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Relatos Ardientes

La dríade del bosque subió a nuestra carroza

El traqueteo constante de la carroza me tenía medio dormida. Cada vez que abría los ojos veía lo mismo: troncos, hojas, ramas y destellos de sol colándose entre la espesura. A mi lado, Liria mantenía esa postura perfecta que solo ella era capaz de sostener durante horas, con la espalda recta, el mentón alto y una calma que me irritaba tanto como me excitaba.

Yo llevaba semanas a su servicio, si es que así podía llamarse a la forma en que me había retenido a su lado desde que decidió convertirme en su acompañante oficial de caminos. El título sonaba elegante. La realidad era mucho más simple: le gustaba tenerme cerca, rozarme cuando nadie miraba y comprobar cuánto tardaba en conseguir que me humedeciera solo con una orden pronunciada en voz baja.

—Tienes cara de aburrimiento —dijo, sin mirarme primero, como si le bastara olerlo.

—Porque estoy aburrida —murmuré, apoyando la sien en el cristal.

Su mano bajó despacio hasta mi muslo y empezó a apretarlo con una seguridad indecente. No fue una caricia inocente. Sus dedos fueron subiendo un poco, apenas un poco, lo justo para ponerme alerta.

—Podríamos entretenernos —susurró—. Si no gimes demasiado fuerte, esos dos idiotas no oirán nada desde fuera.

Le atrapó la mirada un segundo, divertida y hambrienta. Yo le tomé la mano y le besé las yemas para apartarla antes de que siguiera subiendo.

—Mejor no —le dije—. Uno de los cocheros me estuvo mirando esta mañana cuando me cambiaba. Si te oye, luego se creerá con derecho a imaginar más de la cuenta.

Vi cómo se le tensaba la mandíbula. A Liria no le gustaba que tocaran lo que consideraba suyo, y menos aún que lo miraran sin permiso.

Antes de que pudiera responder, la carroza dio un bandazo brutal. Después llegó un crujido seco, de madera partiéndose, y el vehículo se inclinó hacia un costado hasta detenerse con una sacudida que casi nos lanzó una encima de la otra.

Los hombres bajaron de un salto. La voz del mayor llegó desde fuera, amortiguada y nerviosa.

—Se ha roto una rueda.

Liria abrió la puerta y el sol nos golpeó de lleno. Bajamos al camino. El bosque era más espeso de lo que parecía desde la ventana, húmedo y silencioso debajo del canto de los pájaros. El cochero mayor estaba arrodillado junto a la rueda astillada, tanteando los radios rotos con gesto de fastidio.

—No se arregla aquí —dijo—. Hay que traer otra.

El más joven se ofreció a correr hasta el pueblo más cercano. Liria aceptó de mala gana. El viejo insistió en quedarse con nosotras «por protección», aunque la forma en que me miró al decirlo dejó claro que su idea de proteger y su idea de aprovechar una oportunidad debían de parecerse demasiado.

Cuando el joven desapareció entre los árboles, el silencio volvió a asentarse sobre el camino. Liria examinó la carroza. Yo me senté en el escalón, sintiendo todavía el sueño pegado al cuerpo y la molestia de aquella mirada lasciva clavada en mí.

Debí de cabecear apenas unos minutos. Me despertó un grito.

Al alzar la vista vi al cochero frente al borde del bosque, tieso y con el brazo medio alzado. Seguí la dirección de sus ojos y tardé un instante en distinguirla entre las ramas. Primero pareció una sombra clara entre el verde. Luego dio un paso y la vi completa.

Era una mujer menuda, completamente desnuda, con la piel pálida y el cabello rubio corto ceñido por una corona de flores. No llevaba nada más. Nada. Sus pechos pequeños, su vientre liso y el triángulo desnudo entre sus piernas quedaban a plena vista bajo la luz filtrada del bosque. Parecía adulta, pero había en ella algo salvaje y ajeno a cualquier costumbre humana, como si el pudor nunca hubiera existido en su mundo.

