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Relatos Ardientes

Mi nueva jefa me odiaba hasta esa madrugada

Cuando me notificaron el traslado a la sección de controles me cayó como un balde de agua fría. Tenía mis rutinas con el turno nocturno: pocas conversaciones, mucho silencio, una jefatura que aprendí a esquivar. Andrés, el único colega con el que a veces compartía un café, intentó animarme con argumentos sensatos. Tendría tardes libres, dijo. Podría leer, ir al cine, ver a mi novio.

Esa palabra siempre me hacía sonreír por dentro. Yo nunca había tenido novio. Mi última novia se había marchado años atrás con todos mis ahorros, con todas mis ganas. Tardé tres años en saldar las deudas que firmé creyéndole. Primero me negaron la visa para Canadá, después ella encontró otra pareja, y de los dólares jamás vi un peso. Pero esa es otra historia. Esa mañana entré a las ocho menos cinco y juré no llegar tarde nunca.

En controles uno cuenta paquetes, acomoda cajas, lidia con los productos que llegan rotos. Una de las muchachas me explicó que el secreto era tener los ojos abiertos y hablar poco delante de la jefa. La jefa se llamaba Marisol. Según el mismo consejo, nunca había que contradecirla. Me asignaron una mesa larga con una PC en el extremo, talonarios apilados, un teléfono que sonaba a destiempo y un sector entero dedicado a cosméticos. Otra chica me explicó el sistema, lo grabé en el celular y me puse a trabajar antes de que nadie pudiera notar que estaba perdida.

Marisol llegó a las ocho en punto y se metió en su oficina. Esa primera semana no cruzamos ni una palabra. No me cayó bien, aunque debo admitir que tenía buen gusto. Sus perfumes eran caros, su maquillaje siempre exacto. Era más alta que yo, sin curvas exageradas, pero con una elegancia al caminar que obligaba a mirarle el culo aunque uno no quisiera. Y yo, que hacía años que no me acostaba con nadie, más de una vez me sorprendí imaginándomela desnuda sobre su escritorio, con las piernas abiertas y esa boca pintada gimiendo mi nombre.

La quincena terminó sin mayores sobresaltos. Pagué la última cuota de la refinanciación y, contra la insistencia del banco, cancelé la tarjeta. Dos años de purgatorio bastan. Al día siguiente tuve mi primer choque con ella.

Hubo un error que no era mío. Marisol me llamó la atención frente a todas y, cuando intenté explicarle, me gritó. Le dije con firmeza que eso no se lo iba a permitir y la seguí hasta su oficina con los remitos en la mano. Le demostré que la equivocada era ella. Sus ojos se encendieron. Me dijo que aunque yo tuviera razón, la que mandaba era ella, y me pidió que saliera. No volvió a hablarme. Pero esa quincena no figuraron horas extras a mi nombre, y aparecieron dos notas de llamado de atención por escrito. A la tercera me echaban.

Me esmeré. Dejé de almorzar para revisar mis listas con calma. En menos de dos meses los números no fallaban, pero perdí casi cuatro kilos y empezaron los piropos en la calle y en la playa de descarga.

Una tarde, cuando ya cerraba el inventario, entraron dos camiones tarde y tuve que quedarme. Salí casi a las nueve, hambrienta, con un odio prolijo hacia el género humano. Crucé la playa, saludé al guardia y caminé apurada hacia la esquina. Y entonces vi a Marisol bajando de un auto. El conductor bajó atrás de ella. Un tipo gordito, semicalvo, vestido con ropa cara y mal puesta. Marisol se dio vuelta y le habló con dureza. No alcancé a oír lo que decía. Lo que sí vi fue el puñetazo. La dejó tendida en el pavimento como un cuerpo flojo.

Corrí. El tipo le tiró la cartera, se subió al auto y arrancó con un chirrido absurdo de neumáticos, como en las películas malas. El golpe le había caído entre la boca y la nariz. Tenía la cara llena de sangre y respiraba con dificultad. Sin importarme que se me manchara la ropa le limpié la cara con un pañuelo y le acerqué el perfume al cuello para que reaccionara.

—¡Vete! ¡No te necesito! ¡Maldita entrometida!

—Tranquilízate, muchacha —le dije.

Entonces me abrazó y se puso a llorar, y yo me sentí tan vencida como ella.

—Tengo que recoger mi carro —dijo cuando logró respirar.

