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Relatos Ardientes

La sorprendí espiándome en la ducha

Me llamo Astrid, soy hija de madre noruega y padre andaluz, y vivo sola en un apartamento frente al mar, en una ciudad pequeña de la costa de California donde terminé instalándome para estudiar oceanografía. Llevaba casi dos años hablando con Maite por videollamada, casi cada noche, y aunque ella siempre insistía en que era heterosexual, yo tenía clarísimo que tarde o temprano sería mía. Lo único que no sabía todavía era cómo iba a conseguir seducirla.

El día que aterrizó yo era un manojo de nervios. Fui a recogerla al aeropuerto con unos vaqueros cortos y una camiseta que dejaba a la vista los hombros y un trozo de vientre. Me miré al espejo lo menos diez veces antes de salir de casa. Quería estar perfecta para ella.

Cuando la vi cruzar la puerta de llegadas me quedé sin aire. Traía un vestido rojo que se ajustaba a su cuerpo como si lo hubieran cosido encima de ella. Sin pensarlo me lancé a sus brazos, y al abrazarla noté sus pechos aplastándose contra los míos un segundo de más. Nos dimos dos besos y caminamos hacia el coche.

Durante el trayecto hablamos de tonterías: su vida en Bilbao, la mía aquí, mis prácticas en el laboratorio, lo cara que estaba la gasolina. Cuando llegamos al apartamento la ayudé a bajar la maleta y la acompañé al cuarto de invitados. La dejé instalándose y le dije que iba a ducharme.

Entré al baño, me desnudé y me metí bajo el agua. Me estaba enjabonando cuando, a través del vapor del espejo, vi que la puerta estaba entreabierta.

Qué raro. Juraría que la había cerrado.

Pensé en cerrarla al salir, pero no salí. Me sequé despacio, de pie frente al lavabo, y entonces vi por el reflejo cómo la rendija se ensanchaba un poco más y aparecía la cara de Maite, asomándose con una mezcla de timidez y descaro. Seguí secándome como si no me hubiera dado cuenta, mirando de reojo al espejo. Tengo que confesar que aquello me estaba poniendo a mil, y creo que a ella también, porque la vi apretarse un pecho con una mano mientras la otra se le escurría entre las piernas.

Me incliné hacia delante, ofreciéndole una vista perfecta de mi trasero, y ella dejó escapar un suspiro que delató todo. Levanté la vista y la miré directamente a los ojos a través del cristal.

—Espero que estés disfrutando del espectáculo —le dije.

Se puso blanca y salió corriendo hacia su cuarto.

***

Terminé de secarme, me puse una bata y fui detrás de ella. Llamé a la puerta y no contestó. Volví a llamar. Nada. Entonces abrí. Estaba sentada en el borde de la cama, muerta de vergüenza, con las manos entre las rodillas.

—Maite, vas a pasar aquí una semana —le dije, sentándome a su lado—. ¿Vas a estar todo el rato sin hablarme? Porque te prometí que lo ibas a pasar bien, y en silencio va a ser difícil.

Levantó la vista y me miró con un brillo culpable en sus ojos castaños.

—Tranquila, que no pasa nada. ¿Acaso me ves enfadada? No tienes de qué avergonzarte. Pero déjame preguntarte una cosa: ¿por qué me espiabas? Se supone que eres muy hetero. ¿Por qué mirarme?

—Tenía curiosidad —contestó casi sin voz—. Una vez me dijiste que te depilabas del todo. Quería ver cómo se veía.

—¿Eso es todo? —me reí—. Podías habérmelo pedido y ya está.

Me puse de pie y abrí la bata, dejándola mirar sin pudor. Ella abrió los ojos como platos, se inclinó un poco hacia delante y ladeó la cabeza para verlo desde todos los ángulos, como quien estudia algo en un escaparate.

—¿Y bien? ¿Qué te parece? —le pregunté.

—Es bonito. Te queda bien. El mío es tan… peludo —dijo, y se mordió el labio.

—Eso tiene fácil solución.

***

Fui al baño, cogí una bolsa del armario y una toalla, y volví. Extendí la toalla sobre la cama y la miré.

—Quítate las bragas, súbete el vestido y siéntate aquí. Voy a depilarte.

Obedeció en silencio. Cogí unas tijeras pequeñas y empecé a recortar, dejándolo bien cortito. Después pasé la maquinilla, despacio, descubriendo cada vez más piel. Cuando vi que la maquinilla ya no daba más de sí, volví a por un cuenco con agua tibia, esparcí espuma y empecé a pasar la cuchilla con muchísimo cuidado, milímetro a milímetro, sujetándole el muslo con la otra mano para que no se moviera.

El pelo fue desapareciendo hasta que quedó completamente lisa. Mojé una esquina de la toalla y retiré los restos de espuma. Ella tembló y dejó escapar un gemido bajito.

—¿Estás bien? ¿Te he hecho daño?

—No. Es que me pica.

—Eso también tiene fácil solución.