El viejo dio un paso hacia ella.

—Eh, tú, ven aquí. Quizá puedas ayudarnos.

Yo conocía ese tono. No estaba pidiendo ayuda. Estaba oliendo presa.

La desconocida retrocedió. Liria habló entonces en una lengua que yo no entendía, suave, musical, completamente distinta a la nuestra. La mujer del bosque se detuvo y giró la cabeza. El cochero, envalentonado, avanzó otra vez con una sonrisa de mierda.

—Si no entiendes palabras, te enseño con las manos…

No terminó la frase. La desconocida acercó la palma a sus labios y sopló. Una nube de polvo verde le cubrió la cara. El hombre cayó de rodillas y luego de bruces, dormido antes de tocar el suelo del todo.

Yo retrocedí hacia la carroza. Liria, en cambio, se arrodilló ante aquella mujer y volvió a hablarle en esa lengua extraña. La otra se acercó con cautela, sorteando el cuerpo caído sin mirarlo siquiera. Cuando habló en nuestro idioma, su voz sonó limpia, como agua sobre piedra.

—Hablas bien para ser de fuera.

—Lo suficiente para pedir perdón —respondió Liria—. Él no volverá a molestaros.

La desconocida me miró entonces. Sus ojos se quedaron un instante en mi ropa, luego en la túnica de Liria, como si estuviera comparándonos.

—¿Por qué os cubrís?

—Porque los cuerpos despiertan hambre —dije yo, antes de pensarlo.

Ella frunció el ceño, de verdad confundida.

—¿Hambre?

Liria sonrió. Vi en su cara ese brillo que le aparecía justo antes de tomar el control de una situación.

—Quizá sea mejor mostrarte que explicarlo.

Se quitó la túnica allí mismo. La dejó caer sobre el musgo con una lentitud calculada. Debajo no llevaba nada. Su cuerpo moreno quedó expuesto al sol: los pechos llenos, el vientre firme, el vello rubio y suave sobre el coño ya hinchado. La desconocida abrió ligeramente la boca y la recorrió con la vista, curiosa, casi fascinada.

—Nos parecemos —murmuró, tocándose los hombros, los pezones, el vientre, hasta llegar entre sus piernas.

El respingo que dio al rozarse me arrancó una punzada de deseo tan fuerte que tuve que apretar las rodillas.

—Sí —dijo Liria, acercándose—. Y hay muchas formas de usar eso para sentir placer.

—Enséñame.

Liria no me miró, pero su sonrisa creció al oírlo.

—Sube a la carroza con nosotras.

La mujer del bosque aceptó sin discutir. Entró primero, ligera y descalza. Yo me hice a un lado para dejarle espacio, aunque en realidad lo que quería era huir de la cercanía de aquel cuerpo desnudo y mirarlo al mismo tiempo. Cuando quedó frente a mí, noté el olor que traía encima: tierra húmeda, hojas rotas, flores tibias al sol.

—Me llamo Mara —dije, porque necesitaba decir algo.

—A mí me llaman Eirea —respondió.

Liria cerró la puerta detrás de sí. La penumbra del interior nos envolvió, cálida, íntima, separada del mundo por madera, cortinas y el cuerpo inconsciente del cochero tirado afuera.

—Siéntate —le ordenó a Eirea.

La dríade obedeció con una docilidad curiosa, sentándose en el banco acolchado. Liria se colocó entre sus rodillas y le abrió las piernas con las manos. Vi el sexo de Eirea de cerca por primera vez: hinchado, húmedo, los labios ya brillantes sin que nadie la hubiera tocado apenas.

—Lo que sentiste al rozarte —susurró Liria— no era más que el principio.

Metió dos dedos entre sus labios y empezó a acariciarla despacio. Eirea dio un jadeo corto, sincero, y echó la cabeza hacia atrás. Liria la besó justo entonces, cerrándole la boca con la suya. No fue un beso delicado. Le abrió los labios con la lengua y se la metió dentro mientras sus dedos frotaban el clítoris y después se hundían en el coño húmedo de la criatura.

