La depilación que cambió todo con mi esteticista
Eran las ocho cuando empujé la puerta de cristal del estudio. El aire dentro olía a aceite de almendras y a cera tibia, ese mismo aroma que llevaba meses asociando con un cosquilleo en la nuca cada vez que pisaba el local. Música suave de piano en los altavoces, la luz baja, las cortinas a medias. Todo demasiado tranquilo para una clienta de las ocho.
Soledad estaba detrás del mostrador, con la bata blanca abotonada hasta el cuello y el pelo recogido en una coleta alta. Levantó la vista de la tablet y me dedicó esa sonrisa torcida que llevaba meses regalándome a cuentagotas.
—Hola, Romina —dijo, casi en susurro—. ¿Lista?
—Lista para lo que sea —contesté, y me arrepentí enseguida del tono. O no.
Volvía de Cartagena con la piel todavía dorada después de tres semanas de sol, sal y catamarán. Ella lo notó antes de que terminara de cerrar la puerta. Se acercó con paso lento, me miró de arriba abajo y dejó escapar un silbido bajo.
—Qué bronceado más bonito te traes, mujer.
Sus dedos rozaron mi antebrazo, subieron hasta el hombro, comparando supuestamente el tono con el suyo. Las uñas dejaron un cosquilleo eléctrico desde el codo hasta la clavícula. Me apartó un mechón con el dorso de la mano y no se molestó en disimular.
—Te ves radiante.
—Han sido semanas de excesos —reí, intentando que no se me quebrara la voz.
Me guió hasta el cuarto del fondo. Mi vestido floreado iba detrás de ella como un susurro. La camilla estaba lista, con la sábana blanca recién planchada y la pequeña almohada en el extremo. Sobre la silla, el panty desechable envuelto en plástico. Lo miré, lo dejé donde estaba y giré la cabeza hacia ella.
—Hoy nada de panty —le dije.
Arqueó una ceja.
—¿Ah, no?
—Hoy completa.
Sostuvo mi mirada un segundo más de lo razonable y se giró a preparar los frascos. Yo me desvestí despacio, demasiado despacio, sabiendo que en el espejo del fondo ella estaba siguiendo cada movimiento. Primero las sandalias, después el vestido por la cabeza, después el sostén. Cuando me quité la última prenda, el aire acondicionado me erizó la piel y los pezones se me endurecieron antes de que ella se diera vuelta.
Me tumbé boca arriba, con los brazos a los costados, intentando que la respiración no delatara nada. Soledad apartó la lámpara, ajustó la luz, y por un instante la sentí simplemente mirar. Sin tocar todavía.
—Empezamos por las cejas —dijo al fin, con voz profesional. Tenía la voz un poco más ronca que de costumbre.
Se inclinó sobre mí. La bata se le abrió un dedo en el escote y vi, entre la tela, la curva pesada de uno de sus pechos. Cerré los ojos, no por dolor, por concentración.
—¿Qué tal el verano? —pregunté, por decir algo.
—Tranquilo —respondió, con la pinza ya en mi ceja izquierda—. Demasiado tranquilo. Corté con Damián a finales de junio.
Abrí los ojos un segundo.
—No tenía idea.
—Llevaba tiempo viniendo. Solo me faltaba decidirme. —Hizo una pausa, tiró del último vello, sopló—. Y ahora estoy descubriendo que me hacía falta más diversión de la que pensaba.
Sentí cómo el calor me subía desde el ombligo hasta la cara. Mis pezones, que ya estaban tensos, se endurecieron todavía más. Ella lo notó. Por supuesto que lo notó.
—Tienes frío, mujer —dijo, juguetona, mientras pasaba a las axilas.
—Un poco —mentí.
Levanté el brazo detrás de la cabeza para que pudiera trabajar la axila derecha. Mi pecho quedó completamente expuesto, ofrecido, y sus ojos no fingieron ningún recorrido profesional. Bajaron a mi pezón, lo recorrieron, volvieron arriba. Las pinzas tardaron un segundo más en empezar a moverse.
