La amiga que juraba que solo le gustaban los hombres
Noa nunca había necesitado alardear para que la miraran. Le bastaba con cruzar el patio de la facultad con su falda corta, las medias deshilachadas a propósito y las uñas pintadas con un patrón distinto cada semana, para que las cabezas giraran sin disimulo. Tenía veinte años, una estatura menuda y una piel pálida que contrastaba con todo lo demás: el delineado oscuro, el estilo a medio camino entre lo gótico y algo más etéreo, y un carácter que no era ni la mitad de frágil que su apariencia.
Era bisexual, y nunca lo había escondido. En los meses que llevaba en la universidad había tenido un par de aventuras, alguna historia corta que no llegó a ningún lado, y una relación más seria con Daniela, una chica alta y dominante que la había dejado con la costumbre de buscar exactamente eso en los demás. Pero si tenía que elegir, Noa lo tenía claro: le gustaban las mujeres. La forma en que ocupaban un espacio, la manera en que se reían, el modo en que la miraban cuando creían que ella no se daba cuenta.
Por eso el primer semestre del año la encontró aburrida, sentada en un electivo de relleno que no tenía nada que ver con su carrera. Administración de algo. El nombre completo le resbalaba. Lo único rescatable era que la clase se daba en un auditorio enorme y lleno de gente nueva.
—¿Puedo? —preguntó una voz a su lado—. ¿O está ocupado?
Noa levantó la vista. La chica que señalaba el asiento de al lado tenía la piel bronceada, el pelo castaño oscuro recogido a medias y unos ojos que no terminaban de decidir dónde mirar.
—Siéntate —dijo Noa, y volvió a su teléfono como si no le importara.
—Gracias. Llegué tarde otra vez. Soy Marina.
—Noa.
—Un gusto.
***
Se hicieron amigas con esa facilidad sospechosa de las personas que, en el fondo, se buscan por otra cosa. Marina tenía veinticinco años, cinco más que Noa, y una forma de hablar segura que solo se quebraba cuando el tema se acercaba demasiado a ella misma. Estudiaba para terminar una carrera que había empezado tarde, vivía sola y, según contaba con una insistencia que a Noa le resultaba casi tierna, era heterosexual.
—Pero heterosexual de verdad, ¿eh? —decía, como si alguien la hubiera acusado de lo contrario—. A mí los hombres. Siempre.
—Nadie te preguntó —respondía Noa, mordiéndose una sonrisa.
El problema era que nadie tenía que preguntarle. Marina lo sacaba sola, una y otra vez, hasta que la afirmación empezó a sonar menos a verdad y más a un muro que ella misma reforzaba cada noche.
Noa lo notó pronto. Notó la forma en que Marina la observaba cuando creía que estaba distraída, esa mirada que bajaba un segundo de más por sus piernas antes de volver a la pantalla. Notó cómo se incomodaba cuando algún chico se quedaba mirando a Noa demasiado tiempo, una molestia que Marina justificaba como protección de amiga pero que olía a otra cosa.
Te tengo más cerca de lo que crees, pensaba Noa, y no hacía nada. No tenía apuro. Había aprendido que las mujeres como Marina no se conquistan empujando, sino dejando que la duda haga su trabajo.
***
La excusa llegó en forma de examen. El electivo, por aburrido que fuera, también pedía aprobar, y ninguna de las dos había abierto el apunte hasta tres días antes. Quedaron en estudiar en el departamento de Marina, que estaba más cerca y, sobre todo, vacío.
Noa llegó con una botella de vino que no pensaban tocar hasta terminar, y que terminaron tocando antes de empezar. El departamento era pequeño y cálido, con velas a medio consumir y una pila de libros que no parecían de la carrera de nadie. Se sentaron en el suelo, contra el sofá, con los apuntes desparramados entre las dos.
Estudiaron de verdad durante una hora. Después, menos. El vino aflojó las frases, y Marina empezó a hablar de cosas que no contaba en la facultad: de un novio que la había dejado sintiéndose poca cosa, de la sensación de estar siempre llegando tarde a su propia vida.
—¿Y vos? —preguntó Marina, girando la copa entre los dedos—. ¿Cómo sabés lo que te gusta? Digo… tan seguro.
Noa la miró un momento antes de contestar.
—No siempre lo supe. Pero en algún momento dejé de pelearme con eso.
—¿Y nunca te confundís?
—No es confusión —dijo Noa, suave—. A veces es solo miedo disfrazado de confusión.
El silencio que siguió fue distinto a los anteriores. Más denso. Marina bajó la vista a la copa, después a las piernas de Noa, dobladas debajo del cuerpo, y esta vez no apartó la mirada a tiempo.
—Me estás mirando —dijo Noa, sin reproche.
—No es lo que… —Marina se detuvo. Tragó—. No sé qué estoy haciendo.
—No tenés que saberlo.
***
Noa no se abalanzó. Se movió despacio, lo justo para acortar la distancia, y dejó que fuera Marina quien decidiera lo último. Le rozó el dorso de la mano con dos dedos, apenas, y sintió cómo el cuerpo entero de Marina se tensaba y se rendía en el mismo gesto.