Buscó las llaves en la cartera. Tenía la ropa cubierta de tierra, las rodillas peladas. Comprendí que no podía dejar que la vieran así en la empresa a esa hora. Pensé en inventarle un asalto, pero la idea me dio risa y dolor a la vez. Pedí un taxi.

En cinco minutos estábamos en mi cuarto. Marisol no habló durante el viaje. Miraba por la ventanilla como si la ciudad le fuera ajena, y quizás lo era, como lo somos todos cuando algo así nos parte la noche en dos. En mi cuarto preparé agua tibia, alcohol, desinfectante. Le lavé la cara con paciencia. Tenía los labios hinchados, pero el golpe no había sido tan grave como parecía. Puse hielo en una servilleta y se lo apoyó ella misma sobre la boca.

—Tendrías que ver a un médico —sugerí.

No me oyó. Yo, en cambio, no podía dejar de mirarla. Ahora que la veía sin escritorio entre las dos, notaba que era bonita. Nariz respingada, ojos pardos claros, cejas finas, pelo teñido de rubio. Su piel era apenas más clara que la mía: ella era mulata, yo era negra.

—Es mi esposo —dijo.

—¿Tienen hijos?

Negó con la cabeza.

—Estamos separados. Él vive en Lisboa. Vino a buscarme.

Volví a abrir la nevera. Encontré dos trozos de melón, una manzana, jugo de naranja y una porción de fideos del día anterior. Me decidí por una taza de chocolate frío. La violencia me había cerrado el estómago.

—Yo… me voy a casa —murmuró ella.

—¿Te parece prudente? ¿Quién vive contigo?

—Mi hermana. Estará preocupada.

—Llámala antes —le dije—. No puedes arriesgarte a que él te esté esperando.

—No. Él no se animaría —contestó, pero ya estaba marcando.

Mientras hablaba pensé en lo raro de todo aquello. Yo no sabía nada de Marisol y tampoco quería involucrarme.

—Mi hermana viene en camino —avisó al colgar.

Le di un calmante y la recosté en mi cama. Encendí el televisor con dibujos animados, lo único inofensivo que se me ocurrió. Sin darnos cuenta nos dormimos las dos. La hermana llegó casi una hora después. Discutieron sobre si Marisol debía irse o quedarse. Pedí permiso para opinar y dije que se quedara, y que al día siguiente no fuera al trabajo. Eso la sobresaltó, como si la empresa se fuera a derrumbar sin ella. Le pregunté cómo iba a explicar la hinchazón. Asintió, vencida. La hermana le había traído ropa limpia. Nos acostamos pronto.

***

Marisol se levantó antes que yo. Preparó café y guardó su ropa manchada en una bolsa.

—¿Sabes manejar? —me preguntó.

Asentí.

—Estas son las llaves de mi carro. Tráemelo antes del mediodía. Ya hablé con personal y les dije que tuve un accidente al salir. Pon a Lorena en tu lugar.

—¿Vas a quedarte aquí?

—¿Te molesta?

—Para nada. Pero deberías ver a un médico.

La zona alrededor de la nariz estaba violeta.

—Ya me has ayudado bastante. Créeme que te lo voy a agradecer eternamente.

—¿Y si vuelve?

Sacudió la cabeza.

—No volverá. A esta hora ya está en el aeropuerto. Su vuelo a Lisboa sale en dos horas. No vuelve más.

No pregunté más nada. Cuando estuve a punto de sentir lástima por ella me forcé a salir del cuarto. No quería esa sensación encima.

***

Marisol regresó tres días después con la cara deshinchada y una alergia inventada para justificar el moretón. Esa noche, al llegar a mi cuartucho, su hermana me esperaba en la puerta. Le ofrecí un té de ginseng y me preparé para oír.

—Marisol estuvo casada casi seis años con él —empezó—. Se separaron hace tres y él se mudó a Lisboa. Pero cada año vuelve y tienen un romance de vacaciones. Esta vez la quería convencer de irse con él a Portugal. Que iniciara los trámites de visado y… ya sabes cómo terminan esas cosas.

—¿Y qué pasó?

—Mi madre y yo la convencimos de que sería el mayor error de su vida. Es un hombre con plata, pero un macho insoportable. Marisol dejaría su trabajo y viviría a merced de él.

