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Relatos Ardientes

Volví a buscar mujeres en la playa

Siempre digo que lo que cuento pasó de verdad, aunque cambie nombres, lugares y algunos detalles. No lo hago para adornarme ni para parecer más interesante, sino porque durante años aprendí a vivir con una parte de mí escondida, y cuando por fin la dejé salir entendí que mi deseo no se apaga con promesas domésticas ni con la rutina de un matrimonio tranquilo.

Estoy casada desde hace tiempo con un hombre decente, estable, cariñoso a su manera. El problema nunca fue la falta de afecto, sino que yo necesitaba cosas que él no podía darme y tampoco quería entender. Mi hambre por otras mujeres, por su olor, por sus manos, por esa forma distinta de excitarme, llevaba demasiado tiempo encerrada.

Una noche reuní valor y se lo dije. No con lujo de detalles, porque sabía que se descompondría, pero sí con la sinceridad suficiente como para dejar claro que antes de él había estado con mujeres y que ese deseo seguía ahí. Discutimos durante horas.

Al final, agotado, me soltó una frase que terminó abriéndome una puerta.

—Haz lo que quieras, pero no me metas en eso —me dijo—. No quiero saber con quién, ni cuándo, ni cómo.

No fue una bendición ni un permiso generoso. Fue más bien una rendija. Y yo la aproveché.

Durante los días siguientes no pensé en otra cosa. Empecé a imaginar escapadas, copas al atardecer, miradas sostenidas con mujeres desconocidas, manos bajo una mesa, bocas urgentes en una habitación prestada. La simple idea de volver a acostarme con una mujer me tenía húmeda desde la mañana hasta la noche.

No tardó en aparecer la oportunidad. Mi familia organizó un viaje corto a la costa y, por una combinación de circunstancias, terminé yendo yo sola con mis padres. Mi marido incluso me animó a ir, como si unos días de playa fueran una pausa inocente. Yo asentí con calma, pero por dentro ya estaba afilando el deseo.

Tengo más de cincuenta, aunque mi cuerpo todavía responde bien al espejo. Sigo delgada, con piernas largas, cintura firme y unas tetas pequeñas que no se han rendido. Antes del viaje me depilé entera, escogí los bañadores más ajustados y me llevé vestidos ligeros que dejaban poco a la imaginación. No iba a perder tiempo fingiendo recato.

La primera tarde, después de instalarnos, salimos a caminar por el malecón. Mis padres querían cenar temprano y descansar; yo, en cambio, miraba a todas partes con esa atención encendida de la cazadora que huele presa. No buscaba cualquier cosa. Quería una mujer adulta, segura, con ganas, alguien que me devolviera la mirada como si entendiera exactamente lo que yo estaba ofreciendo.

Al día siguiente fuimos a una playa tranquila, de esas donde a primera hora todavía sobra arena y falta ruido. Me puse un bañador azul intenso que hacía resaltar mi piel clara, encima una salida blanca corta, sandalias planas y unas gafas oscuras que me daban falsa inocencia. Apenas llegamos, dejé mis cosas y me fui a caminar por la orilla.

Fue entonces cuando la vi.

Estaba con un grupo de adultos bajo una sombrilla grande, pero no parecía pendiente de nadie. Morena, de cuerpo fuerte, caderas anchas, muslos macizos, pecho generoso. Llevaba un short blanco mínimo y una blusa liviana que el viento pegaba contra su torso. Cuando pasé frente a ella, levantó la cara y me miró de arriba abajo sin disimulo.

Yo bajé la cabeza apenas, sonreí y seguí de largo, aunque por dentro ya me había dado un golpe el coño.

Al regresar, me até la salida a la cintura para dejar mis piernas al aire. No sé si fue cálculo, exhibicionismo o puro instinto, pero quería que me viera bien. Quería que notara que debajo de la tela había una mujer decidida, no una turista más. Y me vio. Lo supe por la forma en que sus ojos se detuvieron entre mis muslos un segundo más de lo educado.

Poco después la vi caminar sola hacia el agua. Ya no llevaba el short, sino un bañador blanco de una pieza que le apretaba el cuerpo con una crueldad deliciosa. De cerca se veía mejor: hombros fuertes, culo levantado, tetas grandes y una manera de moverse que no pedía permiso.