Yo no pude apartar la vista. Los dedos de Liria entraban y salían despacio primero, luego con un ritmo firme, curvándose dentro de ella. Eirea gemía contra su boca, torpe al principio, y luego fue respondiendo al beso como si lo aprendiera sobre la marcha. Sus caderas empezaron a moverse solas, buscando más.

—Así —murmuró Liria al separarse apenas—. Déjate llevar.

Metió el pulgar arriba y siguió frotándole el clítoris mientras los otros dedos le abrían el coño por dentro. El sonido húmedo llenó la carroza. Eirea tembló de pies a cabeza. Sus manos se aferraron a los hombros de Liria, clavándole los dedos mientras el placer le subía en oleadas visibles por el vientre.

Se corrió con un gemido ahogado y un espasmo que le cerró los muslos alrededor de la muñeca. Su coño apretó con fuerza los dedos de Liria. Yo sentí el mío palpitar al verla, mojándome tanto que la tela se me pegó de inmediato.

Liria sacó los dedos y los llevó a mis labios.

—Prueba.

No dudé. Los chupé uno a uno. El sabor me sorprendió: dulce, vegetal, raro y adictivo. Tragué sin apartarle los ojos. Ella lo supo. Siempre lo sabía.

—Quítate la ropa, Mara.

Mi cuerpo obedeció antes que mi orgullo. Me desaté el jubón con las manos torpes, me saqué la camisa fina de debajo y dejé al aire mis pechos pequeños, los pezones ya duros. Eirea me miró sin disimulo, con una curiosidad limpia que me puso todavía más cachonda. Bajé también los pantalones y las bragas hasta los tobillos, quedando abierta ante ella dentro de aquel espacio estrecho.

—Mírame bien —le dije, acercándome—. Ahora vas a aprender mi sabor.

La besé primero. Le agarré la nuca y hundí la lengua en su boca todavía húmeda por el beso de Liria. Ella me respondió enseguida, menos torpe, más hambrienta. Mientras nuestras lenguas se enredaban, llevé una mano a uno de sus pechos pequeños y le pellizqué el pezón. Jadeó contra mi boca.

Liria, ya arrodillada en el suelo de la carroza, nos separó lo justo para volver a abrirle las piernas a Eirea y hundir la cara entre sus muslos. La primera lamida se oyó clara. Eirea soltó un grito agudo y me agarró de la cintura.

Yo me puse de pie sobre el asiento, con las piernas a cada lado de su cuerpo, y le acerqué el coño a la cara. La vi entender lo que quería incluso antes de que se lo dijera.

—Lame —ordené, con la voz rota—. Pero suave. Usa la lengua, no los dientes.

Obedeció. La primera pasada fue torpe y demasiado fuerte, pero el contacto me arrancó un temblor. La segunda fue mejor. La tercera me hizo gemir abiertamente. Eirea fue aprendiendo rápido, como si su cuerpo entendiera el placer ajeno con la misma naturalidad con la que respiraba el bosque. Su lengua se metía entre mis labios, subía hasta el clítoris y volvía a bajar, cada vez con más ritmo.

Debajo de nosotras, Liria estaba devorándola. No encuentro otra palabra. Le separaba el coño con los dedos y se lo lamía de abajo arriba, metiendo la lengua con hambre, chupándole el clítoris y volviendo a penetrarla con los dedos empapados. El sonido de su boca trabajando entre esos muslos me volvía loca.

—Joder… así… así… —jadeé, agarrándome al techo de la carroza para no caer.

Eirea me sujetó por las nalgas y me abrió más para lamerme mejor. Sentí su lengua entrar y salir, más firme, más segura. Le noté incluso los labios succionándome el clítoris con una avidez creciente. Gemí tan fuerte que tuve que morderme el nudillo.