Cuando terminó, untó aceite tibio con el pulgar y deslizó la mano por la línea del costado, casi rozando el contorno del pecho. Cada vuelta del dedo era más lenta que la anterior.
—Tienes dos pelitos en el pezón —murmuró.
—¿Sí?
—Déjame.
El primer tirón no fue tan suave como debería. Solté un gemido pequeño, ronco, que no podía pasar por sorpresa. Soledad sonrió de medio lado, sin levantar la vista.
—Perdón —dijo, sin sonar arrepentida en absoluto—. Déjame que te lo calme.
Sus dedos cerraron el pezón entre el índice y el pulgar y lo masajearon en círculos lentos. Después abrió la palma y cubrió todo el pecho, lo apretó, lo soltó, lo apretó otra vez. Cuando pasó al otro lado, ya no había excusa. Yo tampoco la pedí.
—Sigamos con las piernas —dijo, como si nada.
Pero la voz se le había quebrado.
***
La cera bajó por mis muslos con su rapidez de siempre, esa eficiencia que en cualquier otra circunstancia me hubiera dado vergüenza interrumpir. Hoy yo deseaba que se demorara. Y ella, sin decirlo, lo hizo. Cada tirón fue seguido por un masaje más largo, más profundo. Los pulgares subieron por la cara interna del muslo hasta detenerse a un dedo de mi entrepierna, y se quedaron ahí, presionando, antes de retroceder.
—Date la vuelta, preciosa —dijo en voz baja.
Me giré boca abajo, los codos clavados en la almohada, las rodillas separadas más de lo necesario. Sabía perfectamente lo que ella podía ver desde su posición. No me importó. Me importó que lo viera.
Sus manos abrieron mis nalgas con una suavidad que era casi un insulto. El aire frío del aparato me golpeó entre los muslos y todo el cuerpo se me erizó. Sentí su dedo recorrer el contorno de mi entrada trasera, despacio, como dibujando una circunferencia. Apenas presionaba. Solo recorría.
—Vas a sentir calor —avisó.
La cera me arrancó un quejido. Antes de que terminara, ella sopló en el centro, un soplo largo, lento, con la boca demasiado cerca de la piel. Cuando jaló la tela, mi cuerpo se arqueó solo. Volvió a soplar. Volvió a masajear. Su pulgar resbaló por el surco, se demoró un segundo más de la cuenta y siguió.
—Muy bien, preciosa —murmuraba—. Así, muy bien.
Yo ya no podía disimular nada. Tenía la cara hundida en la almohada para no soltar el gemido que se me venía. Mis muslos brillaban. Ella podía verlo. Tenía que estar viéndolo.
Cuando me dio vuelta otra vez, sus ojos bajaron directo a mi sexo. La sonrisa con la que me miró ya no tenía nada de profesional.
—A ver ese cuerpo tan bonito —susurró.
Su dedo separó mis labios con una delicadeza que me hizo morder el mío. Rozó el clítoris ya hinchado y yo dejé escapar el gemido que llevaba media hora aguantando.
—Te gusta —no era pregunta.
—Es que tocándome así… —balbuceé—. No soy de piedra.
—Yo tampoco.
Y se desabotonó la bata.
La tela cayó al suelo sin que ninguna de las dos la mirara caer. Soledad estaba desnuda frente a mí, los pechos pesados, los pezones oscuros y duros, las caderas anchas, una línea fina de vello que bajaba hasta una vulva brillante. Me senté en la camilla, le tomé la cara con las dos manos y la besé.
El beso tenía meses esperando. Fue con dientes, con lengua, con saliva escurriendo. Nos comimos la boca como si nos debiéramos algo. Nuestros pechos se aplastaron en el medio, los pezones rozándose, resbalando con el sudor que ya nos brillaba en la piel. Bajé las manos por su espalda, le agarré las nalgas, las apreté, dejé que un dedo se metiera entre ellas y rozara su entrada. Ella gimió contra mi boca y me mordió el labio inferior.
—Acuéstate —le ordené.
—Hazlo tú primero —respondió.
