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Relatos Ardientes

La reina y su ancla en la torre de cristal

Palacio de Arken, planeta Nereida.

Habían pasado apenas unos días desde que Vera dejó de ser una ejecutiva brillante en una ciudad cualquiera para convertirse en la mujer más observada de todo un mundo. La corona le pesaba en la cabeza, el manto le hundía los hombros y cada saludo formal le recordaba que estaba sosteniendo un poder que no sentía suyo. Frente a los consejeros mantenía la espalda recta. A solas, respiraba como si el aire no le alcanzara.

Lo peor no era el protocolo ni la amenaza política. Lo peor tenía nombre propio: Kaia.

La verdadera heredera había vuelto de la muerte por culpa de un ritual desesperado, y había regresado distinta. Más fuerte. Más inestable. Más lejana. A veces las miradas vacías de Kaia le daban más miedo que sus estallidos de furia, porque en ellas no quedaba rastro de la mujer que Vera había amado hasta romperse.

La puerta del salón privado se abrió sin anuncio. Mara entró con paso rápido, el uniforme oscuro arrugado y una sonrisa cansada que no ocultaba el desastre de su noche.

—No preguntes cómo conseguí la información —dijo, dejándose caer frente a Vera—. Solo diré que tuve que follarme a una capitana mercenaria con una lengua demasiado hábil y cero sentido del descanso.

Vera soltó una risa breve, seca, casi incrédula.

—¿Y al menos valió la pena?

—Si por «valió la pena» te refieres a que me dejó temblando, vacía y con las piernas flojas antes de hablar, sí. Si te refieres a si lo que contó me gusta, no tanto.

Mara apoyó los codos en las rodillas y bajó la voz. Habló de una orden antigua, de ciclos de equilibrio, de una energía que no resucitaba sin cobrar algo a cambio. Vera escuchó cada palabra sintiendo un nudo cada vez más duro en el estómago. Cuando Mara terminó, el silencio se volvió espeso.

—Entonces no la trajimos de vuelta sin más —murmuró Vera—. La arrancamos de un sitio al que ya pertenecía.

—Tal vez. Pero también sabemos algo más —replicó Mara—. Las memorias no desaparecen del todo. A veces quedan atadas a un cuerpo por estímulos concretos. Contacto. Voz. Olor. Dolor. Placer.

Vera levantó la cabeza despacio.

—¿Placer?

—No me mires así. No hablo de magia de feria. Hablo de anclas reales. El cuerpo recuerda antes que la cabeza. Si alguien puede hacerla volver, eres tú.

Vera negó de inmediato, demasiado rápido, como si la idea quemara.

—No.

—Sí.

—Está fuera de control, Mara. Anoche casi le rompe el brazo a un guardia por tocarle la puerta. Si intento acercarme y sale mal...

—Si no intentas nada, ya la estás perdiendo.

La frase cayó exacta donde más dolía. Vera cerró los ojos un instante. Había pasado las últimas noches fingiendo autoridad ante un planeta entero, pero lo único que realmente quería era ver a Kaia mirarla otra vez como antes. No con rabia. No con vacío. Con hambre. Con ternura. Con esa mezcla brutal que la dejaba sin aliento.

—Hay otra cosa —dijo Mara, más suave—. Antes de morir, Kaia te eligió a ti. No por deber. No por la corona. Por lo que le haces sentir. Si existe un camino de regreso, su cuerpo lo reconocerá contigo.

Vera tragó saliva. Sabía que estaba entrando en terreno peligroso. Porque Mara no se refería solo a una conversación íntima o a una caricia en el rostro. Ambas sabían qué clase de recuerdos compartía con Kaia. Qué clase de cosas despertaban en ella incluso en sus peores días.

—No sé si soportaría tocarla y descubrir que ya no queda nada —admitió.

—Peor es seguir esperando a que desaparezca del todo.

