Mi nueva jefa me odiaba hasta esa madrugada
Cuando me notificaron el traslado a la sección de controles me cayó como un balde de agua fría. Tenía mis rutinas con el turno nocturno: pocas conversaciones, mucho silencio, una jefatura que aprendí a esquivar. Andrés, el único colega con el que a veces compartía un café, intentó animarme con argumentos sensatos. Tendría tardes libres, dijo. Podría leer, ir al cine, ver a mi novio.
Esa palabra siempre me hacía sonreír por dentro. Yo nunca había tenido novio. Mi última novia se había marchado años atrás con todos mis ahorros, con todas mis ganas. Tardé tres años en saldar las deudas que firmé creyéndole. Primero me negaron la visa para Canadá, después ella encontró otra pareja, y de los dólares jamás vi un peso. Pero esa es otra historia. Esa mañana entré a las ocho menos cinco y juré no llegar tarde nunca.
En controles uno cuenta paquetes, acomoda cajas, lidia con los productos que llegan rotos. Una de las muchachas me explicó que el secreto era tener los ojos abiertos y hablar poco delante de la jefa. La jefa se llamaba Marisol. Según el mismo consejo, nunca había que contradecirla. Me asignaron una mesa larga con una PC en el extremo, talonarios apilados, un teléfono que sonaba a destiempo y un sector entero dedicado a cosméticos. Otra chica me explicó el sistema, lo grabé en el celular y me puse a trabajar antes de que nadie pudiera notar que estaba perdida.
Marisol llegó a las ocho en punto y se metió en su oficina. Esa primera semana no cruzamos ni una palabra. No me cayó bien, aunque debo admitir que tenía buen gusto. Sus perfumes eran caros, su maquillaje siempre exacto. Era más alta que yo, sin curvas exageradas, pero con una elegancia al caminar que obligaba a mirarla aunque uno no quisiera.
La quincena terminó sin mayores sobresaltos. Pagué la última cuota de la refinanciación y, contra la insistencia del banco, cancelé la tarjeta. Dos años de purgatorio bastan. Al día siguiente tuve mi primer choque con ella.
Hubo un error que no era mío. Marisol me llamó la atención frente a todas y, cuando intenté explicarle, me gritó. Le dije con firmeza que eso no se lo iba a permitir y la seguí hasta su oficina con los remitos en la mano. Le demostré que la equivocada era ella. Sus ojos se encendieron. Me dijo que aunque yo tuviera razón, la que mandaba era ella, y me pidió que saliera. No volvió a hablarme. Pero esa quincena no figuraron horas extras a mi nombre, y aparecieron dos notas de llamado de atención por escrito. A la tercera me echaban.
Me esmeré. Dejé de almorzar para revisar mis listas con calma. En menos de dos meses los números no fallaban, pero perdí casi cuatro kilos y empezaron los piropos en la calle y en la playa de descarga.
Una tarde, cuando ya cerraba el inventario, entraron dos camiones tarde y tuve que quedarme. Salí casi a las nueve, hambrienta, con un odio prolijo hacia el género humano. Crucé la playa, saludé al guardia y caminé apurada hacia la esquina. Y entonces vi a Marisol bajando de un auto. El conductor bajó atrás de ella. Un tipo gordito, semicalvo, vestido con ropa cara y mal puesta. Marisol se dio vuelta y le habló con dureza. No alcancé a oír lo que decía. Lo que sí vi fue el puñetazo. La dejó tendida en el pavimento como un cuerpo flojo.
Corrí. El tipo le tiró la cartera, se subió al auto y arrancó con un chirrido absurdo de neumáticos, como en las películas malas. El golpe le había caído entre la boca y la nariz. Tenía la cara llena de sangre y respiraba con dificultad. Sin importarme que se me manchara la ropa le limpié la cara con un pañuelo y le acerqué el perfume al cuello para que reaccionara.
—¡Vete! ¡No te necesito! ¡Maldita entrometida!
—Tranquilízate, muchacha —le dije.
Entonces me abrazó y se puso a llorar, y yo me sentí tan vencida como ella.
—Tengo que recoger mi carro —dijo cuando logró respirar.
Buscó las llaves en la cartera. Tenía la ropa cubierta de tierra, las rodillas peladas. Comprendí que no podía dejar que la vieran así en la empresa a esa hora. Pensé en inventarle un asalto, pero la idea me dio risa y dolor a la vez. Pedí un taxi.