Me incliné y deslicé la lengua por toda su raja recién depilada, de abajo arriba, sin prisa. Su respiración se hizo más honda y entrecortada, y poco a poco fue abriendo las piernas. Lo interpreté como una petición muda. Le sujeté los muslos con las dos manos y la lamí entera, cerrando los labios sobre los suyos, jugando con la punta de la lengua en su clítoris.

—Madre mía —murmuré contra ella—, sabes incluso mejor de lo que imaginaba.

—Calla y no pares —me cortó Maite, casi indignada.

Me incorporé de golpe.

—¿Cómo has dicho? —La miré fijo—. ¿Con quién te crees que estás hablando? Vamos a dejar una cosa clara ahora mismo: aquí mando yo, y lo que hagamos lo haremos cuando y como yo quiera. ¿Te queda claro?

—Sí —dijo con un hilo de voz.

—¿Cómo? —repetí, cerrándole una mano con suavidad alrededor del cuello.

—Sí, ama. Se hará como tú quieras.

—Así me gusta. Mucho mejor.

Volví a hundir la cara entre sus piernas y seguí, atrapando su clítoris entre los labios, dándole pequeños golpes con la lengua. Noté que estaba al borde y lamí más rápido, más fuerte, hasta que se deshizo en mi boca con un orgasmo enorme que la dejó arqueada sobre la cama.

—Soy tuya, solo tuya, haz conmigo lo que quieras —repetía cada vez más bajo, hasta que solo le quedaron fuerzas para susurrar—: gracias, ama.

***

Se quedó desmadejada, recuperándose. Le quité el vestido, que ya colgaba enrollado en su cintura, y la contemplé entera, desnuda sobre la toalla.

—No tiene mucho sentido que duermas en esta habitación —le dije—. Recoge tus cosas. Te espero en la mía: arriba, al fondo a la izquierda.

Recogí la bata del suelo, le di un beso corto en los labios, le pellizqué los pezones y me fui. Podría haberla ayudado, habríamos tardado la mitad, pero quería comprobar hasta dónde llegaba su obediencia. Subí, colgué la bata y me tumbé desnuda en la cama.

Al poco apareció ella con la maleta, también desnuda, parada en el umbral sin atreverse a entrar.

—¿A qué esperas? Pasa. A partir de ahora esta también es tu habitación.

Maite agachó la cabeza, dejó la maleta junto al armario y, para mi sorpresa, se acercó a cuatro patas y se detuvo delante de mí, con la mirada baja, como esperando una orden.

—Mírame —le dije.

Levantó la vista y la clavó en mis ojos, pero no dijo nada.

—Puedes hablar. No tienes por qué avergonzarte; todavía tengo tu sabor en la boca.

Se ruborizó y bajó la mirada otra vez.

—Te he dicho que me mires y que hables.

—Gracias por hacer que me corra —dijo al fin— y por enseñarme cuál es mi lugar, ama.

—¿Aceptas entonces ser mi sumisa? ¿Rendirte y complacer lo que yo quiera?

—Sí —contestó sin vacilar.

—Así me gusta. Pero una buena sumisa tiene que aprender a complacer a su ama.

Abrí las piernas.

—Acércate y chupa.

Hundió la cara entre mis muslos y empezó a comerme con una devoción que me costaba creer en alguien que nunca lo había hecho. Exploraba cada pliegue con la punta de la lengua, me agarraba el trasero con las dos manos para pegarme más a su boca. Cada vez que me notaba cerca, bajaba el ritmo y me dejaba al borde, solo para volver a acelerar un momento después. Lo hizo varias veces, dejándome cada vez más al límite, hasta que ya no pude más.

—Haz que me corra.

Cubrió todo mi sexo con la boca y succionó con todas sus fuerzas. Estallé en un temblor que me recorrió de la cabeza a los pies, mientras ella seguía sin soltarme hasta que recuperé el aliento. Después subió por mi cuerpo, me besó en los labios y apoyó la cabeza en mi hombro.

—Gracias por dejarme complacerte —dijo—. ¿Puedo dormir contigo?

—Nunca dejaría que durmieras separada de mí.

La abracé, ella me rodeó la cintura con el brazo, suspiró y se durmió. Le di un beso en el pelo y caí dormida poco después.

***

Me desperté sobresaltada por un cosquilleo entre las piernas. Bajé la vista y ahí estaba Maite, comiéndome de nuevo con ganas, con desesperación. Igual que la noche anterior, cuando me notó cerca, succionó hasta hacerme acabar.

—Buenos días, ama —dijo con una sonrisa—. Gracias por el orgasmo.

—De nada. Solo una pregunta: ¿quién te ha dado permiso para hacerlo?

Bajó la vista.

—Yo pensé que…

—Escucha —la corté—. Quiero que me despiertes así todos los días. Pero no te lo había dicho, así que toca un castigo. ¿Estás de acuerdo?

—Aceptaré cualquier castigo que me pongas.

—Lo sé. Túmbate boca abajo, con el vientre sobre mis rodillas.