Me acerqué lo suficiente para que hablar fuera natural.

—Hola —le dije.

—Bonito color de bañador —respondió sonriendo—. Te queda increíble.

Su voz tenía esa gravedad tranquila que moja antes de tocar. Charlamos unos minutos, primero sobre tonterías y luego con esa clase de preguntas que en realidad son tanteos: si estaba sola, cuánto tiempo me quedaba, dónde me hospedaba. Cuando me mostró un dije que llevaba al cuello, alargó la mano para que lo tocara y yo aproveché el gesto para rozarle el pecho con los nudillos. No se apartó. Al contrario, sostuvo el contacto con una calma que me puso el clítoris duro.

Se llamaba Renata. Al menos ese fue el nombre que me dio. Me contó que estaba alojada en una casa rentada con familiares adultos, que pasarían la tarde entre comida y tragos, y que si me animaba podía caer más tarde a cenar.

La invitación sonó casual, pero sus ojos no.

Les dije a mis padres que había coincidido con una conocida de años atrás y que me había invitado a pasar un rato. No sospecharon nada. Subí a la habitación con una ansiedad casi adolescente y me preparé despacio, disfrutando cada decisión. Me puse una tanga blanca mínima, un vestido fresco de escote estrecho y sandalias de tacón bajo. Perfume en el cuello, crema en las piernas y nada debajo del vestido aparte de esa tela ridícula que ya imaginaba empapada.

Cuando llegué a la casa, Renata salió a abrirme. Me recibió con una sonrisa de esas que no saludan: reclaman. Adentro había gente conversando, música suave, vasos sobre una mesa. Saludé, dije un par de frases corteses y enseguida ella me llevó hacia una terraza lateral con vista al jardín.

Apenas quedamos a solas, se acercó hasta dejar casi nada de aire entre las dos.

—No te dije en la playa lo guapa que te veías con ese azul —murmuró.

Antes de que pudiera contestar, me besó. Un beso húmedo, directo, sin tanteos. Su boca sabía a vino blanco y a hambre. Me quedé quieta solo un segundo; luego le devolví el beso con la misma presión, abriéndole los labios con la lengua, agarrándola de la cintura para sentir la dureza de su cuerpo bajo la ropa.

—Me gustó eso —le dije al separarnos apenas.

—Entonces ven conmigo.

Volvió a besarme, esta vez pegando su pecho al mío, y sentí sus pezones duros a través de la tela. Luego me lamió el cuello despacio, desde la clavícula hasta la oreja, y me susurró:

—Llevo todo el día pensando en meterte la cara entre las piernas.

Yo ya respiraba entrecortado. No por pudor, sino porque la frase me cayó directo al coño.

—¿Y la gente de adentro? —pregunté.

—Están ocupados. Y además soy una mujer adulta, hago lo que me da la gana.

Me tomó de la mano y caminamos por el jardín hacia una habitación independiente al fondo. A mitad de camino se detuvo detrás de mí, me apartó el pelo del cuello y me apretó las tetas por encima del vestido. Gemí bajo, casi rabiosa. Con los dedos me pellizcó los pezones hasta endurecerlos por completo y luego bajó la mano entre mis piernas, por fuera de la falda.

—Mierda —susurró—. Ya estás mojada.

—Desde la playa —admití.

—Mejor.

Entramos al cuarto. Ella encendió la luz, pero le pedí que la apagara. La penumbra azulada que llegaba desde el jardín era más que suficiente. Más íntima. Más sucia. Más propicia para perder la cabeza.

Renata se quitó primero las sandalias y luego se puso unos tacones altísimos que tenía junto a la cama. El simple gesto la volvió todavía más imponente. Se plantó frente a mí, a un metro de distancia, y empezó a desabotonarse la blusa con una lentitud obscena. Cuando la abrió, sus tetas grandes quedaron apenas contenidas por una tela mínima. Después se bajó el short y quedó casi desnuda, solo con una tanga diminuta y los tacones clavados en el suelo.

Giró despacio para enseñarme el culo redondo y duro.

—Dime si te gusta lo que ves.

—Me vuelve loca —respondí sin respirar bien—. Estás buenísima.

Sonrió como quien ya lo sabía. Se acercó, me tomó la nuca con una mano y con la otra llevó mis palmas a sus nalgas. Las apreté con hambre. Eran firmes, carnosas, hechas para agarrarlas sin modales. Ella me mordió el labio y me habló al oído.

