Lo que dos mujeres hicieron frente a la cámara
—Antes de que la conozcan como la mujer del escándalo, tienen que entender quién era Liliana Vidal —dijo Renata, acomodándose en el sillón con su café entre las manos—. Durante años fue la conductora más decente de toda la web. Y eso no lo digo con ironía.
Las demás escuchaban en silencio. Renata había sido la periodista que destapó todo, así que tenía derecho a contarlo a su manera, con pausas y rodeos.
—Su programa se llamaba Liliana en confianza —continuó—. Se emitía desde su propia página, sin auspiciantes, financiado por las donaciones de su público. Y su público eran jóvenes, casi todos veinteañeros. Por eso lo que pasó después fue tan grave.
Apretó unas teclas en su computadora y en la pantalla apareció una mujer de piel morena, cabello castaño lacio y unos ojos negros que parecían tragarse la luz. Vestía un pantalón de vestir beige algo ajustado y una camisa blanca que luchaba con la presión de un pecho generoso.
—Miren qué imponente. Y sin embargo era la viva imagen del recato. Daba charlas en parroquias, aconsejaba a las chicas que esperaran al matrimonio, decía que la pornografía atrofia el cerebro. La criticaban por usar ropa tan ceñida, y ella respondía que no podía quitarse su anatomía antes de vestirse, que ese era su cuerpo y no se avergonzaba de él.
—Una hipócrita, entonces —dijo Camila desde el otro sillón.
—No tan rápido. Yo creo que de verdad era así. Lo que pasó es que algo en ella se fue corriendo, de a poco, casi sin que nadie lo notara.
Renata explicó cómo empezó. Primero fueron las blusas un poco más escotadas, después las que marcaban los pezones, después una minifalda imposible. Un día se filtró una foto suya con una blusa roja abierta de par en par, los pechos casi al aire. Dijo que la habían hackeado, que una amiga le había sacado esa foto en broma probándose un conjunto demasiado chico. Su público le creyó. La defendieron con uñas y dientes. «Sos dueña de tu cuerpo, Liliana, hacé lo que quieras, siempre te vamos a apoyar», le escribían.
—Esas filtraciones las hacía ella, por supuesto —dijo Renata—. Para subir el rating. Y funcionaba: cada vez que se le escapaba un pezón o se le marcaba todo bajo una pollera, los números se disparaban. El programa empezó a inclinarse hacia un solo tema. La sexualidad. Y un día anunció un especial. Un especial dedicado a la masturbación femenina.
***
Liliana apareció ante la cámara de rodillas sobre una cama, y el conjunto que llevaba puesto le robó la atención a cualquiera. Lencería negra con transparencias apenas disimuladas. Quien fijara la vista en los lugares correctos podía adivinar los pezones bajo la tela. Y más abajo, una tanga negra que dejaba ver el pubis depilado, un triángulo de encaje que cubría lo justo y transparentaba el resto. Las medias y el portaligas remataban el cuadro.
—Hola, bienvenidos una vez más —dijo, con una sonrisa serena—. Sí, ya sé lo que están pensando: que me volví loca. Y no. Hoy tenemos un programa muy especial, así que me pareció apropiado vestirme para la ocasión. Sometimos el asunto a votación, y muchos entendieron que la decencia de una mujer no se pierde por la ropa que usa. Quiero ayudar a las chicas que viven acomplejadas con su cuerpo, y quiero sacarles las dudas que tengan sobre el sexo. Por eso invité a alguien que me va a echar una mano. Démosle la bienvenida a la sexóloga Verónica Salas.
Una grabación de aplausos llenó el set. Junto a Liliana apareció una rubia de treinta y tantos, de cuerpo escultural, vestida con un conjunto de lencería blanca tan provocador como el de la conductora. Cualquiera que cayera en ese video sin conocer el programa habría jurado que estaba por empezar una película porno.
—Ay, te depilaste —comentó Verónica, con una sonrisa amplia.
—Tuve que hacerlo para poder usar este conjunto —respondió Liliana, y bajó un poco la tanga para que se viera mejor.
La rubia estiró la mano y le acarició la piel desnuda.
—Te quedó muy suave. ¿Con cera?
—Ni loca, eso duele. Me hice la definitiva. La voy a tener así por mucho tiempo.
Las dos se rieron como dos colegialas que comparten un secreto. Esto va a salir mejor de lo que pensaba, se dijo Liliana. Habían discutido las reglas antes de grabar. «Mi vagina no se tiene que ver en ningún momento, tené cuidado con eso», le había advertido a Verónica. «¿Y por qué la tuya no y la mía sí?», había preguntado la sexóloga. «Porque yo soy la conductora. Vos sos la invitada, y además sos profesional. Es tu trabajo». Ya era tarde para arrepentirse, pero Verónica todavía esperaba arrancarle a Liliana un poco más de compromiso.