Liria separó un instante la boca del coño de Eirea solo para decir:

—No te contengas, Mara. Quiero verte correrte en su cara.

Eso bastó. Me abrí con dos dedos y le ofrecí más. Eirea hundió la lengua con ganas, siguiéndome el ritmo, devorándome como si hubiera nacido para eso. El orgasmo me subió de golpe. Las piernas me temblaron y me corrí sobre su boca con un gemido ronco, largo, sin poder cerrar la boca ni los ojos. Sentí cómo seguía lamiéndome durante el espasmo, tragándose todo con una voracidad casi obscena.

Cuando bajé la vista, la vi con la cara brillante de mis fluidos, mirando hacia arriba con una expresión nueva, más caliente, más salvaje. Se lamió los labios, luego chupó mis dedos mojados cuando se los acerqué. Yo casi vuelvo a correrme solo de ver eso.

Liria seguía entre sus piernas. Eirea ya estaba otra vez al borde, se le notaba en los tirones del vientre, en cómo se le cerraban los muslos y en los gemidos entrecortados que soltaba mientras la lengua de mi señora la deshacía. Entonces decidí que no iba a mirar más. Quería entrar de verdad en aquello.

Me arrodillé a su lado y le acaricié un pecho mientras Liria lamía abajo. Bajé la boca al otro pezón, lo rodeé con la lengua y lo chupé. Eirea se estremeció de pies a cabeza. Llevé una mano a su vientre y la dejé deslizarse entre sus piernas hasta sentir el movimiento húmedo de la boca de Liria. Metí un dedo junto a su lengua. El coño de Eirea me apretó enseguida.

—Más —dijo ella, apenas una exhalación—. Quiero más.

—Te lo vamos a dar —respondió Liria, separándose solo lo justo para hablar.

La sentó mejor en el banco y me miró. Entendí al instante. Me coloqué detrás de Eirea, apoyando su espalda contra mi pecho. Le abrí las piernas otra vez y Liria se acomodó frente a ella. Yo le separé los labios del coño con dos dedos mientras mi otra mano le masajeaba los pechos y le pellizcaba los pezones ya duros como piedras.

Liria escupió sobre dos dedos y se los metió despacio. Eirea jadeó. Entraron fácil, bien mojados. Los sacó y metió tres esta vez, hundiéndoselos hasta el fondo. La dríade arqueó la espalda y echó la cabeza atrás contra mi hombro. Yo le mordí el cuello con suavidad y después se lo lamí.

—Eso… eso… —repetía Eirea, perdida.

Liria empezó a follársela con la mano de verdad. Tres dedos entrando y saliendo, curvándose dentro, golpeando un punto que la hacía sacudirse entera. Con el pulgar le frotaba el clítoris en círculos rápidos. Yo la sujetaba abierta para ella y notaba cómo ese coño se tragaba cada embestida de dedos, húmedo, caliente, apretado.

Quise más para mí también. Me llevé una mano entre las piernas y empecé a masturbarme al ritmo que Liria marcaba en Eirea. Cada vez que sus dedos entraban, los míos frotaban mi clítoris. Cada vez que ella gemía, yo me mordía el labio y me corría un poco más hacia el borde.

Liria alzó la vista y me vio tocándome.

—No te escondas —dijo—. Métete los dedos. Quiero verla aprender mirando cómo te follas sola.

Lo hice. Me metí dos dedos en el coño, empapado, y gemí al instante. Eirea abrió los ojos para mirar mi mano trabajar entre mis piernas. Su respiración se aceleró todavía más. Yo le susurré al oído:

—Así se hace. Así de sucio. Así de rico.

Liria bajó de nuevo la boca y le chupó el clítoris sin dejar de metérsela con los dedos. El contraste la desarmó. Eirea se corrió con un grito más claro que los anteriores, retorciéndose entre las dos. El orgasmo le duró varios segundos. Lo noté en la manera en que me clavó las uñas en el muslo y en cómo su coño apretó desesperado los dedos de Liria una y otra vez.

