Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Nos quedamos solas mi prima y yo en la casa

La verdad es que no quería venir. Había cumplido veintiocho hacía un mes y ya estaba harta de la obligación familiar de encerrarnos un mes entero en la casa de veraneo. Llegué a las tres de la tarde con la maleta a medio cerrar y una sola cosa en la cabeza: que apareciera Lucía. Mi prima favorita, la única cómplice real que tengo en esta familia, entrando por la puerta principal como si el aire de la sala solo empezara a moverse cuando ella la cruzaba.

—Hola Camila, qué bueno que viniste. Pensé que este año te ibas a rajar —fue lo primero que me dijo cuando nos abrazamos.

—Créeme que no iba a venir. Mi vieja me arrastró de los pelos —las dos nos reímos con esa complicidad de años, esa que se cuece en secretos compartidos.

Hicimos el paripé familiar durante un par de horas. Té con la abuela, mate con las tías, cuento del clima con el tío que solo habla del clima. Cuando ya no aguantábamos más, subimos corriendo a la habitación que compartimos desde chicas. Yo cerré la puerta y le pasé el pestillo antes incluso de sacarme las zapatillas.

—Contame, quiero todos los detalles —le dije tirándome en la cama al lado de ella—. ¿Cómo carajo empezaste a coger con tu jefe?

—Solo si vos me contás cómo empezaste a masturbarte en vivo por internet y cuánto ganás por mes.

Me reí y giré la cabeza para mirarla.

—Trato.

Me tomó la cara entre las manos y me dio un pico corto, casi de saludo. Era algo nuestro desde los diecinueve: cada secreto grande se sellaba así, con un pico que decía «esto no sale de las dos».

—Hacía como seis meses que le manejaba la agenda a Rafael —empezó—. Nunca lo había visto en persona porque estaba de viaje casi todo el tiempo. Sabía que había vuelto de Europa, pero no coincidíamos en horarios. Hasta hace dos meses. Estaba yo sola en la casa terminando de organizar un evento, faltaba mucho para que llegara Alejandra, y de golpe escucho la puerta y entra él con el saco al hombro y esa cara de cansancio de tipo de treinta y ocho que sabe exactamente lo que quiere.

—¿Y?

—Se me quedó mirando y me preguntó si tenía frío. Yo estaba con una musculosa gris que no dejaba nada a la imaginación. Le dije que no. Después me pidió un whisky, se lo llevé, y cuando me lo agarró de la mano me sostuvo la muñeca dos segundos más de lo debido. Esa misma tarde terminé masturbándome en el baño de servicio pensando en él. A la semana consiguió mi número. No me escribió por trabajo. Me mandó una foto de la pija dura con un texto que decía «te espero mañana en casa». Y fui.

—Sos una zorra hermosa —le dije mordiéndome el labio—. ¿Y Sebastián?

—Se supone que somos pareja, sí. Pero me aburre. Es un nene de mamá y ya lo estoy pensando dejar.

—Si lo dejás, te presto a Rodrigo. Un finde solo.

—No sabés cómo se me antoja tu novio, perra. Pero ahora te toca a vos. Vi tres transmisiones y necesito que me cuentes cómo mierda arrancaste.

—Culpa de Rodrigo —le dije—. Un domingo mirábamos porno tirados en el sillón y saltó un banner de esas pibas que hacen live sex. Nos calentamos los dos con la misma. Yo seguí mirando la pantalla y él agarró el teléfono. Al rato me dice: «a que no te animás a hacer lo mismo». Estaba tan caliente que le dije que sí sin pensarlo. En veinte minutos me armó el perfil y esa misma noche fue mi primer live. Gané ochenta dólares en una hora, con las tetas afuera nada más. Ahora hago quince mil por mes, tres veces por semana, dos horas.

Nos llamaron a comer. Bajamos con las mejillas rojas y las bragas empapadas, disimulando como podíamos. Esa noche dormimos casi encima una de la otra. Nuestras manos se paseaban por debajo de la sábana, subiendo por la cadera, bajando por el muslo, pero no cruzamos ninguna línea. Ninguna de las dos había estado con otra mujer nunca. Queríamos ser la primera de la otra, pero no con toda la familia respirando del otro lado de la pared.