***

La torre de cristal donde mantenían a Kaia no era una celda, pero tenía el mismo sabor. Altas paredes translúcidas, luz fría filtrándose desde lo alto y dos guardianas apostadas en la puerta con la tensión visible en las mandíbulas. Vera ordenó que se retiraran. Ninguna quiso hacerlo hasta oírlo por segunda vez.

—Si grito, entran —aclaró una de ellas.

—Si grito, no entren —corrigió Vera.

Las dos intercambiaron una mirada inquieta y obedecieron.

Al cerrarse la puerta, el silencio quedó entero para ellas.

Kaia estaba junto al ventanal curvo, con una túnica oscura abierta en el cuello y el pelo suelto sobre la espalda. No llevaba emblemas, no llevaba capa, no llevaba nada que recordara a la mujer que había gobernado antes. Solo su cuerpo imposible y esa presencia cortante que parecía ocupar toda la habitación.

—Vienes sola —dijo sin girarse.

—Sí.

—Eso significa que o eres valiente o estás desesperada.

—Probablemente ambas.

Kaia se volvió al fin. Sus ojos la recorrieron despacio, sin respeto por la corona ni por el rango. Vera sintió ese examen como una mano física deslizándose por su cuello, por sus pechos, por la cintura apretada por el vestido. El aire cambió entre las dos de inmediato.

—Hueles igual —murmuró Kaia, acercándose un paso—. Eso me irrita.

—¿Porque lo recuerdas o porque te gusta?

Una media sonrisa apareció en la boca de Kaia. Apenas una curva. Suficiente para hacerle doler el pecho a Vera.

—No juegues conmigo.

—No vine a jugar.

Kaia se detuvo a poca distancia. La diferencia de altura era mínima, pero la sensación de amenaza no. Vera podía oír su propia respiración. Podía ver cómo la garganta de Kaia se movía al tragar. Podía notar el temblor contenido en sus manos, como si su cuerpo entero estuviera luchando contra un impulso violento.

—Entonces dime para qué viniste.

Vera había ensayado discursos enteros. Ninguno sobrevivió frente a esa mirada.

—Vine a buscarte.

Kaia rio sin alegría.

—Llegas tarde. Esa mujer se murió.

—No lo creo.

—Porque eres terca.

—Porque te conozco.

—No me conoces.

—Sé cómo suenas antes de correrte. Sé cómo aprietas la mandíbula cuando estás celosa. Sé que te gusta que te muerda el labio cuando estás encima de mí. Sé que me mirabas como si fueras a devorarme cada vez que mentía en público y luego venías a cobrártelo en privado. No me digas que no te conozco.

El golpe fue visible. No en un gesto grande, sino en un pequeño parpadeo, en la forma en que los dedos de Kaia se cerraron con fuerza.

—Cállate.

—No.

—Te dije que te calles.

—Haz que me calle, entonces.

Kaia la agarró del brazo y la estampó contra la pared translúcida con una velocidad brutal. Vera soltó el aire de golpe, no por dolor sino por la impresión de sentir aquel cuerpo firme pegado al suyo. La mano de Kaia rodeaba su muñeca con una fuerza obscena. Bastaba un movimiento torpe para quebrarla. Y sin embargo, la presión se ajustó en el último segundo, como si una parte enterrada de ella todavía supiera medir el daño.

Vera levantó la barbilla.

—Ahí estás.

—No me provoques —gruñó Kaia, tan cerca que su aliento le rozó la boca.

—Te llevo provocando desde que me viste entrar.

Kaia apretó más. Luego menos. Sus ojos bajaron a los labios de Vera con un hambre furiosa, casi rabiosa.

—No sé qué quieres de mí.

—Quiero tu memoria. Quiero tu rabia. Quiero que dejes de mirarme como a una extraña. Y si para conseguirlo tengo que abrirte las piernas y hacer que tu cuerpo recuerde lo que siente conmigo, voy a hacerlo.

El silencio después de esa frase fue tan denso que casi pareció sólido.

Kaia la miró fija, como si evaluara si aquello era una trampa o una plegaria. Entonces la besó.