Pero Liria no se detuvo.

—Todavía no —murmuró contra su sexo, y siguió lamiendo.

Eirea tembló, sensible, al borde del exceso. Yo le besé la sien y seguí manoseándole los pechos, mientras mis dedos no dejaban de entrar y salir de mi propio coño. El espectáculo de Liria comiéndosela así, sin compasión, fue lo que terminó de romperme. Me corrí otra vez con un gemido ahogado en su cuello, apretando las piernas y manchándome los dedos de más lubricación.

Cuando pude respirar, Liria se incorporó con la boca brillante y tomó mi muñeca. Chupó mis dedos, los que acababan de estar en mí, mirándome como si aquello fuera su premio. Después me besó y me pasó mi propio sabor de boca a boca. Me estremecí entera.

Eirea nos miraba como si quisiera tragarse cada gesto. Tenía los labios hinchados, las piernas abiertas y el coño latiéndole todavía. Le pasé dos dedos por encima y soltó un quejido.

—Quiero probarte a ti —me dijo, mirando a Liria ahora.

Mi señora sonrió despacio, esa sonrisa peligrosa que me hacía bajar la cabeza incluso cuando no quería.

—Entonces ponte de rodillas.

Eirea obedeció. Liria se sentó en el banco y abrió las piernas con una tranquilidad insultante. Su coño estaba empapado. Los labios hinchados, el clítoris asomando húmedo entre el vello claro. Yo me agaché a un lado, solo para verlo de cerca y para ver la cara de Eirea cuando entendiera lo que tenía delante.

—Lámelo —dijo Liria—. Despacio primero.

Eirea pasó la lengua con reverencia, casi con cuidado. Liria soltó aire por la nariz y abrió más las piernas. La segunda lamida fue más firme. La tercera acabó con la boca de Eirea pegada a su coño, chupando ya sin timidez. Aprendía rápido en todo. Muy rápido.

Yo me situé detrás de Liria y le aparté el cabello de la nuca. Le besé el cuello mientras la dríade le comía el coño. Bajé una mano a sus pechos y le amasé uno con fuerza. Su gemido, contenido hasta entonces, salió más grave.

—Métele los dedos —le indiqué a Eirea.

Ella obedeció, primero uno, luego dos. Liria arqueó la espalda. Yo sentí el orgullo sucio de verla perder por fin el control, aunque fuera un poco.

—Así, joder… no pares… —murmuró Liria.

La dríade no paró. Le chupaba el clítoris y le metía los dedos con un entusiasmo ya nada inocente. Yo seguía apretándole los pezones, mordiéndole el hombro y rozándome contra su espalda como una perra caliente. Liria llevó una mano atrás y me agarró del pelo para obligarme a besarle la boca cuando se giró apenas.

Ese beso coincidió con su orgasmo. Se corrió con un estremecimiento largo, tragándose mi gemido mientras Eirea seguía debajo, bebiéndose todo lo que le caía de su coño. Cuando Liria se apartó, respiraba más rápido, las mejillas un poco encendidas y los ojos pesados de placer. Muy pocas veces la había visto así.

Nos quedamos las tres jadeando en la oscuridad tibia de la carroza. Afuera, el bosque seguía respirando como si nada hubiera pasado. Entonces llegó una voz lejana, masculina, acercándose por el camino.

—¡Traigo la rueda! ¡Ya vuelvo!

Eirea se puso rígida al instante. Giró la cabeza hacia la puerta como un animal que oye la trampa cerrarse. Me apartó con una suavidad urgente y se incorporó de un salto.

—Tengo que irme.

—Espera —dije, alargando la mano.

Pero ya estaba abriendo la puerta. Antes de bajar, Liria le tomó la muñeca y le dio un beso corto, húmedo, posesivo. Eirea la miró con una expresión extraña, entre hambre y promesa. Luego desapareció entre las ramas con una velocidad imposible, como si el bosque se la tragara.

