La noche que compartí cama con la novia de mi hermano
Mi madre me convirtió en niñera esa noche sin pedirme permiso.
Camila, la novia de mi hermano Damián, se había quedado en casa después de una cena que se estiró más de la cuenta. Mi madre era de esas mujeres que veían pecado por todos lados: la dejó dormir siempre y cuando lo hiciera en mi cuarto, en mi cama, conmigo pegada al lado como si yo fuera un rosario vivo. «Para que no se les ocurran ideas», dijo, mirándome como si yo fuera la garantía moral de la casa. Me puso de niñera de una mujer adulta.
Yo tenía veintitrés años. Camila veinticuatro. Mi hermano dormía dos puertas más allá, en el fondo del pasillo. La comedia estaba servida.
Nos acostamos como dos monjas, cada una en su borde del colchón, mirando al techo, hablando de nada. Ella olía a un perfume dulce con algo de tabaco encima, y llevaba una camiseta larga que apenas le tapaba los muslos. Yo apagué la lámpara y me di vuelta hacia la pared, contando los minutos que faltaban para que mi hermano hiciera lo que ella y yo sabíamos que iba a hacer.
No pasó ni media hora antes de que la puerta se abriera.
Era Damián. Entró descalzo, sin encender la luz, y se acercó al lado de la cama donde Camila fingía dormir. Le pasó la mano por el hombro y ella se levantó sin decir palabra. Yo me apoyé en el codo y le dije, entre dientes:
—Pilas con no dejarse pillar, que la que va a pagar el desastre soy yo.
Camila me miró de reojo, medio sonriendo, y se fue con él arrastrando los pies. Ni que fuera la primera vez que yo me hacía la loca por un plan parecido. Ellos cerraron la puerta con cuidado y yo me acomodé de nuevo en el colchón, escuchando el silencio de la casa.
Pasaron unos veinte minutos. Después escuché el clic de la puerta otra vez, y sentí que se acostaba a mi lado. Camila respiraba fuerte, agitada, como si hubiera corrido. El colchón se hundió del otro lado con su peso y quedó ahí, quieta, tratando de que la respiración se le calmara.
Uno de esos silencios en los que se oye todo. La respiración de ella. El roce de la sábana. El pulso propio.
Una ahí mismo se antoja. No hay nada más rico que una escapada cuando el peligro anda cerca; mientras más alto el riesgo, más rico se pasa. Y ella todavía estaba encendida por lo que acababa de vivir con mi hermano al otro lado del pasillo.
Pasaron varios minutos y su respiración seguía sin bajar. Sentí un movimiento pequeño en el colchón, rítmico, como un pulso. Muy despacio me di vuelta hacia ella para ver qué pasaba.
Estábamos solas. La luz naranja de la farola de la calle entraba por la persiana y cortaba la habitación en franjas. La sábana subía y bajaba en un punto muy específico, entre sus piernas. Miré con detenimiento y vi la forma de su mano moviéndose debajo, dedos que trabajaban en círculos suaves y constantes.
Camila se estaba masturbando conmigo al lado.
Le miré la cara. Tenía los ojos cerrados, la boca entreabierta, y las aletas de la nariz se le abrían al respirar. Trataba de no hacer ruido, pero en tanto silencio se sentía hasta el crujir del colchón. Debía estar muy caliente todavía para seguir buscándose a mano después de haber estado con mi hermano. O quizás él le había quedado debiendo.
Sentí una punzada abajo, en el bajo vientre, que me subió por dentro como una descarga. La miré un rato largo, y sin planearlo me llevé la mano a las tetas por encima de la camiseta. Los pezones se me habían puesto duros. Presioné el pulgar sobre uno y contuve la respiración para no delatarme.
Qué tentación.
No quería que se diera cuenta que la estaba mirando. Ella creía que yo dormía y no era que hiciera mucho ruido; lo que se notaba era la respiración. Yo también empecé a respirar más hondo, tratando de disfrutar sin moverme demasiado. A mí Camila me gustaba desde el día que Damián la trajo a casa por primera vez. La había mirado de reojo mil veces, en cenas, en almuerzos, en salidas. Cada vez que se agachaba y se le marcaba la línea de la espalda, yo apartaba la vista como si me hubiera quemado.