—Antes de que sigas contándome intimidades —la corté—, quiero que sepas que no tengo ningún tipo de relación con tu hermana. Como jefa me ha tratado bastante mal. ¿Para qué me cuentas todo esto?

—Vine a pedirte ayuda.

Me sorprendió tanto que estuve a punto de revelarle mis gustos para que se fuera. Pero me pareció innecesariamente brusco.

—No sé qué puedo hacer.

—Marisol decidió hacerle juicio. Y tú serías una testigo muy valiosa.

Acepté, aunque la idea no me gustaba en absoluto. Mi lengua siempre hace lo contrario de lo que dicta mi cabeza.

***

Las cosas se aceleraron un viernes. Casi todos se habían ido cuando llegaron tres camiones cargados: cosméticos, medicinas y productos de limpieza. Antes de que Marisol bajara me hice cargo de los remitos y convencí a los choferes de ayudarme a controlar la mercadería. Cuando ella bajó de su despacho me encontró rodeada de cajas.

—¿Por qué no me llamaste? —dijo, despidiendo con un gesto a los choferes.

—Si tú terminas las medicinas, yo me encargo de los cosméticos.

—Hecho.

A los diez minutos se quitó la chaqueta y yo la imité. El jefe de seguridad apareció a recordarnos que después de las once ninguna sección podía estar abierta. Marisol le recomendó, con ironía afilada, que también informara que sus subordinados habían dejado entrar tres camiones después de las siete, algo expresamente prohibido. El hombre se fue sin decir palabra.

Terminamos casi a la una de la mañana. Marisol se sentó frente a mi PC y redactó un email durísimo dirigido a la gerencia.

—Vámonos, te llevo a tu casa. Esto va a traer cola —dijo con fastidio.

Manejó en silencio. Solo al estacionar frente a mi puerta me tomó de la mano antes de que bajara.

—Creo que te debo una disculpa. O varias. ¿Te parece que mañana en la noche salgamos a dar una vuelta y… conversamos?

Asentí. Era extraño para mí tener una cita después de tanto tiempo. Y todavía más extraño tener una sin posibilidades aparentes.

***

Llegué a trabajar pasado el mediodía, como ella me había sugerido. A las doce y media me llamó a la oficina.

—Paso por ti a las ocho. ¿Cena o algo más informal?

—Decidimos en el camino.

—Hecho. —Sonrió. Era la primera vez que la veía sonreír. Y, Dios mío, sonriendo era otra mujer.

Me vestí como para una cita de verdad. Falda roja con flores geométricas rosadas, blusa de lino crema sin mangas, pulsera de hilo con detalles de porcelana, sandalias y cartera al tono. Una mantilla con bordes dorados, recuerdo de mi vieja opulencia antes de la bancarrota. Marisol llegó cinco minutos antes de las ocho. Vestido turquesa con breteles finos, tacos de aguja, maquillaje impecable.

Cenamos en un local cerca del casco viejo. Lomo con champiñones, postre de ciruelas al vino. Conocí toda su historia: una infancia con un padre adinerado y alcohólico, un matrimonio desgraciado según ella, con un desgraciado a secas según yo. Cuando íbamos por la cuarta copa me miró fijo.

—Ahora tú.

—Un fracaso sentimental y económico como el tuyo. Sin recuperar nada. Tuve que vender la casa, el auto, el negocio. Pero ya estoy libre de deudas.

—Y te recuperaste de lo otro, que es lo más importante.

—¿Cómo sabes?

—Eres segura. Y criteriosa. Aunque a veces actúas con demasiada cautela.

Sentí calor subirme por las mejillas. Marisol notó mi incomodidad y cambió de tema enseguida.

—La noche es joven. ¿Damos una vuelta por el puerto?

Nos sentamos en una terraza llena de parejas y de chicos jóvenes bebiendo cerveza. Pedí piña colada con hielo molido y ella se asombró de la coincidencia: era también su trago favorito. Hablamos de la adolescencia, del colegio, de cosas tontas que dejé de contarle a alguien hace años. Eran casi las dos cuando ahogó el primer bostezo.

Subimos al auto. Justo cuando arrancaba sonó su celular. Habló con su hermana visiblemente irritada.

—Vamos a mi departamento —dijo al colgar—. Mi hermana se olvidó la puerta abierta. A veces creo que tiene Alzheimer prematuro.

—Espero que no haya pasado nada grave.

