La mujer de la boda me llevó al baño vacío
Todo pasó en la boda de un pariente de mi marido, una de esas celebraciones largas en las que una acaba sonriendo más por compromiso que por ganas. Yo había ido arreglada de verdad, con un vestido verde oscuro que me marcaba la cintura y me apretaba bien el pecho y el culo. Más de uno me dijo que estaba guapa, y yo fingí modestia, aunque sabía perfectamente que aquella noche llamaba la atención.
Mi esposo, como siempre, se instaló con otros hombres a hablar de deporte y whisky, feliz en su rincón, sin bailar ni mirarme demasiado. A mí me gusta moverme, sentir la música, no quedarme clavada en una silla viendo pasar la noche. Así que me fui sola a la pista, con una copa en la mano y ganas de sudar un poco dentro de aquel vestido ajustado.
Fue ahí cuando la vi.
Era una mujer adulta, quizá algo más joven que yo pero no una cría, de esas que tienen una seguridad seca en la forma de mirar. Morena, pelo corto, camisa blanca, pantalón negro entallado, una pajarita fina al cuello. Tenía un aire andrógino que llamaba la atención sin necesidad de hacer nada, y mientras bailábamos cerca la noté observándome con una intensidad que me puso nerviosa y, para qué mentir, también me encendió algo por dentro.
Después de un rato, el vino me apretó la vejiga y necesité encontrar un baño. Como no conocía bien el salón, me acerqué a ella.
—Perdona, ¿sabes dónde está el servicio?
Sonrió sin apartar los ojos de mí.
—Sí. Está al fondo, medio escondido. Si quieres, te acompaño.
Antes de irme me acerqué a mi marido para avisarle, pero apenas levantó la cabeza. Murmuró algo distraído y siguió con su conversación. Aquel pequeño gesto me dejó una punzada de fastidio. Yo iba hecha un cañón y él ni se enteraba.
La mujer de la camisa blanca caminó a mi lado por el pasillo y se presentó como Luciana, amiga de la novia. Yo le di otro nombre, otro parentesco, la cortesía básica entre dos desconocidas. Me volvió a decir que estaba muy guapa, esta vez más despacio, mirándome el escote apenas un segundo de más. No le respondí nada ingenioso; me limité a darle las gracias y a seguir andando con una sensación rara en la nuca.
Los baños de la planta principal estaban imposibles, llenos de gente haciendo fila, hablando, retocándose el maquillaje, riéndose a gritos. Yo me desesperé al ver aquello.
—Joder, así no aguanto.
Luciana inclinó la cabeza hacia una escalera lateral.
—Arriba hay otros. En otra fiesta estuve en esa sala. Hoy está cerrada, pero se puede pasar por detrás. No habrá nadie.
Dudé un segundo. Sonaba a mala idea. Pero las ganas de mear eran reales, y además aquella mujer hablaba con tanta calma que terminé siguiéndola. Subimos por una escalera discreta y llegamos a otra planta en penumbra, con un salón apagado, mesas vacías y el eco lejano de la música subiendo desde abajo.
El baño estaba abierto. Entré deprisa, aliviada de encontrarlo libre. Cuando encendí la luz, ella me cortó en seco.
—Apágala.
—¿Qué?
—Nos hemos colado. Si alguien ve luz aquí arriba, van a subir. Mejor a oscuras.
No me gustó la idea, pero tampoco quería discutir. La música de abajo retumbaba fuerte y el lugar entero parecía fuera del tiempo. Entré en uno de los cubículos, hice lo que tenía que hacer y al salir me acerqué al lavabo para arreglarme un poco con la luz mínima que entraba desde el pasillo.
La vi en el espejo antes de sentirla.
Se colocó justo detrás de mí, tan cerca que su cuerpo casi rozó mi espalda. Y de pronto sus manos me agarraron los pechos por encima del vestido, llenas, firmes, como si llevara rato deseándolo.
Di un respingo y me giré a medias.
—¿Pero qué haces?
—Lo que llevo queriendo hacer desde que te vi bailar —murmuró junto a mi cuello.
Traté de apartarla, indignada, tensa, con el corazón disparado.
—Para. No te confundas. Estoy casada y esto no va conmigo.
Pero no me soltó. Al contrario. Su boca me rozó la piel del cuello y una de sus manos me apretó una teta con descaro, amasándola por encima del escote mientras la otra bajaba a mi cintura y luego a mi culo. La forma en que me tocaba no tenía nada de tímida. Era directa, sucia, mandona.
