La sesión de fotos que nunca llegó a empezar
Estaba revisando los mensajes de una de esas redes que uso para mi trabajo cuando me apareció una conversación nueva. El perfil era de una mujer, y ya con eso me llamó la atención. La mayoría de los mensajes que recibo son de hombres. Le contesté por curiosidad y porque éramos colegas, y en cuestión de minutos ya estábamos charlando como si nos conociéramos hacía rato.
A ella le voy a poner un nombre que no es el suyo. Lorena.
Lorena tenía unos veintipocos. Pelo castaño claro hasta los hombros, un mechón siempre cayéndole sobre la frente y un acento norteño que se le escapaba cada vez que se reía. La voz la tenía rasposa, como si hubiera hablado todo el día. Lo primero que me llamó la atención en las fotos del perfil fueron sus brazos: marcados, fuertes, sin ser exagerados. Después me contó que entrenaba pesas seis días a la semana.
Medía cerca de un metro setenta. La espalda ancha, la cadera estrecha. No tenía el cuerpo de una modelo. Tenía el cuerpo de alguien que se construyó a sí misma con paciencia y disciplina.
Hablamos varios días por mensaje. En un momento me dijo que tenía una cámara buena y que se le había ocurrido proponerme una sesión de fotos. Yo necesitaba renovar el material del perfil, así que la idea me cerró por todos lados. Quedamos en que un martes a la tarde, después de un cliente que tenía en el centro, pasaba por su departamento.
Llegué con el pelo todavía un poco húmedo de la ducha que me había dado en el hotel. Pantalón blanco ajustado, botas negras de taco fino, una blusa color crema con detalles bordados y la cartera grande donde llevaba la lencería para la ocasión. Toqué el timbre y me abrió ella misma, descalza, con un short de jean cortado y una remera vieja.
Me invitó a pasar y noté en seguida que la cosa iba a fluir. Tenía esa sonrisa amplia que le ocupa media cara a la gente y desarma sin preguntar. Me preguntó si quería tomar algo y le propuse que bajáramos a comprar vino antes de empezar. Dejé la cartera sobre el sillón, me volví a poner las botas con resignación y salimos.
Volvimos con dos botellas de tinto, una bandeja de fiambre y unas aceitunas. Me saqué las botas en cuanto cruzamos la puerta y caminé descalza por el piso de madera. Abrió el vino mientras yo cortaba pan, y nos sentamos en el sillón a charlar.
Pasamos un rato largo así, riéndonos de cualquier cosa. Tenía un humor seco, parecido al mío. Contaba anécdotas de clientes raros y yo le devolvía las mías. Las copas se vaciaban rápido. Por momentos me olvidaba de para qué había ido.
—¿Empezamos antes de que se vaya la luz? —le dije mirando hacia el balcón.
Asintió y se levantó a buscar algo. Yo me puse de pie en el medio del living y me empecé a desvestir ahí mismo, sin pudor. Saqué de la cartera unas medias bucaneras negras, un portaligas al tono y un top de encaje que se cerraba adelante con un broche minúsculo. Me lo puse sin apuro, sintiendo el vino zumbándome en la nuca.
—¿Y la cámara? —le pregunté cuando volvió.
Hizo una mueca rara. Me dijo que la había dejado en lo de la hermana, que se había olvidado. Me ofreció sacar las fotos con el celular. Sentí una punzada de fastidio, pero después la miré bien, vi cómo me miraba ella y pensé que igual no estaba ahí solamente por las fotos.
—Bueno —le dije—. Probemos con el celular.
***
Sacamos más fotos de las que pensé. Ella a mí, yo a ella, después las dos juntas con el brazo extendido y la cabeza pegada. Se le había aflojado la remera y se le veía el corpiño deportivo cuando se inclinaba. En un momento se puso un conjunto rojo bordó que tenía guardado en el armario, y yo le saqué fotos contra la ventana, con la luz cayéndole sobre el hombro.
Se nos hizo de noche sin darnos cuenta. El living quedó iluminado solo por una lámpara de pie y la luz del extractor de la cocina. Yo había quedado en tanga negra y sin nada arriba, despeinada, con el celular en la mano revisando las fotos. Ella estaba en el baño.
Cuando salió, se sentó al lado mío en el sillón. Olía a perfume nuevo. La vi de costado y noté que se había vuelto a peinar.
—¿Quedaron lindas? —me preguntó.
—Sí. Mejor de lo que pensé.
Nos reímos por algo que dijo del cliente que había tenido yo a la mañana. Después hubo un silencio. Uno de esos silencios que no son incómodos pero tampoco son cualquiera. Ella me miraba la boca. Yo me daba cuenta de que ella me miraba la boca.
Y en un movimiento que pareció ensayado se tiró encima mío y empezó a chuparme un pecho.
Me quedé quieta unos segundos. No por sorpresa, sino porque mi cabeza estaba calculando si quería seguir o no. Calculé rápido. Quería seguir.
Le hundí los dedos en el pelo y la dejé hacer. Pasaba de un pecho al otro con una concentración que era casi tierna, mordiendo apenas, lamiendo después, succionando hasta dejarme marcas tenues que iba a tener al día siguiente. Yo le acariciaba la nuca y sentía la respiración acelerándoseme.