—Empecemos por lo básico —dijo la conductora.
—Lo más básico en una mujer es estimular los pechos —dijo Verónica, y algo cambió en su sonrisa—. Sacate el corpiño y te muestro cómo se hace.
Con un movimiento ágil le desprendió el broche y le dejó los pechos al aire.
—¡Epa! Pensé que ibas a mostrarlo con los tuyos, no con los míos —protestó Liliana, aunque no hizo nada por cubrirse.
—Ay, querida, con la cantidad de veces que se te vieron los pezones… Hasta hay una foto tuya dando vueltas.
—Foto que yo no subí.
—Y que tampoco borraste. Vamos, no pasa nada. —Le tomó ambos pechos con las manos—. Así se empieza. Y los pellizcos suaves son más efectivos que las caricias.
Apretó un pezón entre los dedos y Liliana dejó escapar un quejido corto.
—Auch. Duele un poco.
—Un poco, sí. Pero mirá qué lindo color te subió a las mejillas. Eso es la sangre circulando. ¿Sentís el subidón?
—Puede ser… —Liliana le devolvió el gesto, le soltó el corpiño y le tomó los pechos a ella—. ¿Así, entonces? ¿Aprieto así?
—Sin demasiada presión, pero que se sienta. Y una vez que el pecho está bien estimulado, se puede pasar a la parte que más nos interesa a todas.
—Antes quiero aclarar que, en mi opinión, una mujer decente no debería andar tocándose ahí abajo todo el día.
—Ya hablamos de esto, Liliana. Vos misma admitiste que te masturbás.
—Sí, sí, a eso voy. No lo considero del todo apropiado, pero entiendo que hay momentos en que hace falta. Solo quiero que nuestras seguidoras lo manejen con moderación.
Verónica asintió sin discutir. Por dentro pensaba que no había nada de malo en hacerlo cada vez que una quisiera, pero no iba a decirlo en voz alta. No frente a toda esa audiencia, no por si su marido o alguna de sus amigas estaban mirando.
Por dios, si mis amigas ven esto me muero. ¿Cómo dejé que esta mujer me convenciera?
Pero Liliana pagaba bien. Muy bien. Su público de jóvenes pudientes le daba fondos de sobra para pagar la incomodidad de una sexóloga respetada.
—Entonces… ¿cómo seguimos? —preguntó la conductora.
—Ay, Liliana, vos no sos ninguna primeriza —dijo Verónica con un tono desafiante—. Más de una vez llevaste la mano ahí abajo.
Liliana no se dejó intimidar. Sonrió con cortesía, deslizó la mano bajo la tanga blanca de la rubia y la sorprendió por completo. Verónica jamás imaginó que la recatada conductora se atrevería a tocarla así, frente a la cámara, sin avisar.
—No lo hago muy seguido, pero cuando lo hago empiezo de esta forma —murmuró Liliana, acariciando despacio los labios de la sexóloga, rozándole el clítoris una y otra vez—. ¿Lo estoy haciendo bien?
A Verónica le costó unos segundos recuperar el hilo. La caricia la había desarmado.
—Sí… lo hacés muy bien —alcanzó a decir—. Lo importante es empezar con suavidad. Se nota que tenés experiencia, Liliana. Una de las preguntas más frecuentes de nuestras espectadoras es: «¿Está mal si me masturbo todos los días?». ¿Vos qué les dirías?
—Yo no soy sexóloga, pero una vez por día me parece bastante. Aunque, debo admitir, es el ritmo que vengo llevando últimamente. Los nervios del programa, el estrés.
Hablaba sin dejar de acariciarla.
—Exactamente. El estrés nos lleva a hacerlo más seguido, así que, chicas, no se preocupen. Masturbarse es una de las mejores formas de aflojar la tensión. ¿Hoy te hiciste una, Liliana?
La conductora no soportaba que llamaran «hacerse una» a la masturbación, y Verónica lo sabía perfectamente. Pero no iba a dejarse intimidar en su propio programa.
—Sí, hoy me hice una. Antes de empezar a grabar, para aflojar los nervios. Y se lo recomiendo a las chicas: una buena sesión antes de un examen o una entrevista hace milagros.
—¿Los dedos están húmedos?
—Muy húmedos.
—Esa es la señal de que vas bien. La lubricación lo es todo. —Verónica respiraba con un ritmo entrecortado que ya no podía disimular—. Te pedí que trajeras un lubricante…
—La producción tenía que conseguirlo. —Miró fuera de cámara—. ¿No hay? Uy. Parece que no tenemos. Bueno, nos vamos a arreglar igual.