—Vamos a cogernos muy rico.

Me desató el vestido del cuello y dejó que cayera al suelo. Me quedé solo con la tanga y los tacones. Enseguida bajó la cabeza a mis pechos y empezó a chuparme los pezones con una mezcla deliciosa de lengua y dientes. No era suave. Era exacta. Cada mordida me contraía el vientre.

—Así —jadeé—. No pares.

—Qué puta más sensible —dijo, y volvió a morder.

Sentí cómo su muslo se metía entre mis piernas mientras seguía lamiéndome. Me apretó contra ella hasta que mi pubis rozó su pierna desnuda. Yo ya estaba temblando. La agarré del pelo y se lo tiré un poco hacia atrás para verla mejor: los labios hinchados, la mirada encendida, el pecho subiendo rápido.

Le quité de un tirón la poca tela que le quedaba arriba. Sus tetas cayeron libres, pesadas, hermosas. Las besé, las agarré con ambas manos, lamí sus pezones oscuros hasta ponerlos duros como piedra. Ella soltó un gemido ronco que me atravesó entera.

—Date la vuelta —me ordenó.

Obedecí. Se pegó a mi espalda y me rodeó con un brazo, apretándome las tetas mientras con la otra mano se colaba dentro de la tanga. Separó la tela y encontró mi coño abierto, ardiendo, chorreando de verdad.

—Joder, sí que tenías ganas.

Me frotó el clítoris con dos dedos lentos al principio, luego más rápido, más firme, en círculos cortos que me hacían abrir las piernas sin pensarlo. Yo echaba la cabeza hacia atrás sobre su hombro, jadeando, y ella aprovechaba para besarme la mejilla, la oreja, el cuello. Cada vez que encontraba el ritmo exacto yo soltaba un gemido y ella sonreía contra mi piel como si disfrutara ese control.

—No te corras todavía —dijo—. Quiero verte bien abierta.

Me llevó hasta una butaca junto a la cama y me sentó. Yo estaba desnuda salvo por los zapatos. Me agarró de los tobillos, me arrastró al borde y me abrió las piernas con una firmeza que me hizo gemir de pura anticipación. Mi coño estaba hinchado, brillante, los labios entreabiertos y el clítoris asomando de tanto roce.

Renata se arrodilló frente a mí y se quedó mirándolo sin prisa.

—Tienes un coño precioso —murmuró—. Y está pidiendo boca.

No respondió a mi jadeo con palabras. Directamente me abrió con los dedos y hundió la lengua. El primer lametón fue largo, desde abajo hasta el clítoris, y me sacó un quejido brusco. El segundo vino más fuerte. El tercero ya fue una declaración de intenciones: boca abierta, lengua dura, succión insistente arriba mientras sus dedos me separaban más.

—Mierda... —dije, llevándome una mano a la boca.

—Quítate la mano. Quiero oírte.

Me comió el coño con hambre verdadera. Nada de caricias tímidas: chupaba, lamía, frotaba la punta de la lengua en el clítoris y luego la metía entre mis labios para sacar todo lo que yo le daba. El ruido húmedo llenó el cuarto. Yo me retorcía en la butaca, empujando la pelvis hacia su cara, incapaz de quedarme quieta.

Cuando metió dos dedos de golpe, casi grité.

—Así, joder... así... no pares...

Entraban y salían empapados mientras su boca seguía clavada en mi clítoris. Combinaba la presión de los dedos con chupadas cortas que me iban tensando el cuerpo cada vez más. Sentí el orgasmo subir rápido, brutal, sin espacio para resistirme.

—Me voy a correr —avisé, ya sin voz.

—Córrete en mi boca.

Y eso hice. Me arqueé entera, apreté los muslos contra sus hombros y me corrí gimiendo fuerte, sin decencia, temblando mientras ella seguía lamiendo hasta sacarme espasmos. Cuando levantó la cara, tenía la boca brillante. Sonrió y se chupó los dedos mirándome a los ojos. Casi me corro otra vez solo con ver eso.

No me dejó recuperar demasiado. Me alzó de la butaca y me tiró sobre la cama. Se subió encima de mí y empezó a frotar su coño contra el mío, abierto, caliente, mojado. El contacto fue una descarga inmediata. Nuestros pubis resbalaban uno contra otro con una presión cada vez más fuerte, y entre beso y beso nos íbamos diciendo porquerías al oído.