—No me jodas —susurró—. Llevas toda la noche pidiendo que alguien te mire.
—Te he dicho que pares.
La amenaza me salió temblorosa.
—Si no paras, voy a gritar.
Luciana se separó apenas un poco y me sostuvo la mirada con una tranquilidad brutal.
—Grita si quieres. Con la música de abajo no te va a oír nadie. Y si alguien sube, diré que me trajiste aquí para propasarte conmigo. Una señora borracha en una boda, metiendo mano a una invitada. A ver a quién creen.
Sentí un vacío en el estómago. Supe al instante que aquella hija de puta tenía el control de la situación y que yo estaba atrapada entre el miedo al escándalo y la humedad creciente que empezaba a notarme entre las piernas. Quise odiarla por eso. Quise apartarla. Pero mi cuerpo ya estaba reaccionando.
Me besó. Yo mantuve los labios cerrados al principio, rígida, respirando fuerte por la nariz. Ella insistió, mordió suavemente mi labio inferior, volvió a besarme, más lento, mientras sus manos seguían recorriéndome como si ya me conociera. Me apretó el culo, me sujetó por la cintura, me acarició la barriga por debajo del pecho. Mi protesta empezó a romperse no por convicción, sino por placer.
—Mírate —me dijo, pegando su boca a mi oreja—. Ya estás temblando.
Yo no respondí. No quería darle ese gusto.
Entonces me ordenó, en voz baja y seca:
—Quítate el vestido.
La miré incrédula.
—Ni hablar.
Su mano se cerró sobre la tela de mi falda.
—O te lo quitas tú o te lo rompo aquí mismo.
La creí. Maldije en silencio y, con las manos torpes, bajé la cremallera. Me deslicé el vestido por las caderas y lo doblé como pude sobre el lavabo. Quedé en sujetador y braguitas color rosa, expuesta ante aquella mujer que me observó de arriba abajo sin disimulo. Su expresión cambió. Se le endureció la mandíbula, como si verla así le hubiera encendido todavía más el hambre.
—Joder —soltó—. Estás buenísima.
Quise cubrirme los pechos con los brazos, pero me los apartó.
Me llevó otra vez contra el lavabo y me bajó una copa del sujetador. Sacó un pecho, luego el otro, con una calma obscena, y enseguida su boca cayó sobre uno de mis pezones. Su lengua empezó a rodearlo despacio, húmeda, insistente, mientras sus dedos pellizcaban el otro hasta dejarlo duro. El gemido se me escapó antes de poder tragarlo.
—Así me gusta —murmuró sin despegar la boca—. Dura y sensible.
Alternó un pecho y otro, chupando, lamiendo, succionando con avidez. Yo me arqueaba contra ella, atrapada entre el mármol del lavabo y su cuerpo, con las piernas cada vez más flojas. El miedo seguía ahí, pero ya mezclado con una excitación insoportable que me empapaba las braguitas.
Su mano bajó por mi vientre y se detuvo entre mis muslos. Primero me acarició por encima de la tela, apenas rozándome el coño, de arriba abajo, jugando con la humedad que ya había traspasado la braguita. Cerré los ojos. Se me doblaron un poco las rodillas.
—No digas que no te gusta —me susurró al oído—. Te lo noto hasta con la tela puesta.
Mis dedos, casi sin darme cuenta, subieron a su nuca y acariciaron su pelo corto. Fue un gesto pequeño, pero ella lo sintió como una rendición.
—Eso es. Déjate llevar.
Metió la mano dentro de mi braguita y encontró mis labios abiertos, resbalosos, ardiendo. Su dedo índice se hundió despacio, luego salió, luego volvió a entrar acompañado del medio. Fue un golpe de placer crudo, directo, que me arrancó un jadeo fuerte y me hizo abrir la boca. Ella aprovechó para besarme de verdad, metiéndome la lengua, tragándose mi respiración mientras sus dedos empezaban a follarme con ritmo.
Yo ya no tenía fuerza para fingir resistencia. Besé de vuelta. Le agarré la camisa. Sentí sus dedos entrar y salir de mi coño húmedo, abrirse paso una y otra vez, curvándose por dentro hasta tocarme donde más me hacía temblar. Cada vez que rozaba el clítoris con el pulgar, me subía una descarga por el vientre.