Fue un beso brutal. Boca abierta, dientes chocando, lengua entrando sin pedir permiso. Nada suave, nada medido. Vera gimió contra esa embestida de boca y le devolvió el beso con la misma necesidad vieja, tragándose el sabor amargo que Kaia llevaba encima. Las manos de Kaia bajaron a su cintura y tiraron de ella con violencia. Vera sintió el muslo ajeno meterse entre sus piernas y se frotó sin pensar, arrancándose un jadeo que las dos oyeron demasiado claro.

—Eso sí lo recuerdas —susurró Vera, jadeante.

—Recuerdo que me desesperas.

—Y aun así me besas como una adicta.

Kaia le mordió el labio inferior hasta hacerla gemir. Después la soltó solo lo justo para mirarla con las pupilas abiertas.

—Si sigues hablando, te voy a follar contra esta pared hasta que no puedas sostener la corona.

El calor le bajó directo al coño a Vera. Sonrió, desafiante.

—Hazlo.

Kaia metió la mano bajo la falda ceremonial de un tirón. El contraste entre la rudeza del gesto y el temblor mínimo de sus dedos hizo que Vera abriera las piernas al instante. Llevaba ropa interior fina, absurda para una reunión de crisis y perfecta para esa locura. Kaia la palpó por encima un segundo, notando la humedad que ya la había empapado.

—Mírate —murmuró—. Vienes a rescatarme y estás chorreando.

—Porque eres tú.

—O porque te excita el peligro.

—Las dos cosas.

Kaia apartó la tela a un lado y le pasó dos dedos por la raja húmeda, despacio al principio, luego con una presión firme sobre el clítoris. Vera arqueó la espalda y soltó un gemido ronco. Hacía demasiado tiempo que nadie la tocaba así. Demasiado tiempo guardando el deseo debajo del miedo.

—Dime qué recuerdas —pidió Vera, con la voz rota.

—Recuerdo esto —contestó Kaia, hundiéndole un dedo dentro de golpe.

Vera se aferró a sus hombros. Estaba mojada, caliente, demasiado receptiva. Kaia entró y salió con un ritmo corto, explorando su reacción. Después metió un segundo dedo y la abrió por dentro sin delicadeza. Vera gimió más fuerte, sin intentar callarse, moviendo las caderas para buscar más fricción.

—Eso. Así te ponías conmigo —dijo Kaia, mirándola de cerca—. Hambrienta. Impaciente.

—Porque sabes tocarme, joder.

Kaia le chupó el cuello mientras seguía follándola con los dedos. La lengua húmeda, los dientes, la presión de la mano trabajando dentro de ella. Todo encajó con una familiaridad casi cruel. Vera notó que el cuerpo de Kaia también estaba reaccionando: la respiración más rápida, las caderas buscando roce, los pezones marcándose bajo la tela de la túnica.

—Quítatela —ordenó Vera, tirando del cuello de la prenda.

—¿La corona te volvió mandona?

—No. Tú siempre me pusiste así.

Kaia sonrió de lado y obedeció. Se sacó la túnica por la cabeza y la dejó caer. Debajo no llevaba nada salvo una banda ajustada sobre el pecho y una braga negra ceñida a las caderas. Era suficiente. Más que suficiente. Vera se quedó un segundo mirándola, tragando deseo.

—Te conozco —repitió.

Kaia respondió metiéndole otra vez los dedos hasta el fondo, más fuerte, arrancándole un jadeo agudo.

—Entonces demuéstralo.

Vera cayó de rodillas ante ella.

El cambio de altura hizo que Kaia endureciera la expresión, sorprendida por un instante. Vera aprovechó esa grieta. Le agarró las caderas y besó por encima de la tela húmeda entre sus piernas. Kaia soltó un resoplido seco, casi un insulto tragado. Vera repitió el beso, luego pasó la lengua marcando la humedad a través de la braga.

—Mierda... —murmuró Kaia.