Liria cerró de golpe justo antes de que el cochero joven llegara al costado de la carroza. Nos vestimos a toda prisa. Yo seguía temblando, con el coño sensible y las piernas flojas, mientras ajustaba mal los cordones. Liria compuso una voz fría y serena para dar explicaciones. Dijo que una criatura del bosque nos había atacado, que el cochero viejo había intentado defendernos y había caído bajo un hechizo. El joven se la creyó entera.

Cuando por fin reanudamos la marcha, la carroza volvió a sacudirse sobre el camino. El traqueteo ya no me daba sueño. Me tenía el cuerpo entero encendido.

Liria se recostó en su asiento y cerró los ojos, como si quisiera descansar. Yo vi el leve temblor de su muslo y entendí enseguida que su placer había sido intenso, sí, pero no suficiente. Me arrodillé en el suelo entre sus piernas y le levanté la falda.

—Todavía te debo una corrida tranquila —le dije.

Abrió los ojos solo para mirarme con deseo cansado.

—Hazlo sin hacer ruido.

Le aparté la ropa interior a un lado y hundí la cara en su coño. Seguía húmedo, caliente, con el sabor mezclado de su excitación y de la boca de Eirea. Lo lamí largo, de abajo arriba, demorándome en el clítoris hasta sentir cómo se le tensaban los muslos. Liria me agarró del pelo, no para apartarme sino para guiarme.

—Más fuerte ahí —susurró.

Obedecí. Chupé, lamí, metí la lengua, alternando ritmo y presión mientras la carroza traqueteaba y afuera los hombres no sospechaban nada. El movimiento del viaje hacía que su coño se rozara todavía más contra mi boca. Le metí dos dedos y empecé a follármela despacio mientras seguía mamándoselo.

Liria se mordió el nudillo para no gemir. Yo sentía cómo se humedecía más y más, cómo me apretaba los dedos por dentro. La imagen de Eirea abierta en el banco, de su cara entre mis piernas, de su boca en el coño de Liria, me tenía tan cachonda otra vez que me estaba mojando solo de comerle el coño.

—¿Crees que volveremos a verla? —pregunté sin apartarme del todo.

Su respuesta fue un jadeo primero. Luego, con la voz rota:

—No tengo ninguna duda.

Seguí lamiendo con más hambre. Ella abrió más las piernas, olvidándose del cuidado. Le chupé el clítoris con insistencia y le hundí los dedos hasta el fondo, curvándolos dentro. El orgasmo le llegó de golpe. Me apretó la cabeza entre los muslos y se corrió en mi boca, conteniéndose apenas para no delatarnos. Tragué todo sin dejar de lamerla durante los espasmos.

Cuando por fin me dejó alzar la cabeza, vi que entre sus dedos sostenía algo. La corona de flores de Eirea.

Liria la hizo girar despacio mientras recuperaba el aliento. Yo apoyé la mejilla en su rodilla, todavía arrodillada, todavía con su sabor en la lengua. Ella me acarició el pelo y sonrió de esa manera suya, segura, satisfecha.

El bosque quedó atrás mucho después, pero el olor de aquella mujer siguió dentro de la carroza hasta el final del viaje. Y yo supe, con la certeza húmeda que todavía me latía entre las piernas, que si alguna vez volvíamos a romper una rueda en aquel camino, ninguna de las dos tendría prisa por repararla.

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Comentarios(5)

Isa_Pasion

Increible relato, me atrapo desde el primer parrafo. Sigue escribiendo asi!!!

SoledadV

La ambientacion del bosque esta perfecta, se siente todo muy vivo. Ojalá haya una segunda parte!

NoraCba

Quedé con ganas de mas... por favor continuá la historia

Valentina_rdp

Me recordó a un viaje que hice hace años por la sierra, ese silencio entre los árboles tiene algo especial. Muy bueno, de verdad.

MarcelaPaz

excelente!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

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