—Te deseé desde que te vi caminar —me dijo.

—Yo quería meterte mano desde la primera sonrisa.

—Pues ahora agárrame bien.

Lo hice. Le sujeté el culo con fuerza mientras ella se restregaba sobre mí, buscando el ángulo que la hiciera gemir. Sus tetas me golpeaban el pecho, sus pezones raspaban mi piel y su respiración ya era tan desesperada como la mía. Bajé una mano entre nosotras y metí dos dedos en su coño. Estaba muy mojada, apretada, ardiendo.

—Hostia, qué caliente estás.

—Mételos bien —ordenó.

Se los clavé hasta el fondo y empecé a follarla con la mano mientras seguía frotándose contra mi pubis. Renata soltó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un gemido largo, sucio. Yo aprovechaba para chuparle el cuello, morderle el hombro, apretarle una teta y pellizcarle el pezón cada vez que mis dedos golpeaban el ritmo correcto dentro de ella.

—Más fuerte —dijo entre dientes—. No me trates bonito.

Le metí un tercer dedo y empecé a follarla más duro. Su coño los tragaba con un sonido húmedo delicioso. Ella se levantó un poco para mirarme trabajar y luego me besó con ferocidad, como si quisiera comerse mi aliento. La mezcla de nuestros jugos me bañaba los dedos, la entrepierna, las ingles.

—Joder, sí... así... —repetía, cada vez más cerca.

La hice darse la vuelta y ponerse boca abajo. Obedeció sin preguntas, apoyada en codos y rodillas, con el culo alzado como una invitación indecente. Separé sus nalgas y me incliné a besarla entre ellas. Su coño palpitaba todavía abierto y mojado; más atrás, su culo cerrado me provocó un hambre vieja y precisa.

Primero lamí despacio, de abajo arriba, saboreándola entera. Ella se estremeció.

—Sígueme lamiendo ahí —dijo con la voz rota.

Le abrí más las nalgas y metí la lengua en su culo con calma al principio, luego con más insistencia, trazando círculos alrededor y entrando de nuevo cada vez que ella empujaba hacia atrás buscando profundidad. Con una mano le frotaba el clítoris por debajo, alcanzándolo entre los pliegues húmedos. Renata empezó a gemir contra la almohada, primero bajo, luego sin ningún control.

—Me vas a hacer correr otra vez, cabrona.

—Para eso estoy.

Volví a su coño y le metí la lengua con rabia, alternando entre su agujero y el clítoris mientras mis dedos seguían castigándola por delante. El cuerpo entero se le puso tenso. Sus muslos temblaban. Intentó apartarse, pero la sujeté de las caderas y seguí.

—No huyas ahora.

Se corrió con un gemido ahogado, apretando las sábanas, sacudiéndose de arriba abajo. Yo no paré hasta que me lo pidió entre jadeos. Entonces me incorporé y la contemplé un segundo: el pelo deshecho, la espalda perlada de sudor, el culo todavía temblando. Estaba preciosa.

Se dio la vuelta y me atrajo de nuevo a la cama.

—Todavía no termino contigo —dijo.

Abrió un cajón de la mesita y sacó un pequeño juguete de silicona, sencillo, limpio, evidente. Me miró como pidiendo permiso sin dejar de provocarme.

—¿Te gusta que te penetren?

—Sí —respondí sin rodeos—. Y ahora mismo lo necesito.

Se tumbó entre mis piernas y me hizo abrirlas de nuevo. Primero me chupó el clítoris hasta que volví a estar goteando, y solo entonces deslizó dos dedos dentro de mí para prepararme. Yo me agarré a las sábanas, respirando hondo, sintiendo cómo mi cuerpo se rendía otra vez a ese ritmo. Cuando notó que estaba lista, cambió los dedos por el juguete y empezó a metérmelo despacio.

La sensación me arrancó un gemido largo. Ella seguía con la boca en mi clítoris mientras la silicona entraba y salía con una cadencia cada vez más firme. Era demasiada estimulación junta. Me tenía abierta, follada, comida. Cada embestida del juguete coincidía con una chupada o un lametón, y yo perdí muy rápido la cuenta de mis propios sonidos.

