexión entre nosotras era ya imposible de negar, palpable como el calor que todavía me recorría el cuerpo. Durante meses había librado una lucha conmigo misma, con lo que sentía cada vez que la veía aparecer por el pasillo. Esa mañana, por fin, había dejado de pelear. Y me sentí lista, ligera, dispuesta a dejar que el deseo me llevara exactamente hasta donde quisiera llevarme.

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Comentarios (5)

NocheEnRosa

increible, lo lei dos veces!!!

pati_lect

Que bien narrado, se siente la tension desde el primer parrafo. Sigue así!

CuriosaX_31

Necesito la segunda parte ya, no puede terminar asi!!! me quede con ganas de saber mas

Valentina_R

me recordo a algo que viví en mi trabajo hace unos años, aunque no llegó ni cerca de esto jaja. Muy bueno

DanielaBaires

La tensión entre las dos es lo mejor del relato. Se nota que tenés experiencia escribiendo, todo fluye natural

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