—Si querés que pare, lo digo y paro —murmuró Noa, con los labios cerca de su mejilla.
Marina no dijo que parara. Giró la cara, y el primer beso fue torpe, casi una pregunta, hasta que Noa le sostuvo la nuca y lo convirtió en una respuesta. Marina hizo un sonido bajo contra su boca, algo entre el susto y el alivio, como quien por fin suelta una respiración que llevaba años conteniendo.
—Está mal —susurró Marina, sin separarse.
—No te creo —contestó Noa, y la besó otra vez.
Le subió la mano por el muslo, por encima de la tela del pantalón, sintiendo el temblor que recorría la piel ajena. Marina la dejaba hacer y al mismo tiempo se aferraba a ella, indecisa entre frenar y pedir más. Noa conocía esa indecisión. Sabía esperarla.
—Mirame —dijo.
Marina abrió los ojos. Tenía las pupilas dilatadas y la respiración entrecortada, y toda la seguridad con que decía «a mí los hombres» se había deshecho en ese sofá.
—Decime que querés —insistió Noa, sin tocarla más, dejándola al borde de su propia decisión.
—Quiero —dijo Marina, en un hilo de voz—. No me hagas decirlo otra vez.
Fue suficiente.
***
Noa le sacó la remera despacio, descubriendo la piel bronceada que tantas veces había imaginado, y se tomó un segundo solo para mirarla. Marina se cubrió por instinto y Noa le apartó las manos con delicadeza.
—No te tapes. Quiero verte.
La recostó sobre la alfombra, entre los apuntes olvidados, y empezó a besarle el cuello, la clavícula, el hueco entre los pechos. Cada beso arrancaba a Marina un sonido nuevo, más sincero que el anterior. Noa no tenía prisa: bajaba un centímetro, esperaba, sentía cómo el cuerpo debajo de ella pedía que siguiera, y recién entonces seguía.
—Sos imposible —jadeó Marina—. ¿Por qué vas tan lento?
—Porque llevás meses negándote esto —respondió Noa contra su piel—. Quiero que lo sientas todo.
Le desabrochó el pantalón y se lo bajó por las caderas, deslizando la palma por la cara interna de sus muslos. Marina cerró las piernas un instante, no por rechazo sino por la intensidad de lo que sentía, y Noa volvió a abrirlas con una presión suave y firme.
—Tranquila —murmuró—. Confiá en mí.
Cuando la tocó por fin, por encima de la ropa interior ya húmeda, Marina arqueó la espalda y se mordió el dorso de la mano para no gritar. Noa apartó la última prenda y la acarició con una lentitud calculada, leyendo cada reacción, ajustando el ritmo a la forma en que las caderas de Marina empezaban a moverse solas contra su mano.
—Así no… así no voy a durar —balbuceó Marina.
—No tenés que durar.
Noa bajó por su cuerpo, dejando un rastro de besos por el vientre, y se acomodó entre sus piernas. El primer contacto de su boca hizo que Marina hundiera los dedos en su pelo y soltara un gemido largo, sin contención, el sonido de alguien que deja de pelear con lo que quiere. Noa la sostuvo de las caderas, la mantuvo abierta, y trabajó con la lengua un ritmo paciente que fue subiendo de a poco, sintiendo cómo cada músculo del cuerpo de Marina se tensaba como una cuerda.
—No pares —pidió Marina, y por primera vez no había una sola duda en su voz—. Por favor, no pares.
No paró. La llevó hasta el borde y la sostuvo ahí, justo en el límite, hasta que Marina dejó de pensar en lo que estaba bien o mal y se entregó del todo. El orgasmo la sacudió en oleadas, con un sonido ronco que terminó en una risa entrecortada, casi de incredulidad, mientras se cubría los ojos con el antebrazo.
***
Después quedaron tiradas en la alfombra, entre la ropa y los apuntes arruinados, recuperando el aire. Marina tenía la mirada clavada en el techo y una sonrisa que no terminaba de irse.
—No digas nada —pidió.
—No iba a decir nada —contestó Noa, apoyando la cabeza en su pecho—. Salvo que ya no te creo lo de los hombres.
Marina soltó una carcajada y le tiró del pelo, suave.
—Idiota.
—Heterosexual de verdad, ¿eh? —la imitó Noa.
—Callate.
Se quedaron así un rato largo, en silencio, sin necesidad de ponerle nombre a nada. Marina le acariciaba la espalda con la punta de los dedos, distraída, y en algún momento Noa la sintió girarse hacia ella, buscándola otra vez.
—¿Y si me confundí toda la vida? —preguntó Marina en voz baja.
Noa la miró. Ya no había muro, ni frase ensayada, ni la insistencia de antes. Solo una mujer mirándola con honestidad por primera vez.
—No es confusión —repitió Noa, y la besó—. Ya te dije lo que era.
El examen, por supuesto, lo dieron las dos sin estudiar. Lo aprobaron raspando. A ninguna de las dos le importó demasiado: para entonces tenían cosas mucho más interesantes que repasar, y un departamento pequeño con velas a medio consumir donde nadie iba a interrumpirlas.