Marisol vivía en el cuarto piso de un edificio del norte de la ciudad. No había seguridad privada, al menos esa noche, y el ascensor estaba fuera de servicio. Antes de que ella entrara la detuve, tanteé la cerradura. En ese momento se cortó la luz y saqué la linternita que siempre llevo en la cartera. No había pasado nada. Marisol encendió un inversor de baterías y la sala se iluminó.

—¿Vives sola?

—Con mi hermana. Pero los viernes se va a casa de mi madre, en el interior. Vuelve el sábado para pasar el fin de semana con su novio. Siéntate. ¿Quieres tomar algo?

—Agua helada.

La sala era pequeña pero estaba prolijamente arreglada. Un sofá moderno, una alfombra cuidada, una pared entera de libros. Marisol me trajo el vaso y encendió un pequeño equipo de música. Buscó entre las grabaciones hasta que un bolero antiguo, de esos que escuchaban nuestras madres, llenó el silencio. Después llegó una balada lenta que no pude evitar tararear, y entonces me miró a los ojos. Dos lagrimones oscurecidos por el rímel le rodaron por las mejillas.

—Así somos —dijo—. Extrañas. Nadie conoce a nadie. Nadie entiende a nadie.

Me levanté del sofá y la abracé.

Esa tibieza, esa especie de solidaridad capaz de hermanar a dos mujeres en una situación así, nos puso de pie sin que ninguna lo decidiera. Seguimos abrazadas en mitad de la sala, en penumbra. Su perfume empezó a invadirme. Sentí los pezones endurecérseme contra la tela fina de la blusa, clavándose en sus tetas a través del vestido turquesa. Tuve miedo de que se notara. Tengo que soltarla, pensé, antes de empezar algo que no podré detener. Entonces ella me pidió que no la soltara.

—Repítelo —murmuré con la voz rota.

—No me sueltes. Cógeme, por favor. Hace años que nadie me toca en serio.

La carne suave de su boca quedó tan cerca de la mía que me dejé besar. Y ese primer beso no fue tímido: su lengua entró en mi boca directo, buscando la mía, chupándomela como si llevara meses ensayando el gesto. Le mordí el labio hinchado y ella soltó un quejido que me bajó por el vientre y me empapó las bragas en un segundo. Le agarré el culo por encima del vestido y la apreté contra mí, sintiendo el calor de su coño a través de la tela. Marisol me buscó los pechos con las dos manos y me apretó los pezones entre el pulgar y el índice, retorciéndomelos hasta arrancarme un gemido.

—Puta, qué duros los tienes —jadeó contra mi boca—. ¿Te gustan las tetas, verdad? Se te nota.

—Me gustan las tuyas. Me las imaginé mil veces en la oficina.

—¿Y qué me hacías, en tu cabeza?

—Te las chupaba hasta hacerte gritar.

—Hazlo ahora.

Le bajé los breteles del vestido y le solté el broche del sostén con dedos torpes que necesitaron de su ayuda. Las tetas le cayeron pesadas, morenas, con los pezones oscuros y erguidos, tan gordos que se me hizo agua la boca. Se los tomé con las dos manos, se los apreté, se los amasé como si tuviera que reconocerlos con los dedos. Después bajé la cabeza y me metí un pezón entero en la boca, chupándolo con hambre atrasada, girándole la lengua alrededor, mordiéndoselo despacio. Marisol se agarró de mi nuca y me apretó la cara contra sus tetas.

—Así, así, más fuerte. Chúpamelos como si fueran una polla. Como si me la estuvieras mamando a mí.

Le pasé al otro pezón y le hice lo mismo, mordiéndoselo hasta que ella misma me metió los dedos entre el pelo y tiró. Se me estaban corriendo los muslos de mojada. Le levanté la falda del vestido y le metí una mano entre las piernas. La bombacha era una tela apenas, un triángulo empapado. Se la aparté de un tirón y le encontré el coño abierto, hinchado, chorreando sobre el interior del muslo.

—Estás empapada, Marisol —le dije al oído.

—Desde que me tocaste la mano en el auto —contestó, y me clavó los dientes en el cuello.

Le hundí dos dedos en el coño de una sola vez y ella se abrió de piernas ahí parada, apoyando la espalda contra la pared. La cogí con los dedos así, con el vestido subido hasta la cintura y las tetas afuera, mientras le mordía el cuello y le clavaba el pulgar en el clítoris. Marisol me follaba los dedos con la pelvis, subiendo y bajando, jadeándome guarradas en el oído.