En cinco minutos estábamos en mi cuarto. Marisol no habló durante el viaje. Miraba por la ventanilla como si la ciudad le fuera ajena, y quizás lo era, como lo somos todos cuando algo así nos parte la noche en dos. En mi cuarto preparé agua tibia, alcohol, desinfectante. Le lavé la cara con paciencia. Tenía los labios hinchados, pero el golpe no había sido tan grave como parecía. Puse hielo en una servilleta y se lo apoyó ella misma sobre la boca.
—Tendrías que ver a un médico —sugerí.
No me oyó. Yo, en cambio, no podía dejar de mirarla. Ahora que la veía sin escritorio entre las dos, notaba que era bonita. Nariz respingada, ojos pardos claros, cejas finas, pelo teñido de rubio. Su piel era apenas más clara que la mía: ella era mulata, yo era negra.
—Es mi esposo —dijo.
—¿Tienen hijos?
Negó con la cabeza.
—Estamos separados. Él vive en Lisboa. Vino a buscarme.
Volví a abrir la nevera. Encontré dos trozos de melón, una manzana, jugo de naranja y una porción de fideos del día anterior. Me decidí por una taza de chocolate frío. La violencia me había cerrado el estómago.
—Yo… me voy a casa —murmuró ella.
—¿Te parece prudente? ¿Quién vive contigo?
—Mi hermana. Estará preocupada.
—Llámala antes —le dije—. No puedes arriesgarte a que él te esté esperando.
—No. Él no se animaría —contestó, pero ya estaba marcando.
Mientras hablaba pensé en lo raro de todo aquello. Yo no sabía nada de Marisol y tampoco quería involucrarme.
—Mi hermana viene en camino —avisó al colgar.
Le di un calmante y la recosté en mi cama. Encendí el televisor con dibujos animados, lo único inofensivo que se me ocurrió. Sin darnos cuenta nos dormimos las dos. La hermana llegó casi una hora después. Discutieron sobre si Marisol debía irse o quedarse. Pedí permiso para opinar y dije que se quedara, y que al día siguiente no fuera al trabajo. Eso la sobresaltó, como si la empresa se fuera a derrumbar sin ella. Le pregunté cómo iba a explicar la hinchazón. Asintió, vencida. La hermana le había traído ropa limpia. Nos acostamos pronto.
***
Marisol se levantó antes que yo. Preparó café y guardó su ropa manchada en una bolsa.
—¿Sabes manejar? —me preguntó.
Asentí.
—Estas son las llaves de mi carro. Tráemelo antes del mediodía. Ya hablé con personal y les dije que tuve un accidente al salir. Pon a Lorena en tu lugar.
—¿Vas a quedarte aquí?
—¿Te molesta?
—Para nada. Pero deberías ver a un médico.
La zona alrededor de la nariz estaba violeta.
—Ya me has ayudado bastante. Créeme que te lo voy a agradecer eternamente.
—¿Y si vuelve?
Sacudió la cabeza.
—No volverá. A esta hora ya está en el aeropuerto. Su vuelo a Lisboa sale en dos horas. No vuelve más.
No pregunté más nada. Cuando estuve a punto de sentir lástima por ella me forcé a salir del cuarto. No quería esa sensación encima.
***
Marisol regresó tres días después con la cara deshinchada y una alergia inventada para justificar el moretón. Esa noche, al llegar a mi cuartucho, su hermana me esperaba en la puerta. Le ofrecí un té de ginseng y me preparé para oír.
—Marisol estuvo casada casi seis años con él —empezó—. Se separaron hace tres y él se mudó a Lisboa. Pero cada año vuelve y tienen un romance de vacaciones. Esta vez la quería convencer de irse con él a Portugal. Que iniciara los trámites de visado y… ya sabes cómo terminan esas cosas.
—¿Y qué pasó?
—Mi madre y yo la convencimos de que sería el mayor error de su vida. Es un hombre con plata, pero un macho insoportable. Marisol dejaría su trabajo y viviría a merced de él.
—Antes de que sigas contándome intimidades —la corté—, quiero que sepas que no tengo ningún tipo de relación con tu hermana. Como jefa me ha tratado bastante mal. ¿Para qué me cuentas todo esto?