Y ahora la tenía a treinta centímetros, empapada, tocándose.
Estuve un rato entero pensando qué hacer. Así como estaba, callada, mirándola de reojo, no aguantaba mucho más. O nos veníamos las dos o no se venía ninguna. Era medio egoísta de mi parte, sí, pero quién carajo aguanta a una mujer así al lado, tan encendida, y una mirando el techo. Nadie.
Le puse la mano encima del hombro.
Los ojos se le abrieron de par en par y pegó un brinco que hizo crujir todo el colchón. Se quedó paralizada, con la mano todavía metida entre las piernas, mirándome como si la hubiera pillado la policía.
—No pares —le dije bajito, casi en el oído—. No tenés de qué avergonzarte. Yo también tengo ganas.
Ella empezó a balbucear que no estaba haciendo nada, que se estaba acomodando, que se había asustado. Le puse dos dedos en los labios para callarla.
—Hace rato te estoy mirando —le dije.
No quería perder el impulso. Me levanté un segundo, giré la llave del pestillo de la puerta —cómo no había pensado en eso antes— y volví a la cama. En el trayecto me saqué la camiseta y las bragas, y volví desnuda. Camila me miraba desde el colchón con una cara que era mitad susto, mitad hambre.
Me metí bajo la sábana a su lado, le agarré la muñeca y le llevé la mano otra vez a su coño.
—Seguí —le dije—. Que yo te miro.
Ella empezó de nuevo, más despacio al principio, más cohibida. Yo me acomodé de costado, apoyé la cabeza en el codo y con la otra mano me empecé a tocar los pezones. Le miraba los dedos moverse en círculos sobre el clítoris, y después dos yemas metiéndose apenas dentro. Se le escapó un jadeo bajo. Le levanté la camiseta y le vi las tetas por primera vez: llenas, con los pezones parados, oscuros, brillantes de sudor.
—Sacate esto —le dije, tirando de la tela.
Camila levantó los brazos y se dejó desnudar. Cuando quedó como yo, apartó ella misma la sábana de un tirón. Ya no jugaba a fingir. Estaba tan mojada que se le veía brillar entre los muslos con la luz naranja de afuera.
Le puse las piernas sobre las mías, abriéndola, y le pasé las yemas por el interior del muslo. La piel se le erizó. Yo seguía tocándome, dos dedos deslizándose fácil sobre mi propio clítoris, con la otra mano ahora yendo y viniendo por su vientre y por sus tetas. Ella tenía la mano metida entre las piernas, mirándome, respirando por la boca.
—Damián no me terminó —susurró.
—Ya lo noté —le contesté.
Me acerqué, le pasé la lengua por el pezón izquierdo y se lo mordí despacio. Camila arqueó la espalda y soltó un gemido flojo que apagó contra su propio hombro. Le chupé el otro, más fuerte, mientras bajaba la mano y la ponía sobre la suya, entre sus piernas. Le aparté los dedos con suavidad y ocupé su lugar.
Cuando le rocé el clítoris con la yema, todo su cuerpo dio un tirón hacia arriba. Estaba empapada. Le pasé el dedo en un largo recorrido de arriba abajo, sintiendo cómo se abría, y le metí dos dedos de una vez. Camila apretó las piernas contra las mías y las contracciones de sus paredes internas me chuparon los dedos como si tuvieran vida propia.
—Puta madre —dijo entre dientes—. Puta madre, seguí.
Yo entraba y salía despacio, curvando los dedos hacia adelante, buscando ese punto rugoso adentro. Ella se llevó los dedos al clítoris y empezó a frotárselo mientras yo la seguía cogiendo con la mano. La habitación olía a sexo, a nosotras. Le mordí el labio inferior, después el cuello, después la clavícula.
—Vení —le susurré—. Vení sobre mis dedos.
Camila se corrió agarrada de mi espalda, clavándome las uñas. Le sentí las contracciones fuertes, tres, cuatro, cinco, un temblor largo que le recorrió todo el cuerpo. Se mordió el hombro para no gritar. Yo no le saqué los dedos hasta que sentí su cuerpo aflojarse por completo.
Se quedó jadeando, con la frente pegada a la mía. Me besó la boca por primera vez. Fue un beso profundo, húmedo, un beso que sabía a algo distinto, a cómplices de otra cosa. Le mordí la lengua y ella la mía.