—Así te quería —murmuró levantando la cabeza apenas—. Abierta y loca.

—Más... métemelo más...

Me complació. Aumentó la velocidad hasta que mis caderas empezaron a buscarla por sí solas. Luego, sin avisar, se sentó sobre mi pecho para que yo pudiera lamerle el coño mientras ella me seguía penetrando. Quedamos en una postura absurda y perfecta: yo debajo, con su sexo en la cara, ella arriba, montándome la boca y follándome a la vez con la mano.

La chupé con devoción animal. Le metí la lengua, le succioné el clítoris, la escuché decir obscenidades mientras sus piernas temblaban a ambos lados de mi cabeza. El cuarto se llenó de jadeos, chasquidos húmedos, órdenes entrecortadas.

—No aflojes —me dijo—. Ni con la boca ni con el coño.

Yo ya estaba al borde otra vez. El juguete me golpeaba por dentro justo donde debía, y su coño contra mi lengua me terminaba de empujar. Sentí cómo se corría sobre mi boca primero, apretándome la cara con los muslos, y ese mismo espasmo me arrastró a mí detrás. Me corrí fuerte, con el cuerpo arqueado, temblando tanto que casi la tiré de encima.

Nos quedamos unos segundos deshechas, sudadas, respirando como animales exhaustos. Luego se dejó caer a mi lado y me besó despacio, saboreando en mi boca lo que acababa de darme. Esa mezcla siempre me vuelve loca.

—Quiero repetir mañana —le dije cuando pude hablar.

—Yo quiero que te quedes esta noche.

La idea me excitó, pero también sabía que no podía desaparecer hasta el amanecer sin dar explicaciones. Negué con pesar. Renata me miró con una expresión entre traviesa y resignada, y empezó a acariciarme el muslo con la punta de los dedos.

—Entonces mañana vienes temprano —dijo—. Y esta vez te traes menos ropa.

Me reí. Después me incliné sobre ella y le di otro beso largo, esta vez más tierno pero todavía cargado de carne. Antes de vestirme la volví a tocar entre las piernas, solo para sentir que seguía mojada por mí. Ella me agarró la muñeca y me chupó dos dedos con descaro.

—No me hagas empezar otra vez si te vas a ir —advirtió.

Me puse el vestido con piernas todavía flojas, recogí la tanga del suelo y decidí no ponérmela. Supe que volver al hotel sin nada debajo sería mi manera privada de prolongar la cita. Antes de salir, Renata me arrinconó contra la puerta, me levantó la falda y metió la mano entre mis muslos una última vez. Encontró mi coño sensible, hinchado, y sonrió.

—Así quiero que te vayas —murmuró—. Bien usada.

—Y con ganas de más.

—Eso ya lo veo.

Salí al jardín con la cara compuesta y el cuerpo en ruinas deliciosas. Saludé con educación a quien seguía en la sala, inventé una despedida sencilla y caminé de regreso al hotel con el olor de Renata todavía pegado a la piel. Cada paso me recordaba la ausencia de la tanga y la humedad entre las piernas.

Cuando llegué, mis padres dormían. Entré en mi cuarto, me miré al espejo y sonreí como hacía tiempo no lo hacía. No sentí culpa. Sentí alivio. Había vuelto a una parte de mí que seguía viva, hambrienta, intacta.

Me acosté boca arriba, separé las piernas y aún pude encontrar en mis dedos el rastro de lo que habíamos hecho. Me masturbé despacio recordando su lengua, sus órdenes, sus dedos entrando en mí, la forma en que se corrió sobre mi boca. Acabé otra vez en silencio, mordiéndome el labio para no despertar a nadie.

Y mientras recuperaba el aliento, supe algo con absoluta claridad: aquello no había sido una aventura aislada. Había regresado a mi afición más adictiva. Y pensaba disfrutarla sin volver a mentirme nunca.

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Comentarios(4)

ValentinaLR

buenisimo!!! quede con ganas de mas

Lucia_mdq

Por favor escribi mas, justo cuando se pone bueno termino jaja

Romina_BA

Me recordo a algo que me paso en el verano, ese tipo de encuentros son los mejores. Muy bien narrado

MarisolOK

Eso es ficcion o real? porque se siente demasiado vivo para ser inventado

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