—Vine a pedirte ayuda.
Me sorprendió tanto que estuve a punto de revelarle mis gustos para que se fuera. Pero me pareció innecesariamente brusco.
—No sé qué puedo hacer.
—Marisol decidió hacerle juicio. Y tú serías una testigo muy valiosa.
Acepté, aunque la idea no me gustaba en absoluto. Mi lengua siempre hace lo contrario de lo que dicta mi cabeza.
***
Las cosas se aceleraron un viernes. Casi todos se habían ido cuando llegaron tres camiones cargados: cosméticos, medicinas y productos de limpieza. Antes de que Marisol bajara me hice cargo de los remitos y convencí a los choferes de ayudarme a controlar la mercadería. Cuando ella bajó de su despacho me encontró rodeada de cajas.
—¿Por qué no me llamaste? —dijo, despidiendo con un gesto a los choferes.
—Si tú terminas las medicinas, yo me encargo de los cosméticos.
—Hecho.
A los diez minutos se quitó la chaqueta y yo la imité. El jefe de seguridad apareció a recordarnos que después de las once ninguna sección podía estar abierta. Marisol le recomendó, con ironía afilada, que también informara que sus subordinados habían dejado entrar tres camiones después de las siete, algo expresamente prohibido. El hombre se fue sin decir palabra.
Terminamos casi a la una de la mañana. Marisol se sentó frente a mi PC y redactó un email durísimo dirigido a la gerencia.
—Vámonos, te llevo a tu casa. Esto va a traer cola —dijo con fastidio.
Manejó en silencio. Solo al estacionar frente a mi puerta me tomó de la mano antes de que bajara.
—Creo que te debo una disculpa. O varias. ¿Te parece que mañana en la noche salgamos a dar una vuelta y… conversamos?
Asentí. Era extraño para mí tener una cita después de tanto tiempo. Y todavía más extraño tener una sin posibilidades aparentes.
***
Llegué a trabajar pasado el mediodía, como ella me había sugerido. A las doce y media me llamó a la oficina.
—Paso por ti a las ocho. ¿Cena o algo más informal?
—Decidimos en el camino.
—Hecho. —Sonrió. Era la primera vez que la veía sonreír. Y, Dios mío, sonriendo era otra mujer.
Me vestí como para una cita de verdad. Falda roja con flores geométricas rosadas, blusa de lino crema sin mangas, pulsera de hilo con detalles de porcelana, sandalias y cartera al tono. Una mantilla con bordes dorados, recuerdo de mi vieja opulencia antes de la bancarrota. Marisol llegó cinco minutos antes de las ocho. Vestido turquesa con breteles finos, tacos de aguja, maquillaje impecable.
Cenamos en un local cerca del casco viejo. Lomo con champiñones, postre de ciruelas al vino. Conocí toda su historia: una infancia con un padre adinerado y alcohólico, un matrimonio desgraciado según ella, con un desgraciado a secas según yo. Cuando íbamos por la cuarta copa me miró fijo.
—Ahora tú.
—Un fracaso sentimental y económico como el tuyo. Sin recuperar nada. Tuve que vender la casa, el auto, el negocio. Pero ya estoy libre de deudas.
—Y te recuperaste de lo otro, que es lo más importante.
—¿Cómo sabes?
—Eres segura. Y criteriosa. Aunque a veces actúas con demasiada cautela.
Sentí calor subirme por las mejillas. Marisol notó mi incomodidad y cambió de tema enseguida.
—La noche es joven. ¿Damos una vuelta por el puerto?
Nos sentamos en una terraza llena de parejas y de chicos jóvenes bebiendo cerveza. Pedí piña colada con hielo molido y ella se asombró de la coincidencia: era también su trago favorito. Hablamos de la adolescencia, del colegio, de cosas tontas que dejé de contarle a alguien hace años. Eran casi las dos cuando ahogó el primer bostezo.
Subimos al auto. Justo cuando arrancaba sonó su celular. Habló con su hermana visiblemente irritada.
—Vamos a mi departamento —dijo al colgar—. Mi hermana se olvidó la puerta abierta. A veces creo que tiene Alzheimer prematuro.
—Espero que no haya pasado nada grave.
