La mujer del gimnasio que me dejó sin aire
Es una de esas historias que suenan inventadas cuando las contás, pero que pasaron tal cual. Era un martes cualquiera, de esos en los que el cuerpo va en automático. Había salido del trabajo agotada y paré en el supermercado a comprar las cuatro cosas que faltaban en casa. Tenía treinta años recién cumplidos y la cabeza puesta en la lista mental de la cena, nada más.
Doblé hacia el pasillo de los lácteos y me la encontré de frente. Una mujer más o menos de mi edad, con el carrito a medio llenar y una expresión que no supe descifrar. Nos quedamos mirando. No fue un cruce de miradas normal, de esos que se disuelven en un segundo. Fue largo, sostenido, incómodo de tan intenso. Y entonces las dos sonreímos, sin decir una palabra, sin pararnos siquiera.
Seguí mi camino con el corazón golpeándome las costillas. Yo me sabía bisexual, eso no era novedad para mí; una cosa es disfrutar de una mujer en la cama y otra muy distinta es que una desconocida te desarme con una sola mirada en el pasillo de los yogures.
Esta mujer me flechó.
El pensamiento me dio risa y vergüenza al mismo tiempo. Disimuladamente intenté buscarla por los otros pasillos, pero me di cuenta de algo absurdo: no recordaba ni cómo estaba vestida. La había mirado a los ojos y nada más. Di un par de vueltas inútiles, pagué y salí derrotada.
Estaba acomodando las bolsas en el baúl del auto cuando me pareció verla a lo lejos, cruzando el centro comercial. Dejé todo tirado, cerré el baúl de un golpe y fui detrás de ella casi corriendo. La vi subir por las escaleras mecánicas y meterse en el gimnasio del primer piso. No lo pensé. Subí también.
En recepción me atendió una chica muy amable. Yo no tenía idea de qué decir, así que pregunté lo primero que se me ocurrió: cuánto costaba la membresía. Me explicó los planes, los horarios, las clases, y yo asentía sin escuchar una palabra, con los ojos clavados en el fondo del salón buscándola.
No sé si fue suerte o destino, pero ella apareció justo en ese momento. Salía de la zona de máquinas con una toalla al hombro y volvimos a mirarnos, exactamente igual que abajo. Y otra vez la sonrisa. Siguió de largo hacia los vestuarios y yo, todavía con el pulso disparado, le pregunté a la recepcionista si esa chica entrenaba ahí.
—Sí —me dijo, inocente—, Lucía viene todas las tardes.
Saqué la tarjeta sin dudarlo y me inscribí en el acto.
***
Llegué a casa confundida, contenta, distraída como una adolescente que vuelve del colegio pensando en alguien. Mi marido me notó rara y me preguntó si estaba bien. Le dije que sí, que al día siguiente empezaba el gimnasio porque me había cruzado con una chica que me había dejado flechada.
Soltó una carcajada.
—Estás loca —me dijo, sin darle demasiada importancia—. Disfrutá tu locura.
Nosotros somos swingers desde hace años. Compartimos, jugamos, vamos a fiestas donde todo está permitido mientras haya respeto y reglas claras. Por eso él se reía: para él era una aventura más en el menú. Lo que él no sabía, lo que yo todavía no terminaba de entender, era que esta vez no quería compartir nada con nadie.
***
Al otro día fui temprano. La encontré haciendo cardio con unas calzas que le marcaban cada curva del cuerpo. Me armé de valor y me acerqué.
—Hola. No creas que te estoy siguiendo, es pura coincidencia. Soy Valeria, un gusto.
Ella se rió con ganas y me tendió la mano, todavía agitada por el ejercicio.
—Yo soy Lucía, pero todos me dicen Lu. Cualquier cosa, estoy a las órdenes.
Nos quedamos mirando un rato largo, demasiado largo para dos personas que recién se presentan. Las dos sabíamos que algo había, y creo que las dos nos sonrojamos. Me preguntó si tenía instructor o si quería hacer la rutina con ella. Le dije que estaba sola, que la acompañaba con gusto, pero que no le iba a seguir el ritmo porque era mi primer día.
—Además te llevo unos cuantos años —agregué, solo para sacarle la edad de manera disimulada.
—Te ves mejor que yo y que la mitad de las que entrenan acá —me respondió, con una voz tan suave que me dejó tildada—. Vamos a empezar con espalda.
Pasamos la siguiente hora entre máquinas y mancuernas, y yo no sabía si eran ideas mías o si de verdad estaba pasando, pero todo lo que me decía me gustaba, me prendía, sentía que me cortejaba con cada corrección de postura. Me corregía la posición de la cadera con la mano apoyada en mi cintura, me sostenía la barra desde atrás, me hablaba al oído por encima de la música. Tenía miedo de que se me notara lo nerviosa que estaba.
Cuando terminamos, fuimos juntas a las duchas. Aproveché para mirar su cuerpo definido y firme, tratando de no faltarle el respeto, robándole detalles de reojo. Pero cuando levanté la vista, ella me estaba mirando a mí. Exactamente como yo la miraba a ella.
—¿Te gusto? —preguntó, sin pudor.