Vera levantó la vista hacia ella mientras tiraba de la prenda hacia abajo. Kaia alzó apenas las caderas, como si su cuerpo hubiera elegido antes que su mente. Cuando quedó desnuda de cintura para abajo, Vera se encontró con ese coño ya hinchado, brillante, abierto apenas por la excitación. No necesitó más señales.

La primera lamida fue larga, de abajo arriba, con la lengua bien plana. Kaia apoyó una mano en la pared y la otra en el pelo de Vera. No la forzó, no la guio; simplemente la agarró con una tensión evidente. Vera abrió más con los dedos y metió la lengua entre los pliegues, saboreándola despacio, reconociendo su gusto como quien recupera una lengua perdida.

—Joder, Vera...

Ahí estaba. Su nombre dicho de esa forma. No como una reina ni como una intrusa. Como una mujer arrodillada entre sus piernas.

Vera chupó el clítoris y lo rodeó con la punta de la lengua. Kaia dio un pequeño tirón de pelo, involuntario o no. Vera insistió, alternando succiones cortas con lamidas profundas. Luego le metió dos dedos y comenzó a follarla con la mano mientras la seguía comiendo. Kaia ya no fingía control; sus muslos temblaban, las caderas se movían buscando la boca, la respiración se le cortaba en gemidos bajos.

—Eso... así... no pares.

Vera obedeció. Aumentó el ritmo de los dedos, curvándolos dentro de ella, y apretó el clítoris con la lengua justo como sabía que le gustaba. Kaia dejó caer la cabeza hacia atrás y soltó un gemido más alto, un sonido lleno de rabia y placer. Cuando el orgasmo la alcanzó, le apretó el pelo con fuerza y se corrió temblando, contrayéndose alrededor de los dedos de Vera.

Vera no se apartó hasta exprimirle cada espasmo. Luego se puso de pie despacio, con la boca húmeda y el corazón desbocado. Kaia la miraba como si acabara de despertar dentro de una pesadilla que también era deseo.

—Recuerda algo más —susurró Vera—. Recuerda quién soy cuando te hago correrte.

Kaia la agarró de la nuca y la besó con furia renovada. El sabor de su propio cuerpo en la boca de Vera pareció empujarla más cerca de algo reconocible. Gemía distinto. Tocaba distinto. Incluso su manera de respirar contra la mejilla de Vera tenía ya ese patrón conocido de cuando estaba a punto de perder del todo el control.

—Te recuerdo en mi cama —dijo Kaia entre besos—. Desnuda. Quejándote. Exigiéndome más.

Vera casi lloró al oírlo, pero en lugar de hacerlo sonrió.

—Entonces síguelo.

Kaia la llevó hasta una plataforma baja junto al ventanal y la sentó de golpe. Subió la falda hasta la cintura, apartó la ropa interior empapada y se arrodilló entre sus piernas. La visión de aquella mujer poderosa de rodillas por ella, mirándole el coño abierto y mojado, le sacudió todo el cuerpo.

—No me mires así —dijo Kaia, con la voz grave.

—¿Así cómo?

—Como si fueras a adorarme.

—Tal vez lo haga.

Kaia la calló metiéndole la lengua de una vez. Vera se echó hacia atrás con un gemido ahogado. Kaia comía coño con hambre de verdad, sin técnica delicada, con la cara hundida entre sus piernas y la boca trabajando duro. La lengua golpeaba el clítoris, bajaba, volvía a subir, mientras una mano le abría más y la otra le sujetaba el muslo para que no escapara del placer.

—Mierda... Kaia... sí...

Kaia gruñó contra su sexo al oír su nombre y eso vibró directo en el centro de Vera, obligándola a retorcerse. Luego le metió dos dedos y la penetró con un ritmo firme, húmedo, obsceno. Vera abrió más las piernas sin pudor, dejándose usar la boca y la mano hasta quedar temblando.

—Dime quién soy —ordenó Kaia sin apartarse del todo.

—Eres tú.

—No basta.

Le chupó el clítoris con fuerza y Vera soltó un grito quebrado.