Después de un rato le tomé la cara con las dos manos y la besé. Ahí me di cuenta de la fuerza que tenía. Me besaba sin pedir permiso, con la lengua entera, presionando con todo el cuerpo. Sentí el muslo de ella entre los míos y empujé contra él sin pensar.
***
Pasamos al cuarto medio enroscadas, riéndonos cada vez que chocábamos contra algún mueble. Caímos en la cama y nos terminamos de sacar lo poco que nos quedaba puesto. Ella me empujó hacia atrás con la mano abierta sobre el esternón y se acomodó entre mis piernas.
Lo que hacía con la boca lo había practicado mucho. Eso fue lo primero que pensé. No era apuro, era oficio. Me lamía despacio, con la lengua plana, y subía y bajaba sin tocarme el clítoris hasta que yo no aguantaba más y le ponía la mano en la cabeza para indicarle dónde. Me metió dos dedos y curvó la punta, y yo se lo agradecí con un sonido que no quise reprimir.
Después de un rato la di vuelta a ella. Quería probarla. Me acomodé al revés, en posición invertida, y me hundí en su sexo sin pausa. Estaba mojada y olía exactamente como yo había imaginado. Mientras le pasaba la lengua, sentí su boca volver a la mía abajo y nos enredamos en un sesenta y nueve largo, sin prisa, en el que ninguna quería ser la primera en terminar.
En un momento se zafó, se levantó y me pidió un segundo. Fue al cajón de la mesa de luz y volvió con dos juguetes. Uno enorme, de silicona oscura. Otro más chico, blanco, con un control. Me los pasó.
—Probemos —dijo.
La hice darse vuelta. Le indiqué que se pusiera boca abajo y le levanté apenas la cadera con un cojín. Empecé suave, frotándole los muslos por dentro, pasándole el vibrador chico por todos lados menos donde lo quería. Cuando vi que ya no aguantaba, agarré el grande y se lo fui entrando despacio, sin forzar nada.
Va a entrar entero.
Y entró. Lorena enterró la cara en la almohada y dejó escapar un sonido grave que me erizó la piel. Empecé a moverlo con un ritmo lento, mirándole la espalda tensarse cada vez que llegaba al fondo. Después de unos minutos lubriqué bien con saliva y con el flujo que se le acumulaba, y le acerqué el vibrador chico al otro lado.
—Despacio —pidió.
Despacio. Se lo fui metiendo de a poco, mientras seguía con el grande adelante. Cuando los dos juguetes estuvieron adentro, dejé de moverme y solo prendí el chico en la velocidad más baja. Sentí cómo el cuerpo entero se le sacudía bajo mis manos. Le acaricié la espalda con la otra mano, le besé el omóplato y empecé a mover el grande otra vez, esta vez con más decisión.
Acabó con un grito largo, mordiendo la almohada. Le saqué los dos juguetes con cuidado y me tiré arriba de ella a abrazarla. Le besaba la nuca, los hombros, la oreja. Se dio vuelta y me agarró la cara y me besó con una fuerza que no había tenido antes.
***
—Quiero algo —me dijo.
Abrió las piernas y me hizo encajarlas con las suyas, una arriba, una abajo, en tijera. Yo había hecho eso pocas veces. La primera vez no me había gustado. Esta vez sí. Cuando nuestros sexos se encontraron y empezamos a frotarnos con un ritmo común, sentí algo que se parecía a una corriente subiéndome desde el ombligo. Lorena empujaba con la cadera, yo respondía y nos movíamos juntas como si lo hubiéramos ensayado.
Tuve un orgasmo casi en seguida. Después tuve otro. Ella me miraba desde abajo, mordiéndose el labio, los brazos marcados sosteniéndola contra el colchón. Tuvo el suyo poco después, con un temblor que le empezó en los muslos y le subió por todo el cuerpo.
Después quedamos las dos boca arriba, respirando fuerte, mirando el techo. Me alcanzó la mano y la dejó apoyada sobre mi vientre. Yo estaba un poco aturdida. El vino, la transpiración, los muslos doloridos.
—¿Querés que te diga la verdad? —me dijo.
—Decime.
—La cámara nunca se rompió. Nunca la dejé en lo de mi hermana.
Me reí. Una risa larga, sincera, que me sacudió todo el cuerpo. Le pegué un beso en el hombro.
—Ya sé —le dije.
Se rio ella también. Se levantó al rato, se puso una bata y volvió con un plato de queso y otro vaso de vino. Comimos sentadas en la cama. Hablamos hasta tarde de cualquier cosa: del trabajo, de las clientas más raras, de un viaje que ella quería hacer al sur. Después apagamos la luz. Volvimos a estar juntas un rato más, más despacio, sin juguetes. Y nos quedamos dormidas abrazadas, ella detrás de mí, con el brazo cruzado sobre mi cintura.
A la mañana siguiente me fui temprano. Tenía un compromiso. Nos saludamos en la puerta con un beso que duró más de lo necesario y prometimos repetir. No volvió a invitarme. Yo tampoco la llamé. A veces es mejor que las cosas pasen una sola vez y queden enteras.