Los días que siguieron nos volvieron locas. Nos habíamos puesto dos reglas: solo besos de pico, nada de manos. La primera cayó al día siguiente. Estábamos en la cocina con la abuela y la tía Mónica, charlando de nada, cuando Lucía apoyó la mano sobre mi culo por encima del short. Giré la cara y le sonreí, dándole permiso. En cuanto las viejas se dieron vuelta me metió una palmada bien sonora. La arrinconé contra la pared detrás de la alacena y le comí la boca durante diez segundos que valieron un mes. A partir de ese día nos besábamos en cualquier rincón donde no hubiera testigos: el lavadero, el garaje, detrás del limonero del fondo.

El jueves a la tarde la abuela recibió una llamada. Habían intentado entrar a robar en su casa de la ciudad. Nos ofrecimos a quedarnos las dos hasta el sábado, cuando llegaba el cuidador. Todo el mundo aceptó agradecido. A las cuatro de la mañana del viernes la casa quedó vacía. Solo Lucía y yo.

***

Nos despertamos tarde, desayunamos en la cocina sin tocarnos, midiendo el momento. Yo subí a la habitación y me puse el bikini más chico que tenía, un hilo negro que apenas me cubría los pezones. Saqué un porro que había traído escondido en el neceser y bajé al patio. Puse un tema de reguetón bien guarro a todo volumen, prendí el porro y me tiré en la reposera.

—Que empiece la fiesta, Cami —escuché a mis espaldas.

Lucía apareció en un bikini rojo con dos cervezas en la mano. Le pegué una pitada al porro y me acerqué a su boca para pasarle el humo. Ella lo aceptó despacio, con los ojos cerrados, y lo largó soplándome sobre los labios. Nos empezamos a mover al ritmo de la música, cerveza en una mano, porro en la otra, restregándonos como si ya no hubiera nada más que hacer. Los pezones se le marcaban a través del bikini. Cuando el porro se apagó y las latas quedaron vacías, nos metimos en la pileta.

Ahí adentro, con el agua tibia por el sol de enero, dejamos de fingir. La agarré de la nuca y le metí la lengua hasta el fondo de la garganta. Ella me pasó las manos por el culo y me metió el hilo bien adentro de la raja, tirando hacia arriba hasta hacerme gemir contra su boca. Le mordí el labio.

—Salgamos —le dije—. Adentro del agua no puedo comerte.

Salimos chorreando, nos tiramos sobre la reposera doble bajo el toldo. Le desaté el corpiño del bikini de un tirón y le tomé las tetas con las dos manos. Eran perfectas, redondas, con los pezones ya duros de tanto rozarlas. Me metí uno en la boca y lo chupé despacio, jugándole con la lengua por la punta hasta que empezó a arquear la espalda. El otro lo apreté con la mano, pellizcándole el pezón cada vez que ella me clavaba las uñas en la cintura.

—Date vuelta —me dijo con la voz ronca.

Me di vuelta. Me incliné apoyando las manos sobre el respaldo de la reposera y le arrimé el culo. Me pegó tres chirlos bien fuertes, uno tras otro, hasta dejarme la marca de la mano sobre la nalga izquierda. Después me bajó la tanga hasta las rodillas y se pegó a mi espalda. Sentí su mano derecha bajarme por la panza, meterse entre los muslos, y sus dedos encontraron el clítoris de una. Empezó a mover el dedo del medio en círculos, despacio primero, después más rápido, mientras con la boca me mordisqueaba el hombro y me susurraba cosas al oído.

—Estás empapada, Cami. Empapada de verdad, no como en los videos.

Me metió dos dedos y los curvó hacia adelante buscando el punto. Los tenía largos, con las uñas cortadas de una semana. Los movió sin parar, con esa muñeca firme de quien sabe lo que hace, mientras yo me clavaba en su mano cada vez más. Cuando saqué la voz para pedirle que no parara, me sacó los dedos, se los llevó a la boca y los chupó como si fueran una golosina. Después me los pasó a mí por los labios y yo los abrí y le chupé mi propio sabor. Volvió a meterlos, tres esta vez, y me la abrió sin piedad. En menos de un minuto me corrí de pie, temblando contra ella, con un gemido largo que asustó a los pájaros del jardín.

Me di vuelta y la besé. La besé con la boca todavía llena del sabor de mí.

—Ahora vos —le dije—. Adentro. Al sillón.