—Eso, zorra —me dijo entre besos—. Si estabas chorreando desde antes.
Me avergonzó escuchar esa palabra y al mismo tiempo me calentó más. Me follaba con la mano sin ninguna delicadeza, húmedo el chasquido de sus dedos entrando y saliendo, mientras me mordía el cuello y me chupaba otra vez los pezones. Yo gemía ya sin pensar en si alguien podía oírme. Abajo seguía la música. Arriba solo existíamos nosotras dos y aquel baño robado.
—Mírame —ordenó.
Abrí los ojos. La vi observándome con la boca brillante, el gesto tenso, completamente metida en lo que me estaba haciendo.
—Quiero oírte pedirlo.
Negué con la cabeza, más por orgullo que por otra cosa.
Ella sonrió y sacó los dedos de dentro de mí. Sentí el vacío y un hilo de líquido resbaló por mi entrepierna. Se llevó esos dedos a mis labios.
—Chúpalos.
Lo hice. Despacio al principio, avergonzada, luego con hambre, lamiendo mi propio sabor mientras no le apartaba la mirada. Luciana soltó una risa baja.
—Buena chica. Ahora dime qué quieres.
La respiración me temblaba.
—Que sigas.
—No. Dilo bien.
Me apretó el clítoris con la yema y casi me dobló del placer.
—Quiero que me folles —solté al fin, rota de deseo.
—Ahora sí.
Volvió a meterme dos dedos y enseguida un tercero. Mi coño los tragó con una facilidad que me humilló y me encendió a la vez. El ritmo aumentó. Ya no eran caricias: me estaba taladrando con la mano, entrando profundo, sacando y metiendo, mientras con la otra me sujetaba de la nuca para besarme. Mi cuerpo chocaba contra el lavabo con cada embestida de sus dedos. Mis pechos rebotaban libres. Yo gemía abierto, sin defensa, agarrada a sus hombros para no caerme.
—Más —le pedí, odiando lo desesperada que sonaba.
—Eso quería oír.
Se agachó de golpe. Antes de que entendiera el movimiento, me bajó la braguita hasta los muslos y me abrió más las piernas. Luego me agarró el culo con ambas manos y me metió la cara entre las piernas. Su lengua me rozó el coño de abajo arriba y casi se me apagó la vista.
—Joder…
Luciana me lamió entera, lenta primero, después con más presión. Me abrió los labios con los dedos y hundió la lengua entre ellos, buscando mi humedad, comiéndomela como si se estuviera dando un festín. Yo eché la cabeza hacia atrás y choqué con el espejo. La sentía beberme, lamerme el clítoris en círculos, chuparlo, soltarlo, volver a atraparlo entre los labios.
—Así… así… no pares…
Ya no sabía qué estaba haciendo ni por qué seguía importándome algo. Solo sentía. Sentía su boca, su lengua dura y caliente, el ruido mojado de cómo me chupaba, la forma en que mis muslos temblaban a ambos lados de su cabeza. Le agarré el pelo corto con las dos manos y me pegué más a su cara, descarada, necesitada, olvidada por completo de que minutos antes la estaba rechazando.
—Te gusta que te coman el coño, ¿verdad? —dijo al separarse apenas un segundo.
—Sí… sí…
—Dímelo bien.
—Sí, me gusta… me encanta…
Volvió a hundir la cara y me llevó al borde en cuestión de segundos. Alternaba la lengua con dos dedos dentro de mí, follándome desde abajo mientras me chupaba el clítoris con una precisión cruel. Mi vientre se tensó. Las piernas me empezaron a fallar.
—Me corro —avis é, casi asustada por la fuerza con que venía.
Ella no aflojó.
—Córrete en mi boca.
El orgasmo me reventó encima de su lengua. Gemí tan fuerte que tuve que taparme la boca con el antebrazo. Me corrí sacudiéndome, con los muslos apretando su cabeza, el coño contrayéndose alrededor de sus dedos una y otra vez. Luciana siguió lamiéndome durante las espasmos, sin prisa, exprimiéndome hasta dejarme blanda, mareada, medio sentada sobre el lavabo.
Se puso de pie y me besó. Yo noté mi propio sabor en su boca. Esta vez fui yo quien la besó con ganas.