—Entonces deberías quitarte la tanga —dijo Liliana, devolviéndole el desafío—. Las chicas en sus casas quieren ver bien el proceso. De eso se trata todo esto.
A Verónica se le encendieron las mejillas otra vez. Había querido convencerse de que no haría falta mostrarse, pero ya no podía retrasarlo más. Dejó que la conductora le bajara la tanga y miró a la cámara como suplicándole al público que no la juzgara.
—Las cosas que tengo que hacer para educar sobre sexología —suspiró.
—Sabemos el esfuerzo que es, Verónica. Y deberías estar orgullosa: tenés un cuerpo precioso.
Le acarició de nuevo, ahora sin tela de por medio.
—Muchas chicas van a sentir ganas de meter algún dedo, ¿no, Liliana? —dijo la rubia, recuperando el papel de instructora aunque la voz le temblaba.
—Sin duda. Lo importante es que estén bien lubricadas. Si lo están, no hay nada de qué preocuparse.
—¿Te parece que me acueste? Así la audiencia ve mejor lo que hacemos.
—Sí, por supuesto.
La mayor parte de la vergüenza de Verónica se había disuelto para dejarle lugar a otra cosa, una calentura que ya no controlaba. Se acostó boca arriba, abrió las piernas y dejó que Liliana le introdujera un dedo. La conductora movía la mano despacio y repetía consejos para las jóvenes que miraban desde sus casas.
—Cuidado con las uñas si las tienen largas —decía Liliana—. Y si quieren un mejor estímulo, acaricien las paredes de adentro, así.
—Lo estás haciendo muy bien —jadeó Verónica, con una voz que ya no tenía nada de profesional—. Muy, muy bien. Esto pueden practicarlo con una amiga de confianza, chicas. Como nosotras ahora.
—¿Creés que dos amigas pueden masturbarse sin que se vuelva raro? —preguntó Liliana, sin detener la mano.
—Cuando estudiaba, practicaba con mis compañeras de facultad. Y no lo veíamos como algo raro.
—¿Y cómo terminaba?
—Digamos que también sé lo que se siente cuando una mujer te acaba en la cara.
Las dos soltaron una carcajada y el clima se aflojó. En algún momento, entre risas y caricias, sus narices se rozaron y por un instante pareció que iban a besarse. Liliana se detuvo justo antes, retiró apenas la cara y volvió a hundir la mano entre las piernas de la rubia, que ya no fingía nada.
—Acostada se ve precioso —murmuró Liliana—. ¿Por qué no te ponés de costado y me dejás que pruebe otra cosa?
Verónica obedeció. La conductora le besó el hombro, le pasó la lengua por el cuello y bajó la mano de nuevo, esta vez con dos dedos. La sexóloga arqueó la espalda y se mordió el dorso de la otra mano para no gritar.
—Liliana… —susurró—. Esto ya no es una clase.
—Lo sé —respondió la conductora, y por primera vez su sonrisa no tenía nada de recatado—. Pero seguí, no te detengas. Vos misma lo dijiste: no hay nada peor que interrumpir a una mujer a mitad de camino.
Verónica cerró los ojos y se dejó llevar. Las dos mujeres terminaron enredadas sobre la cama, las manos cruzadas entre las piernas de la otra, los jadeos pisándose, hasta que la rubia se quebró en un orgasmo largo que la hizo temblar de pies a cabeza. Liliana la siguió unos segundos después, con la respiración entrecortada y las mejillas encendidas, todavía con los pechos al aire frente a la cámara.
—Muchas gracias a todos por acompañarnos en este programa especial —dijo, recuperando el aliento—. Recuerden que fue un experimento, una prueba piloto. Nos gustaría llevar esto a otro nivel, pero eso depende de ustedes. Verónica, fue un placer tenerte.
—Voy a venir cada vez que me invites —respondió la rubia, todavía agitada—. Lo digo en serio. Al principio fue incómodo, por los nervios. Después… después me sentí muy bien.
***
—Y esa fue la primera vez que las dos se mostraron tan abiertamente —cerró Renata, dejando la taza vacía sobre la mesa—. Liliana quedó feliz con el especial. Habría salido todo perfecto si no fuera porque yo lo conté en mi revista.
—¿Y vos creés que de verdad había sido tan conservadora? —preguntó Camila—. Porque parece todo una farsa.
—Yo creo que algo en ella se rompió —dijo Renata—. Tal vez la primera filtración fue de verdad, y le gustó la sensación de verse expuesta. Quieras o no, que medio mundo te considere una bomba sexual te golpea el ego. Y de ahí en adelante ya no pudo frenar. —Se levantó y estiró la espalda—. Pero esto recién empieza, chicas. Preparen más café. Lo que vino después fue mucho peor.