—Ahora vos —dijo, y me empujó despacio hasta que quedé boca arriba.
Se subió encima. Sentí su coño mojado apoyado sobre mi vientre, dejando un rastro caliente sobre la piel. Se pegó a mi cuerpo entero y me besó despacio, con la lengua metiéndose en la mía en un ritmo perfecto: entraba profundo, la succionaba yo, la dejaba salir despacio. Mis manos le recorrían la espalda, la cintura, las nalgas, apretándola contra mí.
Fue bajando de a poco. Con las rodillas me abrió las piernas, se acomodó entre mis muslos, y apoyó su coño contra el mío. Empezó a moverse arriba y abajo, empujando las caderas contra las mías, haciendo que nuestros clítoris se rozaran a cada empujón. Yo me agarraba de las sábanas para no gritar.
Verla así, encima de mí, con la espalda arqueada, los pezones duros, las nalgas apretadas cada vez que empujaba, era demasiado. Tanto tiempo mirándola de reojo, tantas cenas fingiendo que no la deseaba, y ahí la tenía, moliendo su coño contra el mío con la boca abierta, sin poder disimular. El colchón crujía bajo cada empujón y yo tenía que morderme el brazo para no despertar la casa entera.
—Más rápido —le pedí.
Camila apoyó las manos a los lados de mi cabeza y aceleró el ritmo. Los muslos le temblaban. Sentí el líquido de ella corriéndole por dentro de la pierna, mezclándose con el mío. La agarré de las caderas y la ayudé a empujar más fuerte, más fuerte, hasta que perdió el ritmo y se dejó caer sobre mí, respirando pesado.
—Todavía no —me dijo al oído.
Se corrió otra vez besándome mientras me pasaba una mano por el clítoris. Yo estaba a punto pero no me alcanzaba. Ella lo notó. Me dio otro beso largo, se levantó un poco y se fue deslizando hacia abajo por mi cuerpo, dejando besos en el cuello, en las tetas, en el vientre, en el hueso de la cadera.
Me abrió las piernas con las manos y sentí su lengua caliente en mi coño.
Abrí los ojos y levanté un poco la cabeza para verla. Estaba concentrada, con los ojos cerrados, la lengua trabajando sobre mi clítoris en un ritmo que iba desde lento y ancho hasta rápido y puntual. No podía creer lo que estaba pasando. Camila, la novia de mi hermano, con la cabeza entre mis piernas, chupándome como si llevara meses queriéndolo hacer.
Metió dos dedos y los curvó hacia adelante mientras seguía con la lengua. La otra mano me la puso sobre el vientre, sujetándome. Yo estaba temblando entera. Cada vez que succionaba los labios de mi coño y después me raspaba el clítoris con la punta de los dientes, se me nublaba la cabeza. Estaba callada, ella. Solo respiraba fuerte por la nariz mientras trabajaba.
Sentí el orgasmo subiendo desde los pies. Tuve que agarrar la almohada, ponerla sobre mi cara y morderla para ahogar el grito. Fue largo, se me arqueó toda la espalda contra el colchón, y ella siguió chupando y metiendo los dedos mientras yo me terminaba en su boca. No paró hasta que le empujé la cabeza porque no aguantaba más las cosquillas del clítoris hipersensible.
Camila subió por mi cuerpo y se acomodó encima con la cabeza en mi hombro. La abracé. Le pasé los dedos por el pelo, todavía sin poder normalizar la respiración. Estábamos las dos mojadas, pegadas, con las piernas enredadas.
—Tu hermano va a odiarme —susurró contra mi cuello.
—Mi hermano no se va a enterar de un carajo —le contesté.
Se rio bajito. Le besé el pelo. Me quedé mirando el techo con ella encima, pensando en todo lo que se había caído en menos de una hora. La novia de Damián. Mi propia casa. Mi propia cama. Y encima yo, que hasta esa noche había fingido no mirarla.
Después de un rato le dije al oído:
—Si mi mamá te vuelve a invitar a dormir, yo te cuido. Cada vez que quiera.
Camila me mordió el hombro suave. Y yo me quedé pensando que esto de ser niñera, la verdad, no me había resultado tan mal.