***
Debería haber terminado ahí. Debería haberme vestido, bajado y fingido que no había pasado nada. Pero cuando recuperé un poco el aire, la miré y me di cuenta de que seguía completamente vestida, con la camisa apenas arrugada, y que yo aún no le había devuelto nada. Esa desigualdad me provocó una punzada de deseo nueva, distinta, más consciente.
Deslicé una mano por su cintura y bajé hasta el bulto firme que se marcaba en la entrepierna de su pantalón. No era una polla, claro, pero sí un cinturón de cuero con algo duro debajo. Ella sonrió al notar mi sorpresa.
—¿Qué llevas ahí?
—Lo necesario para follarte mejor, si te portas bien.
Me quedé mirándola, respirando deprisa, con las braguitas todavía atrapadas en los muslos.
—Enséñamelo.
Luciana se desabrochó el pantalón y lo bajó lo justo. Debajo llevaba un arnés negro ajustado a las caderas y una verga de silicona, corta pero gruesa, que me dejó sin palabras. La simple visión de aquello me aceleró otra vez. Era obsceno, directo, imposible de confundir.
—Dime que la quieres dentro.
No contesté enseguida. Me lamí los labios. Miré aquella polla artificial, luego su cara.
—La quiero dentro.
—Más claro.
—Quiero que me folles con eso.
Su expresión se endureció de gusto. Me giró de espaldas al espejo y me inclinó sobre el lavabo. Vi mi reflejo: pechos fuera, vestido a un lado, braguitas enredadas abajo, una mujer casada con el culo levantado esperando a otra. La imagen me encendió tanto como me avergonzó.
Luciana me apartó la braguita del todo y escupió en sus dedos antes de volver a pasarlos por mi clítoris y mi entrada. Estaba tan mojada que apenas necesitó preparar nada. Me acarició el culo, separó mis nalgas y apoyó la punta del arnés en mi coño.
—Relájate.
Entró despacio al principio. Sentí la presión abrirme, llena, contundente, diferente a los dedos pero igual de excitante. Me agarré al borde del lavabo y gemí contra el espejo. Cuando estuvo dentro hasta la base, se quedó quieta un segundo, disfrutando de verme empalada por ella.
—Mira qué bien te entra —dijo—. Como si llevaras toda la noche esperándola.
Entonces empezó a moverse.
Sus embestidas eran cortas al principio, controladas, dejando que mi cuerpo se acostumbrara. Cada avance me hacía jadear; cada retroceso me dejaba con hambre de más. Yo echaba el culo hacia atrás para recibirla mejor. La música de abajo temblaba en el suelo y se mezclaba con el golpe húmedo de su arnés entrando y saliendo de mi coño.
—Más fuerte —pedí.
No me hizo repetirlo. Me agarró de la cadera y del pelo, inclinándome más, y empezó a follarme de verdad. Las embestidas se volvieron duras, constantes, profundas. Mi pecho golpeaba el mármol del lavabo, mis pezones rozaban la superficie fría, mis gemidos se convertían en pequeños gritos que ya no intentaba contener.
—Eso es, joder —me decía detrás—. Qué culo, qué coño, cómo me lo aprietas.
Cada vez que me la metía hasta el fondo yo sentía un golpe sordo en el vientre. El arnés no tenía vida propia, pero su cadera sí, y Luciana sabía usarla. Me follaba con hambre, con precisión, metiéndome la verga una y otra vez mientras una mano me sujetaba por la cintura y la otra bajó a buscar mi clítoris.
Al tocarme ahí, al mismo tiempo que me penetraba, casi me desarmó.
—No… no voy a aguantar…
—Sí vas a aguantar. Te vas a correr cuando yo quiera.
La forma en que lo dijo me atravesó. Había algo brutalmente excitante en obedecerla. Me masturbó con los dedos mientras seguía clavándome el arnés. Yo temblaba entera, empujando hacia atrás, sintiendo cómo mi coño se cerraba alrededor de aquella polla de silicona como si fuera carne.
—Mira el espejo —ordenó.
Lo hice. Vi su cuerpo vestido detrás del mío, vi su mano en mi coño, vi mi cara descompuesta de placer, los labios abiertos, el cuello sudado, los pechos rebotando. Aquella visión terminó de romperme.
—Fóllame más fuerte —le pedí, ya sin orgullo ni vergüenza.