—Métemelos más adentro. Cógeme más fuerte. Así, negra, así, no pares.

—¿Te gusta que te coja tu empleada?

—Me gusta que me cojas tú, cállate y sigue.

Se lo dije mordiéndole el lóbulo de la oreja y ella se rió con la boca entreabierta, mostrándome los dientes. Le saqué los dedos empapados y me los llevé a la boca. Me chupé su jugo con calma, sin dejar de mirarla, y ella se quedó paralizada mirándome a mí.

—Sabes deliciosa —le dije.

—Ven a comerlo entonces. Directo del pozo.

Caminamos hacia la habitación tropezándonos con la ropa. Le terminé de bajar el vestido en el pasillo, le arranqué la bombacha ya suelta y ella se quedó en tacos, solo en tacos, caminando hacia la cama con el culo apretado. Yo me desnudé con una torpeza que ella se rió de mirar. Marisol se tendió boca arriba sobre la cama y se ofreció entera, abriendo las piernas sin vergüenza, mostrándome el coño rasurado con un triangulito prolijo arriba y todo lo demás pelado y brillante.

—Ven —dijo, y se abrió los labios del coño con dos dedos—. Chúpamelo. Chúpame todo hasta que me corra en tu cara.

Me arrodillé entre sus piernas y le pasé la lengua desde el ojete hasta el clítoris, en un solo lengüetazo largo, saboreándola entera. Marisol arqueó la espalda y gritó. Volví a hacerlo, más despacio, hundiéndole la lengua en la entrada del coño, chupándole los labios hinchados uno a uno, subiendo hasta el capuchón del clítoris y bajándole ahí una lluvia de lengüetazos cortos. Le agarré los muslos por debajo y se los levanté, plegándola casi en dos, para clavarle la lengua bien adentro. La follé con la lengua un rato largo, entrando y saliendo del coño, mientras ella se manoseaba las tetas y me llamaba puta lameculos.

—Métemela en el culo también —jadeó—. Lámeme el culo, negra sucia.

Le pasé la lengua por el ojete apretado y ella pegó un grito seco. Se lo lamí un rato, girándole la punta de la lengua alrededor, mientras dos dedos le seguían entrando y saliendo del coño. Después subí de vuelta al clítoris y se lo chupé como una fruta, tomándomelo entero entre los labios, succionándoselo con ritmo. La sentí tensarse toda: los muslos que me apretaban la cabeza, el vientre que se le contraía, las manos que se me clavaban en el pelo.

—Me corro, me corro, me corro, no pares, hija de puta, no pares.

Se corrió en mi boca con un temblor que le duró casi un minuto entero, chorreándome la barbilla, apretándome la cabeza con los muslos hasta casi ahogarme. Cuando la solté tenía la cara empapada de ella y una sonrisa que no me cabía en el gesto.

—Ahora tú —dijo, tirándome de un brazo para acomodarme en la cama.

Me tendió boca arriba y me abrió las piernas con las manos, sin pedir permiso. Me miró el coño con detenimiento, como quien estudia algo que va a comprar.

—Estás igual de empapada que yo, mira nomás.

Me pasó dos dedos por la raja, de arriba abajo, embarrándose. Después se los chupó despacio, sin dejar de mirarme.

—Riquísimo. Sabía que ibas a saberme rica.

Bajó la boca y me pasó la lengua entera de una sola vez. Grité. Hacía años que nadie me tocaba, y menos así, con esa hambre. Marisol me lamió despacio al principio, aprendiéndose el terreno, y después empezó a chuparme el clítoris con una técnica que me hizo pensar que había mentido cuando dijo que no tenía experiencia con mujeres. Me metió dos dedos y curveó hacia arriba, encontrándome el punto exacto, y con la boca no aflojaba. Yo me agarraba de la cabecera con una mano y de sus pelos con la otra, meciéndole la cara contra mi coño.

—Así, así, mamá, así, no pares.

Se me escapó y me dio un ataque de risa entre los gemidos. Marisol levantó la cara un segundo, con el mentón brilloso, y me sonrió.

—Mamá te va a dejar sin poder caminar mañana.