No supe qué contestar. No entendí si la pregunta era de enojo o de interés real. Pero me salió la respuesta más serena que pude armar.
—Mucho. Pero recién te estoy conociendo, y yo no salgo con nadie en la primera cita.
Nos miramos y nos reímos. El hielo se rompió ahí, entre el vapor de las duchas y dos toallas. Después cada una se fue a su casa.
***
Los días siguientes entrenamos juntas siempre. Yo estiraba mi rutina a propósito, esperando que coincidiéramos en los vestuarios para verla un rato más. Me encantaba todo de ella: sus piernas, sus brazos, la curva de su espalda, el cuello, la línea del ombligo, la cara. Todo. Y ella se dejaba ver sin un gramo de vergüenza, sabiendo perfectamente que yo la devoraba con los ojos.
Era extraño, igual. Ella me mostraba todo, como si le gustara que yo la mirara, pero no sentía que hiciera lo mismo conmigo. Eso me hizo dudar. Llegaba a casa dándole vueltas, y como siempre, terminaba contándole todo a mi marido.
—¿En serio te tiene así la del gimnasio? —me dijo una noche, divertido—. Traela a casa, la conocemos y vemos qué pasa.
Pensé que si la llevaba estaba todo dicho, porque mi marido es un zorro viejo y rara vez se le escapa una. Pero por primera vez en mucho tiempo no quería compartir. Juntos funcionábamos bien en las fiestas, pero esto era otra cosa. Esto era el vértigo raro de querer conquistar a una mujer, no llevarla a la cama y listo. Era el cosquilleo de gustar y querer gustar.
***
Una tarde salimos del gimnasio a tomar un café. Fuimos a un lugar al aire libre, medio escondido entre plantas, con ese aire entre romántico y agreste. Hablamos de tonterías, nos reímos, y en algún momento, sin darnos cuenta, terminamos con las manos entrelazadas sobre la mesa. Las dos lo notamos al mismo tiempo y aflojamos un poco, pero no del todo.
Le conté que era casada. Ella me dijo que era soltera, que había tenido varias parejas, hombres y mujeres, pero nada serio en ese momento. Cuando nos despedimos, ya dentro del auto, nos besamos por primera vez. Fue un beso lento, hambriento, de esos que te dejan temblando. La sentí entera contra mí, su perfume, el calor de su boca, la mano que me buscaba la nuca. Salí de ahí sintiéndome enamorada, como hacía años que no me pasaba.
Esa noche le conté a mi marido, y como era de esperar, dijo que le encantaría conocerla. Pero yo ya había decidido algo: con Lucía iba a hablar claro antes que nada.
***
Al día siguiente la cité de nuevo a tomar algo. Le conté con honestidad sobre mi matrimonio, sobre nuestra vida como pareja abierta, sobre mi deseo de tener una relación lésbica en paralelo, pero también sobre mi lealtad hacia mi marido. En pocas palabras, le dije que quería estar con ella, pero siempre con el consentimiento y el conocimiento de él. Sin engaños, sin secretos, sin traiciones a nadie.
Ella se quedó pensando un momento, jugando con la taza. Después me miró y me sonrió.
—Me gusta cómo sos —dijo—. Y me gusta que no me mientas.
Con las reglas claras, empezamos algo precioso que duró meses. Lucía se convirtió en mi mejor amiga, mi confidente y mi amante con permiso. Comprábamos juguetes juntas y los estrenábamos sin culpa, en su departamento o en hoteles, riéndonos como dos chicas que descubren un mundo nuevo. Aprendí su cuerpo de memoria: dónde apretar, dónde demorarme, qué le hacía arquear la espalda y morderse el labio para no gritar.
Con el tiempo hicimos un trío con mi marido. La verdad es que ellos no conectaron como yo esperaba, faltó la chispa entre los dos. Pero eso no enturbió nada de lo nuestro. Al contrario: confirmó lo que yo ya sospechaba, que lo que tenía con ella era algo aparte, algo que no necesitaba a nadie más para existir.
***
Todavía hoy trato de encontrar algo que no me haya gustado de Lucía, y no puedo. Recuerdo sus besos, sus caricias, su olor, su piel, el pelo cayéndole sobre los hombros, la mirada, la risa, la compañía. Todo era fácil con ella.
Con el tiempo empezó a salir con un muchacho. Fue clara conmigo desde el principio: quería formar una familia, y eso era algo que yo no podía darle. Se fue enamorando de él y nosotras nos fuimos alejando de a poco, sin peleas ni reproches, hasta quedar simplemente como amigas. Se casó. Hoy tiene dos hijos hermosos. Nunca más volvimos a estar juntas, aunque seguimos en contacto y vivimos en la misma ciudad. Coincidimos pocas veces, y hasta ahí llega.
Yo quedé enamorada de ella un buen tiempo. Me despechaba sola, en silencio, las noches en que la extrañaba. Creo que nunca volví a sentir por otra mujer lo que sentí por ella. A veces pienso que todavía la amo un poco. Pero ella es feliz, tiene su vida armada, y yo aprendí a quererla así, de lejos. Para mí siempre va a ser eso: un amor imposible.