Obedeció. Alargué la mano y le di un azote fuerte.

—Cuéntalos y dame las gracias después de cada uno.

Volví a descargar la mano sobre su trasero desnudo.

—Uno. Gracias, ama, por castigar a tu sumisa.

Seguí, una y otra vez, mientras ella contaba y su piel se iba tiñendo de un rojo precioso. Cuando llegamos a veinte, le di un beso en cada nalga.

—Te has portado muy bien. Ahora túmbate boca arriba y cierra los ojos.

Obedeció sin rechistar. Abrí la mesilla, saqué unas esposas y le encadené las muñecas al cabecero. Forcejeó un poco.

—Tranquila, confía en mí. Vas a disfrutar.

Dejó de tirar. Cogí dos pañuelos del armario y le até los tobillos a las patas de la cama, dejándola completamente abierta e inmovilizada. Saqué un pequeño huevo vibrador que a veces usaba conmigo misma, la humedecí un poco con la lengua, se lo introduje, lo encendí y me incliné sobre ella.

—Me voy a trabajar. Tú quédate aquí. Tienes permiso para correrte tantas veces como quieras.

Y me fui, dejándola gimiendo, con el huevo zumbando dentro. Pasé el día en el laboratorio sin dejar de pensar en ella. Conocía bien ese juguete: sabía que se habría corrido un montón de veces. Cuando terminé mi turno volví a casa y me la encontré medio desmayada, agotada, con el huevo fuera y todavía vibrando sobre las sábanas húmedas. Por un instante me asusté, hasta que vi que respiraba tranquila.

Me desnudé, le eché un poco de agua fresca en la cara y se despertó desorientada.

—Tienes trabajo —le dije.

Me arrodillé sobre su cara, apoyando mi sexo en su boca. Sacó la lengua y empezó a lamer mientras yo movía las caderas, cada vez más rápido, hasta dejarme caer sobre ella y correrme con ganas.

***

Bajé y le solté las muñecas. En cuanto quedó libre se lanzó sobre mí, besándome la boca mientras una de sus manos me acariciaba los pechos y la otra se movía entre mis piernas. Solo paraba de besarme para susurrar lo mucho que le gustaba mi cuerpo. Me metió los dedos y empezó a moverlos con una intensidad que no esperaba de la chica tímida del aeropuerto.

La empujé sobre la cama, me subí encima entrelazando nuestras piernas y empecé a frotar mi sexo contra el suyo, las dos gimiendo, los labios buscándose, hasta que llegamos juntas a un orgasmo que nos dejó deshechas, muy pegadas, respirando entrecortado.

—Eres la mejor —le dije al oído—. Gracias por los orgasmos.

—Ya sé que soy la mejor —contestó con una sonrisa cansada—. Y de nada.

Le desaté los tobillos y la miré.

—Vamos a la ducha, nos ponemos guapas y te invito a cenar.

***

Salimos cogidas de la mano. Ella llevaba un vestido largo con una abertura en la pierna; yo, uno negro por encima de la rodilla. Paseamos por el paseo marítimo y nos detuvimos a ver la puesta de sol sobre el Pacífico, que nos bañaba con una luz rojiza mientras el cielo se iba llenando de estrellas. Cenamos tranquilas en un restaurante que había reservado para esa noche, y de vuelta a casa, parándonos cada poco para besarnos, le dije:

—Ahora que has cogido fuerzas, tengo una sorpresa para ti.

Al llegar le pedí que esperara dos minutos en la puerta. Cuando entró, me encontró desnuda, de rodillas en mitad del cuarto.

—Úsame —fue lo único que dije.

Vino hacia mí dejando caer el vestido por el camino. Me besó los labios, el cuello, y entre besos le desabroché el sujetador y le bajé el tanga hasta que quedó tan desnuda como yo. Entonces se subió a la cama, se puso a cuatro patas y volvió la cara hacia mí.

—Astrid, haz que me corra.

Me lancé sin pensarlo, hundiendo la cara entre sus nalgas y deslizando una mano por delante para acariciarle el clítoris. La sentí temblar enseguida. La lamí de abajo arriba, despacio, hasta que se deshizo y se dejó caer sobre la cama. Trepé por su espalda y le besé el cuello.

Ella giró la cabeza y me sonrió con los ojos entrecerrados.

—Ha estado muy bien —murmuró—. Pero la verdad, prefiero cuando me usas tú a mí. Durmamos, que mañana volvemos a lo de siempre. ¿Vale?

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Comentarios (6)

Pame_lectora

dios mio que bueno!!! me encanto totalmente

Vale_Bsas

Por favor continua el relato, quede con ganas de saber como termina todo

SilvanaMC

me recordo a algo que me paso a mi hace un tiempo... esos momentos te quedan grabados jaja

NochesR

y despues que paso?? necesito la segunda parte ya!

Luciana_Baires

Increible como transmitis la tension desde el principio, se hace demasiado corto

Ro_MDP

La narracion es muy buena, te mete en la escena sin ser burdo para nada. Bien ahi!!

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