—Eres Kaia. Mi Kaia. La mujer que me folla la boca cuando discuto con ella. La que me hace correrme y luego vuelve a empezar. La que me mira como si quisiera partirme en dos y quedárselo todo.

Kaia emitió un sonido bajo, casi animal, y volvió a enterrarse entre sus piernas. Vera ya estaba al borde. Lo sintió en las sacudidas de su vientre, en la humedad descontrolada, en la forma en que todo su cuerpo pedía rendirse. Cuando Kaia curvó los dedos y le mordió apenas el clítoris, el orgasmo la atravesó entero. Se corrió gimiendo su nombre, con las caderas temblándole y una mano aferrada al cabello oscuro de Kaia.

Kaia siguió lamiendo despacio mientras Vera bajaba del clímax, hasta dejarla blanda, abierta y sensible. Luego se incorporó. Tenía la boca brillante y los ojos encendidos.

—Todavía no es suficiente —dijo.

Vera respiró hondo, recuperándose a medias.

—Entonces fóllame.

Kaia no dudó. Metió la mano en un compartimento del cinturón dejado sobre la plataforma y sacó una correa estrecha con un consolador oscuro, simple, funcional. Vera abrió mucho los ojos.

—Así que sí recuerdas tus costumbres.

—Recuerdo que te gusta sentirme de esta forma —replicó Kaia, ajustándoselo a la cadera—. Recuerdo que te vuelves loca cuando te la meto despacio para hacerte rogar.

El coño de Vera respondió de inmediato, contrayéndose vacío. Se quitó la ropa interior del todo y la dejó caer al suelo. Luego se recostó sobre la plataforma, apoyando los codos para mirarla. No había pudor, solo hambre y una esperanza desesperada latiendo debajo.

Kaia pasó la punta del juguete mojado por su entrada. Vera gimió antes de sentir la penetración completa.

—Mírate —dijo Kaia—. Ya estás pidiéndolo con la cara.

—Porque hablas demasiado.

Kaia entró de una sola embestida. Vera gritó. La llenó hasta el fondo, empujando con esa mezcla de rudeza y precisión que la había vuelto adicta a ella mucho antes del trono. Kaia esperó apenas un segundo y luego empezó a moverse. Primero lento. Cada salida parcial seguida de una entrada profunda. Dejando que el juguete rozara justo donde más la desarmaba.

—Así... joder... así... —balbuceó Vera.

—No. Dilo bien.

—Fóllame.

Kaia aceleró de inmediato. La plataforma crujió con cada embestida. Vera abrió más las piernas, ofreciéndose entera, sintiendo cómo el placer volvía a levantarse brutal, mezclado con el golpeteo sordo del juguete dentro de su coño empapado. Kaia la miraba desde arriba con el pelo pegado al cuello, el pecho subiendo y bajando rápido, el control escapándosele en la mandíbula tensa.

—¿Te acuerdas ahora? —jadeó Vera.

—Recuerdo tu coño apretándose así cuando estás a punto de correrte.

Le metió dos dedos en la boca sin aviso. Vera los chupó por puro reflejo, manteniendo la mirada fija en ella. Kaia soltó una maldición y empezó a embestir más duro. Sacaba casi todo y volvía a hundirse hasta el fondo, mojándola de ruido, golpe, respiración y necesidad.

—Sí, así, trágatelos —gruñó—. Siempre te gustó obedecer cuando estabas bien excitada.

Vera chupó con más fuerza y luego soltó los dedos para responder entre jadeos.

—Solo te obedezco a ti.

La frase le pegó de lleno. Kaia cerró los ojos un instante y al abrirlos había algo distinto allí, algo más cálido entre la furia. Se inclinó sobre Vera, sostuvo una pierna sobre su hombro y la folló con un ángulo aún más profundo. Vera sintió cómo el orgasmo se armaba otra vez, feroz y cercano.

—Kaia... me voy a correr...

—Hazlo.

—Tócame.