Marisol vivía en el cuarto piso de un edificio del norte de la ciudad. No había seguridad privada, al menos esa noche, y el ascensor estaba fuera de servicio. Antes de que ella entrara la detuve, tanteé la cerradura. En ese momento se cortó la luz y saqué la linternita que siempre llevo en la cartera. No había pasado nada. Marisol encendió un inversor de baterías y la sala se iluminó.
—¿Vives sola?
—Con mi hermana. Pero los viernes se va a casa de mi madre, en el interior. Vuelve el sábado para pasar el fin de semana con su novio. Siéntate. ¿Quieres tomar algo?
—Agua helada.
La sala era pequeña pero estaba prolijamente arreglada. Un sofá moderno, una alfombra cuidada, una pared entera de libros. Marisol me trajo el vaso y encendió un pequeño equipo de música. Buscó entre las grabaciones hasta que un bolero antiguo, de esos que escuchaban nuestras madres, llenó el silencio. Después llegó una balada lenta que no pude evitar tararear, y entonces me miró a los ojos. Dos lagrimones oscurecidos por el rímel le rodaron por las mejillas.
—Así somos —dijo—. Extrañas. Nadie conoce a nadie. Nadie entiende a nadie.
Me levanté del sofá y la abracé.
Esa tibieza, esa especie de solidaridad capaz de hermanar a dos mujeres en una situación así, nos puso de pie sin que ninguna lo decidiera. Seguimos abrazadas en mitad de la sala, en penumbra. Su perfume empezó a invadirme. Tuve miedo de que se notara el endurecimiento de mis pechos contra los suyos. Tengo que soltarla, pensé, antes de empezar algo que no podré detener. Entonces ella me pidió que no la soltara.
—Repítelo —murmuré.
—No me sueltes.
La carne suave de su boca quedó tan cerca de la mía que, literalmente, me dejé besar.
Le levanté el vestido por encima de la cabeza y lo dejé caer sobre el sofá. Lo vi descender despacio, como una hoja que el aire no quiere dejar pasar. Mis dedos torpes necesitaron de su ayuda para soltar el broche del sostén. Cuando tuve a mi alcance dos lunas morenas de miel, me obligué a aceptar que no estaba soñando. Caminamos hacia la habitación. Mientras me desnudaba con una lentitud incrédula, Marisol se tendió boca arriba sobre la cama y se ofreció entera a mi mirada.
Mis manos recorrieron cada pliegue de su piel erizada con el deleite de un niño frente a un juguete nuevo. Nos abrazamos para darnos el beso más largo que dos mujeres se hayan dado. Cuando empezamos a quedarnos sin aire, mi boca bajó hacia sus pezones, y aunque de ellos no manaba ambrosía, yo la sentí. Bajé después al territorio de su sexo y mi lengua descubrió allí una música nueva, parecida a la espuma del mar.
La danza de su pelvis se volvió frenética. En el último instante la sentí tensarse y luego deshacerse, como una ola al romper contra la rompiente. Después fueron sus dedos los que buscaron en mi pubis. Peinaron despacio el territorio de musgo y entraron con una lentitud temerosa. Cuando ella bajó con la boca, en pocos embates yo también alcancé esa orilla en la que la sangre se vuelve galope. Mi gemido quiso imitar el sonido de un violín. Me dormí enseguida, para que la realidad se convirtiera en sueño.
***
Me despertó el sol alto colándose entre las cortinas. Mis ojos entreabiertos dibujaron la figura desnuda de Marisol, de pie junto a la cama. La leve redondez de su vientre, un triangulito prolijamente recortado, dos copos oscuros más arriba, y una sonrisa pícara que jamás le había visto en la oficina.
Un reloj de pared marcaba las nueve.
—Te juego una carrera hasta la ducha —dijo.
La seguí. Cuando me hube enjuagado la boca me reuní con ella bajo el chorro de agua tibia. Me dejé enjabonar como una niña. Después hicimos el amor sobre su cama, esta vez sin urgencias, sin temores, segura de que ella no estaba arrepentida de nada.
—¿Crees que deberíamos hablar? —me preguntó después, todavía con la respiración entrecortada, recostada sobre mi pecho.
—Me parece que sí.
—Estoy muerta de hambre. ¿Y tú?
—También.
—Qué bien —festejó—. Parece que estamos de acuerdo en algo más.