La empujé contra el sillón acolchado del rincón y la puse en cuatro. Su culo apuntó hacia mí, su sexo entre los muslos, abierto, mojado. Le agarré las nalgas con las dos manos, las separé, las apreté, dejé que rebotaran. Después bajé la cara y pasé la lengua de su clítoris hasta la entrada de atrás, una sola pasada lenta, sin saltarme nada.
Ella enterró la cara en el almohadón del sillón y soltó un gemido largo.
—No pares —rogó.
No paré. La lamí entera, despacio. Bebí su humedad como si llevara meses sin tomar agua. Cuando metí el primer dedo dentro de ella, lo recibió todo. Entró un segundo y luego un tercero. Movía las caderas para encontrarme, apretándolos con cada embestida. Yo seguía con la lengua arriba, succionando, soltando, succionando otra vez.
—Me corro —avisó, con la voz rota.
Su orgasmo me empapó la boca y los dedos al mismo tiempo. Tembló entera, las piernas se le aflojaron, se desplomó contra el almohadón con un gemido que no le importó que sonara.
***
Me tomó del brazo, todavía jadeando, y me arrastró de vuelta a la camilla. Me empujó hacia arriba con un movimiento firme y me abrió las piernas. Se montó sobre uno de mis muslos, pasó una pierna por encima del mío y bajó su sexo contra el mío. La sentí caliente, mojada, todavía latiendo del orgasmo anterior. La fricción nos arrancó a las dos un gemido al mismo tiempo.
—Mírame —pidió.
La miré. Empezamos a movernos despacio, con los clítoris encontrándose en cada vaivén. Cada roce nos sacudía. Cada empuje suyo me clavaba más contra la camilla. Los pezones nos rozaban cuando se inclinaba sobre mí, los dos pares igual de duros, igual de sensibles. La carne contra la carne, mojada, ruidosa, sin pudor.
—Así, Romina —susurraba—. Mírame, mírame, mírame.
El orgasmo me alcanzó con la espalda arqueada y un grito que me tragué a mitad. Ella se vino encima mío unos segundos después, derramándose sobre mi vientre, dejando un calor pegajoso que me bajó por el costado.
Nos quedamos un momento así, respirando como dos animales recién corridos. Después ella se incorporó, se pasó la mano por la frente y soltó una risa baja.
—Nos falta lo último.
Tardé un segundo en entender.
—Estás bromeando.
—No, no bromeo. —Se acercó a la mesita, preparó la cera, todavía desnuda—. Me pagaste por una depilación completa.
Volví a la posición. Las piernas abiertas, la respiración todavía agitada, el sexo brillante y sensible. Cuando aplicó la primera capa de cera sobre el pubis, di un respingo. Cada tirón fue acompañado por un beso suyo en el muslo, un mordisco suave, una lamida lenta que calmaba el ardor.
Cuando terminó, no se conformó con la crema. Me abrió los labios con los dedos y bajó la cabeza otra vez. Su lengua rodeó el clítoris recién liberado, lo chupó con fuerza, después bajó a la entrada y volvió a subir. Alternaba succiones rápidas con pasadas largas, hasta dejarme jadeando, con los puños cerrados sobre la sábana.
—Así, preciosa, así.
El segundo orgasmo me atravesó con más violencia que el primero. Le agarré el pelo con las dos manos y la apreté contra mí, las caderas levantadas, las piernas temblando. Ella no paró. Bebió hasta la última gota, hasta que me dejé caer hacia atrás como si me hubieran vaciado.
Me dio un beso lento en el coño depilado y se incorporó.
—Ahora sí. Completa.
Me bajé de la camilla con las piernas todavía blandas. Mientras nos vestíamos, ninguna de las dos hablaba. El aire estaba demasiado cargado de respiraciones agitadas. Antes de salir, me acerqué, le agarré la cara, la besé con lengua y le apreté una nalga sobre la bata.
—La próxima cita la tomas tú —le dije.
Soledad sonrió de medio lado, con los ojos todavía oscuros.
—Aquí te espero, preciosa.
Salí a la calle con las piernas blandas, la piel ardiendo y la certeza de que «depilación completa» iba a significar otra cosa muy distinta cada vez que entrara por esa puerta de cristal.