Kaia llevó la mano a su clítoris y lo frotó con círculos firmes, sincronizados con las embestidas. El efecto fue inmediato. Vera perdió el aire, la voz y cualquier intento de dignidad. Se corrió con un grito abierto, apretándose alrededor del juguete mientras su cuerpo se sacudía sin control. Kaia siguió follándola a través del orgasmo, más lenta al final, como si necesitara sentir cada contracción.

Luego se detuvo. La frente de Kaia cayó contra la de Vera. Las dos jadeaban.

—Te recuerdo —susurró Kaia, apenas audible.

Vera se quedó inmóvil.

—¿Qué dijiste?

Kaia cerró los ojos con fuerza. Una lágrima se le escapó por la sien.

—Te recuerdo en el balcón la noche de la tormenta. Recuerdo tu miedo cuando me viste morir. Recuerdo que fui una imbécil por dejarte sola con todo esto. Recuerdo... que te amo.

Vera soltó un sonido roto, mezcla de risa y llanto. Le acarició la cara con manos temblorosas.

—Joder... por fin.

Kaia la besó entonces de otra manera. Ya no como una depredadora probando territorio, sino como la mujer que volvía a encontrar el camino a casa a través de su boca. Vera le rodeó la espalda y la atrajo más cerca, todavía con el cuerpo sensible, todavía sintiendo el eco de las embestidas dentro.

—No estoy completa —admitió Kaia contra sus labios—. Hay cosas rotas. Zonas oscuras. Vacíos.

—No me importa. Las llenamos juntas.

Kaia sonrió con tristeza.

—Sigues sonando como una reina.

—Y tú sigues sonando como la mujer que me folla para discutir menos.

Eso le arrancó una risa real. La primera.

Kaia salió despacio del arnés, lo dejó a un lado y volvió a acomodarse entre las piernas de Vera, esta vez sin prisa. Le acarició el muslo, el vientre, los pechos por encima del vestido desordenado, como redescubriendo un mapa conocido. Vera la dejó hacer, disfrutando de esa ternura sucia posterior al sexo, esa calma cargada de calor y fluidos y respiraciones mezcladas.

—Quédate conmigo esta noche —pidió Vera.

Kaia apoyó la frente en su hombro.

—Si me quedo, no voy a dormir.

—Mejor.

—Vas a estar caminando raro mañana.

—Ya camino raro desde que te perdí.

Kaia levantó la cabeza y la miró con una intensidad desnuda, sin barreras. Luego le besó el cuello y sonrió contra su piel.

—Entonces tendré que compensarte. Despacio. Varias veces. Hasta que tu cuerpo no recuerde nada salvo mis manos.

Vera sintió otro latigazo de deseo a pesar del cansancio.

—Eso suena menos a una amenaza y más a una promesa.

—Es ambas cosas.

Cuando las guardianas oyeron por fin la orden de abrir, mucho después, encontraron a la reina con el pelo deshecho, la corona ausente y la boca hinchada por los besos. A su lado, Kaia ya no parecía una sombra encerrada sino una mujer viva, peligrosa y consciente. No completamente a salvo, no completamente curada, pero de vuelta.

Y Vera supo, al incorporarse con las piernas todavía temblando y el coño sensible latiendo bajo la falda, que había recuperado algo más que una aliada o una amante. Había recuperado a su ancla. Aunque el precio hubiera sido entrar sola en una torre y dejar que el mundo entero dependiera, por una hora, de una mujer capaz de recordar el amor a través del sexo.

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Comentarios(5)

CarolinaVzla

increible!!! me quede con ganas de mas

LecturaViva_33

Por favor tiene que haber segunda parte, quede enganchada desde el primer parrafo. No me lo esperaba asi de bueno

CelesteRdz_92

excelente, seguí subiendo cosas asi!!

Luciana_Rc

Me encanto la tension que se arma entre ellas, se siente real sin caer en lo burdo. Muy bien escrito

Maribel_RdP

Buenisimo. Me recordo a algo que vivi hace tiempo y lo lei todo de un tiron. Ojala haya continuacion

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