Volvió a bajar. Me hundió tres dedos y me la chupó con una furia nueva, chasqueando la lengua contra el clítoris, gimiendo ella también contra mi carne. El orgasmo me subió desde los talones. Sentí que las paredes del coño se me cerraban a su alrededor, que la sangre se me iba a las orejas, que gritaba algo que no podía distinguir. Me corrí con un espasmo largo, apretándole los dedos adentro, empujándole la cara con las caderas. Cuando terminé estaba temblando entera.

Marisol subió por mi cuerpo besándome la piel: el pubis, el vientre, entre las tetas, el cuello, y al final la boca. Nos besamos con sabor a mí, a ella, a las dos mezcladas, y ese beso fue casi tan intenso como el orgasmo.

—No hemos terminado —murmuró contra mi oído—. Ni por asomo.

Se dio vuelta y se subió encima de mí de espaldas, en sesenta y nueve. Me sentó el coño en la cara con una lentitud calculada y bajó la boca al mío. Le agarré el culo con las dos manos y se lo abrí, y me puse a chuparle todo otra vez, coño y ojete, mientras ella me devoraba a mí. Nos comimos así un rato largo, restregándonos las caras contra las conchas de la otra, escupiendo, lamiendo, mordiendo. Marisol se corrió de nuevo antes que yo, aplastándome la cara con el culo, y yo la seguí a los pocos segundos, ahogando el grito contra su coño empapado.

Cuando se bajó y se acomodó a mi lado estábamos las dos brillando de sudor y de saliva. Me dormí enseguida, con una pierna suya cruzada sobre las mías y sus tetas contra mi espalda, para que la realidad se convirtiera en sueño.

***

Me despertó el sol alto colándose entre las cortinas. Mis ojos entreabiertos dibujaron la figura desnuda de Marisol, de pie junto a la cama. La leve redondez de su vientre, un triangulito prolijamente recortado, el coño todavía un poco hinchado de la noche, dos copos oscuros más arriba, y una sonrisa pícara que jamás le había visto en la oficina.

Un reloj de pared marcaba las nueve.

—Te juego una carrera hasta la ducha —dijo.

La seguí. Cuando me hube enjuagado la boca me reuní con ella bajo el chorro de agua tibia. Marisol tomó el jabón y empezó a enjabonarme como a una niña, riéndose, pasándome las manos jabonosas por las tetas, por el vientre, entre las piernas. Y esas manos jabonosas no tardaron en dejar de ser inocentes. Me metió dos dedos en el coño así, bajo el agua, mientras me chupaba un pezón, y yo la apoyé contra los azulejos y le abrí las piernas con la rodilla.

—Otra vez no —protestó riéndose—. No voy a poder caminar.

—Una más. Rapidito.

La cogí con tres dedos ahí parada, con el agua cayéndonos encima, mientras le mordía el cuello y ella me tironeaba del pelo mojado. Se corrió rápido, pegada a mí, mordiéndome el hombro para no gritar. Después me arrodillé en la ducha y le chupé el coño otra vez, con el agua empapándome la cara, hasta que se corrió de nuevo agarrada de la barra del toallero.

Cuando salimos hicimos el amor una vez más sobre su cama, esta vez sin urgencias, sin temores, despacio, mirándonos a los ojos, restregándonos los coños empapados uno contra el otro hasta corrernos casi al mismo tiempo, abrazadas. Segura de que ella no estaba arrepentida de nada.

—¿Crees que deberíamos hablar? —me preguntó después, todavía con la respiración entrecortada, recostada sobre mi pecho.

—Me parece que sí.

—Estoy muerta de hambre. ¿Y tú?

—También.

—Qué bien —festejó—. Parece que estamos de acuerdo en algo más.

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Comentarios(8)

CelesteNocturna

Que buenisimo!!! me quede pegada leyendo de principio a fin

Valentina_LT

Por favor necesito una segunda parte, se corto justo en lo mejor. Queremos saber que paso despues!!!

Marisabel_lect

Me encanto como lo narraste, se siente muy real y con mucho detalle. Lo voy a releer seguro :)

PaulaRojas_sf

Me recordo a algo que me paso con una compañera hace tiempo jaja. Muy bien escrito, gracias por compartirlo

NocturnaMdq

Cuantas partes van a ser? No quiero que termine tan pronto...

RoloPuntano

increible!!! de lo mejor que lei en mucho tiempo en este sitio

SoledadT

La tension entre las dos protagonistas esta muy bien lograda. Se nota que saben escribir

kari_letras

Sigue asi que bueno!!!

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