Luciana me dio exactamente eso. Me embistió con más fuerza, más rápido, golpeando mi cuerpo contra el lavabo mientras me frotaba el clítoris en círculos duros. El ruido entre mis piernas era escandaloso. Yo estaba empapada, abierta, deshecha.
—¿Así, puta?
—Sí… sí… así…
—¿Quién te está follando?
—Tú… tú…
—¿Y te gusta?
—Me encanta… joder…
Me corrí otra vez con la frase todavía en la boca. Esta vez fue más violento. Sentí cómo todo se me encogía por dentro y por fuera, cómo las rodillas me cedían, cómo el orgasmo me barría entera mientras ella seguía empujando un par de veces más para alargarlo. Grité su nombre y me quedé colgada del lavabo, jadeando, con el coño pulsando alrededor de la verga.
Luciana salió despacio y me besó la espalda. Luego me volvió de cara hacia ella y me apoyó contra el mármol. Yo seguía mareada, pero todavía la deseaba. Le desabroché por fin la camisa hasta la mitad y metí las manos por dentro, buscando sus pechos. Eran pequeños, firmes, y sus pezones se endurecieron en cuanto los toqué.
—Ahora me toca a mí —le dije.
Sonrió con esa calma insolente que me desquiciaba.
La empujé suavemente hasta uno de los cubículos y la senté sobre la tapa cerrada del inodoro. Me arrodillé entre sus piernas y bajé más su pantalón y el arnés hasta dejar al descubierto su coño, ya húmedo. No estaba afeitada del todo; tenía un vello corto y cuidado que me excitó por lo real, por lo adulto, por lo lejos que estaba de cualquier fantasía boba. Separé sus labios con los dedos y empecé a lamerla.
Luciana soltó el primer gemido de la noche. Uno de verdad, sin control.
Le pasé la lengua por el clítoris, luego por la entrada, saboreándola despacio. Ella me agarró la cabeza y me guió, menos dueña de sí misma que antes. Eso me gustó. Me gustó verla perder compostura. Chupé su clítoris y metí dos dedos dentro, copiando el ritmo que ella había usado conmigo. Su espalda golpeó la pared del cubículo.
—Joder… sigue…
La follé con la mano mientras le comía el coño, alternando presión y lengua, sintiendo cómo se iba mojando más y más. Tenía un sabor intenso que me volvía más valiente a cada lamida. Ella ya no daba órdenes. Solo gemía y maldecía en voz baja.
—No pares… así…
Metí un tercer dedo y la sentí apretarse, húmeda, abierta, completamente entregada a mi boca. Entonces chupé su clítoris con fuerza y moví los dedos más rápido. Luciana se corrió con un gruñido ronco, cerrando los muslos a mi alrededor y temblando sobre la taza del baño. La mantuve así unos segundos, lamiéndola despacio mientras bajaba del orgasmo.
Cuando me levanté, me agarró de la nuca y me besó con desesperación, sin rastro ya de la frialdad del principio. Tenía la respiración rota y una sonrisa satisfecha.
—Ahora sí estamos a mano.
Nos arreglamos como pudimos. Me subí las braguitas, me recolocó el sujetador, me ayudó a entrar de nuevo en el vestido y me cerró la cremallera con una lentitud que volvió a ponerme la piel de gallina. Después me limpió con una toallita que sacó del bolsillo interior de la chaqueta, como si hubiera previsto cada paso desde el inicio.
—Tu marido empezará a notarlo si tardas más.
La frase me cayó encima como agua fría. Volvieron de golpe la boda, la familia, el salón de abajo, mi vida de siempre. Pero ya era tarde para arrepentirme. Me miré en el espejo, retocada apenas, color en las mejillas, ojos más brillantes de lo normal. Parecía la misma mujer que había subido buscando un baño. No lo era.
Antes de salir, Luciana me sujetó de la muñeca.
—Si bajas y finges que no pasó nada, lo entenderé. Si dentro de un rato me buscas en la pista, sabré que quieres repetir.
No contesté. Bajé sola por la escalera con las piernas todavía blandas y el coño sensible a cada paso. Mi marido seguía en su mesa, riéndose con los otros, tan ajeno como antes. Me vio llegar y apenas dijo que dónde me había metido tanto tiempo.
Lo miré un segundo, luego miré hacia la pista.
Luciana estaba allí, entre las luces de colores, bailando como si nada, con la camisa blanca impecable y esa media sonrisa que ya conocía demasiado bien.
Esa noche no me quedé sentada.