Entramos empapadas y rojas. Ella se subió al sillón del living, se apoyó de rodillas contra el respaldo y me dejó el culo parado para mí. Se bajó la parte de abajo del bikini hasta los muslos y empezó a mover la cadera despacio, provocándome. Me arrodillé detrás de ella, le puse las manos en las nalgas y se las abrí bien. Le pasé la lengua desde el clítoris hasta el ojete, un lengüetazo largo, plano, insistente, y ella soltó un gemido tan agudo que se le quebró la voz. Volví a hacerlo, más lento, apoyándome bien en el clítoris al final del recorrido.

—Dios, Cami, no pares. No pares por nada.

Me llené los dedos de saliva y le metí dos por el culo mientras seguía con la lengua trabajándole el coño. Los movía adentro con ritmo, entrando y saliendo, mientras chupaba los labios y me tragaba todo el flujo que le bajaba. Ella metía la mano hacia atrás para agarrarme del pelo, apretándome contra su culo, pidiéndome más.

Levanté la mirada un segundo y la vi. Había agarrado el celular sin que yo me diera cuenta y estaba grabando. Mucha gente hubiera parado, hubiera protestado. Yo miré directo a la cámara, le sonreí con la boca brillando, y seguí comiéndosela. Le saqué los dedos y volví a apoyarle la cara contra el coño, y en dos minutos se corrió apretándome la cabeza entre los muslos. Me quedé quieta hasta que dejó de temblar y recién ahí me separé.

—Vení acá —me dijo tirando el celular sobre el almohadón—. Ahora quiero probar tijeras. Es lo único que nos falta.

Nos acomodamos con las piernas entrelazadas, ella semi acostada, yo sentada mirándola. Empujé la cadera hacia adelante hasta que nuestros clítoris se tocaron. Las dos gemimos al mismo tiempo, largo, sorprendidas por lo que se sentía. Empecé a moverme contra ella, restregando despacio, y ella me acompañó el movimiento. Con una mano me levantó la parte de arriba del bikini, la única prenda que me quedaba, y me agarró las tetas mientras seguíamos moviéndonos.

—Más rápido —me pidió—. Cami, más rápido.

Le hice caso. Empujé fuerte, mi coño mojado deslizándose contra el de ella, chocando el clítoris con el suyo cada vez. Ella arqueó la espalda y me apretó los pezones entre el pulgar y el índice. Nos corrimos las dos casi al mismo tiempo, un orgasmo largo que nos dejó tiradas sobre el sillón, ella encima mío, con la piel pegada por el sudor y el agua de la pileta.

Se acostó sobre mí y me empezó a pasar la lengua por el cuello, por el escote, por los pezones que le quedaban a mano. Estaba a punto de bajarme la boca a la panza cuando sonó su celular.

—¿Te acordás que te conté de Rafael? —me preguntó estirándose por el teléfono.

—Sí, ¿qué pasa ahora?

—Le mandé el video mientras me comías. Me acaba de contestar.

Le pasé la mano derecha entre las piernas para chequear. Todavía estaba goteando. Le metí dos dedos y los moví bien lento mientras ella miraba la pantalla.

—¿Y? ¿Qué te dice?

—Me manda un video pajeándose. Dice que lo dejamos duro como una piedra y que estaría feliz de coger con las dos al mismo tiempo.

Vimos el video juntas. Se me subió el calor otra vez de solo escucharlo gemir. Le saqué el celular de la mano, activé la cámara y grabé un clip nuevo: la besé bien profundo, después bajé y le mordí un pezón hasta que soltó un gemido a cámara. Corté, y le adjunté un texto: «aceptamos, pero por ahora entretenete con esto».

Le entregué el celular y me acomodé arriba de ella.

—Que se coma la ansiedad hasta el finde que viene —le dije—. Vos y yo tenemos hasta el sábado a la noche para recuperar todos los años que perdimos. Y recién estamos empezando.

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios(6)

CarlaB_lee

que relato!!! me encanto, hace tiempo que no leia algo tan bien narrado

Nicolas_BA

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como sigue. Muy bueno

LecturaNocturna_88

me recorde de cosas de mi adolescencia leyendo esto jaja. muy bien escrito

SantiG92

increible, de los mejores que lei en mucho tiempo

KarenDeSur

La tension que va construyendo al principio esta muy bien lograda, te atrapa desde la primera linea. Felicitaciones

TanoQ

excelente!!! sigue asi :)

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.